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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (Según San Juan hablo II) “El Espíritu Santo”. Benjamín Michavila. Pág. 33 Libros Virtuales. 2ª Edición. La oración se considera como una conversación, donde hay un “yo” y un “Tú” con mayúscula, en referencia a Dios. Y Dios es bastante más importante que yo: ahí radica la esencia de la oración. Darse realmente cuenta que estamos hablando con Jesucristo, con el Espíritu Santo o con el Padre. En tal situación nuestro hablar tiene poca importancia ante lo que el Dios Trinitario nos diga, por ello debemos prestarle auténtica atención a su mensaje, a las inspiraciones, propósitos y afectos que nos infunde. Saber escuchar. Para escuchar bien es preciso mantenerse en silencio, tanto exterior como interior. No se puede mantener una conversación con ruido ambiental ni atendiendo otras conversaciones. Cuando estemos en oración debemos poner toda nuestra atención a conversar con Dios. “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque ni siquiera sabemos qué nos conviene pedir, pero el Espíritu mismo intercede con insistencia por nosotros, con gemidos inefables”, según nos dice San Pablo en su cata a los Romanos. Cuando empezamos la oración tenemos la sensación de que la iniciativa es nuestra, en cambio, dice el Papa que siempre es una iniciativa de Dios en nosotros. El auténtico protagonista de la oración es Dios. Es Cristo, que constantemente libera la criatura de la esclavitud de la corrupción y la conduce hacia la libertad, para la gloria de los hijos de Dios. . Protagonista es el Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra debilidad. El hombre alcanza la plenitud de la oración no cuando se expresa principalmente a sí mismo, sino cuando permite que en ella se haga más plenamente presente el propio Dios. La oración es una búsqueda de Dios, pero también es revelación de Dios. A través de ella Dios se revela como Creador y Padre, como Redentor y Salvador, como Espíritu que todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios y sobre todo, los secretos de los corazones humanos. A través de la oración, Dios se revela en primer lugar como Misericordia, es decir, como Amor que va al encuentro del hombre que sufre. Amor que sostiene, que levanta, que invita a la confianza. La victoria del bien en el mundo está unida de modo orgánico a esta verdad: un hombre que reza profesa esta verdad y, en cierto sentido, hace presente a Dios que es Amor misericordioso en medio del mundo. “Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón. Una oración intensa, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según los designios de Dios” Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino “cristianos con riesgo”. En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizá acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición.