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1
LOS ORÍGENES DE LA CIVILIZACIÓN
EN MESOPOTAMIA
Elman Service.
La mayor y más evidente diferencia geográfica de Mesopotamia y Egipto respecto a Mesoamérica y Perú reside en la relativamente mayor diversidad del medio físico
de estas últimas. Tanto Mesopotamia como Egipto son
básicamente valles fluviales grandes y áridos, con apenas
nada de la variabilidad ecológica de las regiones del Nuevo Mundo. Esta variabilidad, como hemos visto, se debe
a las grandes diferencias en las altitudes montañosas,
que dan lugar a zonas frías, templadas y tropicales, que
difieren grandemente en la cantidad de lluvia caída y en
las especies de flora y fauna nativas. Pero Mesoamérica
y Perú sólo tienen pequeñas vertientes para sus sistemas
de irrigación, en gran contraste con las enormes magnitudes de las cuencas del Nilo y del Tigris-Eufrates. V. Gordón Childe (1942, p. 106) ha considerado como esencial
la importancia de estos ríos no sólo para el riego en gran
escala, sino también como arterias comerciales y de comunicación que tienen que haber estimulado la urbanización.
La disponibilidad en el Viejo Mundo de grandes animales domesticables, tanto para la alimentación como para
el trabajo, es, obviamente, otra diferencia importante. Los
mesoamericanos no tenían animales de tiro, y los peruanos sólo tenían la llama, de algún uso para el transporte
en las tierras altas y por el aprovechamiento de sus lanas.
Mesopotamia tenía el asno y el buey como animales de
labor (el caballo fue posterior y no se utilizó demasiado),
mientras que las vacas evidentemente eran muy importantes para la producción de leche y carne, y abundaban
las cabras, cerdos y ovejas (Kramer, 1963, pp. 109-110).
Por lo que se refiere a los alimentos vegetales, el Viejo
Mundo tenía diversos cereales almacenables de gran importancia, pero el Nuevo Mundo tenía su complejo de
maíz, judías y calabazas, también almacenables. Los métodos de cultivo diferían en las dos regiones, por supuesto, pero resulta difícil darle a esto excesiva importancia,
puesto que ambas fueron regiones de cultivos altamente
intensivos.
La era formativa (ca. 5000 - 3500 a. C.)
Las tierras bajas del Tigris-Eufrates (lo mismo que las
del valle del Nilo) no tenían suficientes lluvias para la agricultura de secano, aunque a veces los cultivos plantados
en una zona de inundación anual podían llegar a madurar
antes de que el suelo se hubiera secado por completo
(Butzer, 1971, p. 215). Sin embargo, es más probable que
la domesticación de plantas y animales se diera por primera vez en terrenos elevados, con mayor cantidad de
agua de lluvia.
Las comunidades agrícolas «neolíticas» (de la era formativa primitiva) encontraron el mejor medio ambiente
para su desarrollo general en todos los aspectos en la
zona de laderas montañosas situada entre las tierras bajas de Mesopotamia y las montañas Zagros de Kurdistán
y Luristán. Esta zona intermedia tenía suficiente lluvia en
invierno para el cultivo de secano, y grandes ríos para el
regadío en las estaciones secas o en las áreas de lluvias
insuficientes, de forma que esto hizo posible una transición paulatina, o parcial, hacia la irrigación. Adams (1962,
p. 112) cree que la agricultura de regadío tuvo su origen
probablemente aquí.
Pasados aproximadamente mil años, las primeras comunidades parcialmente agrícolas de las laderas montañosas de Mesopotamia terminaron por desarrollar su
economía, alrededor del año 6000 a. C., sobre una base
mixta agrícola-ganadera (Hole et al., 1971, pp. 279-88).
Los productos básicos fueron el trigo escandía, la cebada, la oveja y la cabra. Al comienzo, la población estaba
esparcida y las comunidades eran de pequeño tamaño,
pero entre 5.500 – 5.000 antes de Cristo se introdujo en
algunas áreas el riego a pequeña escala, lo que posibilitó
que pudiera utilizarse una mayor cantidad de las tierras
bajas (ibid., p. 308). Hacia el año 4.000 a. C., la economía
básica del período formativo mesopotamo-khuzistano era
evidente. En esa época, la población probable de la «genuina Susiana» (el centro de la región que recibe su nombre del famoso yacimiento-tipo de Susa) sobrepasaba los
15.000 habitantes (ibid., p. 303).
Aunque las aldeas agrícolas sedentarias se desarrollaron característicamente en las laderas de las montañas y
en las tierras altas, tuvieron un crecimiento posterior a
medida que la población se iba trasladando paulatinamente a las tierras bajas aluviales del sistema Tigris-Eufrates. Aparentemente, para los grupos sedentarios las
tierras bajas no fueron habitables en toda su extensión
hasta que se generalizó la utilización del riego y las aldeas se vieron libres de una dependencia parcial de la alimentación obtenida por la caza y la recolección de frutos
silvestres. Adicionalmente, tuvo que establecerse alguna
clase de corredor de intercambio y algún tipo de transporte, con objeto de conseguir algunas materias primas,
como maderas duras (para la construcción de barcos) y
piedra, de las distantes tierras altas. Pero una vez logrados los necesarios aumentos en tamaño de la población y en tecnología, las tierras bajas se encontraron con
un enorme potencial para llevar a cabo un nuevo crecimiento evolutivo y transformarse en verdaderas sociedades urbanas.
La dependencia de la irrigación a que antes hemos aludido obró en favor de una agricultura más intensiva, y la
ausencia de piedra facilitó en gran medida el empleo del
arado en los cultivos. Los sistemas fluviales, como es lógico, proporcionaban pescado, moluscos y aves acuáticas en abundancia y, como también es obvio, un sistema
de transporte potencialmente importante. Debemos recordar que un transporte fácil y eficaz tiene dos aspectos: no
sólo facilita el tránsito de bienes y personas, sino que
también estimula una amplia difusión de las invenciones,
2
descubrimientos e ideas en general. Como dice William
McNeill (1963)
Las peculiaridades locales de las riberas de los ríos que corren por
desiertos sirven para explicar en buena parte la dirección de la evolución social entre las comunidades agrícolas pioneras que llegaron a la
parte baja del valle del Tigris-Eufrates a partir de aproximadamente el
año 4.000 a. C. El más amplio medio geográfico de este hábitat también
estimuló el ingenio humano tanto instándole a disponer de un transporte
y unas comunicaciones de larga distancia, en una escala comparativamente grande, como dejando sentir la necesidad de los mismos. Esto
significó que el estímulo de los contactos con los extranjeros nunca estuvo mucho tiempo ausente del horizonte de los primeros pobladores de
esta región. Barcas y balsas podían trasladarse con facilidad a lo largo
de los ríos, brazos pantanosos y albuferas de los mismos, y navegar
costeando las orillas del golfo Pérsico (y más allá de las mismas) sin encontrar más que las naturales dificultades del viento y las olas. Por tierra, tampoco existían obstáculos que impidieran el paso de las recuas
de animales de carga en su camino hacia las montañas que por el norte,
este y oeste rodean la llanura de Mesopotamia. El hecho de que esta
llanura de aluvión careciera de piedra, madera y metales suponía un
gran incentivo para los viajes. En la proporción en que los habitantes del
valle necesitaran estos productos podían, o bien organizar expediciones
para encontrarlos, prepararlos y traerlos, o bien persuadir a los pueblos
vecinos para intercambiar su piedra, madera o metales por los excedentes de las llanuras. A medida que en el seno de la estructura social de
los pueblos del valle progresaba la especialización, tal comercio entre
las tierras altas y la llanura alcanzó una dimensión e importancia cada
vez mayores; y las ciudades que fueron surgiendo a lo largo de los ríos
se convirtieron en centros de comunicación y estímulo para toda la región circundante.
Una diferencia importante entre Mesopotamia y las áreas mesoamericanas y peruanas es la gran importancia
que tuvo el pastoreo en la región del Viejo Mundo (así como el uso antes mencionado de los bueyes para la aradura). Las «economías mixtas» de las laderas montañosas
de Mesopotamia empleaban alimentos silvestres como
suplemento a los que proporcionaban los animales domésticos y el cultivo de secano. A medida que se fue dando un nuevo modelo de urbanización y se fueron utilizando medios físicos menos próvidos, el pastoreo se convirtió paulatinamente en una especialización en las estepas
en que resultaba difícil la agricultura. Así, con el tiempo,
se hicieron cada vez más divergentes dos clases distintas
de culturas. La naturaleza parcialmente independiente y
parcialmente complementaria de esta asociación de culturas variaba, estando caracterizada unas veces por el comercio; otras, por las relaciones simbióticas, y otras, por
la práctica de incursiones. Es importante recordar de nuevo que existen dos partes en la simbiosis de dos sociedades como las que venimos estudiando: ambas partes salen ganando económicamente a causa de la especialización, y por ello se necesitan mutuamente; pero el pastoreo es una forma de vida bastante móvil y conduce a una
superioridad militar de determinado tipo, a una clase de
guerra ofensiva, invasora, depredadora —como vimos
que sucedió en el Estado de Ankole—. Eso de que «los
asirios cayeron como un lobo sobre el rebaño» tiene que
haber sido un factor muy importante en las vidas de las
sacrificadas comunidades agrícolas.
Alrededor del año 3400 a. C., la llanura aluvial de Sumer, en el lejano sur, fue la cuna de una rápida evolución
cultural. Los sumerios parecen haber sido los primeros
que se abrieron camino hacia la urbanización. Y para el
año 3.000 a. C. también habían descubierto la escritura
—lo que para nosotros, por supuesto, tiene una gran im-
portancia porque es el momento en que combinamos la
arqueología (prehistoria) con la historia documental.
El yacimiento-tipo de la era formativa tardía denominado Al Ubaid nos da una idea del género muy extendido de
cultura sumeria que precedió inmediatamente al nacimiento de las grandes ciudades. Los pueblos agrícolas vivían
en construcciones de caña y barro amontonados en aldeas que eran autosuficientes y políticamente autónomas.
No se encuentran indicios de fortificaciones defensivas, y,
aparentemente, estaban muy extendidos los contactos
pacíficos y el comercio. Los dátiles y el pescado eran importantes alimentos adicionales de los cereales y del ganado caprino y ovino; parece que la posesión de ganado
estaba centralizada como propiedad del palacio-templo
(Adams, 1955, pp. 9-10).
Los avances tecnológicos de la era formativa indican un
gran incremento en la especialización artesanal. Como
describe McNeill, «...La rápida marcha de los progresos
técnicos, las considerables exigencias de tiempo para la
producción con las técnicas existentes, el arte uniformemente eminente, y la cada vez más compleja, exigente y
excelente naturaleza de las operaciones proporcionaban
buenas pruebas de que la mayoría de ellos podían dedicar todo su tiempo a sus tareas especializadas» (ibid., p.
11). Como hemos visto en los capítulos etnológicos, tal
especialización exige la clase de sistema redistributivo
centralizado característico de las sociedades de jefatura y
de los estados primitivos.
En todas partes, las sociedades de jefatura son siempre
teocráticas, y esto estuvo claro en el caso de Sumer (Adams, 1966, p. 121). Incluso en una etapa tan temprana
como la de Ubaid (alrededor del año 3.500 a. C.), el templo era la estructura (o conjunto de estructuras) más imponente, y no sólo era un «lugar de culto», sino también
un santuario, un palacio, así como un lugar de almacenaje y centro redistributivo. «La construcción y, sobre todo,
la frecuente reconstrucción de los templos, que podían
ser de tamaños muy considerables, van a mostrar que el
pueblo de Ubaid había creado ya, por así decirlo, la forma
característica de la primitiva civilización de Mesopotamia,
la ciudad sagrada cuya vida económica, social y religiosa
tenía como centro el templo y sus sacerdotes» (Clark,
1.969, p. 103).
Las eras floreciente y protoliterata
(3500 - 3000 a.C.)
Tras la difusión de los agricultores de regadío neolíticos por toda la zona de aluvión meridional, algunos
lugares especiales experimentaron un rápido desa-rrollo
en tamaño y complejidad. Uno de los más nota-bles, y
hoy en día arqueológicamente mejor conocido, es el de
Warka (el Uruk sumerio y el Erech semita). Warka se ha
convertido en el yacimiento-tipo de la era floreciente
temprana (3.500 – 3.000 antes de Cristo), como Ubaid lo
es para la era formativa tardía.
Desde luego, es difícil (o peligroso) estimar cifras de
población a partir del tamaño de los monumentos pero
ciertamente un aumento muy grande del mismo es
sugerente. Adams (1.966, p. 126) calcula que sólo el
templo de Warka y su plataforma habrían necesi-tado
3
para su construcción 7.500 años-hombre. El trabajo
arqueológico realizado en Mesopotamia ha estado tan
relacionado con estos templos que bien podemos
comenzar con una breve descripción de los mismos,
deteniéndonos sobre todo en el de Warka.
Una clase característica de templo es el de pla-taforma
escalonada o zigurat, sobre la que se levan-taba la torretemplo (un ejemplo lo constituye la torre de Babel). Tanto
el templo como la ciudad y sus tie-rras eran propiedad de
un patrón-dios gobernante (Eanna [Anu] en el caso de
Warka). Como prueba de una progresiva separación del
personal del templo del compromiso directo con la vida de
la comunidad se ha apuntado la existencia de complejos
de viviendas cercanos a los templos y separados del
resto de la población por una muralla (Adams, 1966, p.
126). Esto quizás podía esperarse, porque en los
primeros capí-tulos hemos visto que con el desarrollo de
una teo-cracia se da una tendencia hacia la «separación
de poderes», con un poder sacerdotal que progresivamente va aumentando su distancia social de las ma-sas y
de los asuntos militares y económicos, más mundanos,
aunque sigue conservando los poderes de toma de
decisiones importantes o fundamentales.
El montículo o plataforma artificial de Warka tenía
cuarenta pies [unos doce metros] de aliara y cubría una
superficie de 420.000 pies cuadrados [128.016 metros
cuadrados], dominando muchos kilómetros de llanura. El
edificio y las murallas, incluyendo los lados del montículo,
estaban enlucidos con barro que cubría la obra de fábrica
realizada con adobes, enlucido que a su vez estaba
cubierto con cientos de miles de conos de arcilla cocida
hincados, formando complejos dibujos. Esta complejidad
es de notar porque significa una prueba adicional, más
allá del cabal tamaño del monumento, de una gran cantidad de mano de obra y planificación.
El templo siguió siendo el foco y el organizador de la
vida religiosa, económica y política durante el perío-do
floreciente. A medida que las ciudades crecían,
aumentaban también los oficios, entre los que se in-cluía
la alfarería y la carpintería, así como la meta-lurgia. La
presencia de madera y metales procedentes de zonas
situadas a grandes distancias muestra la paulatina
capacidad de los administradores del templo para recoger
y racionar los artículos alimenticios, para el intercambio
con los extraños, para el transporte de mercancías y,
sobre todo, para almacenar y redis-tribuir tanto los
productos acabados corno las materias primas. Esta
compleja función de la sociedad de jefatura teocrática
debe haber tenido una importancia política tremenda,
porque tiene que haber hecho cons-cientes tanto a los
individuos como a las potenciales facciones subversivas
de los beneficios prácticos dispensados por el régimen —
y como «regalos» del dios que el régimen representa—.
Adams (1955, p. 12), evaluando como templos la
naturaleza de las es-tructuras monumentales, llega a la
conclusión de que «una etapa en la que los controles
económicos de es-ta sociedad altamente sofisticada
(cuando no total-mente urbanizada) fueron más
importantes y estu-vieron más formalizados que sus
controles políticos, y fueron primariamente de naturaleza
teocrática, puede, por tanto, ser aislada con considerable
certeza».
La mayor parte de los avances tecnológicos y
económicos habían llegado a estar bien establecidos en
la época protoalfabeta (alrededor del año 3000 a. C.). La
escritura apareció en forma de simples pictografías que
rápidamente se fueron convenciona-lizando entre los
escribas y archiveros, para, a partir de ahí, experimentar
un nuevo progreso, al igual que sucedió con la
correspondiente notación numérica. El arado mejorado,
los carros con ruedas, las balsas y barcas para la
navegación y el uso del bronce para las herramientas y
las armas comenzaron a emplearse en los primeros
tiempos de la era protoalfabeta, y continuaron siendo
elementos básicos para la posterior civilización
mesopotámica.
Hay la posibilidad de que en la era protoalfabeta
existiera una institución política de corta vida que difi-riera
algo de la pura teocracia. Jacobsen (1943), ba-sándose
en su estudio de los primeros textos, argu-menta que las
ciudades celebraban reuniones de una «asamblea» de
ciudadanos adultos varones condu-cidos por un consejo
de ancianos. Los textos protoal-fabetos son difíciles de
interpretar y demasiado esca-sos como para que a
nosotros nos pueda servir de mucho dicha interpretación.
En cualquier caso, los tex-tos de comienzos del período
dinástico, mucho más completos, no revelan ningún tipo
importante de su-pervivencia de esa «asamblea» ni de
ninguna tal olig-arquía (Frankfort, sin fecha, p. 78). Se
menciona aquí sin ninguna intención de evaluarla y con el
recorda-torio de que Gearing, a partir de datos
etnohistóricos, ha descrito una institución parecida entre
los chero-quis.
La era dinástica (ca. 2900-2500 a. C.)
Las autoridades sobre la materia están de acuerdo en
que, alguna vez, en los comienzos del tercer milenio a.
C., una tendencia política cada vez más se-cular
evolucionó hasta convertirse en un reino militar
hereditario constituido por varias de las ciudades situadas
en la Baja Mesopotamia; de aquí el uso de la etiqueta era
dinástica. Se muestran también de acuer-do en que esa
tendencia política estuvo acompañada de un extendido
militarismo y de guerras1.
Las quince o veinte ciudades sumerias indepen-dientes
se hicieron cada vez más «urbanas», proba-blemente
porque se concentraron para defenderse. Kish y Warka
pueden haber tenido hasta veinte o treinta mil habitantes
(Adams, 1955, p. 14). Adams piensa que el origen de la
monarquía estuvo íntima-mente relacionado con la
situación demográfica (ibid.): «Dado que toda la era está
virtualmente marcada por alguna evidencia de guerra,
puede apuntarse que la población se había expandido
casi hasta los límites que la tierra podía abastecer a
finales de la era pre-cedente y que lo que siguió fue un
equilibrio cróni-camente precario entre la población y los
1
Adams (1955, p. 13, y 1966, p. 133), Childe (1936, p. 125), Clark
(1969, p. 106), Frankfort (sin fecha, p. 87), McNeill (1963, pp. 41-46).
Estas autoridades son antropólogos o historiadores (Frankfort y McNeill)
con grandes conocimientos antropológicos.
4
recursos alimentarios. En estas condiciones, la génesis
de la monarquía puede haber sido en gran medida un
proceso autogenerador.»
Adams, como han hecho otros muchos en con-textos
distintos, ha adscrito aquí la guerra a la presión
demográfica y a la rivalidad entre las ciudades independientes, con la implicación de que la concurrencia se
ejercía sobre las tierras arables existentes entre ellas.
Como ejemplo, cita la «...larga historia de san-guinaria
rivalidad entre Lafash y Umma por los terri-torios
fronterizos...; en un estado crónico de emergen-cia de
este tipo el líder guerrero no tenía ni tiempo ni disposición
para renunciar a sus poderes» (ibid.). McNeill se muestra
de acuerdo en que a medida que la población crecía y se
entarquinaban pantanos y se ponían en regadío
desiertos, las zonas de nadie situa-das entre las ciudades
dejaban de existir y las tierras de éstas llegaban a lindar
unas con otras, produciendo «una perenne fricción y una
guerra crónica» (1963, pp. 41-42). La existencia de un
ejército permanente y la perpetuación del dominio militar
se piensa también que estaban relacionadas con los
problemas de las incursiones de los nómadas invasores.
«A medida que la guerra se transformó en crónica, la
monarquía se hizo necesaria. La concentración de la
autoridad política en las manos de un solo hombre parece
haber llegado a ser la norma en las ciudades sumerias
hacia el año 3000 a. C.» (McNeill, 1963, p. 43).
Pero subsiste la cuestión de qué medios y circunstancias transformaron el dominio de un jefe militar en una
«monarquía» política, con garantías incorporadas de
perpetuación más allá de dicho dominio personal. La idea
de que las omnipresentes amenazas o nece-sidades militares tienden a perpetuar la burocracia y el poder parece
razonable, pero, la consolidación de un verdadero Estado
legal es siempre difícil de conseguir. Tal idea lleva a la
sugerencia de que quizás las ciu-dades de la primera
dinastía no fueron todavía esta-dos acabados. Al menos
esta cuestión es algo a con-siderar posteriormente.
La estratificación y el Estado
Como vimos anteriormente, Adams y otros han
presentado la idea de que la guerra crónica condujo a un
dominio secular militar, con la sugerencia de que ésta fue
la causa de las ciudades-estados sumerias. Pero Adams
tiene otra teoría, presentada años más tarde, que
suponemos ha reemplazado, o al menos complementado,
a la anterior (aunque él no lo dice). Esta teoría constituye
una importante modificación de la que Childe hizo a la
teoría de Morgan-Marx-Engels (y posteriormente, de
Lenin) sobre el origen y la naturaleza del Estado.
Un elemento crucial de la teoría de Adams es el
incremento en la «estratificación». Mientras que Mor-gan
había citado el crecimiento de la propiedad priva-da como
la causa del Estado (el cual, según Engels, se dedicó a
proteger de los no propietarios a la clase propietaria),
Adams (1966, p. 80) pone el acento en «el sistema de
relaciones sociales estratificadas, del que los derechos de
propiedad sólo fueron una expre-sión». Adams piensa
que «la mayoría probablemente tendería también a
cuestionar la implícita suposición de Morgan de que la
substitución de las comunidades definidas étnicamente
por las definidas territorialmente fue causa necesaria y
suficiente para el desarrollo de la institución de la
propiedad privada». Sí se muestra de acuerdo con
Morgan sobre «el general desplaza-miento propuesto [por
Morgan] de agrupaciones de personas adscriptivamente
definidas a unidades políticamente organizadas, basadas
en la residencia». Pe-ro la «estratificación en clases»,
según Adams, «fue la causa principal y el "fundamento"
de la sociedad política».
¿Qué se entiende por estratificación, y cuáles son las
pruebas de la misma? Aparentemente, la estra-tificación
para Adams es un sinónimo de clase. Esto no está
expuesto así, pero las dos palabras están usadas de
forma bastante intercambiable. Adams no define formalmente la estratificación, pero sí define la clase (1966, p.
79),
cuando
describe
«grados
obje-tivamente
diferenciados de acceso a los medios de producción de la
sociedad, sin ninguna implicación ne-cesaria de movilidad
drásticamente reducida, concien-cia de clase o lucha
abierta de clases...». Y en este sentido, dice, «los estados
primitivos fueron caracte-rísticamente sociedades de
clases».
Adams cree que la ciudadanía común de las ciudades
mesopotámicas estuvo organizada en forma de «clanes
cónicos», citando para esto pruebas indi-rectas (1966, p.
94). El argumento es aún más aceptable en nuestro
actual contexto, puesto que nuestro estudio comparativo
de los estados y sociedades de jefatura etnológicamente
conocidos ha puesto de ma-nifiesto la probable
universalidad y la utilidad funcional de lo que nosotros
denominamos ramajes, formas de parentesco que
implican la institucionalización de la desigualdad por
herencia. Pero puede ser útil señalar que el ramaje (clan
cónico) está caracterizado típica-mente por una
diferenciación política, o burocrática, acompañada de
símbolos de status alto-bajo, pero sin que entre ellos
exista ningún importante o significativo «grado
objetivamente diferenciado de acceso a los medios de
producción». Es decir, es típico de las sociedades de
jefatura que los sacerdotes o jefes (y sus familias
inmediatas) no produzcan géneros ali-menticios, pero
acepten o exijan «regalos», o impues-tos, o tributos con
vistas a una redistribución parcial, reteniendo una parte.
Pero esto no es lo que Marx y Engels quieren decir
cuando hablan de relacio-nes diferenciales con
respecto a los medios de pro-ducción. Ellos pensaban en
los propietarios de tierras o maquinarias versus los no
propietarios (esclavos, siervos o jornaleros). La relación
de un sacerdote-jefe-redistribuidor con los trabajadores
agrícolas en una sociedad de jefatura se ve mejor como
una relación de poder político, no como una relación
económica que proviene de una desigual adquisición de
riqueza en una economía de mercado. En cualquier caso,
no hay necesidad de postular una relación de clases que
necesariamente tenga que haber estado fundada en la
propiedad económica. Es la propia relación de poder la
que estamos investigando, y hasta ahora parece como si
hubiera comenzado con un poder desigual para hacer
5
intercambios redistributivos (y un acceso desigual a los
dioses más que a los bienes).
Pero veamos qué evidencias encuentra Adams (1966,
pp. 95-110) para el desarrollo de la estrati-ficación en
clases. En el período de Ubaid tardío los ajuares
funerarios muestran pocas diferencias cualita-tivas que
puedan-interpretarse como indicios de una diferenciación
de status importante. En el período de Warka y en el
protoalfabeto comienzan a aparecer mayores variaciones;
las excavaciones de Ur, del protoalfabeto tardío,
muestran una diferenciación aún mayor. Pero en ninguno
de estos períodos aparece una estratificación muy
completa. Existe una evidencia más plena de que los
enterramientos de la época dinástica temprana muestran
diferencias de status basadas en la riqueza. Los
documentos escritos del período confirman estas
suposiciones arqueológicas.
En la parte más baja de esta sociedad se encon-traba
una clase no numerosa de esclavos, que gene-ralmente
trabajaban
en
importantes
tareas
«semi-industrializadas», tales como la tejeduría. Estos escla-vos
parecen haber sido cautivos de guerra, denomi-nados a
veces «los extranjeros». La masa de la pobla-ción la
constituían diversas clases de campesinado con variados
grados de control sobre la tierra que trabajaban. Parte de
ellos todavía estaban organizados como unidades de
parentesco primitivas. Los artesa-nos profesionales
tenían, por supuesto, diversos gra-dos de habilidad y
trabajaban en tareas de variada importancia, de forma
que probablemente no es razona-ble intentar una
clasificación de los mismos sobre una base económica;
puede ser mejor tratarlos como una especie de categoría
residual. En la cima de la socie-dad se encontraban el
príncipe y las familias aristo-cráticas o principescas.
Adams cree que éstos dirigían «haciendas señoriales» de
diversos tamaños. No es posible saber si literalmente
eran «señoriales», que significa poseídas privadamente y
administradas para el beneficio privado, dado que una
simple jurisdicción política sobre una unidad de personas,
por muy regionalmente definida que esté, puede dar la
misma apariencia, sin ninguna implicación de propiedad
en el sentido mercantil del término.
No podemos disentir de la conclusión de que en las
épocas dinásticas, si es que no fue antes, apareció al-gún
tipo de diferenciación social. Pero todos los indi-cios se
refieren a diferencias de status, que probable-mente
estaban relacionados con distinciones políticas o burocráticas y no con diferencias económicas. No puedo
admitir que la definición «acceso diferencial a los medios
de producción» sea muy significativa. Pienso que,
originalmente, esta definición fue acepta-da por los
marxistas a causa del supuesto de que la «lucha» de
clases obedecía a esta desigualdad eco-nómica. (Debe
observarse que Adams no parece muy firme, o ni siquiera
muy explícito, acerca de esto: en la exposición sobre
Morgan antes citada, quería substi-tuir «propiedad» por
«estratificación en clases» como «causa principal» y
«fundamento» de la sociedad política. Pero quizás su
primera definición de las cla-ses no quería implicar que
«el acceso diferencial» tuviera algo que ver con la
propiedad.)
Childe había sido un firme partidario de la teoría de la
opresión de clases en el origen del Estado en Mesopotamia, especialmente en su Man Makes Himself (El
hombre se hace a sí mismo; 1936), obra que tanto se ha
leído y tanta influencia ha ejercido. Henri Frankfort refuta
esto directamente (sin fecha, pp. 69-70).
Hablar del «excedente» de alimentos que tiene que haberse
producido para mantener tanto a los funcionarios como a los
comerciantes y artesanos, y sacar de ello la conclusión de que los
funcionarios tienen que haber sido una clase parásita que mantenía
sometidos a los agricultores, significa no tener en cuenta diversas
circunstancias, de las que la más importante es el clima del país.
Dondequiera que existe el poder, existe el abuso de poder. Pero el rico
suelo de Mesopotamia, si está bien regado, produce alimentos en
abundancia sin un trabajo excesivo o continuo. La labor en los campos
era estacional en su mayor parte. En la época de la siembra y en la de
la recolección toda persona fuerte y sana estaba, sin lugar a dudas, en
la tierra, lo mismo que pasaba en la Inglaterra medieval. Pero los
agricultores no eran una clase separada ni una casta. Todo ciudadano,
ya fuera sacerdote, comerciante o artesano, era un agricultor
experimentado que trabajaba su parte de tierra para mantenerse a sí
mismo y a los que de él dependían. Una vez que la semilla estaba
sembrada y que se había efectuado la recolección, quedaba mucho
tiempo en el que podían perfeccionarse, enseñarse y explotarse
determinadas habilidades especiales.
Cuesta trabajo ver cómo Frankfort sabe que todo el
mundo trabajaba en los campos, pero está bien su
observación de que la opresión, la represión o la
explotación para la producción del «excedente» no se
infieren simplemente de los datos disponibles y de la
naturaleza de la producción agrícola. También cuesta
trabajo entender cómo sabe que los oficios y la industria
casera no estaban separados. Pero el suyo es un
argumento de mérito, juzgándolo desde lo que etnográficamente sabemos de las sencillas socieda-des agrícolas.
Sin embargo, puesto que realmente no sabemos, lo mejor
es dejar la cuestión en expectativa —lo que quiere decir
que, al contrario de Childe, no aceptamos como algo
dado que el «excedente» agrí-cola equivalga a la «explotación» de una clase por otra, lo que a su vez significa
que el Estado se originó para reprimir a una clase en
interés de la otra. Desde luego, una vez fundado, un
Estado asume muchas funciones nuevas, en especial la
auto-protección, que es en sí misma, normalmente, un
mantenimiento del status quo, pero que también toma la
forma de pro-tección militar contra las sociedades
competidoras.
Rivalidad y guerra
Existe un amplio testimonio de que la evolución de la
sociedad mesopotámica desde los tiempos de las
primeras aldeas sedentarias hasta los grandes impe-rios
babilónicos estuvo acompañada por un aumento
proporcionado en el número de guerras y en la exten-sión
de las mismas. Y la guerra, lo repetimos quizás
innecesariamente, era de dos clases distintas: entre
vecinos competidores rivales y entre las ciudades sedentarias y los nómadas invasores. Estas dos clases de
guerra suponen claramente distintas estrategias y una
organización diferente.
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Una vez que la Mesopotamia meridional llegó a estar
más o menos «saturada» en el período dinástico sumerio,
las ciudades rivales iban de la guerra a la paz y de la paz
a la guerra, y ambas situaciones eran simplemente dos
aspectos de una estrategia política exterior. Una ciudad
derrotada por otra podía conver-tirse en tributaria de esta
última, pero probablemente con repugnancia y
aparentemente sólo durante un corto espacio de tiempo,
porque todavía se carecía de los medios para unir o
federar permanentemente a las distintas regiones. Probablemente también, ninguna ciudad fue militarmente muy
superior a las otras hasta la época de Sargón. La paz se
hacía también en tér-minos de alianzas entre los vecinos
contra las confe-deraciones rivales, pero como esta
estrategia era sólo militar, en lugar de ser
económicamente simbiótica, tendía a ser efímera.
Al comparar la era dinástica mesopotámica con su
equivalente era floreciente tardía de los valles de la costa
norte del Perú, puede ser una sugerencia impor-tante el
hecho de que la relativa carencia de éxito, en ambas
áreas, en el intento de unirse en comunidades políticas
de mayor tamaño se debió a que las ciuda-des y los
valles costeros .eran bastante similares a sus vecinos en
el aspecto económico. Los «imperios» de mayor tamaño,
como los de Tiahuanaco y Acad (y, en este aspecto,
Teotihuacán, en México) implican to-dos zonas
geográficamente distintas, de forma que la burocracia
imperial pudiera crear una simbiosis eco-nómica que
tuviera la suficiente importancia como pa-ra proporcionar
beneficios políticos mediante la planifi-cación de los intercambios de artículos importantes.
La otra clase de guerra, la de defensa contra las
incursiones de los pueblos pastores, era, desde luego,
difícil de sostener debido a la gran movilidad de los
depredadores. Resultaba también casi imposible ha-cer la
paz con ellos, excepto algunas veces «en que se les
.compraba para que se fueran», solución gene-ralmente
arriesgada y de corta duración.
La dificultad que tuvieron los agricultores con los
depredadores errantes fue persistente en Mesopota-mia.
Esta misma persistencia a lo largo de milenios tu-vo
indudablemente un intenso efecto, creando tierras de
nadie y zonas tapones en áreas que en otras circunstancias podían haber sido económicamente productivas. La otra cara de esta moneda es particularmente importante: con la creciente presión de los nómadas sobre el pueblo en las zonas intermedias, éste
tenía que elegir entre hacerse también nómada o unir-se
a comunidades políticas sedentarias de mayor ta-maño,
incrementando así tanto la población nómada como la de
las ciudades. Muy bien puede haber suce-dido que el
incremento
sin
precedentes
de
verdaderas
aglomeraciones urbanas en el sur de Mesopotamia,, que
fue también la primera zona de ocupación total-mente
sedentaria, estuviera causado en parte por la imposibilidad real de una completa adaptación en las estepas
de las tierras altas (estas áreas intermedias del norte
fueron, en realidad, tardías en su desarrollo). Es
importante recalcar de nuevo el simple hecho de que las
consideraciones militares influyen no sólo en el tamaño
general de la población, sino también en su movimiento
de desalojo y nueva ubicación, esencial-mente hacia una
distribución característica.
Como señala Adams (1972, pp. 61-62), durante el
período de Ubaid hasta los primeros siglos del cuarto
milenio se produjo un incremento importante en la
población sedentaria, distribuida en densos racimos de
aldeas y poblaciones situadas cerca de los ríos y
torrentes. No se sabe si este aumento de población fue
natural o debido a la inmigración.
En cualquier caso, el desarrollo más extenso de las instituciones
urbanas características de la civilización sumeria tuvo lugar después de
este período de crecimiento de la población, en los últimos siglos del
cuarto milenio... al menos en unos cuantos centros como Uruk, el
proceso de crecimiento fue no sólo explosivamente rápido, sino que
estuvo acompañado de profundos cambios estructurales, con sólidas
fortificaciones y grandes palacios, y con jerarquías políticas que
desplazaban el énfasis fuera de los templos y de sus sacerdocios
asociados. Pero lo importante es que esta urbanización suponía la
redistribución de la población más que un nuevo incremento de la
misma. En otras palabras, se realizó sólo a través de un abandono rural
generalizado y de la reubicación más o menos forzosa de los habitantes
de las antiguas aldeas y poblaciones en aglomeraciones urbanas
absolutamente sin precedentes.
La era imperial (ca. 2500-1500 a. C.)
La misma peculiaridad geográfica de Mesopotamia que
tentaba a los nómadas llevaba también a guerras
intestinas e intentos de conquista entre las propias
ciudades. Como explica Childe (1936, p. 125), todas ellas
dependían de los dos ríos, el Tigris y el Eufrates, para su
propia vida, y para «la importación de... pro-ductos
exóticos procedentes de fuentes comunes». Y, por
consiguiente,
..entre las diversas ciudades autónomas era obligado que surgieran
disputas en torno a las tierras y a los derechos sobre el agua. Precisamente porque todas contaban con el mismo comercio exterior para
aportarles las mismas cosas necesarias para la industria, las rivalidades
comerciales fueron inevitables entre los estados soberanos; la
contradicción entre un sistema económico que tenía que ser unitario y el
separatismo político se puso de manifiesto en interminables guerras
dinásticas. De hecho, nuestros primeros documentos posteriores a las
memorias de los templos registran guerras entre ciudades adyacentes y
tratados que las terminaban temporalmente. La ambición del gobernante
de cualquier ciudad consistía en obtener la hegemonía sobre sus
vecinos.
El imperio acadio
Alrededor del año 2500 a. C., los intentos de cons-truir
imperios comenzaron a tener un amplio éxito, pe-ro no
duraron mucho. Sargón de Acad, hacia el año 2370 a. C.,
fue aparentemente el primero en fundar una dinastía
imperial que permaneció durante diversos remados
(aproximadamente un siglo). Esta dinastía dominó sobre
todo Mesopotamia y al parecer sometió o intimidó a los
bárbaros de las tierras altas.
Según la tradición, Sargón comenzó su carrera po-lítica
como copero del rey de Kish, ciudad situada en la
frontera norte de Sumer. (Sumer era la parte meri-dional
de la Baja Mesopotamia.) Finalmente llegó a ser un
afortunado líder militar que, después de derro-tar a varias
ciudades vecinas, fundó su propia ciudad, Acad (Agadé).
Desde Acad continuó sus campañas sobre el sur hasta
que toda Sumer fue tributaria suya. Una conquista de
este tipo no era nueva para los sumerios, pero todas las
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incursiones previas, al igual que sus propias guerras
intestinas, habían sido bas-tante efímeras en sus
resultados.
Acad se fundó en una posición militar estratégica
situada en la zona de transición entre las llanuras
bárbaras y el civilizado sur. Es posible que fuera por esta
misma razón por lo que Sargón tuvo tanto éxito; tuvo la
posibilidad de «unir las proezas bárbaras con la técnica
civilizada», formando una combinación superior a
cualquiera de ellas (McNeill, 1963, p. 46). La cultura
sumeria había ejercido su influencia sobre las regiones
media y superior de Mesopotamia sin llegar a
conquistarlas, de forma que la nueva ciudad que Sargón
construyó en Acad tuvo una importante base sumeria,
pero sin la rígida estructura sacerdote-y-templo de las
viejas ciudades sumerias. En Acad existían sacerdotes y
comunidades relacionados con los templos, pero como la
ciudad fue creada por la milicia, las partes secular y
militar de la sociedad fueron las predominantes y así
continuaron.
Otro rasgo posiblemente importante de la génesis del
imperio acadio reside en las diferencias entre las culturas
originales de los semitas del norte y los su-merios del sur.
Estos habían sido durante muchos cientos de años
agricultores de regadío sedentarios. Muchos de los
pueblos de habla semítica de los ríos y llanuras de la Alta
Mesopotamia habían sido pastores nómadas, e incluso
después de que adoptaran el culti-vo de regadío
(alrededor del año 2.500 a. C.) todavía tenían una
importante conexión simbiótica con los pueblos pastores
vecinos. Por consiguiente, la Meso-potamia unida
comprendía dos subculturas, la de las ciudades sumerias,
más antiguas, aristocráticas, sofis-ticadas y teocráticas, y
la más nueva de las plazas fuertes de la frontera norte,
potente y más secular. Mc-Neill cree que la herencia
pastoril de los semitas fue un poderoso factor causal en la
nueva forma que tomó la transición al cultivo de regadío
(1963, pp. 46-47):
Sin lugar a dudas, los claros beneficios de la irrigación indujeron este
cambio; pero el mismo se dio en el seno de la estructura de un sistema
social que se había formado para satisfacer las necesidades del
pastoreo. Esto significaba, sobre todo, una sociedad conducida por jefes
tribales, cuya función consistía en dirigir el esfuerzo cooperativo
necesario para salvaguardar los rebaños y trasladarlos de pastoreo en
pastoreo. A medida que la agricultura de regadío se fue enraizando en
Acad, esa especie de autoridad tradicional se extendió y se transformó:
los jefes comenzaron a movilizar y supervisar las cuadrillas de mano de
obra necesarias para construir y mantener las obras de riego.
Ya se ha hecho observar cuan a menudo una serie de
formas e instituciones culturales más vetustas to-man una
nueva vida cuando son trasplantadas a una nueva
localidad y aceptadas por un nuevo pueblo. Para esto
parecen existir dos motivos relacionados en-tre sí: los
«prestatarios» es probable que sólo elijan aquello
claramente mejor de la gama de variaciones en cosas
tales como las técnicas de irrigación; y los elementos
«prestados» pueden encontrarse adapta-dos a usos y
medios no familiares, que pueden (o, por supuesto, no
pueden) dar lugar a nuevas combinacio-nes de una
mayor potencialidad evolutiva. Estos dos factores se
presentan para explicar la influencia de Acad,
particularmente en el hecho de que la adapta-ción de la
agricultura estuvo relacionada con una ad-ministración
más secular que religiosa. Esto y la he-rencia militar de
los pueblos dedicados al pastoreo crearon no sólo una
ciudad más fuerte, sino también un Estado más puramente secular en vez de una so-ciedad de jefatura
elaborada o un cuasi Estado teocrá-tico. McNeill resume
esta evolución en la forma si-guiente (1963, p. 50): «El
fructuoso trasplante, río arri-ba, entre los acadios de la
elevada cultura sumeria marcó una etapa importante en
la expansión de la civi-lización. La barrera sociológica que
hasta entonces había confinado la vida civilizada a las
comunidades organizadas y dirigidas por los sacerdotes
se trans-cendió por vez primera.»
El secular gobierno acadio de la milicia, la econo-mía y
el sistema de riego fue capaz de desplegarse mucho más
fácilmente en las regiones interiores situa-das río arriba.
Y probablemente tuvo una gran impor-tancia el nuevo
papel que Sargón se inventó para él: hizo posible que su
nombre fuera invocado junto con el de los dioses en las
tomas de juramento sobre un acuerdo. A primera vista,
esto parece como un intento de autodeificación para
restablecer un importante ras-go teocrático —y quizás
sea así—; pero la importan-cia práctica consistió en que
si un acuerdo tomado ba-jo un tal juramento se
quebrantaba, o se perjuraba, el príncipe se comprometía
a defender el derecho de la parte injuriada. Esto equivalía
a la constitución del propio Sargón en tribunal de
apelación para todo el país, independiente de las
ciudades. Fue un paso importan-te en la elaboración de
un verdadero código de leyes, cuyo origen fue político, no
religioso (Frank-fort, sin fe-cha, p. 86).
El imperio fundado por Sargón duró cuatro generaciones, hasta que fue derribado por una invasión del
pueblo guti, que a su vez rigió un desarticulado impe-rio
por espacio de un siglo, hasta que fueron abatidos por
una revuelta interna. La tercera dinastía de Ur gobernó
Sumer y Acad durante otro siglo, después de lo cual una
compleja serie de desórdenes y guerras infestó
Mesopotamia hasta más o menos el año 1.700 a. C.,
cuando Hammurabi unió el país desde su propia ciudad
de Babilonia, todavía más al norte que Acad. Pero la
dinastía de Hammurabi, como las demás que le
antecedieron, tuvo un ciclo de vida de sólo aproximadamente un siglo antes de que, sucumbiera ante las
nuevas invasiones bárbaras. Tan repetitivas fueron estas
ascensiones-y-caídas que contribuyeron a pre-cipitar las
muchas teorías cíclicas del Estado.
La estructura del imperio
A pesar del desorden —y en algunos aspec-tos, a
causa de él— la civilización mesopotámica experimen-tó
determinadas evoluciones estructurales e institucio-nales
que iban a proporcionar los cimientos de impe-rios y
ciudades por todo el Cercano y el Medio Oriente (y posiblemente más allá) mucho antes de la época cristiana.
En primer lugar, y comenzando en los tiem-pos de Acad,
la tendencia política se encaminaba ha-cia territorios cada
vez más extensos que, aparente-mente (o incluso
necesariamente), experimentaban un lento desarrollo de
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los medios de control político, buro-crático y militar. La
escritura y las matemáticas conti-nuaron progresando en
conexión con la política, en tanto que la economía, el
derecho, la religión y la ideo-logía se iban modificando
también de acuerdo con las nuevas demandas políticas.
Relacionado con todo ello se produjo un incremento en la
esfera de la econo-mía, en el movimiento de géneros y
materiales.
Para que la tendencia hacia comunidades políticas de
mayor tamaño tuviera éxito tenía que darse una
transferencia de algunas lealtades políticas, al menos de
algunos burócratas, desde las ciudades locales a la
comunidad política mayor. Una forma obvia de alentar
esta transferencia consistía en substituir algunos de los
altos oficiales locales por extranjeros leales al emperador.
Naram Sin (nieto de Sargón) reemplazó a los regidores y
sacerdotes locales por sus propios parientes; y con el
tiempo, a medida que su oficialidad real proliferaba,
puede suponerse que el personal bu-rocrático llegó a
estar cada vez más profesionalizado —cada vez más leal
a su propia organización y a sus fines, los que, por
supuesto, eran también principal-mente los fines del
imperio.
La burocracia —secular, sacerdotal y militar— tuvo que
haberse visto inmensamente ayudada por la comunicación escrita y la notación numérica. La simple
escritura pictográfica y los numerales debieron utilizar-se
en Sumer para llevar las memorias de los templos y para
registrar los contratos económicos. Con el desa-rrollo del
imperio se produjo una gran y creciente ne-cesidad de la
escritura y de la aritmética, y esto hizo que se expandiera
el progreso de las mismas. Política-mente, la importancia
de la escritura de los códigos de leyes tiene que haber
sido tremenda. El estableci-miento en todo el reino de un
sistema uniforme de jus-ticia real condujo a los
representantes de la corte im-perial a establecer un
contacto directo con los asuntos de las personas y los
grupos locales, y esto hizo que, con el tiempo, la burocracia, en su aspecto legal, fuera cada vez más útil y
necesaria. De esta forma pudo minar la autoridad de los
líderes locales, que anterior-mente administraban meras
costumbres también loca-les, más que el derecho del
país (véase McNeill, 1963, p. 53 y n. 38). (Podemos
suponer, con McNeill, que existieron códigos de leyes
reales anteriores al famoso de Hammurabi.)
La importancia política de la escritura, como antes
hemos visto, se extendía a la ideología. Cuando la
mitología religiosa se transmitía sólo oralmente, esta-ba
sujeta a cambios inconscientes, no intencionados, pero al
escribirse se convertía en codificada y «ofi-cial». Los
cambios podían hacerse por razones políti-cas —para
rebajar el status de un dios local o elevar el de otro (como
en la famosa Épica de la Creación que elevó al dios de
Babilonia, Marduk, a la supremacía).
El incremento de la actividad económica durante la era
imperial plantea un problema de interpretación. Hay
quienes ven cualquier indicio de movimiento de productos
como «comercio», de lo que se infiere que habían
aparecido unos empresarios privados que iban a
convertirse en una «clase mercantil». El famoso
historiador económico Karl Polanyi (en Polanyi et al.,
1957) impugna eficazmente esta interpretación sim-plista,
etnocéntrica. Los porteadores de mercancías, los
representantes burocráticos del imperio, e incluso toda
clase de embajadores, pueden ser apoderados para
negociar intercambios y determinar equivalencias y
calidad, pero en sus cofres no ingresa ningún tipo de
plusvalía de intermediario. Un porteador-representante
oficial puede operar a comisión o a salario, pero en
cualquier caso el «precio» será un precio políticamen-te
determinado, burocráticamente negociado, y no pro-ducto
de las fluctuaciones de la oferta y la demanda en un
mercado libre. Es sólo en este último sentido en el que
una «clase mercantil», gracias a las ganancias obtenidas,
puede hacerse rica y políticamente pode-rosa, e influir,
por consiguiente, en la naturaleza del Estado político en
el sentido marxista.
Esto no quiere decir que no existiera un «mercado» en
un sentido distinto de la palabra. El «mercado» de una
aldea campesina es primordialmente un lugar de
encuentro más que una institución para determinar los
precios como lo es la lonja pública. Un lugar así es útil
para que el pueblo se reúna con objeto de intercam-biar
los excedentes de sus propias economías domés-ticas.
Ninguna burocracia de ciudad o aldea puede re-gular con
facilidad un asunto tan complejo pero de tan poco valor
económico, y probablemente incluso pocas se
molestarían en intentarlo, aunque probablemente
tratarían de ejercer el control policial del mismo, de someterlo a tributación, de servir de mediadores en las
disputas, etc. Pero aun cuando los precios estén determinados por el regateo, la oferta y la demanda, o por
una ideología irracional —es decir, aunque los pre-cios no
estén regulados por la burocracia—, esto no produce
«comerciantes» lo suficientemente poderosos como para
tener la importancia política de una «cla-se».
Indudablemente, es la insignificancia de estos
intercambios lo que les permite no estar regulados.
Pero ni la presencia ni la ausencia de una clase
mercantil propietaria en los tiempos de Hammurabi puede
probarse. A mí me parece muy dudoso que existiera tal
clase, pero esto es algo ajeno a nuestros propósitos
presentes: nosotros estamos interesados en tiempos más
primitivos, la era dinástica de Sumer y el período acadio
temprano, con objeto de juzgar la importancia del factor
«clase» o «estratificación» y de descubrir su naturaleza, y
está claro que en aquellos tiempos su origen no fue
empresarial.
Adams dice (1966, p. 155) que para el período dinástico temprano de Sumer «buena parte del comer-cio
entre ciudades o estaba sometido a la demanda real o se
encontraba bajo el control real directo». Los agentes
responsables de los intercambios eran fun-cionarios y no
empresarios
libres,
y
estaban
organiza-dos
jerárquicamente. Esto no quiere decir que esas mismas
personas no estuvieran comprometidas en algún tipo de
comercio privado, sino sólo que su poder, fuese el que
fuese, emanaba de su posición buro-crática y no de la
riqueza privada obtenida gracias al comercio. En la época
acadia de mayores esfuerzos militares, «... los tipos de
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comercio probablemente es-taban todavía íntimamente
entrelazados con las exac-ciones de botines de guerra y
tributos dentro del con-trol del diseminado reino acadio»
(ibid., p. 156).
Parece evidente que aunque se pueda formular una
hipótesis consistente sobre la importancia política del
intercambio de bienes en relación con la burocra-cia, este
mismo intercambio no crea una clase de em-presarios de
importancia política. En el caso de tener que formular
alguna hipótesis, podría argumentarse que el desarrollo
de una organización gubernamental hizo posible un incremento en la cantidad de inter-cambios de bienes a
distancia, en vez de lo contrario, y que los intercambios
recíprocos fortalecen la buro-cracia en ellos implicada.
Debe recalcarse que esta argumentación se hace para la
importancia política de los intercambios de bienes
distantes e importantes, porque son estos intercambios
los que tienen que ha-ber sido planificados y
administrados oficialmente —y no los insignificantes
intercambios realizados por individuos privados para
cubrir las necesidades de las familias. Pero incluso si
toda la población de una ciu-dad actuara en un día de
mercado como «capitalistas de perra gorda» (frase de
Sol, Tax para sus aldeanos indios guatemaltecos), esto
no crearía en la antigua Mesopotamia una clase de ricos
empresarios como base de un Estado represivo, como
tampoco la ha creado en las modernas aldeas de
Guatemala.
La primera civilización urbana
Al igual que ocurría en Mesoamérica y Perú, Mesopotamia presenta un largo período evolutivo de gobier-no
teocrático que lleva a un período «clásico», segui-do por
un incremento en las guerras y por las suce-sivas
ascensiones y caídas de imperios militares. Y, como
sucedía en los casos precedentes, un incre-mento en el
tamaño y número de ciudades acompa-ñaba ese
proceso, pero sin las «simbiosis regionales» que tan
fundamentales parecían en las regiones del Nuevo Mundo. En las tierras bajas de Mesopotamia la
especialización fue más tecnológica que ecológica.
El tamaño de las ciudades mesopotámicas aisla-das
plantea el problema de la relación causa-efecto en el
desarrollo de la organización gubernamental. ¿Necesitaban controles a causa de su tamaño, o la presencia
de la milicia y la protección de las ciudades alentaba su
crecimiento? Ciertamente las dos cosas se dieron juntas,
pero parece probable que las dos clases distintas de
problemas militares —la protección contra los nómadas y
contra las ciudades rivales— tienen que haber sido un
factor de primer orden en el crecimiento de las ciudades.
Tenemos también que re-conocer, desde luego, que el
cultivo intensivo y la do-mesticación de los animales
tuvieron que acompañar el crecimiento de los centros
urbanos.
Pero —como también hemos advertido en an-teriores
capítulos (especialmente con respecto a Teo-tihuacán)—
la presión militar no sólo tiende a hacer que la población
de la ciudad aumente, sino que también disuade a los
disidentes políticos de abandonarla. Así, las tendencias
centrífugas, bastante normales, existentes en cualquier
gran comunidad política tien-den a ser superadas por la
fuerza centrípeta de los as-pectos beneficiosos de la
pertenencia a dicha comu-nidad política —en especial los
beneficios de su pro-tección.
Es ésta además una hipótesis que hace que la de la
circunscripción de Carneiro (1.970) necesite ser enmendada. Yo creo que cuando la circunscripción geográfica está presente, el efecto político que produce es el
que dice Carneiro; pero yo lo llamaría otro ejemplo, entre
los varios existentes, del factor de la goberna-ción
mediante el beneficio. Este factor general, en la medida
en que yo puedo concebirlo ahora, es un universal en la
formación de todas las relaciones de poder persistentes.
La redistribución y el bienestar económico en general, la
intervención sacerdotal con respecto a los dioses, la
protección, etc., contribuyen a la integración política
cuando resulta claro que son beneficios superiores
comparados con la alternativa de desplazarse (o, como
en formas políticas más mo-dernas, con la de derribar el
gobierno). Carneiro pone el acento sólo sobre uno de
esos factores, el aisla-miento geográfico de la sociedad
altamente productiva y ecológicamente bien adaptada.
Pero en este punto debo añadir que otra clase de factor
ecológico es la adaptación militar de nómadas y de
agricultores asen-tados dedicados al cultivo intensivo. Su
rivalidad crea una tendencia polarizadora, haciéndose
algunas so-ciedades cada vez más nómadas y agresivas,
y dedi-cándose otras a la agricultura intensiva, con una
es-trategia defensiva sedentaria. Esto tiene como resultado la apariencia de un aislamiento geográfico, co-mo
en parte lo es; pero está producido en su mayor parte por
la especialización militar, y pueden, por con-siguiente,
parecer más improductivas de lo que real-mente son las
tierras de nadie intermedias, relativa-mente vacías.
La otra forma de guerra, la guerra entre las ciuda-des,
tuvo finalmente como resultado unas formaciones
estatales (gobierno por la fuerza o por la amenaza de
ésta) que fueron desarrolladas en asuntos exteriores,
culminando con el imperio de Sargón y sus diversos
sucesores. Pero la civilización mesopotámica precedió a
estas formaciones statales, lo mismo que los impe-rios
militares de Mesoamérica y Perú estuvieron pre-cedidos
por las civilizaciones allí desarrolladas. Y pa-rece
evidente que el que la conquista conseguida se haga
permanente depende no sólo del poderío militar, sino
también de la formación previa de una burocracia
gubernamental capaz de encargarse de nuevas tareas.
ORIGENES DEL ESTADO Y LA
CIVILIZACION.
ELMAN SERVICE.
CAPITULO 12
MADRID.
ALIANZA EDITORES.
1.988.