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EN FEBRERO DEL 2000, LA IGLESIA PIDIÓ PERDÓN POR QUEMAR VIVO A GIORDANO BRUNO.
(PERO NO LO REHABILITA)
El cardenal Paul Poupard llevó a cabo, 4 de Febrero del 2000, el primer acto de constricción del Jubileo, en nombre de
la Iglesia católica, al lamentar la condena a la hoguera del filósofo napolitano, Giordano Bruno. Bruno fue quemado vivo
por sus teorías heréticas el 17 de febrero de 1600 en la plaza romana Campo dei Fiori. La condena "es una acción de
la que la Iglesia se arrepiente pidiendo perdón a Dios y a todos los hermanos", dijo el purpurado. Este reconocimiento
hacia el fraile dominico que puso en duda los misterios de la Encarnación y de la Trinidad y que calificó de magia los
milagros de Jesús no supone una rehabilitación.
La Iglesia hizo coincidir esta admisión de culpa con la gran ceremonia del perdón que celebró el Papa el 12 de Marzo
del mismo año 2000. La figura de Bruno, simultáneamente, fue, durante los primeros meses de aquel año, protagonista
en Roma de numerosos simposios, filmes, montajes de teatro, conciertos y exposiciones. Se reeditaron muchos de sus
escritos, y aparecieron también varios libros sobre la vida y obra de quien pagó con la vida el ser un precursor del
pensamiento racionalista.
El cardenal Poupard está de acuerdo en que ha llegado la hora de admitir el error, porque “la redención llega con la
historia” y porque "la verdad vive de verdades", dijo. Para resaltar esta posición, Poupard -presidente del Consejo
pontificio de la Cultura- hizo esas declaraciones en la presentación, en la sede de la revista de los jesuitas “Civiltà
Cattolica”, de un libro sobre el fraile dominico: “Giordano Bruno nell Europa del Cinquecento”, de Saverio Ricci, un texto
acorde con el sentir actual de la Iglesia.
El libro sostiene, a través de una bien documentada exposición, que Bruno fue juzgado por un tribunal de la Inquisición
serio y ponderado que buscaba desesperadamente obtener un mea culpa del acusado, con el propósito de poder
absolverle de las acusaciones. La obra presenta al fraile, nacido en Nola (Nápoles) en 1548, como un personaje de
carácter egocéntrico e indómito, que se enfrentó a todas las autoridades religiosas de la Europa de su tiempo y que
criticó todos los grandes acontecimientos de la época, empezando por la conquista de América.
No en vano, tal como ha recordado Poupard, Bruno fue excomulgado no sólo por los católicos, sino también por
calvinistas y luteranos. El dominico lanzó algunas de sus acusaciones más duras precisamente contra la Reforma
protestante. Enseñó en la Sorbona de París y en la Universidad de Oxford, pero encontró opresiva la Inglaterra de
Isabel I, donde, según la reconstrucción de Ricci, causó espanto su defensa a ultranza de las teorías de Copérnico, el
astrónomo polaco que había establecido la primacía del Sol sobre la Tierra.
Sin embargo, sería la República de Venecia, único pedazo de tierra italiana libre de la dominación española y de la
Papal, la que pondría fin a la carrera y a la vida del filósofo, entregándolo a la Inquisición romana. Los editores
venecianos estaban quejosos de las pérdidas que sufrían a causa de la estricta política prohibicionista de la Inquisición
con su Índice, que les impedía editar centenares de libros. Al parecer, obtuvieron algunas sustanciosas contrapartidas
por entregar a Roma al reo.
Pero si Ricci sostiene que Bruno fue quemado en parte por su obstinación, por no querer someterse a la intolerancia,
las actas del proceso, en el que tuvo una nefasta influencia el jesuita -más tarde santificado- Roberto Bellarmino,
hechas públicas en 1942, demuestran lo contrario. A través de los fragmentos de aquel farragoso juicio, recogidos
ahora en otro texto, “Giordano Bruno. El proceso y la condena”, que acaba de publicar la editorial italiana Erética, bajo
el lema “Libera nos ab doc Iubileum”, se percibe un hombre abrumado por el peso de las acusaciones, sumiso y capaz
de admitir lo que le pedían los jueces para evitar la condena. Un hombre dispuesto a retractarse, que se disculpa por
haber sostenido opiniones tales como la relativa venialidad de los pecados de la carne. Incluso, se destaca que en un
gesto desesperado, el filósofo intentó una mediación del papa Clemente VIII.
Bruno moriría en la hoguera, en medio de los fastos del Jubileo de 1600, incrédulo y aterrado, probablemente, ante su
propio destino, en una Roma espléndida en la que comenzaban a despuntar palacios y templos barrocos.
H. Ricardo Acevedo.
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