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LA HOJA VOLANDERA RESPONSABLE SERGIO MONTES GARCÍA Correo electrónico [email protected] En Internet www.lahojavolandera.com.mx LA CANCIÓN DE LA LLUVIA Guillermo Jiménez 1891-1967 Guillermo Jiménez (nació el 9 de marzo en Zapotlán, hoy Ciudad Guzmán, Jal., murió el 13 de marzo en la ciudad de México) estudió en el Seminario Conciliar de Guadalajara. Fue funcionario de la Secretaría de Educación Pública y embajador de México en Austria. Cultivó diversos géneros literarios y es autor de obras como: Almas inquietas (1916), Constanza (1921), Danzas de México (1932). El cuento que aquí recogemos forma parte de la antología La canción de la lluvia (1920). I ¿Vendrá? ¿No vendrá? Era demasiado tarde; por las viejas veredas regresaban los campesinos con el azadón al hombro y el morral vacío, envueltos en la paz augusta del atardecer incoloro. Las mujeres, descalzas y taciturnas como humildes peregrinantes, volvían a la hacienda cargando manojos de olorosa hierba y cestas repletas de flores húmedas. En la capilla del pueblo dio la oración; las palomas del campanario se desbandaron inciertas; una garza prócer batió las alas; los labradores evangélicos se descubrieron reverentes las cabezas empolvadas, y en sus labios tristes se prendió un ruego santo y devoto. ¿Vendrá? ¿No vendrá? Un relámpago rasgó la monotonía plomiza del horizonte, y un perro vagabundo aulló dolorosamente junto al cercado vecino. Comenzó a llover; las gotas cayeron sobre mi frente heladas y misericordiosas. En los vallados, al margen de las aguas pensativas, las ranas croaban su atávica serenata y las luciérnagas hieráticas brillaban entre los sembrados. María Esther, mi María Esther, no fue a la cita. II Caminé bajo la lluvia con el corazón preñado de tristeza; mis plantas supieron de las charcas y de los lodazales de la senda. Mi madre, intranquila, me esperaba tras las vidrieras, con un rosario de concha entre las manos. –He rezado tanto por ti, murmuró con voz de sortilegio. ¿No ves cómo está la noche? Parece boca de lo- bo... ¡Y estás tan delicado! Hoy hace seis días se te cortó la fiebre... Por contestación le di un beso en sus manos monásticas, manos largas como santas manos de retablo. –Que Dios te bendiga, que te haga santo–, salmodió con ternura, y con su mano, llena de unción, trazó una cruz ideal sobre mi frente. La lluvia pertinaz golpeaba en las ventanas y el aire hinchaba las cortinas como si fuesen velas de barca. III Tres tardes fui a esperar a María Esther, en el mismo banco de piedra, bañado por la fragancia de la enredadera episcopal y a la sombra del árbol añoso; y pensando en mi paloma, mis pupilas abismadas veían pasar la caravana blanca de las nubes y copiaban la serenidad encantada de los crepúsculos dolientes. Por el noble camino lleno de quietud, un zagal conducía tres vacas y un rebaño de ovejas blancas, que tímidas balaban espantadas con el remoto ladrar de los perros cansinos. Amoroso cual una queja de amor y hermanado con el aroma de las espigas sonoras, venía de entre los maizales un lánguido cantar: Como que quiere llover, como que quiere hacer aire, como que quiere llorar este corazón cobarde... El zagal se acercó a mí. –Señor amo: que espere dice la niña, y le manda a su mercé esta rosa. La rosa se deshojó en mis manos. El zagal continuó: –Está enmalada la niña; la mujer del compadre Elías dijo que la enterraríamos pronto... Mire su mercé a Pupy; ya no tarda mi niña. El rebaño espantado con el perro de María Esther se dispersó balando en el camino; el muchacho corrió para atajar las ovejas descarriadas, zumbando en la diestra la honda certera y dando gritos guturales y salvajes. Pupy, el falderillo negro, movía el rabo retozando en el zacate mojado; y en las frondas espesas, los zanates en algarabía loca cantaban los funerales del sol. Febrero 25 de 2009 IV María Esther, enlutada, pálida como una figura de marfil milenario, caminaba por la calzada como un fantasma; sus pisadas no hacían ruido; sus manos, plenas de gracia, arreglaron sus trenzas flojas, y sus ojos color de uva, buscaron la luz milagrosa de una estrella lejana... Me acerqué a ella y en mi hombro descansó su cabecita rubia. Lentamente murmuró: –Estoy enferma, mi amor, muy enferma; me moriré muy pronto; vine a verte por última... Mira, el céfiro me hace daño ¿qué importa?... si te quiero tanto... El pastor no te había encontrado, ¿verdad?, cuando traía las ovejas al remanso le dije que te buscara; no te vio nunca... En mis manos oculté la seda maravillosa de las suyas y trémulo le di un beso en las yemas de sus dedos tibios. –Sí yo también me moría, María Esther; sentía dejar la vida sólo por ti, por ti que eres tan buena, tan santa... Cuando mi madre rezaba por mí, yo rogaba por ti, por nuestro amor, porque nos volviésemos a ver bajo la sombra amable de este árbol secular, de este árbol que sabe de nuestros besos inocentes y del candor de nuestras citas... ¡Si vieras cómo he sufrido! Las esquilas cantan en la torre iluminada; una vaca errante muge ruidosamente en la senda ambigua, y María Esther, la pobrecita, solloza en mi pecho cual una ave prisionera. –No te asustes, mi vida: es una vaca. –Estoy enferma, me duele el corazón... Hazle un favor a tu enfermita, ¿Quieres? Con amor le oprimí las manos, y ella, llena de santidad, entornó sus grandes ojos color de uva. –Rompe mis cartas y tira al viento mis cabellos –moduló tristemente. En mis ojos temblaron dos lágrimas y me dio un vuelco el corazón. Pupy dormía a los pies de la amada, y en la niebla se perdió la luz milagrosa de una estrella lejana. V En los purísimos labios de mi madre florece una plegaria antigua. En la torre lloran las campanas y las estrellas ríen en las aguas pensativas de los vallados. Pupy, desolado, clava sus ojos en la luna, mientras de los maizales remotos viene envuelto en el perfume de la noche, triste como un lamento, el viejo cantar: Como que quiere llover, como que quiere hacer aire, como que quiere llorar este corazón cobarde... Fuente: Guillermo Jiménez, La canción de la lluvia y La de los ojos oblicuos, introducción de Antonio Saborit, UNAM (Col. Relato Licenciado Vidriera, número 45), México, 2007. pp. 3-8. PROFESOR, consulta la HV en Internet. En este número: De los profesores: “Saberes y prácticas grupales (III y última)” por Alfredo Ríos Ramírez. De los estudiantes: “Al maestro con cariño” por varios. De la HV: “La educación como patrimonio humano” por José Manuel Villalpando. DE EDUCACIÓN Y OTROS TEMAS por Sergio Montes García Solicítalo en la librería de FES-Actatlán