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Viernes Santo, ciclo C
LA MUERTE DE JESÚS
por ARMAND PUIG I TÀRRECH
Después de poco más de dos horas de agonía, Jesús afronta la muerte. Son aproximadamente las tres de la tarde del día 7 de abril del año 30 dC. La tradición evangélica ha querido subrayar el carácter excepcional de las últimas horas de la vida de Jesús y refiere un
fenómeno cósmico extraordinario —una “oscuridad”— que habría afectado “a toda la tierra”.
[...] Sin embargo, cuando hay luna llena —Pascua cae siempre en luna llena— un eclipse de
sol es imposible. [...] Sea lo que sea de los fenómenos cósmicos, queda claro que los evangelistas pretenden relacionar la muerte de Jesús con la llegada del día en que Dios, según
los antiguos profetas, se manifestará con todo su poder: Aquel día, apagaré el sol en medio
del cielo, en pleno día se oscurecerá la tierra (Amós 8,9).
Los momentos finales de la vida de Jesús se caracterizan por una oración pronunciada
con toda la fuerza de que es capaz un hombre extremadamente debilitado por los sufrimientos: Eloí, Eloí, ¿lemá sabactani?, es decir, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Estas palabras, casi “gritadas” por Jesús en arameo, su lengua materna, manifiestan un
sentimiento de soledad y abandono, muy vivo en aquellos instantes. Se acerca la muerte
después de que los tormentos han reducido la humanidad del crucificado a casi nada. El
largo y sostenido sufrimiento —tanto físico como moral—, soportado con dignidad y con
obediencia, provoca que ahora, llegado el final del camino, Jesús abra su corazón a Dios
con una sinceridad abrumadora.
En Getsemaní su oración había expresado con claridad la dificultad ante la copa que
pronto bebería, la muerte próxima. En el Gólgota, con la muerte inminente y con la copa casi
apurada, Jesús vuelve a manifestar en voz alta, y en forma de oración, el estado de su corazón. La pasión es un tiempo de silencio de Dios. Jesús invoca a ese Dios —¡su Dios!— que
parece ausente, que parece no responder. Si Jesús ha escogido una oración conocida —el
versículo 2 del salmo 22—, es porque no hay en él desesperación ni maldición: ¡es imposible maldecir a Dios con una oración que empieza con su nombre! Jesús no dirige ningún
reproche a Dios, como tampoco se lo dirigía el salmista. Al contrario, como si alguna cosa
estallara en su interior, abre su corazón y manifiesta la razón última de su sufrimiento: la
experiencia de la lejanía del Padre. De su Padre y de su Dios (¡Dios mío, Dios mío!). Estas
palabras de Jesús en la cruz muestran el alcance último de aquella prueba, la herida más
profunda de aquella pasión.
Sin embargo, esa herida no ha borrado la confianza. Continúa siendo verdad la segunda
parte de la oración de Getsemaní: Jesús acepta confiadamente hacer lo que Dios quiere que
haga, ni que sea con gran clamor y llanto (Hebreos 5,7). [...]
La muerte de Jesús es una muerte real, física, que llega después de una larga sucesión
de ultrajes, injurias, vejaciones y tormentos, iniciados con la detención en Getsemaní la noche del jueves al viernes y culminados con la crucifixión, en el Gólgota, más de doce horas
después. Las agresiones físicas y morales se intercalan, hasta el punto de dejar aniquilada
la humanidad y la dignidad del crucificado, que está conmocionado por el silencio de aquel
que hasta entonces siempre le había hablado, el Padre, y con el que estaba —y está— unido con conciencia de Hijo. La relativa rapidez de la agonía confirma la pérdida de fuerzas y
de tono vital que ha ido sufriendo Jesús en las horas precedentes. La condena del inocente
planea como una sombra sobre los acontecimientos que se van sucediendo. Al final, con el
cuerpo y el espíritu destrozados por la hostilidad humana y el silencio divino, Jesús muere.
Jesús: un perfil biogràfic, Barcelona, Proa, 20056 (Perfils ; 50), 595-597
MONESTIR DE SANT PERE DE LES PUEL·LES