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C
uentan lenguas antiguas que un 6 de Junio del
222 d.C. el diablo Lucifer tuvo un hijo: sus
dientes afilados desgarrarían un jabalí sin mayor
esfuerzo, sus ojos recordaban a los de un lagarto
y sus garras a las de un dragón pero…, eso es otra
historia.
El caso es que una noche de luna nueva del año 1986, a
medianoche, un francés con grandes bigotes puntiagudos,
vigilaba a las puertas de un importante museo de la
capital francesa.
A la mañana siguiente, la mujer de aquel hombre se
extrañó que su marido no se encontrara ya en casa;
debería haber llegado alrededor de las siete y ya era
cerca de mediodía de un espléndido sábado.
Ella, muy impaciente por la tardanza de su marido,
tomaba una taza de té. Ya, a las 12:00, denunció la
desaparición de su cónyuge.
La policía llegó rápidamente a la casa de esta mujer para
entrevistarla. Ella les explicó, entre lágrimas, lo poco que
sabía.
1
Rastrearon los alrededores del museo y, cuando parecía
que la investigación era inútil, se oyó la llamada de un
miembro de la policía que gritó:
-Sr. Gougen, Sr. Gougen- (este era el nombre del jefe de
la guardia).
Todos los hombres acudieron al instante. Allí se
encontraba, en la calle seis enfrente de la vivienda nº 6,
el inconfundible cuerpo del desaparecido. Estaba pálido.
En la cara, bajo la nariz había rastros de sangre.
Llamaron a la viuda de aquel hombre para explicarle lo
ocurrido, y también al servicio forense que dedujo que
había fallecido aproximadamente a las 6:00 horas.
Ya en el Hospital Forense, examinaron a fondo su cuerpo
sin vida y no encontraron nada extraño, excepto una
curiosa marca en la parte posterior del hombro derecho:
era un tatuaje en forma de corazón, en el que estaba
estampado el número seis.
Se lo comunicaron a los servicios especiales de
criminólogos, que se pusieron en contacto con la mujer
del fallecido que, sin darle mayor importancia a la marca
y a que el asesino le arrancó el bigote de la cara antes de
matarlo, celebraron su funeral.
2
Nadie, excepto un miembro de la policía, sospechó de la
extraña serie de tantos seises. Aunque no le dio
importancia, ya que no sabía que el número seis es el
número del diablo.
Un año después, la primera noche de luna nueva, en
Inglaterra, un prestigioso doctor moría en las puertas del
hospital en el que trabajaba. Éste era alto, delgado,
usaba gafas y tenía bigote y perilla.
Los forenses más importantes de la ciudad preparaban
los bisturís, mientras el ayudante de estos le quitaba la
ropa.
-Lo que me imaginaba- susurró el discípulo.
-¿Qué sucede?- preguntó uno de los forenses.
- Tiene la marca.
Todos pudieron observar el corazón tatuado con el
número seis grabado en su hombro.
Llamaron a distintos detectives, tanto privados como
estatales, que tras algunas investigaciones en el hospital
donde falleció el doctor, encontraron una mancha de
ceniza morada, que introdujeron en una bolsa de plástico.
La llevaron al laboratorio de la ciudad, dónde la
estudiaron y descubrieron que no constaba de átomos
normales, parecían proceder del mismísimo infierno.
3
La sexta noche de luna nueva, del mismo año, otro
hombre bigotudo fallecía. Este también tenía la marca, y
al igual que a los otros dos difuntos le habían arrancado
su preciado bigote.
Dos días después, Will Jackson, uno de los detectives
privados más importantes de la ciudad de Nueva York,
sospechaba que había algo en común en los tres
asesinatos. Investigó el caso muy plenamente, aunque
no sirvió de nada.
Al día siguiente, Will recibió una carta en la que decía:
“Hoy en el Central Park a las 11:00 p.m.”.
Will acudió al Central Park respetando la petición del
mensaje. Allí no se oía más que la suave brisa chocando
contra la corteza de los árboles y el crujir de las hojas de
los sauces.
Will miró su reloj, ya eran las 11 en punto. Delante de él
apareció un ser horrible con dos cuernos en la cabeza;
vestía una larga capa negra. Estaba levitando. Sus ojos
tenebrosos se proyectaron en los de Will, que se sentía
asustado. Un escalofrío recorrió su espalda; se quedó
inmóvil. Sus piernas no respetaban sus órdenes y le
empezaron a palpitar las sienes.
4
Antes de que Will pudiera reaccionar, una especie de
tentáculos verde oscuro le agarraron fuertemente. Perdió
el conocimiento. Cuando volvió en sí, aquellos tentáculos
verdosos, seguían apretándole con fuerza.
A su alrededor había altas llamas, “¿Estoy en el infierno?”
se preguntó.
Al instante, frente a él se presentó el ser que le había
atrapado. Aquel individuo dijo con una gravísima voz:
-“Desde tiempos inmemoriales, los habitantes de la
Tierra dejáis que os crezca el pelo de debajo de la
nariz…”
-¿El bigote…?- interrumpió Will.
-¡Noooooo!- gritó el extraño ser a la vez que se tapaba
los oídos- ¡no vuelvas a pronunciar esa palabra!
¿Entiendo?
-E…entendido.
-Para los que vivimos en el infierno -continuó el demonio-,
eso significa amor y amistad. Y eso aquí lo despreciamos.
Me encargaré de cumplir la promesa que le hice a mi
padre. Me confió la tarea que él no supo terminar: matar
a todo hombre con… -inhaló una bocanada de aire y
terminó la frase- …bigote.
-¿Y… y a mí -dijo Jackson- para qué me necesitas?
-Para que les des este comunicado a los habitantes de allí
arriba.
5
En un abrir y cerrar de ojos el demonio había
desaparecido de la misma manera que había venido. Will
se encontraba de nuevo en el Central Park. Sujetaba en
la mano izquierda una bola de cristal azul que contenía
una blanquecina nube…
Y nunca se supo nada más sobre Will Jackson ni sobre
aquel demonio.
David Cortés García
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