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Cabiya, Pedro. Trance. Santo Domingo: Grupo Editorial
Norma, 2008. 129 págs.
Trance, el más reciente título de Pedro
Cabiya,
no
es
una
narración
convencional. Se trata de cuatro
relatos fantásticos independientes que
se intersecan casualmente por medio
de
ganchos
o
acontecimientos
fortuitos. La celebración de la
discontinuidad por medio de estas
fabulaciones distantes las unas de las
otras, alcanza en este texto un nivel
superior.
El estilo de Cabiya se personaliza sobre la base de
un procedimiento que ya se ha consagrado en numerosos
relatos largos de última generación. La novela clásica
como monumento unitario y poseedor de una arquitectura
coherente que aspira reflejar la realidad, no se encuentra
por ninguna parte.
Se trata de una táctica propia de los antirrealistas
y los vanguardistas. En André Gidé, la novela episódica
surgió de la quiebra de la novela realista-naturalista
madura. Su laboratorio fue la narración esteticista de
fondo gay, Los monederos falsos, publicada por Gallimard
en 1925. En Cabiya la novela episódica se consigue de
otro modo: aquí es producto de su penetración en el
mundo del cuento mediante un procedimiento simbólico
de reacomodo de relatos paralelos y mediante la
construcción de conexiones entre ellos. Ya no se trata de
una novela ni de una colección de cuentos en el sentido
clásico de la palabra: se trata de una narración
postmoderna abierta.
Si se trata de asociarla a una figura de la
geometría euclidiana, Trance es perfectamente circular.
La sorpresa y la incertidumbre que deja en el lector el
primer relato, "Perro,” se resuelve del todo cuando se
termina la lectura de aquel que cierra el volumen,
"Participante". La tentación de un lector como yo es la de
volver al inicio, como si se encontrase al cabo de un ritual
de eterno retorno.
Los escenarios de estas narraciones sobreexceden
las posibilidades de la realidad y la lógica. "Perro" es la
conciencia desesperante que tiene la mente de un
hombre cuyo pensamiento está atrapado en el cuerpo de
un can que se encuentra con la muerte. El escenario de la
barriada suburbana y los numerosos detalles escénicos,
ofrecerán a lo largo del resto del libro pistas al lector
para que sea capaz de insertarse en aquella realidad
alterna.
"Poeta" es la historia irrisoria de un joven púber
subyugado por la inseguridad y las manipulaciones de su
novia y sus amigos. La historia recuerda un poco la
experiencia de la lectura del texto "Miopía", cuento
publicado en 1995 en la antología El rostro y la máscara.
El chico y sus socios serán las víctimas fortuitas de un
gatillero sin control.
"Pato" es la historia de ese gatillero, un post-gay
que se enamora perdidamente de un asociado convertido
en amante casual y sufre. Tras enterarse de la relación de
su amigo Wichi con Sandra, sufre un arrebato de celos
que le conduce a un estado de vesania durante el cual
asesina impunemente a cinco jóvenes adolescentes.
"Principiante" narra la aventura del ser que ha
forzado la invasión del cuerpo del perro y ocupa el del ser
humano que ha sido desalojado. Se trata de un relato de
conspiraciones pre-apocalípticas muy bien escrito con
algunas alusiones a la idea del séptimo día agustiniano del
cristianismo primitivo. En su afán de comunicarse con sus
superiores, el ser que anima a Figueroa, provoca el
suicidio de la mujer de este. Ciertos códigos lingüísticos
del griego antiguo, el aruaco insular y el hinduismo
clásico, sirven para elaborar el dialecto en el que este ser
extraño se comunica con sus agentes.
Se trata de historias ridículas, extrañas,
irregulares, atroces o tremendas, que parecen recogidas
del referente inmediato para la construcción de la idea
de la realidad en el mundo postmoderno: los medios
masivos de comunicación social típicos de la era digital.
Los grandes problemas se explican mediante metáforas
que confían en la veracidad de la virtualidad.
El Vocero (18) o Playboy (54), la música digital
que se escanea electrónicamente en un radio (64) y cuyo
escándalo aísla al oyente del mundo social, la imagen del
ovni y el alienígena en miniatura en el sueño de Cano (8183), o la alusión de Carmen a una situación vista en el
Discovery Channel para entender la presunta locura de
Figueroa (100), parodian el hecho de que la gente
comprende el mundo tras mirar una pantalla, como antes
intentó aprenderlo leyendo un libro llamado Biblia. Por
eso la parodia del lenguaje escatológico en Figueroa, el
asunto de la Parusía, es tan eficaz en el cuarto relato.
Por último, la violencia morbosa con la que aquí
se juega, es tan poco convincente como la que se obtiene
de la pantalla al ejecutar un juego electrónico. La sangre
siempre es demasiado roja o demasiado diluida en una
pantalla HDTV. Los ritmos in crescendo de la razia que
produce el Cano, resultan más cómicos que escandalosos.
Me parece que esa ha sido la intención de Cabiya. Lo que
está detrás de este texto es otra lógica: más allá del
cuento, más allá de la novela y más allá de la realidad. El
relato postmoderno tiene en Pedro Cabiya un maestro.
Mario R. Cancel
Escritor y profesor universitario