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IDAS Y VUELTAS EN UNA MISIÓN REGALADA
QUE NECESITA TAMBIÉN DE MI SÍ
Nicolás Matías Phielipp
Alumno de 6to.Año
Facultad de Medicina
Universidad de Buenos aires
Revisando mi vocación, sé que vine a Buenos Aires sin tener bien definido a qué
me iba a entregar. Quería en serio hacer algo cristiano, que fuese una entrega no sólo
para mí mismo y tenía el condicionamiento interno de que la única vocación cristiana
era la de ser sacerdote. Aunque estaba convencido de que no tenía que ser así, me sentí
como eligiendo algo de segunda en el ámbito de la fe, como que me guardé algo para
mí, y que nada tenía que ver con Dios y con Cristo. Inclusive, aunque parezca algo
bueno, una vocación laica me parecía de segunda, y creo que dentro de la Iglesia, sigue
habiendo algo de esto. El camino al sacerdocio parece allanado, pero no el resto. Quizá
también en esta sensación interna influyó algo real: si me guardaba y me guardo para mí
solo mucho de mi misión, no estoy con todo el deseo y el corazón para ser cristiano.
Es acá donde creo que tengo y tuve muchas incertidumbres: me siento y me
sentía con una vocación algo así como ‘en bruto’, que creo que es acompañar en el
dolor, y me costaba y creo que me sigue costando terminar de darle forma. La confirmo
en función de a quiénes o a qué me entrego, y en esa medida es que me falta
confirmarla.
Luego, como arrimando el bochín, elegí medicina para estudiar; y digo para
estudiar porque, si bien estudié bastante, es como que puse el corazón en otro lado,
quién sabe donde. Entonces fe y carrera parecieron ir por caminos diferentes. Y digo
más bien parecieron, porque en realidad no dejé de tener un corazón de fe en el estudio,
y constantemente me maravillo de como creó Dios lo que estudio, me cuestiono los
métodos que usaron para aprender, y porqué se puede sacar cosas buenas de algo que,
en ocasiones, me parece malo. Me pregunto como trataría Jesús a los pacientes. Me lo
pregunto en serio, y en el momento en el que está siendo atendido. Inclusive estoy
convencido también de que Dios está ahí presente cuando pasa algo como, por ejemplo,
que ochenta alumnos, en un mediodía de verano, en un aula sin ventilación, sin otra
opción donde ir, intentamos aprender algo de un profesor que está igual de incómodo.
Lo mismo creo cuando viajo en el subte. en las mismas condiciones climáticas, y con la
misma cantidad de gente. Y menciono estos ejemplos porque, más allá, de problemas
concretos que uno pueda solucionar, creo que es parte de mi vocación, y creo que de
nuestra vocación cristiana, ser un signo de esperanza y de presencia del Dios que sé que
está, en estas situaciones más que cotidianas, y no sólo en las extraordinarias como el
dolor de un cáncer terminal.
Sería interminable que les cuente cuántas cosas creo que como misión cristiana
se pueden hacer por un paciente enfermo. También podría acordarme de pequeños
gestos que tuve en este sentido. Evidentemente para ser feliz realmente mi corazón me
pide más que pequeños gestos, y sin embargo, quiero y no quiero tanta entrega. Cosas
para hacer hay infinitas. Por ejemplo, adecuar el tratamiento sabiendo que, por ahí, el
paciente no puede pagar ni un boleto de colectivo, hasta el escuchar qué preguntas te
hace cargado de ansiedad, para, respondiéndole, dejarlo algo más tranquilo.
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En cuanto a mis compañeros puedo decirles que más de una vez recurrieron a
mí preguntando algo de la fe, para saber más, o por algunas inquietudes. Si bien esto me
pone contento, igualmente me queda la sensación de que todavía no me convenzo y no
los convenzo. Es como que la semilla del Sembrador, el misterio de Cristo, quedó tan
superficial que falta entusiasmo, convicción, inclusive hasta para la maldad. No tenemos
profundidad ni para ser malos, algo que quizá nos permitiría una conversión. Tras que la
vocación laica necesita de uno para ir allanando el camino, uno es opaco, tibio,
miedoso, excesivamente prudente y cobardemente receloso. Y es acá donde estoy y
estamos tentados a abandonar incluso el recuerdo de Jesús, para que ni vestigios
queden, para que Dios ya no moleste. Y así es que me queda como una misión que
todavía clama por la vida, y por la cual luché tibiamente.
Otra tentación constante es la sensación de que no hay que tener fisuras para
cumplir esta misión, para ser testigo de Cristo. Hecho que me invalida de plano para
hacer casi cualquier cosa. Con esta última tentación también me he alejado sucesivas
veces de mis compañeros, quizá esperando el momento de estar fuerte para
acercármeles. Este momento no llegó, o llegó poco, y en la soledad también maté la
misión.
Si me pregunto qué espero de los estudiantes católicos, de las universidades
católicas, de mí, es que profundicemos el misterio de Cristo junto con el de nuestra
misión, que está ahí por ser descubierta, necesitando de nuestra entrega para ser
encontrada y para hacernos felices; necesita que abramos el corazón al mundo sin tantos
reflejos de protección, para animarnos a descubrir una nueva y propia vocación laica,
que responda a las necesidades del mundo de hoy, para que así el dolor de este mundo
abra nuevos surcos, en un corazón más de carne, donde la palabra católica sea algo más
que un eufemismo.
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