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ESPIRITUALIDAD DE LA RECONCILIACIÓN ANTE EL RETO
DE LA PACIFICACIÓN EN NUESTRO PUEBLO
NOTA: Este material está elaborado a partir de la obra de ROBERT J. SCHREITER:
“El ministerio de la reconciliación”, publicada en Col. Presencia Teológica, nº 101. Ed.
Sal Terrae. Santander 2000 y en JOSÉ ANTONIO PAGOLA: “Presupuestos y actitudes
para la paz en Euskal Herria” en el n° 1 de unos cuadernos editados por los religiosos
de Euskal Herria.
1. Existe una pregunta que debemos tener en cuenta en todo momento:
¿Cómo se puede perdonar a quién ha trastocado de manera grave mi vida y ha destrozado mi sociedad?
Esta pregunta que merece respeto, en nosotros, debe traducirse por esta otra, que debe
hacerse experiencia vital:
¿Qué puedo hacer para descubrir la misericordia de Dios que se hace presente en mi
propia vida? ¿Es que no he experimentado en mi vida la gracia de la Misericordia del
Padre? ¿Es que yo no me he sentido —también en esta realidad y en lo concreto— parte del pecado estructurado, parte del pecado original? ¿Hacia dónde me conduce esta
experiencia?
Para saber cómo debemos actuar en cuanto agentes de la Gracia misericordiosa y reconciliadora del Padre, debemos seguir preguntándonos:
1. ¿Cómo valoramos la vida... nuestra vida... la vida de los demás? ¿Cómo la
defendemos? ¿la experimentamos como Gracia del padre, como DON de
Dios? ¿Hacemos diferencias entre “vidas” y “vidas”?
2. El dolor de los demás ¿me duele como si sería mío? ¿me hago cargo de ese
sufrimiento? ¿Siento ese dolor como crucificado con Cristo en la Cruz o lo
justifico considerándolo como merecido? ¿Hago distinción de dolores y de sufrimientos? ¿O cada uno de ellos los vivo como si fuese el mayor dolor porque
lo siento en mi ser?
3. Soy hijo de mis padres, de una cultura, de un pueblo, de una tradición ¿la
honro y respeto como se merece? ¿y la tradición, la cultura de “los otros” la
respeto como la tradición y la cultura de mis hermanos? ¿cómo ayudar a mis
hermanos a vivir esta fidelidad de cada uno a su tradición, respetando a su
vez la de los otros? ¿Qué, en cuanto cristianos, tenemos que decir a los políticos y en la política sobre esto?
Hacerse estas preguntas ante el Señor, en la Oración de todos los días, al leer o escuchar
las noticias del día a día, al tener conocimiento de cualquier acontecimiento positivo o
negativo en el camino hacia la Paz, nos hará bien, nos dará paz interior y nos contagiará
serenidad para ser agentes de pacificación entre nuestros hermanos.
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2. La reconciliación es cuestión de espiritualidad, no de estrategia. No se programa, se
vive, se hace.
La reconciliación solamente se hace realidad cuando hace de las víctimas y de los
agresores una nueva creación. La reconciliación crea nuevos modos de convivencia,
eliminando aquellos elementos que eran nocivos y perversos en ella. Por eso, no seremos agentes reconciliadores si no tenemos en cuenta, desde las claves del Evangelio, a
víctimas y agresores, a cada uno en sus circunstancias y no los tratamos como hermanos e hijos de Dios; si nos “extrañamos” de ellos y no nos sentimos cómplices del pecado original (“estructurado”, dicen los sociólogos cristianos) que provoca esas situaciones de pecado social y de ruptura de la convivencia fraterna.
La reconciliación no es una mera restauración. La reconciliación crea situaciones y
espacios nuevos de convivencia social y política.
Esos nuevos cielos y nueva tierra se anuncian en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo,
en el cual Dios nos reconcilió consigo, entre nosotros y con toda la Creación.
En la Cruz, ...la fidelidad de Jesús al proyecto del Padre, mostrando su solidaridad con
la Humanidad hasta el final, hasta el sufrimiento, hasta la muerte, hasta la muerte absurda, ignominiosa, indigna,... cualquier muerte por absurda, estúpida, injusta que sea
adquiere sentido salvador si a Ella se identifica; entonces puede ser anuncio de un nuevo amanecer.
La Cruz, por otra parte, pone en evidencia la mentira de los verdugos y opresores;
queda en evidencia la falsedad y la falacia de que “vale la pena que un hombre muera
por todo un pueblo” y queda manifiesta la Verdad:. “Verdaderamente este hombre es el
Hijo de Dios”.
Finalmente en la Cruz se hacen patentes los caminos de la reconciliación: los débiles,
quebrantados y doloridos que ofrecen su perdón como Cristo en la Cruz muestran el
auténtico camino a los que ejercen el poder o la violencia. Son ellos y solo ellos los
artífices de la Paz. Solamente las víctimas tienen en sus manos la auténtica reconciliación. Pero solamente aquellas víctimas que no caen en el “victimismo”; que no quieren
sacar provecho de su situación; que no se dejan llevar por sentimientos de odio y de
venganza.
3. Por ello, necesitamos en este tiempo:
 Identificarnos con el Crucificado y, en Él, identificar a todos los crucificados. Contemplar a los que sufren, con nombres y apellidos, desde la Cruz del Señor Jesús.
 Experimentar el gozo del perdón. Quien no ha experimentado el gozo de perdonar y
de ser perdonado, no es capaz de perdonar ni de proponer el perdón como gracia,
don y gozo y no como exigencia moral.
 Descubrir el perdón como iniciativa del Padre, no reduciéndolo a nivel de la conciencia, sino haciendo cultura de él.
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 Recuperar el gozo de sabernos llamados por Dios a ser agentes de reconciliación.
En este sentido, revalorizar el sacramento de la Reconciliación, superando rutinas y
prácticas que devalúan la grandeza de la Gracia derramada en ese sacramento. Estar cerca y facilitar a las personas necesitadas de ella, la reconciliación individual.
 Estar siempre abiertos y dispuestos a rehacer la Verdad. Hay medias verdades que
prefieren desconocer la VERDAD, impidiendo el diálogo y la reconciliación, evitando implicarse e identificarse con la verdad del otro. Estas actitudes infectan aun mas
las relaciones e impiden la auténtica reconciliación.
Existen un par de detalles en la parábola del Hijo pródigo tan conocido que pasan
desapercibidos y que nos pueden ayudar a hacer una lectura cristiana de nuestra
realidad cuando queremos enfrentar un proceso de reconciliación en nuestro pueblo. En este relato el hijo mayor se queja a su padre de que “llega ese hijo tuyo
que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas...” El hijo mayor ha relatado la
historia no siendo totalmente fiel a la Verdad. Ha tergiversado la historia. La ha
dicho según su interés. El padre corrige el relato. “Este hermano tuyo (el padre no
le permite que se desvincule de él y lo trate como a un extraño) estaba muerto y ha
vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (el padre hace una interpretación de los hechos en los que une pasado, presente y futuro y esta interpretación
no se queda en la mera superficialidad del relato de los delitos cometidos: significaban la muerte para el hijo; no solamente era una ofensa para el padre).
La reconciliación exige contar la historia en verdad y en fidelidad. Evitando afirmaciones rápidas, y superficiales. En la base de muchos actos de violencia se relatan cosas como esta: “Al fin y al cabo, era un traficante y estaba deshaciendo a la
juventud vasca”..., “formaba parte de los opresores del pueblo”, “ellos son responsables de la situación de nuestros presos”, “la responsabilidad de la violencia
la tiene el gobierno”, “los terroristas no merecen vivir; hay que matarlos a todos”, “no tienen ningún derecho”, “son animales”, “no son presos políticos; son
vulgares delincuentes” ¡Tantos relatos que corregiría el Padre...! Continuamente
las noticias que se generan en relación con la situación de nuestros país son leídas
según el prisma ideológico del partido al que pertenece o del que es simpatizante
el intérprete de la noticia. Hay que tener particular atención a la lectura que hacen los políticos de estas noticias e identificarlos —en la mayoría de los casos con
justicia— con el hijo mayor de la parábola ¿Cómo hemos compartido esas “verdades”? El texto del Evangelio no nos permite decir cualquier cosa del hermano,
no nos permite hablar de él como si nada tuviésemos que ver con él.
4. Pasar de una actitud “lógica” a una actitud “dialéctica”. La lógica, a la que tanto debemos varias generaciones de presbíteros y la idea clara y distinta cartesiana, puede
convertirse en obstáculo para el diálogo si se lleva a las últimas consecuencias. La idea
clara y distinta cartesiana puede llevar y, de hecho, ha sido fuente de múltiples dogmatismos y totalitarismos; la lógica, llevada al extremo, dificulta el diálogo. En efecto, es
difícil aceptar que el que tiene la idea clara y distinta y, por tanto, la correcta, no sea uno
mismo; por otra parte, si una cosa es verdad, “en buena lógica “, lo contrario es mentira.
Claro que todo ello es cierto y válido si lo “bautizamos”. Lo único auténtico y verdadero, la única Verdad es Dios y todo lo demás es relativo o está mezclado con “cizaña”:
son verdades pequeñas o ideas ni tan claras ni tan distintas. No todo es relativo; pero
solo hay un Absoluto: DIOS; ni todo lo humano vale igual aunque sea relativo.
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Por ello, creo que la actitud dialéctica favorece más el diálogo, no en vano tienen la
misma raíz. La dialéctica nos indica que si “algo es verdad, lo contrario también”. Con
lo cual, ambas verdades quedan obligadas a entenderse y de su matrimonio —la síntesis— nace una verdad mayor.
5. Actitudes y acciones pacificadoras
Actitud de escucha y de espera. Saber escuchar con respeto y haciendo silencio. Estar
cerca para poder ir purificando los relatos, haciéndolos inocentes. No caer en la trampa del victimismo y del sacar provecho del dolor.
Actitud de atención y de compasión. Cuando quien sufre tiene alguien cerca adquiere
seguridad, supera miedos: es como una pomada en la herida que facilita la curación y
así le ayuda a enfrentarse con la dura realidad desde nuevas perspectivas y nuevas ilusiones.
Actitud postexílica. Es necesario creer y crear expectativas y luchar por y proponer
nuevas situaciones libres de dolor y de elementos perversos.
Exige una actitud de querer construir una nueva sociedad sobre las ruinas de la antigua. La sociedad necesitará una nueva ley (una ley deuteronómica) que haga posible la
convivencia, superando los conflictos que provocaron la violencia. Puede ser aleccionador, entre nosotros, creyentes, recoger la experiencia del pueblo judío a la vuelta del
exilio de Babilonia. La violencia vivida —tal como lo fue el cautiverio de Babilonia
para los judíos— debe de servirnos de escarmiento y, creativamente, ir posibilitando y
abriendo cauces a nuevas perspectivas. Será necesario desmitificar y relativizar tópicos
y posturas tomadas, existentes entre nosotros. ¿Sigo aferrado/a a mi ideología, a mi
forma de ver las cosas? Sin renunciar a mi forma de pensar o de ser ¿estoy dispuesto a
admitir que hay otras formas válidas de entender las relaciones del pueblo vasco con el
pueblo español y otras formas de organizarse el Estado español en la que pueden caber
estas diversas formas de ver, de ser o de pensar?
Proponer y celebrar ritos que testifiquen momentos y actitudes eficaces en el proceso
de pacificación, entre ellos el Sacramento de la Reconciliación y de la Eucaristía.
Recojo aquí algunas consideraciones expuestas por Robert J, Schreiter en su obra
“Violencia y reconciliación”:
“Las iglesias cristianas disponen de una serie de recursos internos que puede ser de gran
ayuda en el ministerio de la reconciliación (...)
(...) El primero es el poder de los ritos (...)
(...) La Iglesia no debería infravalorar la capacidad que tienen sus ritos para subrayar los
momentos de transición en el procesos de reconciliación y para dar expresión a sentimientos tan dolorosos y profundos que no se sabe de que otra forma podrían ser sobrellevados (...)
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(...) El rito de la reconciliación penitencial puede convertirse en un vehículo que le permita ir más allá de la preocupación por los pecados individuales y adoptar los esquemas de
penitencia pública que caracterizaron a la Iglesia primitiva. (...)
(...) La urgencia de la reconciliación hace más necesaria la celebración de la Eucaristía.
Al reencontrarse en torno a la mesa de la Eucaristía, los cuerpos quebrantados, rotos y
maltratados de las víctimas como el cuerpo dividido de la iglesia son acogidos en el cuerpo de Cristo, que no ignora lo que esa la tortura y conoce igualmente la vergüenza (...)
(...) En ella, se actualiza la memoria peligrosa de la pasión y muerte de Cristo. Es la historia del inocente que sufre y muere, pero a quien la muerte no puede retener (...) Aquellos
que son acogidos en el cuerpo roto y quebrantado de Cristo no serán nunca olvidados (...)
Si morimos con Él, viviremos con Él.”
Releer narraciones e historias vivas a la luz de la Verdad. En la Palabra de Dios,
abundan casos en que las narraciones son rehechas ante la presencia del Dios de Jesús
(el Hijo prodigó, los discípulos de Emaús, la samaritana,...). Todos ellos ponen de relieve el enorme poder que tienen las narraciones para configurar nuestra identidad y
nuestras vidas. La curación de recuerdos y la reelaboración de narraciones son tareas
que pueden ser facilitadas haciendo uso, durante el proceso, de los recursos que nos
brinda la Escritura.
Recuperar a las víctimas como agentes de reconciliación. Que sus heridas nos curen.
Hacernos seguidores de la Cruz con todo atrevimiento. De instrumento de tortura a
signo de Salvación y Humanización.
La Cruz resume en sí el carácter paradójico de nuestro mundo y del Dios que se relaciona con él. Nuestro mundo vive atormentado por la violencia, pero también puede
irradiar una increíble belleza. Un pueblo atormentado por la violencia puede aprender,
en ella, el valor de la paz que exige la Cruz. En la Cruz Dios nos enseña algo muy importante acerca de la naturaleza del poder. El poder humano es muy inestable y puede
fácilmente degenerar en violencia; el poder divino llega a nosotros en forma de servicio
y solidaridad: un ser humano crucificado que ha elegido no bajar de la Cruz, sino permanecer con las víctimas de la violencia hasta la muerte: esa es la narración liberadora que se propone a las víctimas de la violencia. Así es el Dios que nos ofrece la reconciliación.
Orar por la Paz. Los cristianos y los presbíteros, por supuesto, oramos por la paz...
pero ¿qué significa orar por la paz hoy y aquí?: ¿un entretenimiento religioso para
aquellos que no saben o no se atreven a hacer nada más eficaz para lograrla? ¿un
tranquilizante cómodo que nos alivia interiomente de nuestra pasividad e inhibición?
Nuestra oración no debe ser para informar a Dios sobre la falta de paz... ¡Bien que Él
lo sabe!... No es Dios el que tiene que cambiar de actitud y “hacer algo” para que se
cumplan los deseos de paz. Somos nosotros los que tenemos que cambiar para ajustar
nuestras actuaciones y nuestra vida.
Si la oración es encuentro sincero con Dios, no lleva a la evasión y a la cobardía. Al
contrario, fortalece nuestra debilidad, estimula nuestra voluntad. Nos anima a buscar
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la paz y a trabajar por ella incansablemente, a buscar caminos de encuentro en lugar
de profundizar en los desencuentros y hacer más dolorosas las heridas. La verdadera
oración convierte. Nos hace más capaces de perdón y de reconciliación. Más sensibles
a cualquier injusticia, abuso, mentira, malinterpretración. Más libres frente a la manipulación. Más fuertes frente a la persecución.
Hoy no se puede trabajar por la paz en el País Vasco de cualquier manera; sino purificando nuestras propias posturas y posiciones, de lo contrario, introduciremos casi inconscientemente nuevos gérmenes de conflictividad y violencia, (estas notas acerca de
la oración han sido recogidas de José Antonio Pagola: “Presupuestos y actitudes para
la paz en Euskal Herria” en el n° 1 de unos cuadernos editados por los religiosos de
Euskal Herria.
Los creyentes hemos de recordar a todos que la paz no solo es fruto del esfuerzo
humano sino don de Dios que hemos de acoger convirtiendo nuestros corazones.
No solo hemos de “desarmar la palabra”, sino sobre todo “desarmar nuestro corazón”.
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PARA ORAR
1. Contempla la Cruz. Contempla, en ella, a 3 o 4 personas que han pasado por tu
vida y a las cuales has crucificado, haciéndoles daño. Siente la necesidad de pedir
perdón y de vivir el gozo de ser perdonado. Descubre, en ti, la Misericordia de
Dios.
2. Contempla la Cruz. Ve en ella alguna persona o familia que sufre las consecuencias
de la Violencia. Identifícate con su rabia, con su dolor. Pregúntate por el valor de
la vida, de los valores culturales, nacionales, patrióticos. Deja que Cristo te hable
sobre ello desde la Cruz.
3. Recoge alguna noticia de hoy o de estos días en torno al proceso de pacificación en
nuestro pueblo. Léela junto a Dios. Reza sobre ello. Corrige las “mentiras” desparramadas en medio de las medias verdades. Pide a Dios que te oriente cómo situarte ante ello como agente de pacificación.
4. Detente en una de las actitudes propuestas. Revísala en tu vida.
5. Detente ante uno de los 5 mandamientos. Revísalo en tu vida.
ACTITUDES Y ACCIONES PACIFICADORAS
Actitud de escucha y de espera. Saber escuchar con respeto y haciendo silencio. Estar
cerca para poder ir purificando los relatos, haciéndolos inocentes. No caer en la trampa del victimismo y del sacar provecho del dolor.
Actitud de atención y de compasión. Estar cerca da seguridad, quita miedos, es como
una pomada en las heridas que facilita su curación y el enfrentarse con la dura realidad con nuevas perspectivas y nuevas ilusiones.
Actitud postexílica. Es necesario creer y crear expectativas y luchar por y proponer
nuevas situaciones libres de dolor y de elementos perversos.
Hacernos seguidores de la Cruz con todo atrevimiento. De instrumento de tortura a
signo de Salvación y Humanización.
Orar por la Paz.
CINCO MANDAMIENTOS PARA CONSTRUIR LA PAZ
1. Honrarás y respetarás sin absolutizar las tradiciones y cultura de tus mayores así
como la de tu pueblo. No despreciarás ni rechazarás las de los otros.
2. No adorarás nacionalidad alguna, ni tan siquiera la tuya.
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3. Defenderás por encima de todo el derecho a la Vida y a la dignidad de las personas, sean quienes sean y estén en la situación que estén.
4. Escucharás con atención las razones del que no piensa como tú. Procurarás aprender de él y valorarás sus razones, su vida, su historia, sus propuestas. A la vez, expondrás las tuyas sin miedos. Corregirás con el diálogo las “mentiras” de tus verdades y le ayudarás al hermano a distinguir lo que hay de verdad y de mentira en
sus afirmaciones y propuestas.
5. No despreciarás los medios políticos ni a los políticos y ayudarás en la medida de
tus posibilidades a que acierten en las medidas que tomen. No te acomodarás y
apoyarás con tu presencia y motivación a que los cristianos/as asuman su responsabilidad con la Paz asumiendo compromisos en asociaciones, movimientos o movilizaciones que buscan construir la Paz.
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