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Domingo de Pentecostés
11 de mayo de 2008
Hch 2, 1-11. ¿Cómo es que cada uno les oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30.31 y 34. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1Co 12, 3b-7. 12-13. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Jn 20, 19-23. Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
El nuevo lenguaje que todos entienden
Aunque no empezamos de cero, hoy todo puede empezar de nuevo. Como en el primer
Pentecostés de la historia. Es la fuerza de renovación que el Espíritu de Dios infunde
constantemente a la Iglesia y al mundo con su aliento. A la Iglesia y al mundo, porque la
acción de Dios no conoce fronteras ni se ata a monopolios. Después de casi dos mil años de
historia en la que la acción misionera de la Iglesia ha incidido en buena parte de los cinco
continentes, también podríamos hacer el recuento de los pueblos más recónditos en los que
resuena la palabra liberadora del Evangelio. Entre ellos, nosotros, que hemos recibido y
agradecemos este maravilloso don, fuente para una nueva primavera de la Iglesia.
¿Cómo darnos a entender? ¿Cómo expresarnos con un lenguaje que sea común e
inteligible a todos? ¿No es verdad que por encima de todas las diferencias podemos
entendernos y vivir en plena comunión? ¿Qué misterio de amor esconde esta fuente de la que
mana unidad, entendimiento, sabiduría, ciencia, consejo, fortaleza, alegría, paz, respeto…? El
Espíritu del Señor, que es Amor, se hace particularmente don y comunica sus frutos a un
grupo de personas que han convivido con Jesús, le han visto resucitado y ahora gozan
aturdidos por algo completamente inédito: por encima de toda diferencia de raza, pueblo y
nación, procedencia, clase social y situación en la vida, hacen accesible un mensaje que llega
al corazón de todos y experimentan un cambio interior inesperado: pasan del miedo a la
confianza, del recelo al entusiasmo y son portadores de un anuncio que contiene todos los
elementos de la globalización del bien. Es el gran valor de la catolicidad de la Iglesia, la
dimensión universal de su mensaje y de su servicio a cada persona en particular y a la
humanidad entera (cf. 1ª lectura).
Gracias a la experiencia de Pentecostés, hoy estamos reviviendo la comunicación del
Dios Amor a la primera generación de cristianos hasta nosotros. Ellos son conscientes de que
algo insólito les está sucediendo y no tardan mucho en descubrir que no se trata de algo, sino
de Alguien que les está abriendo al misterio de las otras personas y de Dios. Es la acción del
Espíritu Santo que, superando todos los obstáculos, irrumpe para hacer de todos una
humanidad nueva. Así lo ha vivido la Iglesia a lo largo de su historia y así lo vivimos nosotros,
hoy, tal como lo expresan poéticamente unos versos de la Secuencia de esta fiesta:
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tu le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando nos envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava la manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero
La fiesta de Pentecostés nos descubre el valor de la interioridad y, con ella, el misterio
escondido de Dios, que es espíritu, en cada persona humana. Pablo ve la posibilidad de una
identificación con Él cuando dice con tanta firmeza: «el Espíritu mismo se une a nuestro
espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rm 8,16). En una sociedad como la
nuestra calificada de líquida por su falta de consistencia interna por el hecho de subyugarse a
los valores materiales y al abuso de consumo, la acción del Espíritu en nosotros se nos revela
e irrumpe como don y como fruto. Es la alternativa a la frustración humana, al vacío interior,
a la soledad radical, a la incomunicación, al resentimiento que bloquea toda relación
auténtica… Estamos ante algo realmente genial para el anuncio de la fe y para la propuesta
esperanzada de felicidad: contamos con una fuerza interior, divina, que nos dinamiza.
La fiesta de Pentecostés, tal como ya lo habían hecho notar los profetas (Jr 31,33; Ez
también nos hace ver que «el Espíritu de Dios, infundido en el corazón del hombre,
hará arraigar en él los mismos sentimientos de justicia y de misericordia que moran en el
corazón del Señor. De este modo la voluntad de Dios podrá enraizarse de manera creativa en
el interior del hombre. Este proceso de interiorización conlleva una mayor profundidad y un
mayor realismo en la acción social, y hace posible la progresiva universalización de la actitud
de justicia y solidaridad, que el pueblo de la nueva Alianza está llamado a realizar con todos
los hombres, de todo pueblo y nación» (CDSI, 25).
36,26-27),
¿Cómo canalizar este proceso de interiorización en la vida personal y su repercusión
en la vida social? Empezando por convencernos de que uno puede hartarse de vivir
obsesionado sólo por lo material y por aquello que alimenta el orgullo y el egoísmo.
Provocando este hastío, puede iniciarse un proceso de sensibilización hacia lo espiritual que
ayude a ver la inconsistencia del materialismo práctico. Puede llegar el momento decisivo,
como tan bellamente lo hace ver Jesús, en el que el hijo menor de la parábola del padre
misericordioso se da cuenta de su lamentable situación y decide volver a casa. Es el momento
luminoso de la conversión en el que nos percatamos del amor del Padre y decidimos volver a
Él con el gozo de nuestra correspondencia amorosa. Dios tiene siempre abierta la puerta del
perdón e invita a entrar por ella. Ésta será la misión de la Iglesia, llamada a ser sacramento de
reconciliación hasta formar un solo Cuerpo en la persona de Cristo (cf. 2ª lectura).
Inmersos en la cultura de hoy y con el esfuerzo de darnos a entender, los cristianos
hemos de comunicar hoy este mensaje con un nuevo ardor, a pesar de todas las resistencias
que encontramos fuera y dentro de nosotros mismos. Recibimos de Jesús una misión concreta
que nos lanza hacia la transformación personal y social según el Evangelio. Lo hemos
escuchado de sus mismas palabras: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo»
(Evangelio). El marco y el estilo de este envío vienen impregnados por uno de los fruto de la
presencia del Espíritu: la paz como don. Y junto a esta paz y para llegar a ella, el perdón.
Siempre estaremos ante la alternativa: contar con el Espíritu o prescindir de Él. Nuestra
respuesta de fe tendrá que ser firme ya que sin Él «nadie puede decir Jesús es el Señor».
Dice el cardenal Carlo Maria Martini que «lo que realmente se pone en juego en la
vida de un cristiano es su apertura al Invisible, es la experiencia del Trascendente, es el
encuentro con el Espíritu, que es Señor e infunde la vida, y puede suscitar la novedad de Dios
en el corazón o en el ambiente más cerrado, apesadumbrado y esclerotizado». Decir creo en el
Espíritu Santo nos sumerge en la confianza plena de su acción salvadora. A Él le pedimos hoy
que permanezca siempre en nosotros, que ilumine nuestros corazones, sugiera y lleve a
término nuestras decisiones y nos conduzca a la verdad completa; le pedimos que nunca
seamos un obstáculo a su justicia y santidad y sepamos tratarlo todo en la fe, el amor y la
justicia. En la oración, en la celebración de los sacramentos, especialmente en la Eucaristía,
en toda acción impregnada de amor solidario y predilección por los más pobres, en todo
esfuerzo de comunicación auténticamente humana, Jesús nos promete su Espíritu Defensor.