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Reflexiones para una Antropología de la Economía Contemporánea:
Una Conversación con Federico Neiburg*
Juan Pablo Pinilla y Francisco Godoy
Revista Il Quattrocento
Federico Neiburg es doctor en Antropología Social y profesor del programa de posgrado en Antropología
Social del Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro, donde además es coordinador del
Núcleo de Pesquisas em Cultura e Economia (NuCEC). Ha dirigido investigaciones en Brasil, Argentina,
México y Haití, sobre temas relativos a la antropología de los intelectuales y las culturas nacionales,
antropología de la familia, de la política y de la economía. Entre sus publicaciones recientes se cuentan
Empires, Nations and Natives. Anthropology and State-making (Duke University Press, 2006, junto a
Lygia Sigaud y Benoît de L'Estoile) e Intelectuales y Expertos. La construcción del conocimiento social
en la Argentina (Paidós, 2004, junto a Mariano Plotkin). Ha publicado también, entre otros artículos
especializados: "Inflation. Economists and Economic Cultures in Brazil and Argentina" (Comparative
Studies in Society and History, 46(3), 2006); "As moedas doentes, os números públicos e a antropologia
do dinheiro" (Mana. Estudos de Antropologia Social, 13(1), 2007); "Internationalisation et
développement. Les Di Tella et la nouvelle économie en Argentine" (Actes de la Recherche en Sciences
Sociales, 151, 2004).
Desde los inicios de la antropología la vida material constituyó un ámbito de interés para
los practicantes de la disciplina. Etnógrafos de la talla de Malinowski, Evans-Pritchard,
Mauss, por nombrar sólo algunos, reflexionaron largamente sobre los aspectos de la vida
económica de las sociedades no occidentales, sus formas de intercambio, la emergencia de
los mercados, y un largo etcétera. Sin embargo, pareciera que hoy en día esta rama de la
antropología –la así llamada “antropología económica”– ha adquirido nuevos intereses y
se ha fijado nuevos campos de estudio. ¿Cómo ves a la antropología económica actual
respecto a sus antecedentes pasados?
En una primera aproximación dudo si es pertinente hablar hoy de “antropología económica”. Yo
hablaría más bien de “antropología de la economía”. Verás, los padres fundadores de la
disciplina, sobre todo Marcel Mauss y Bronislaw Malinowski, a pesar de que escribieron sobre
economía ellos no hablaban precisamente de “antropología económica”. La antropología
económica es producto de una invención de los años sesenta, asociada a las conocidas
polémicas entre sustantivistas y formalistas, entre otras. Es en este momento cuando se crea un
subcampo específico. Sin embargo, a partir de la década del setenta y principios de los ochenta
comienza a declinar, atrayendo cada vez menos la atención de los antropólogos. A pesar de que
nunca dejó de haber trabajos sobre el mundo de la economía, del consumo, la cultura material,
la así llamada antropología económica perdió popularidad entre los especialistas; hasta que ya
en la década del noventa, historiadores y sociólogos primero, y algunos antropólogos después,
retomaron estos trabajos clásicos. Así, en el contexto del fin del mundo del comunismo y del
avance brutal de la economía de mercado y de la ideología económica neoliberal y sus
transformaciones culturales, surgen tendencias como la llamada nueva sociología económica. Es
interesante por ejemplo constatar cómo ciertos autores de la nueva sociología económica
*
La entrevista que a continuación se presenta fue realizada en Octubre de 2010 en Santiago, con ocasión
de la visita del Federico Neiburg a la Conferencia Produciendo lo Social. Revista Il Quattrocento
agradece al profesor Neiburg su excelente disposición y autorización la publicación del texto.
comienzan a leer la producción de los primeros antropólogos. Un ejemplo de ello son los
trabajos de la socióloga e historiadora Viviana Zelizer, especialmente el libro que publicó 1994,
donde se observa una relectura de la antropología desde otras disciplinas.1
¿Qué pasó mientras tanto con la antropología? En el transcurso hacia una antropología de la
economía de los mundos contemporáneos quedó claro que la disciplina antropológica era una
ciencia que estudiaba todas las sociedades humanas, no solamente las “otras” sociedades más
atrasadas. Esto pone fin a la otrora gran división entre nosotros –sean quiénes sean los
occidentales, pues nunca se sabe a ciencia cierta quiénes son– y los otros. A diferencia de la
antropología económica, la antropología de la economía se caracteriza, en este estrecho diálogo
con otras disciplinas como la sociología y la historia, por interesarse por decirlo así en el
corazón del capitalismo y la economía capitalista. En efecto, mientras que la década del sesenta
los investigadores estudiaban todavía los bordes del capitalismo, las sociedades campesinas y la
economía informal, hoy en día los antropólogos que se ocupan de la economía no dejan de
preocuparse por esas materias, pero con un énfasis marcado por la reflexión sobre el
funcionamiento del corazón del sistema económico mundial. Sea trabajando sobre flujos
económicos a través de remesas de dinero o estudiando familias de empresarios o banqueros,
además de etnografías en las bolsas de valores, la antropología de la economía contemporánea
se caracteriza por encarar directamente el corazón del capitalismo y de la sociedad de mercado.
Otra característica que a mi juicio es central dice relación con que los antropólogos actuales
integran en su objeto de análisis a los “profesionales de la economía”. Y con esto no me refiero
únicamente a los economistas, sino también a una categoría más amplia que incluye
economistas académicos, periodistas económicos, agentes de inversiones, entre otros. Este
grupo es fundamental para la antropología en la medida que nos permite entender que la
economía es, antes que todo, una categoría nativa creada por un grupo de especialistas. Esto
deja entrever lo complicada de la anterior categoría de antropología económica, internamente
ligada a aquellas discusiones sobre la definición del dominio de lo económico. Desde mi punto
de vista, hay en cambio una forma que los antropólogos aprendimos de Malinowski, y sobre
todo de sus trabajos de la magia. Cuando Malinowski estudió la magia, y éste me parece que es
un buen modelo para pensar la antropología de la economía hoy, la pregunta para nosotros sobre
qué es la magia nos derivaba a la constatación de que magia es lo que los trobiandeses
consideraban como mágico. Lo que Malinowski practicaba era una antropología de la magia y
no una antropología mágica. Viceversa, lo que tenemos nosotros es una antropología de la
economía y no una antropología económica.
Ahora bien, ¿qué es entonces la economía? Economía es lo que los agentes sociales entienden
por un dominio de la sociedad que merece ser adjetivado de tal forma. Y los principales agentes
sociales que contribuyen a esta definición de un orden de la vida social como teniendo parte de
la economía no son sino los economistas y los especialistas en economía (economistas
académicos, periodistas económicos, etcétera). Vemos surgir así una conexión interesante entre
antropología de la economía y antropología de la ciencia, pues la economía se reclama como
siendo una ciencia y aún más, como representando la ciencia social por antonomasia. Desde mi
visión la antropología de la economía se halla entre la antropología de la ciencia, la antropología
del Estado –porque el Estado contribuye a definir dominios y a promover políticas de orden
1
Viviana Zelizer, The Social Meaning of Money: Pin Money, Paychecks, Poor Relief, and Other
Currencies, New York, Basic Books, 1994.
económico– y la antropología de las prácticas y las ideas económicas ordinarias de las personas
en su vida cotidiana.
Se dan en consecuencia algunos desplazamientos importantes. En primer lugar, para los
antropólogos económicos de la década del sesenta, lo mismo que para Malinowski y Mauss, no
entraba dentro de los objetos de la antropología estudiar las disciplinas científicas –y la
economía entre ellas–. Por otro lado, es preciso abandonar la idea de que los antropólogos son,
dentro de la división del trabajo de las disciplinas, los especialistas de los márgenes de la
sociedad de mercado. Es esencial subrayar que contamos con pleno derecho a estudiar cómo
funciona el capitalismo en su corazón, y discutir así qué son los márgenes y qué son los centros
del capitalismo. Junto con esto debemos integrar necesariamente dentro de nuestro objeto de
estudio a los especialistas, y acercarnos en este sentido a la antropología de la ciencia.
¿Usted observa que un giro como el que describe ha tenido lugar a nivel institucional, es
decir en la formación de antropólogos profesionales y en el desarrollo de investigaciones?
Eso depende de las regiones. En Estados Unidos existe todavía antropología económica, y al
parecer es el único sitio donde subsiste con ese rótulo. Se trata de una antropología de corte más
aplicado, orientada a cierta clase de consultoría de proyectos de desarrollo. Saliendo de esa
vertiente asociada a la intervención social, en la cual los antropólogos ocupan desde luego un rol
subordinado en relación a los economistas, hoy la denominación de la antropología económica
está en descrédito. Y al mismo tiempo los estudios antropológicos de la economía están en
franco ascenso, sólo que sin reconocerse como formando parte de una subespecialidad por
derecho propio.
Pero lo que en el fondo se cuestiona es que esta antropología económica de la que venimos
hablando se desarrolló aceptando el esquema de división del trabajo que la sociología
estructural de Talcott Parsons proponía, donde la economía tenía un lugar, la sociología otro, y
así. Entonces, quienes se ocupaban de la economía en el esquema parsoniano eran los
economistas; como máximo los antropólogos podían ocuparse de las economías no modernas.
Las tendencias actuales vienen a quebrar este marco rígido, en parte por el renacimiento del
interés de los antropólogos por la economía desde inicios de la década del noventa hasta ahora.
El esquema ha sido puesto en cuestión no sólo por la antropología sino también por la nueva
sociología económica. El desafío básicamente refiere a cómo poder estudiar las ideas y las
prácticas económicas con una agenda de investigación que no sea la agenda que los economistas
proponen; es decir, que nuestro objeto no tiene por qué ser el mercado –que es básicamente el
objeto de los economistas–.
El argumento parece relacionarse además con el desarrollo de la reflexividad en las
ciencias sociales actuales.
Sin duda, porque la cuestión radica en reconocer que la economía no es sólo una forma de
actuar en el mundo sino también una forma de percibirlo. Son ideas y prácticas, y quién define
que determinadas prácticas y determinadas ideas son económicas son básicamente los
especialistas. La antropología contemporánea busca recuperar un rasgo que está al inicio de las
ciencias sociales, desde Max Weber y Marcel Mauss que cuestionaron nociones de individuo y
sociedad, trabajando reflexivamente sobre ellas. Lo mismo sucede hoy: mercado, precio, dinero,
son categorías de percepción del mundo que requieren de una crítica etnográfica. El campo de la
antropología de la economía va acompañado por una crítica etnográfica a las categorías
económicas de percepción del mundo social. No se trata ya de una crítica política sino de una
crítica etnográfica –como proponía Malinowski hacer con la magia– reflejada en estudios
etnográficos que identifican las ideas y las prácticas sociales y culturalmente construidas de la
economía.
Si quisiéramos establecer una fecha para este giro, tal vez desde que se acabó un orden
económico alternativo al capitalismo en 1989, los economistas se transforman en intelectuales
públicos y en constructores de cosmologías centrales en la vida social contemporánea. Centrales
hasta el punto que pareciera que los hechos económicos son naturales: percepciones de riesgos,
indicadores, etcétera. Para resumir, los antropólogos de la economía hoy además de observar
cuestiones tradicionales, cómo sobrevive la gente, cuáles son las actividades productivas, se
abocan a este tipo de manifestaciones de la economía contemporánea.
Tenemos la impresión de que, al menos el Chile, el desenvolvimiento de la antropología ha
permanecido ajena a esta suerte de programa de estudios. Desde su experiencia en Brasil y
otros países, ¿cómo observa las tendencias de investigación en estos campos?
Desgraciadamente conozco muy poco de antropología y de ciencias sociales contemporáneas en
Chile, y felizmente tengo más para aprender que para hablar sobre el punto. Ahora bien,
observamos que a partir del final de la década del ochenta y principios del noventa se reconocen
focos de desarrollo y un nuevo interés de los antropólogos por la economía. Esto se puede
observar por ejemplo en números especiales de revistas dedicados al tema. En Francia, por
poner un caso, hay algunos números de la revista Genèses: Sciences Sociales et historie. Se trata
de una publicación interdisciplinaria donde escriben antropólogos, y los cuales desde la década
del ochenta se pueden verificar dos números sobre etnografía económica, que sirvieron de
palestra para el renacimiento del interés por estas materias. En 1986 uno podría reconocer
además en la revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales, que es la publicación que
dirigió Pierre Bourdieu, un número dedicado a la construcción social de los mercados. Allí
escribieron algunos antropólogos de cierta importancia. La La Revue Politique et Parlementaire
en Francia también publicó un número sobre socioantropología de los mercados financieros.
Allí se encuentra todo un polo que dio lugar a una publicación electrónica llamada Economic
Sociology_the European Electronic Newsletter creada a finales de la década del noventa, donde
hay sociólogos, historiadores y antropólogos que publican.
Al mismo tiempo, en Alemania, notoriamente en el Max Planck Institute for Social
Anthropology que dirige Chris Hann en Halle, se desarrolla una serie de proyectos muy
importantes en el contexto del renacimiento del interés de los antropólogos por la economía.
Investigaciones sobre las transiciones hacia la sociedad de mercado en el Este de Europa, por
ejemplo, abren un vasto campo de estudio, pues pareciera que de pronto el capitalismo llegó de
nuevo. Hay aquí trabajos sobre las transformaciones en los regímenes de propiedad, la
generalización de la propiedad privada, los usos del dinero, cosas que los antropólogos veíamos
en las situaciones coloniales. Digamos, el Capitán Cooks llegando a Hawai, llevando junto con
él el dinero, de repente estaba en Europa: en Hungría, Rusia, la ex Unión Soviética. Allí hay una
fuente muy interesante de trabajos en el mundo europeo, incluso de antropólogos
norteamericanos que estudiaron a Europa del Este. Por eso menciono a 1989 como una fecha
para pensar en este renacimiento. Al mismo tiempo que las sociedades de América Latina, con
el imperio del neoliberalismo, el avance del capitalismo en Europa del Este y también en África,
con las llamadas sociedades socialistas africanas –vg. Mozambique, Angola– forman parte de
un campo de trabajo maravilloso, dramático y muy interesante etnográficamente.
Al mismo tiempo en Estados Unidos, de una forma no tan clara pues el campo norteamericano
de la antropología es enorme, uno puede identificar varios trabajos y autores que se van
transformando en referencia en esos años.
En el caso de Brasil, tal vez también en el de la India, los antropólogos comienzan a observar
estos fenómenos emergentes. Detengámonos en Brasil, que a mi juicio constituye una escena
bastante interesante. La antropología moderna brasilera se crea a finales de los años sesenta. El
programa donde yo estudio fue el primer programa de posgrado en antropología social. Fundado
en 1968, se creó alrededor de dos proyectos de investigación que buscaban comprender grandes
transformaciones de la sociedad brasilera. De un lado, lo que se llamaba los frentes de
expansión del Capitalismo en el territorio nacional hacia el oeste, o sea hacia la región
amazónica; y del otro lado las transformaciones de la economía agroexportadora del noroeste,
que en realidad heredaba el sistema esclavista que existió en Brasil con la plantación de caña de
azúcar de finales del siglo XIX y que siguió siendo hasta la década del ’60 el corazón de la
economía agroexportadora brasilera. Cuando los primeros antropólogos comenzaron a formarse
profesionalmente en Brasil, muchos de ellos estudiaron cuestiones asociadas a transformaciones
socioeconómicas que desde su punto de vista se hallaban al centro de la dinámica social.
Transcurridos unos treinta o cuarenta años, los antropólogos de hoy que nos interesamos por la
economía leemos con mucho interés lo que los profesores de aquella época escribieron.
Otra característica de la antropología brasilera contemporánea es su inmensa
internacionalización. Desde que fuese criada la nueva antropología brasilera, surge como de
política de Estado el envío de jóvenes, incluso de antropólogos, a estudiar y hacer sus
doctorados a Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Y desde entonces tenemos una antropología
muy internacionalizada, donde lo que nosotros hacemos en Brasil está realmente comunicado
con lo que pasa en esos otros escenarios. No sé cuál será la situación en Chile, pero en
Argentina ha estado pasando algo similar estos últimos tiempos.
¿Cómo podríamos relacionar los actuales sistemas de indexación de publicaciones en ISI o
Scielo, y las posibilidades de ampliar la circulación de ideas dentro de la región
latinoamericana?
Para comenzar Chile no es parte del Mercosur. Indico esto pues brasileros, argentinos y
uruguayos crearon ya hace algunos años las Reuniones de Antropología del Mercosur (RAM),
que el año pasado se realizaron en Buenos Aires precisamente. Es un escenario muy dinámico
de intercambio de experiencias nacionales, pero realmente –creo yo, sin temor a equivocarme–
sería muy interesante que la antropología chilena pudiera sumarse, sin importar que Chile sea o
no país miembro del Mercosur. De vez en cuando he visto aparecer algunos antropólogos
chilenos en dichas reuniones; aunque personalmente no he participado mucho salvo en dos
ocasiones. Eso sí me consta que son congresos bastante masivos, donde han habido grupos de
trabajo y mesas redondas de antropólogos interesados por la economía. Sin ir más allá, nosotros
a través del Núcleo de Pesquisas em Cultura e Economia hemos organizados actividades en el
marco de las RAM. Se ha formado allí un espacio bilingüe (español-portugués) que
verdaderamente constituye una plataforma para el intercambio entre las ciencias sociales en
América del Sur.
Quisiéramos profundizar sobre algunos aspectos sobre esta antropología de la economía,
además de ciertas precisiones teórico-metodológicas. Hemos encontrado en su obra
elementos teóricos y metodológicos que resultan ser de interés respecto a modalidades
para abordar formas sociales y culturales de la expresión económica. Quisiéramos
consultar por tu experiencia como investigador, los trabajos que has hecho sobre el dinero
y la cultura monetaria, entre otros. ¿Qué aprendizajes teóricos has encontrado en estas
investigaciones y qué líneas se pueden derivar de ellas?
Una de mis líneas de interés justamente tiene relación con lo que mencionamos anteriormente.
Lo que caracteriza desde mi punto de vista a la antropología de la economía contemporánea es
esa tentativa por comprender cómo se articulan las ideas y las prácticas económicas –sobre la
economía, sobre las monedas, sobre las formas de cálculo– de los especialistas y de los
profesionales de la economía, con las ideas y las prácticas económicas, monetarias y de cálculo
de las personas comunes, los legos. Ahí creo yo surge un campo de gran interés, asociado a
cómo la disciplina económica logra interpretar los comportamientos humanos que clasifica
como económicos y cómo los transforma en modelos, creando su ciencia y su teoría. Del otro
lado, cómo los modelos elaborados por los especialistas de la economía repercuten y moldean
prácticas e ideas de las personas. Esta circularidad entre, por una parte, el mundo de la
economía como una especialidad científica, y por otra el de la economía como un conjunto de
prácticas y de ideas que tienen los individuos en el mundo social, me parece que es uno de los
objetos más desafiantes de la antropología de la economía contemporánea.
Es preciso también ser imaginativos desde el punto de vista de la construcción de los objetos
empíricos, para poder así plantear una etnografía de un campo multi-situado. En efecto, no se
trata del estudio de una comunidad o de un barrio –aunque desde luego puede estudiarse un
barrio–, sino de trabajar en el laboratorio de los economistas. Eso es muy claro por ejemplo en
una de las áreas donde ha explotado más el interés de los antropólogos por la economía –interés
del que me aparto un poco– asociado a la así llamada antropología del consumo. En esta línea,
creo yo, es necesario establecer una discusión teórica y empírica de fondo, pues para empezar la
palabra misma de ‘consumo’ requiere una actitud crítica, reflexiva en la medida en que ella
proviene básicamente de dos disciplinas: del marketing, que construye y masifica la idea de
consumo, y por otro lado de las estadísticas de precios, sobre todo de los índices de precios al
consumidor y costos de vida. Este caso permite ilustrar el tipo de giro teórico y empírico que
propongo; y no sólo yo sino varios otros autores con los cuales dialogo. De un lado es necesario
estudiar el marketing, hacer etnografía del marketing y de cómo esa idea de que los seres
humanos se relacionan con los objetos consumiéndolos ha sido construida socialmente a lo
largo de la historia. Al mismo tiempo se requiere plantear una antropología de las estadísticas,
para comprender cómo los indicadores de precios al consumidor, e inclusiva la idea misma de
consumo y de costo de vida –nociones centrales de la cosmología económica moderna, para la
cual la vida puede ser objeto de cálculo monetario–, no obedecen a un hecho natural sino que
son construcciones con cierta historicidad. Entonces, si uno aspira a establecer una antropología
crítica de la noción de consumo, aborda la construcción social de la noción y su circulación
como objeto tanto del lado del marketing como del lado de la estadística, lo que la antropología
del consumo tenía como objeto en un comienzo necesariamente cambia. Así, de un lado se
estudiaría el marketing y la estadística, y del otro analizaríamos cómo los seres humanos se
relacionan con los objetos, ya sin ocupar la idea de consumo, que no es sino una categoría
nativa de los economista, de una forma mucho más neutra, sin suponer una relación de
consumo.
Me parece que lo anterior son buenos ejemplos de cómo plantear investigaciones en
antropología de la economía; atacando siempre dos flancos: un frente que estudia
etnográficamente la construcción y circulación de las categorías económicas de comprensión del
mundo social, y otro frente que al mismo tiempo redefine el objeto de estudio que hasta
entonces se había incorporado en las ciencias sociales. Pasamos entonces de una antropología
del consumo a una forma más neutra, como habían hecho Malinowski o Marcel Mauss, para
estudiar cómo los seres humanos se relacionan con las cosas, con los objetos, sin suponer un
mentado “consumo” derivado del marketing.
¿Podríamos vincular esta perspectiva de investigación a cuestiones como los ciclos de
recesión económica y sus manifestaciones en crisis, que parecen ser rasgos constitutivos
del desempeño macroeconómico de los países actuales, pero además aparecen como
fenómenos que impactan en la vida social de las personas?
Efectivamente, respecto a ello he estudiado procesos inflacionarios en Brasil y Argentina, y
durante los últimos años me dediqué a indagar en lo que desde mi forma de comprender era una
suerte de antropología social de la inflación. Aparece aquí un argumento que hasta ahora no he
enfatizado, y que sostiene que la antropología de la economía contemporánea es necesariamente
una indagación histórica. Si lo ligamos al ejemplo anterior, sostenemos que es imprescindible
realizar una antropología histórica de la noción de consumo, así como de la idea de costo de
vida. Esto nos hará retrotraernos a la Edad Media Tardía e inicios de la Modernidad, cuando
aparecen los primeros cálculos matemáticos respecto de la idea de costo de vida y cuando
comienza a darse un valor monetario a la vida en general. Si reparamos en la idea de “seguro”
por ejemplo, observamos lo importante que es poder realizar una historia social de los seguros.
El caso del seguro de vida que ha estudiando Viviana Zelizer,2 que aparentemente es un objeto
banal y desagradable, es al mismo tiempo un concepto heurísticamente poderoso a la hora de
pensar la creación de un mercado asociado a la cualificación monetaria de la vida humana.
En el caso de los procesos macroeconómicos, se vuelve muy interesante abordar este fenómeno
de la inflación desde un punto de vista antropológico. Esto, pues se necesita llegar a entender
cómo las personas lidian con situaciones de desequilibrio monetario en el día a día; es decir,
cómo la pérdida acelerada de valor adquisitivo del papel moneda impacta en la relación de las
personas con el dinero, y a través suyo en la relación con cosas y servicios objetos de
transacción monetaria.
Como bien sabemos, los economistas se han ocupado tradicionalmente del estudio y estimación
de procesos inflacionarios. Uno de los principales objetivos de la disciplina económica,
2
Viviana Zelizer, Morals and Markets: The Development of Life Insurance in the United States, New
York, Columbia University Press, 1979.
inclusive el primer punto en la carta de intenciones de todo Banco Central, es cuidar la
estabilidad y el valor del dinero. Cuando surgen procesos inflacionarios los economistas
establecen medidas para controlarlos a través de la planificación monetaria. Desde el punto de
vista de las políticas públicas, los bancos crean tecnologías y dispositivos para que las personas
cuiden el valor del dinero, indexando depósitos bancarios e interviniendo para que el valor de la
moneda no se deprecie. Se educa a las personas a través de toda una “pedagogía monetaria”
sobre cómo manejarse en situaciones de desequilibrio.
Plantear entonces una antropología de la inflación involucra poder atacar necesariamente todos
estos niveles: la dimensión micro de las transacciones monetarias, con monedas cuyo valor
disminuye a veces muy aceleradamente –piénsese en situaciones de hiperinflación como ha
ocurrido en Argentina–, y al mismo tiempo la dimensión asociada a los laboratorios económicos
de los especialistas, que crean tecnologías para defender a la población a través de créditos
bancarios, planes de política monetaria, junto con los periodistas económicos que divulgan
todos esos dispositivos en los diarios.
Sostuve que una de las características de una antropología de la economía es su carácter
histórico. El otro atributo, creo yo, es poder distinguir las escalas en las cuales el mundo social
es construido. Por ejemplo, en mis trabajos sobre indexadores y la circulación del dinero, he
tratado de mostrar cómo, en el caso de Haití por ejemplo, a partir de una situación de
desequilibrio monetario emerge una unidad de cuenta ficticia, y los pagos son hechos en otra
moneda. Los economistas tratan de corregir este fenómeno y no consiguen hacerlo, pues la
cultura económica monetaria haitiana está –como toda cultura- enraizada en prácticas y en ideas
que las personas manejan cotidianamente. Así, podemos poner en evidencia cómo a partir de un
análisis etnográfico sutil de las transacciones monetarias, todo un mundo social se revela,
inclusive en su profundidad histórica. Situados en esta escala etnográfica, de la situación de
interacción que uno está analizando, podemos observar como esas interacciones son constituidas
y constituyen a la vez el mundo social en escala mayor, tanto en su amplitud temporal como
geográfica.
¿Esto significa replantear el lugar y valor de la etnografía dentro de las investigaciones
sociales?
El lugar que ocupa la etnografía es desde luego fundamental. ¿Qué quiere decir esto? Que los
antropólogos participan de situaciones de interacción que ellos mismos analizan; lo que se
puede reproducir en una pluralidad de contextos: una transacción monetaria en la calle, donde
una persona compra y discute un precio, o una situación de laboratorio, donde un conjunto de
especialistas discuten una fórmula para calcular el índice de inflación, o incluso a través de
documentos, oyes los textos objetivan interacciones pasadas.
En tu trabajo pareces poner énfasis en el diálogo disciplinario. Desde el punto de vista de
la economía, se ha realizado también una autocrítica a la vertiente principal, de corte más
bien neoclásica, y han surgido perspectivas teóricas alternativas, como la economía
institucional, neoinstitucional, evolutiva, experimental, neomarxista, de las convenciones,
entre otras. ¿Qué posibilidades crees que abren estas nuevas tendencias para la
antropología de la economía?
Por supuesto abren muchas posibilidades. Para empezar, desde que la economía surge como
disciplina nunca fue una economía. Siempre hubo varias tendencias compitiendo en el seno de
la ciencia económica. En la actualidad pienso que se pueden establecer diálogos con todas las
corrientes económicas, pero siendo conscientes que todas ellas tienen límites. Por ejemplo, si
nuestra preocupación es el análisis de transacciones, o desarrollar una antropología de los
procesos de formación de precios, es muy útil conversar con economistas neoclásicos
especialistas en microeconomía. Lo que quiero enfatizar con esto es que no existen a priori
economías buenas o malas, sino que posibilidades de diálogo con distintas corrientes según la
escala de procesos que sean de nuestro interés.
Ahora bien, la economía tiene una agenda propia en todas sus vertientes, y eso tiene que ver con
cómo nació la disciplina. La economía surge con la idea de ser una disciplina que tiene una clara
proyección práctica: es una forma de conocer el mundo para actuar sobre él. Las ciencias
sociales, en cambio, viven inscritas en distintas tensiones. Por ejemplo, Durkheim y Weber
también hacían sociología para actuar sobre el mundo social, pero al mismo tiempo propusieron
separar lo que es describir de lo que es prescribir. Una distinción como esta es mucho más
complicada desde el punto de vista de la economía. La antropología de la economía
contemporánea muestra cómo existe un predominio en la economía –incluso entre mis amigos
de las corrientes institucionalistas o de las convenciones– de una visión más normativa que
descriptiva del mundo social. La economía tiene en consecuencia una agenda propia, con la cual
nosotros debemos dialogar, pero sobre todo estudiar. Es decir, plantear una antropología de la
economía pero sin adherir plenamente a ella. En mi caso, yo hago antropología del dinero pero a
mí no me interesa definir qué es un dinero bueno, un dinero saludable, o qué es el dinero; a mí
me interesa entender qué es el dinero para las personas, incluyendo a los economistas.
Saliendo del campo de la economía, entre la antropología, la sociología y la historia, exista
cierta sensibilidad común. Una de las principales características de la antropología de la
economía, tal como yo la veo, es que ella es histórica; y muchos historiadores hacen historia de
la economía en el mismo registro que yo les estoy proponiendo. Entonces, en este otro plano
que comprende la historia y la sociología, no soy partidario de una ‘actitud antropológica
fundamentalista’ en términos disciplinarios. Por el contrario, pienso que hay aquí un diálogo
fértil. Por ejemplo, hay corrientes que prefieren hablar de una socio-antropología o una
etnografía de la economía. Pero más allá de cuestiones de rótulos, lo importante a mi parecer en
esa sensibilidad intelectual compartida, que vale tanto para los estudios antropológicos de la
economía y como para la antropología en general. Lo mismo se puede aplicar para pensar por
ejemplo la política o la religión.
La ciencia social, desde que se construyó como tal a finales del siglo XIX, ha tenido siempre un
problema con el hecho de que el mundo moderno se concibió a sí mismo como dividido en
dominios, la política de un lado, la religión del otro, la ciencia del otro y la economía del otro,
etcétera. Siempre un problema pensar cómo –antropológicamente– tomar en serio tal división;
porque si las personas creen que ella existe, nosotros los antropólogos tenemos que estudiar esa
creencia, y entender que esa creencia tiene efectos, que se transforman en artefactos, en
disciplinas, en políticas. Y al mismo tiempo que nos tomamos en serio esas representaciones
respecto al mundo social como dividido en dominios separados, sabemos que todo es social y
que todo es cultura al mismo tiempo, y que la economía nunca está completamente separada
sino que –como indicaba Polanyi– incrustada (embedded) en el mundo social. Este sigue siendo
para mí un problema por definir, pues la verdad es que cuando estudiamos economía
investigamos familias, interacciones, etc. O sea, que debemos estudiar todo al mismo tiempo o
no haremos buena antropología.
¿Qué es lo que legitima hoy un interés antropológico por la economía, por la política, etc.? El
hecho de que haya especialistas. Sea en economía con los profesionales de la economía, o en
política con los profesionales de la política, esta evidencia legitima que nosotros antropólogos
nos interesemos por estos campos, pues tanto la economía como la política son creencias que
existen como hechos sociales.
Justamente has trabajado sobre esta figura de los expertos y su rol en las sociedades
contemporáneas.
En efecto, sobre todo para el caso de los economistas. Es más, llegué a interesarme en la
economía a través de un interés original por los economistas, dándome cuenta que muchos
antropólogos ya desde hace bastante tiempo empezamos a hacer antropología del mundo
intelectual, de los productores de la cultura, los especialistas, los historiadores, los escritores,
etcétera. Sin embargo, demoramos en percatarnos que los economistas se transformaron en
intelectuales públicos, y que sus palabras y sus acciones tienen una fuerza social tremenda.
Para finalizar, sin pretensión de dar recetas quisiéramos que pudiera dar luces a
investigadores jóvenes que estén interesados en este tipo de temas, no muy tradicionales en
lo que se hace clásicamente en antropología.
A mi parecer la idea básica es que los antropólogos debemos poner por delante la etnografía.
Más que preocuparnos por grandes discusiones teóricas, es preciso definir, como decía Weber
hablando de los sociólogos –y en su época ‘sociólogos’ quería decir todos, pues no estaban
separadas las disciplinas–, qué son las cosa importantes, qué se juzga como importante en el
espacio público, y trabajarlas etnográficamente.
Del caso chileno, desgraciadamente, no conozco mucho. Desde fuera se ve a Chile como un país
donde las políticas neoliberales avanzaron de una forma brutal, donde la sociedad de mercado
penetró de manera más radical que en otros contextos nacionales latinoamericanos. Me parece
que es un lugar muy interesante para pensar esta articulación de los efectos sociales de las
prácticas y de las ideas de los expertos, y cómo las personas lidian con ello.
El menú de objetos de investigación empírica es prácticamente infinito. En este sentido yo
destacaría dos ideas: primero, la etnografía antes que todos, luego, el eclecticismo teórico. No
debemos darle demasiada importancia a las modas. Hoy un autor es el más citado, mañana tal
vez la disciplina se olvide de él; sólo algunos pocos quedan, y restringidos al lugar que les
corresponde. Debemos pensar en la posibilidad de acumular conocimiento más que de
acompañar las modas. Hay cosas que los autores de repente ponen de moda, sosteniendo cosas
sobre cuestiones que antes eran observadas con otras palabras y categorías; por lo que me
parece importante estudiar la historia de las teorías. Es lo que justamente no hacen otras
disciplinas como la economía, donde el estudio de la historia de las teorías económicas es
marginal. Para nosotros es fundamental durante toda nuestra trayectoria intelectual seguir
leyendo a Marcel Mauss, a Malinowski, aprender con ellos y desconfiar de las modas, poniendo
la etnografía por delante.
Muchas gracias profesor.