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DEMIURGO DEL CAOS Casi recién nacido –cuando paladeé, en pequeños sorbos de aire– el sabor a vida del oxígeno-, me di a destruir con toda mi alma y a tarascadas de corazón cuanto se hallaba al alcance de mis manos. Casi recién nacido. Mi delirio era romper –“hacer trizas”, dicen con tono de confesión, mis bajos instintos– todo lo susceptible de ser desgarrado, disminuido, convertido en reguero de minucias, lo mismo los osos falsarios con pestañas de tinta y corazón de peluche, que los trástulos para los dioses niños, juguetes que jugaban, a ser indestructibles. Mi delirio era romper, encarrilar las cosas a la nada, todo lo susceptible de ser desgarrado, disminuido. Desde niño, deleite mayúsculo de mis dedos era romper el rifle de cada uno de mis soldados de plomo (los intuía copia en miniatura de los guardias del orden, y enemigos de toda libertad que, en eterna clautrofobia, no desea más cárcel que la cárcel azul de la intemperie); machacar con un mazo los relojes (en vecindad ruinosa con el pulso) para que el tiempo –el hoy en que vivimos– saliera de la máquina destruida junto con los resortes, ruedecillas y tornillos; 21 dar navajazos al trompo y a los círculos concéntricos que se le enredan en el cuerpo como invisible traje de bailarina; destrozar, en fin, cualquier objeto orgullosamente ensimismado en su unidad hasta volverlo rompecabezas de añicos, galerías de polvo. Lo que más me repugnaba de las cosas plenas, repletas de sí, que hacen votos de identidad, es la sensiblera actitud del todo de cuidar a sus partes, como la gallina cuida a sus polluelos. Lo que más me repugnaba de las cosas. Y cuando, como si no hubiera accidentes en el mundo, algo paseaba frente a mí desfachatadamente, con cara de orden natural e ínfulas de cosa indestructible, improvisaba un puntapié, transformaba a cualquier piedra del camino en paloma mensajera de mi furia o le daba rienda suelta a mis dos puños para otorgarle al caos (mi deidad) otro ínfimo suburbio en el espacio. Mi placer mayor era romperlo todo, casi todo, y que mis manos, después de cada una de sus proezas, quedaran ensangrentadas, con mechones de tormenta entre los dedos, pescando al vuelo la postrera maldición del enemigo. Soñaba con tener un odio de alta tensión contra todo coloso, enfermo del tamaño, con el tumor cerebral de un delirio de grandezas, o contra toda patógena minucia 22 que sólo puede conjugar el verbo ser ante el micrófono. Le daba rienda suelta a mis dos puños para brindarle a mi deidad otra ínfima barriada en el espacio. Mi ilusión era encontrar, al final de mi proceso destructivo, la primera piedra de mi fantasía o los umbrales de la nada. Romperlo todo. Todo, todo. No dejar títere con cabeza ni con titiritero. Mi sueño dorado: dinamitar las entrañas del sentido común, dar escopetazos a la razón apoltronada en el trono del príncipe, destruir a pisotones las brújulas embusteras que transforman en promiscuos los puntos cardinales, decapitar los ideales modosos, circunspectos, nacidos de una triste ambición acomplejada por su propia estatura, preparar ratoneras para lugares comunes y arrojarlos al primer precipicio que nos salga al paso, tener las casas, los monumentos, las iglesias –donde el incienso pastorea sus nubes para meter al cielo en su recinto–, como materia prima para erguir la belleza indescriptible de las ruinas. Yo querría, posteridad, que me recordaras como alguien que, rompiéndose la cabeza imaginando cómo producir las más refinadas destrucciones, era especialista en catástrofes al menudeo, epicentro de temblores de tierra que, en agrietando el muro de las supersticiones, generara en él la náusea en que se forma la bendita catarsis del derrumbe, o que me vieras, por lo menos, como hacedor de algún crimen perfecto, 23 sin fe de erratas, hermano del milagro, surgido de las manos iracundas de un soñador guerrero. MI especialidad: hacer añicos aquellas esperanzas que, midiendo lo que mide lo posible, construyera su guarida en lo más desteñido de lo verde. ¡Ay las patéticas mejoras que ocultan con brochazos de pintura la putrefacción de un cáncer en crescendo! ¿Ay las seguridades que se mueven en la tierra movediza de sus pies de barro! Digo una cifra: arrojé a un tonel sin fondo –que tenía por base el infinito– el 80% de mis más impotentes alaridos, le corté la lengua a mis vocablos y, desde la trinchera de una fe de de erratas, me desdije de todo lo que no es la bendita presencia de la pedacería. ¿Cómo serían mis memorias si estuviera dispuesto a pergeñarlas, a cercenar partes y más partes de mi cuerpo o a excavar en mi carne las más oscuras confidencias? ¿Serían la biografía de un hacedor de entuertos, un programador de delicadas destrucciones, la crónica puntual de un chivo en cristalería, los recuerdos (adelgazados hasta andar por ahí siendo suspiros) de un huracán encerrado a piedra y lodo entre cuatro paredes? 24 A pesar de mi pasión, las virtudes destructivas de mis ansias están a una efímera flor de marchitarse, a un manotazo de la nada de morder el polvo; se están secando lentamente, como la llave que, tartamudeando, mezcla sílabas de agua con bocanadas de silencio. Pero aún conservo algo de león envejecido (que rúbrica su cólera con algún atrevido zarpazo de peluche), algo de ángel rebelde (apoltronado en su fatiga), algo de coloso (con amnesia de sus pies de barro), algo de escritor furibundo (presto a abrirse las venas con la esperanza de producir una descomunal hemorragia de tinta). Mi puño en alto empieza, desvergonzadamente, a desmayarse. Los impulsos se pudren sin decoro en la más mullida parte del desgano, y el corazón se niega, en medio de la carne silenciosa, a tomar la palabra. Algo conservo, sí, de león envejecido. Mas no dejo de observar con furor y miradas de verdugo la entereza, lo compacto de las cosas que corren a mezclarse con las ansias de eternidad que carga en sus entrañas el granito, los prejuicios que quieren ser estatua en musculoso embate contra el viento, la lentitud leprosa de los calendarios, 25 la infamante parálisis del mármol. Y sueño con dar escopetazos a todo delirio de perpetuidad que brota del averiado cuerpo del reloj enloquecido. Oh demiurgo del caos, ya no sabes arañar las paredes, amenazar la insoportable petulancia de lo sólido, agrietar convicciones, echarle leña al fuego de lo efímero. Ya no sabes. Oh juventud perdida en el suburbio de un minuto cualquiera, no tengo ya más forma de destruir trozos de mundo, distorsionar su imagen, subvertirla, que la de, sin pudor, romper en llanto. ¿Mentir? ¿Y para qué? Soy un guerrero que, al chocar de los ímpetus, se sabe desarmado en medio de la guerra, más mudo que el silencio, con pólvora feroz que husmea cataclismos, pero que se halla humedecida por la incertidumbre, la apatía, o por el lagrimear clandestino de su propia impotencia. Mi pasión no claudica. Atrás de mis palabras oculto todavía un arsenal de imprevisibles armas. Mi cuerpo, transformado en torbellino de órganos internos, no da el brazo, ni el sueño, ni el ideal a torcer. Mi corazón convoca, voz en sangre, a aquellos de mis músculos más aguerridos a continuar la lucha, 26 teniendo como líder a mi puño. En éste, mi final, llego con paso firme y el furor destructivo de siempre, estando, como nunca, en pie de guerra contra todos los monstruos o vestiglos que, devorando mis alrededores, poco a poco se acercan a mi cuerpo; mas no quiero tener con la mentira ninguna complacencia: no puedo deshacerme del temor de que a mis espaldas mi sangre y mis neuronas busquen firmar un armisticio sospechoso entre mi corazón y mi cerebro. Mi sangre, mis neuronas. Pero sé que esa conjura, si se trama, jamás prosperará, porque mi corazón continúa siendo el soldado en llamas que desde joven recibió instrucción militar de sus ideales. Sabedlo, pues: cuando llegue el reloj (con puntualidad de destino) a robarme la vida a mano armada, me encontrará atareado, haciendo una trinchera de mi lecho, buscando tenazmente en mis pupilas una mirada fija en que instalar mi ausencia, y con la mano alzada –desfalleciente sí, mas indomable– para empuñar el final grito de guerra de mi último suspiro. Marzo 2010 27