Download PERMANECED EN MI AMOR Vigilia de oración en la Plaza de San

Document related concepts
no text concepts found
Transcript
CIVCSVA AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA DESPERTAD EL MUNDO – TALLER INTERNACIONAL PARA JOVENES CONSAGRADOS Y CONSAGRADAS PERMANECED EN MI AMOR Vigilia de oración en la Plaza de San Pedro Ciudad del Vaticano, 15 de septiembre 2015 X Fr. José Rodríguez Carballo, ofm Arzobispo Secretario CIVCSVA Queridos jóvenes consagrados, queridos hermanos y hermanas consagrados, queridos todos: “El Señor os dé la paz!” Bienvenidos a esta esta maravillosa plaza de san Pedro, pensada y realizada como un icono de la Iglesia madre de Roma que acoge a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que se acercan al sepulcro de Pedro, particularmente a cuantos, como vosotros, queridos jóvenes, vienen a Roma para reavivar su fe y el don de su propia vocación que Dios ha depositado en el corazón de cada uno de nosotros (cf. 2 Tm 1, 6), de tal modo que, viviendo en constante actitud de gratitud, llevando una vida marcada por la pasión por Cristo y por la humanidad, y abiertos siempre a la esperanza, podamos comuncar y testimoniar ese don delante de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, particularmente delante de los jóvenes, con convicción y en autenticidad de vida. Gracias por escuchar nuestra invitación a participar en esta Vigilia de oración con la cual iniciamos el Primer Encuentro mundial de jóvenes consagrados, en el contexto del Año de la Vida consagrada. Que estos días que transcurriremos juntos para reflexionar sobre los elementos esenciales de la vida consagrada –consagración, vida fraterna en comunidad y misión-­‐‑, y para celebrar el don de nuestra común vocación a seguir a Cristo “más de cerca” a través de la vivencia de los consejos evangélicos de obediencia, sin nada propio y en castidad, iluminados también por la palabra y el ejemplo de nuestro amado Papa Francisco, nos sirvan para reavivar, como nos pide el Apóstol Pablo (cf. 2Tim 1, 6-­‐‑11) el don de la vocación a la que hemos sido llamados En este contexto, a la luz de la Palabra que hemos proclamado y escuchado y siguendo el ejemplo del Papa Francisco, deseo dejaros tres palabras que puedan ayudaros, queridos jóvenes, y ayudarnos a todos en el camino de fidelidad creativa a la que somos llamados cuantos hemos sido llamados a seguir a Cristo en la vida consagrada. Estas tres palabras son: ¡Ánimo, sed fuertes! ¡permaneced, sed fieles!, y ¡dad frutos, y despertad al mundo! ¡Ánimo, sed fuertes! El Señor ha sido generoso con vosotros, mirándoos con amor (cf. Mc 10, 17-­‐‑30), llamándoos a compartir su vida y misión (cf. Mc 3, 13). Sed vosotros generosos con Él. No seáis víctimas de la pereza que os llevaría a elegir el camino más cómodo y fácil. Es verdad que lo que el Señor nos pide, seguirlo “más de cerca” (cf. Mt 19, 21) y lo que exige la vida consagrada vivida en plenitud, rebasa nuestras fuerzas y capacidades. Pero, ¿no hemos escuchado a caso que es en nuestra debilidad donde se manifiesta la fuerza de Dios (cf. 2Cor 12, 9)? ¿No afirma la Escritura que para Dios “nada hay imposible” (Lc 1, 37), y que todo es posible para nosotros en Aquel que nos da la gracia (cf. Filp 4, 13)? No os alistéis, mis queridos jóvenes, al número de aquellos que oyendo la “Trompeta del Espíritu” (San Agustín) que les llama a seguir al Señor en la vida consagrada, no pueden respoder a ella, a causa del ruido y la dispersión en que viven, o simplemente porque están demasiado aferrados a sus propios planes y proyectos como para dar la vida al proyecto de Dios. No seáis de aquellos que ante la llamada del Señor dicen “mañana, para mañana volver a decir mañana” (Lope de Vega). No seáis de aquellos –los perpetuamente llamados-­‐‑, que viven un proceso de discernimiento vocacional sin término, sin nunca decidir, poniendo todo tipo de pretextos para no acudir a la cita con el Señor (cf. Lc 14, 15-­‐‑24) o para posponer la respuesta a la invitación del Señor (cf. Lc 9, 60). No forméis parte de una cierta “aristocracia del Espíritu” que sintiéndose llamados por el Señor nunca se comprometen a seguirlo. No hagáis de la cuestión vocacional una historia sin fin, una simple búsqueda, sin desear encontrar al Señor y seguirlo con valentía, por miedo a perder la propia libertad o autonomía. Dice la Escritura: “si escucháis la voz del Señor, no endurezcáis el corazón” (Sal 95, 7-­‐‑8). Sí, si escucháis la voz del Señor, vivid un serio y sereno discernimiento vocacional, dejándoos acompañar por un auténtico maestro del espíritu, y orad sin interrrupción (cf. Lc 22, 46), para que el Señor os dé a conocer su santa voluntad. Y, conocida la voluntad del Señor, con fe viva, esperanza cierta y caridad perfecta, no posterguéis la respuesta por mucho tiempo, no paséis la vida en la incertidumbre de quien no asume con valentía el riesgo de una respuesta generosa. Sabiendo que Dios está llamado a ser tu todo: tu riqueza, tu seguridad, tu verdadera libertad, tu riqueza a saciedad, tu bien, el sumo bien, todo el bien (San Francisco), entrégate a Él con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas (cf. Dt 6, 5), renovando constantemente esa entrega, para que el amor de Cristo siga quemando vuestro corazón y se mantenga viva la pasión por el primer y único amor (cf. Os, 2, 9). Queridos jóvenes: Sed generosos con el Señor, el gran Limosnero, como le llamaba Francisco de Asís, uno, entre tantos, que en su juventud lo deja todo para abrazarse al que lo es Todo. No seáis perezosos ni tacaños con el Señor, sabiendo que Él no se deja ganar en generosidad. Tienes hambre y sed de sentido: Dios es tu pan y tu agua. Caminas en la oscuridad: Dios es tu “luz elevada”, tu Hermón. Caminas en pecado: Dios es abrazo de misericordia y perdón. Queridos jóvenes: Sed valientes y fuertes de ánimo, tened la diligencia propia del amor, que no entiende de límites en la entrega, aunque todo esto comporte ir contra corriente. En este contexto os recuerdo las palabras del Papa Francisco a los jóvenes que encontró en Turín: Vivid, no viváis a medias. No viváis una vida que vida no es. María, la virgen del fiat, valiente y confiada, os acompañe, nos acompañe en nuestro sí, valiente y confiado. ¡Permaneced, sed fieles! En el texto del Evangelio que hemos escuchado, en siete versículos se repite 10 veces el verbo permanecer. Provablemente el autor del IV Evangelio constataba que ya en la Iglesia a la que se dirigía no eran pocos los que, ante la dificultad de vivir las exigencias de su vida cristiana, sentían la tentación de abandonar y volverse atrás. Fue la tentación a la que cedió el joven rico (cf. Mt 19, 16ss). Es la tentación a la que ceden tantos jóvenes, y no tan jóvenes, en el momento actual. Ante las exigencias que comporta la vida consagrada deciden abandonar, olvidando la palabra que un día dieron al Señor en su profesión religiosa o de vida consagrada. Tal vez todo comenzó por pequeñas infidelidades que fueron apagando la pasión que ardía en sus corazones; pequeñas infidelidades que fueron llevando, poco a poco, a grandes y graves infidelidades. Tal vez todo comenzó por una vida sin pasión, dominada por la mediocridad, la resignación y la falta de esperanza, o tal vez por una vida que dejó de nutrirse de una profunda comunión con Cristo, que hizo que la sal de la propia vocación se tornase insípida, sin sentido (cf. Mt, 15, 13-­‐‑16). Las causas pueden ser muchas y complejas. Lo cierto es que la fidelidad, como ya decía el Beato Pablo VI, no es la virtud de nuestro tiempo. Y lo que sucede en nuestra sociedad sucede en la Iglesia y en la vida consagrada. En este contexto es necesario re-­‐‑encender constantemente el fuego del amor por Cristo a través de una profunda comunión con Él, como los sarmientos con la vid (cf. Jn 15, 1ss), para re-­‐‑avivar, nuestra entrega incondiciional al Señor. Es necesario asumir que sin Él nada podemos hacer (cf. Jn 15, 5), y que “el espíritu es fuerte, pero la carne es débil” (Mt 14, 38). Por todo ello necesitamos alimentar nuestra fidelidad con una vida forjada según los sentimientos de Cristo (cf. Fil 2, 5), a través de un proyecto de vida “ecológico” en el que nos demos tiempo para nosotros mismos, tiempo para los demás, comenzado por los hermanos y hermanas de nuestra comunidad/fraternidad, y tiempo para Dios. Sin ese proyecto ecológico de vida, la tentación de abandonar se hará sentir, y antes, más bien que después, es muy probable que cedamos y nos vayamos. En nuestra vida, como en la de Pablo, seguramente que, con más fuerza y frecuencia de la deseada, sentimos los agijones clavados en nuestra carne (cf. 2Cor 12, 7) que en momentos particulares de noche oscura o de crisis existencial, como la que vivió Elías; nos hacen experimentar la fatiga de seguir adelante en el seguimiento de Jesús que hemos emprendido, y que, como Él, sintamos ganas de gritar: “¡basta ya! (cf. 1R 19. 4). Es entonces que el Señor nos asegura: “Te basta mi gracia” (cf. 2 Cor 12, 9). Y si renovamos nuestra confianza en Él, también nosotros experimentaremos, como lo experimentó Pablo, que su gracia no será estéril en nosotros (cf. 1 Cor 15, 10). Permaneced. No tengáis miedo. No venga a menos vuestra fe, ni flaquee vuestra esperanza. El Señor, como un día a Jeremías, hoy nos asegura a cada uno de nosotros: “Yo estoy contigo para defenderte” (Jr 1, 8). María la virgen fiel, es nuestro modelo de fidelidad en todas las circunstanticias de nuestra vida. ¡Dad frutos, despertad al mundo! Al árbol se le conoce por su frutos (cf. Mt 7, 16). Jesús nos dice: “Esta es la voluntad de mi Padre: Que déis fruto” ( Jn 15, 8). No somos consagrados para nosotros mismos. Tampoco podemos encerrarnos en nuestras peleas o problemas internos, como nos recuerda el Papa Francisco en la Cart. Apost. a todos los consagrados (II, 4). Somos consagrados para vivir desde la lógica del don, entregándonos, -­‐‑en libertad evangélica (obediencia), sin nada propio asumiendo la kenosis o minoridad como forma de vida (pobreza), y con un corazón indiviso (castidad)-­‐‑, a Cristo y a los demás. El consagrado es todo para el Señor y porque es todo para el Señor, lo es todo para los demás. Y todo ello motivado por el amor incondicional, la única razón válida para optar por la vida consagrada. Quien ha consagrado toda su vida al Señor, debe vivir desde el amor y con el amor, dejando que sea el amor el que dé frutos abundantes: en su comunidad, en la Iglesia y en el mundo. Queridos jóvenes: Sed padres y madres, no solterones o solteronas (Papa Francisco). Huid de la tentación de convertiros idólatras de vuestra propia imagen, de la tentación de Narciso que os llevará, como al personaje mitológico, a morir en vuestras propias redes. Recordad siempre que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch. 20, 35), y que es dando como se recibe (San Francisco). No viváis, queridos jóvenes, encerrados en vosotros mismos: vuestros intereses, vuestros planes y proyectos. Que vuestro amor y vuestra castidad sean fecundos, y, para ello, que vuestro amor hunda sus raíces en el humus, en el terreno fértil del Señor. Preguntaros, como nos pide el Papa Francisco a todos los consagrados, si Jesús sigue siendo el primero y único amor. Solo si él ocupa vuestro corazón, podréis amar en la verdad y la misericordia a toda persona que encontraréis en vuestro camino, porque habréis aprendido de Él lo que es amor y cómo amar. Solo entonces sabréis amar de verdad, amar con mayúscula, porque tendréis su mismo corazón, como afirma el Santo Padre en la Carta a los consagrados (I, 2). Sí, tened el corazón todo lleno de Dios y en él entrarán todos los hombres y mujeres que encontraréis en vuestrro camino. Tened el corazón todo lleno de Dios y vuestro amor será casto y fecundo a la vez. Tened el corazón lleno de Dios y seréis Evangelio viviente, y daréis frutos y frutos abundantes. María, madre de los consagrados: Vuelve a todos los consagrados esos tus ojos misericordiosos y alcánzanos de tu Hijo y Señor nuestro el don de la fidelidad. María, virgen hecha Iglesia, que nunca nos falte el vino de un amor apasionado por tí y por cuantos encontremos en nuesro camino. María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, camina con nosotros por los senderos de la vida y alcánzanos del altísimo, omnipotente y buen Señor, el don de hacer en todo momento lo que él nos diga. Virgen de los Dolores, cuya fiesta hoy celebramos, ruega Madre por nosotros. Fiat, fiat, amen, amen.