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Con María, se vive mejor el
Adviento
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
Si en el algún momento, se puede
disfrutar y celebrar con especial sensibilidad y encanto una
fiesta mariana, es precisamente, en el corazón del Adviento, la Inmaculada Concepción.
¿Quién sino Ella, estuvo vigilante, ante la llegada de Jesús?
¿Acaso no nos despierta para que salgamos al encuentro del Salvador?
¿No es referente, reflejo y espejo de la pureza y de la blancura que a todo un Dios
enamoro?
¿No es Ella el mejor indicador para encontrar el sendero que conduce a Belén?
Hoy, cuando asistimos a una contaminación general, y no tanto de la atmósfera (que también)
cuanto del corazón y de los sentimientos de las personas, María, se convierte en el baluarte de
la esperanza y de la virtud, de la verdad y de la gracia, de la ternura, del amor y de la
autenticidad de la próxima Navidad.
La Inmaculada es el lienzo donde Dios se fija para proyectar y dibujar su morada. Un lienzo sin
mancha donde, Dios, va perfilando con trazos de amor y de Padre, todo un plan que se iniciará
en Belén y pasando por la cruz, concluirá en la mañana más luminosa y triunfante de la
Resurrección.
¿Por qué, a nosotros cristianos de a pie, nos cuesta tanto evitar situaciones que nos
corrompen?
¿Por qué, si llevamos a Jesús desde el mismo día de nuestro Bautismo, nos resistimos tan
suave y timidamente, a las nuevas serpientes que nos seducen y nos inyectan el veneno del
secularismo, de la incredulidad, del todo vale o aquello de a “Dios ni pan”?
Sí. La Solemnidad de la Inmaculada, dentro del Adviento, es un redoble de esperanza. Dios
sigue haciendo obras grandes en aquellos que se fían de El. En aquellos que se brindan, desde le
belleza del corazón y del pensamiento, para formar parte de esa gran cadena ( por cierto
gigantesca) que va transmitiendo –de generación en generación- la Encarnación del Hijo de
Dios en el seno virginal de María y el mensaje que, un Niño, nos trae.
2. Hoy, la Solemnidad de la Inmaculada, es un libro abierto con la firma de Dios, que nos
descubre nuestra realidad humana y cristiana. Con María, por si lo olvidamos, también nosotros
hemos sido escogidos desde antes de la creación del mundo por pura iniciativa de Dios. ¿Nos
damos cuenta de lo que ello significa? ¿Acogemos la gracia o la rechazamos? ¿Somos
inmaculados o corruptos? ¿Sencillos o complicados como la vida misma? ¿Con los ojos
orientados al cielo o ciegos y embarrados con los acontecimientos del duro suelo?
¿Conscientes del amor de Dios o indiferentes a su llegada en Navidad?
Frecuentemente, los cristianos, aducimos que –para vivir la fe- colisionamos con numerosas
dificultades; que el horno no está para bollos; que ser cristiano o católicos, es poco menos que
“ser ciudadano de segunda”; que antes se vivía con más libertad y aplauso nuestra pertenencia a
la iglesia o la profesión de un credo.
¡Miremos a María! ¡Pero la miremos no resguardada en manto azul y ceñida con corona de
plata! María, en su intento y afán de agradar a Dios, le importó un comino escollos, dimes e
interrogantes que surgieron a su alrededor (incluso los del bueno de José). Cuando hay fe y
confianza en Dios, lo demás, se convierte en detector o prueba de si, aquello que presumimos
creer, tiene consistencia o es simple merengue.
La Inmaculada no es esa mujer de manos entrecruzadas en el pecho y con los sentidos
embobados en el universo. La Inmaculada es aquella mujer que, por Dios, pisó con todas sus
fuerzas, flaquezas y pecados, debilidades y tentaciones que –al hombre- sacudían y nos siguen
agitando.
Esta fiesta nos centra aún más en el adviento. Nos empuja y nos hace abrir los ojos para que, el
Señor, no se nos pierda en medio de tanta bombilla, villancico excesivamente adelantado o
eslogan que poco o nada tienen que ver con la Navidad.
María Inmaculada es, la privilegiada luz que podemos poner en el corazón para la llegada del
Salvador.
Que, como Ella, pisemos aquello que estorba y que nos deja sumergidos en la fealdad (frente a
la belleza), en el ruido (frente al silencio contemplativo), en la mediocridad (frente al afán de
perfección), en el pecado (frente al esfuerzo por dominar nuestra debilidad).
Miremos a María Inmaculada. ¿Qué gime dentro de Ella? Un amor de Dios que se
revuelve y se hace sentir en un vientre virginal.
Miremos a María Inmaculada. ¿Qué hay en Ella? Un campo cultivado por las manos de
Dios
Miremos a María Inmaculada. ¿Qué se escucha de sus labios ? Un “SI” que nos traerá a
un Dios pequeño que, ya desde la cuna, nos regalará un mensaje que en el mundo tanto
cuesta descubrir, cuidar y ofrecer gratuitamente: EL AMOR SIN CONDICIONES DE
DIOS.
J.Leoz
Nota: a continuación, oración a la Inmaculada
INMACULADA
Eres camino privilegiado para dar con el sendero que lleva a Belén
Eres racimo de 12 estrellas que irradian hermosura y obediencia
Eres “SI” sin condiciones, sin tregua y sin contraprestaciones
Eres sierva y esclava de Dios, y por ello, eres totalmente libre
Estás limpia y sin mancha, ningún tintero del pecado dejó en ti huella alguna
Estás sorprendida de que, Dios, se fije en Ti para cumplir lo anunciado por los profetas
Has vuelto de la sorpresa, y detrás de ella, sabes que Dios te quiere así
Tienes dos alas: la de la pequeñez y la de tu grandeza
Tienes un corazón partido en dos: para Dios y para el hombre
Eres pequeña, siendo grande
Eres grande, siendo pequeña
¿Con qué, Virgen María, yo me quedaré?
Con las dos cosas, Virgen Inmaculada,
Porque fuiste sencilla, te hiciste grande para Dios
Porque grande fue tu respuesta, sencilla te mostraste para Dios
Nunca, una mujer como Tú,
renunció a ser pequeña, siendo tan grande,
ni, en todo el extenso orbe, una mujer como Tú,
dejó de ser tan inmensa, siendo tan pequeña.
¡Inmaculada y Madre!
Misterio y obra de Dios
para que, una vez más, el hombre no se pierda
para que, una vez más, en Belén nazca la paz
para que, una vez más, el mundo se pueda salvar
para que, una vez más, a Dios se le pueda ver, tocar y besar
¡Dichosa, Tú, Inmaculada!
Haz que, también en los campos de nuestra vida,
reservemos –como Tú lo hiciste- el mejor trozo para Dios
y, así, de esa manera, cultivemos las mejores flores
que, en tu vida, fueron eternas y nunca se marchitaron:
la flor de la disponibilidad, para que Dios cuente con nosotros
la flor de la sencillez, para no poner trabas al Señor
la flor de la pureza, para que Dios pueda nacer en nosotros
la flor de la alegría, para que Dios sea la armonía del mundo
la flor de la fe, para que la tierra goce creyendo en Dios.
¡Dichosa, Tú, Inmaculada!
Y, si quieres y nos dejas,
en ese vergel, reservado para Dios,
dejaremos que Tú seas la jardinera que cuide, riegue y siembre.
Nosotros..te ayudaremos.
Javier Leoz
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