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HOMILIA NAVIDAD 2010
Hemos llegado a la hora cero, la noche santa, la Nochebuena. ¡Qué nombre tan
bello se le ha puesto! Noche en la que todos nos hacemos niños, y dejamos que
hable el corazón, que se haga villancico, luz, ternura, amor familiar, bondad e
ingenuidad. Noche en la que sale fuera el niño que somos por dentro, y hablan el
Niño del pesebre, la mula y el buey, los ángeles y los pastores....narraciones
simbólicas que revelan lo más hondo de nosotros mismos y del sentido de nuestra
existencia.
Vivamos con intensidad estos días. Detengámonos -¡como sea!- para encontrar un
tiempo de paz, de sabor, de oración ante el misterio: el misterio de Dios, el de
Jesús, el de los seres humanos, el mío..
En este tiempo se nos invita a olvidar todo aquello que nos disminuye y enferma.
En toda comunidad hay roces y malos entendidos. Todos pasamos por muy malos
ratos, con reacciones tan injustas como crueles hacia los demás. Todos somos
heridos y heridores. Todos necesitamos olvidar. No solo perdonar desde lo alto de
nuestra dignidad herida, cuando alimentamos con el recuerdo de nuestro perdón
el recuerdo de la ofensa. Hagamos en este tiempo un esfuerzo definido y
sistemático para expulsar de nuestra memoria la convicción de que somos
víctimas.
Todos nos regocijamos hoy por el nacimiento de Jesucristo en la tierra. “¡Un Niño
nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado!” -canta alegremente la Iglesia en la misa
de Nochebuena, con las palabras del profeta Isaías. Sí, Jesús ha nacido, y en Él
“ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” nos dice san Pablo en la lectura de la carta a Tito-. Y en el Evangelio escuchamos
el mensaje jubiloso que el ángel anuncia a los pastores: “Hoy, en la ciudad de
David, os ha nacido un Salvador: ¡el Mesías, el Señor! Y aquí tenéis la señal:
encontraréis a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
¡Dios se ha hecho hombre! ¡El Verbo eterno del Padre se ha hecho carne para
redimirnos del pecado, para abrirnos las puertas del cielo y darnos la salvación! Es
un misterio insondable, incapaz de ser abarcado ni comprendido suficientemente
por nuestra pobre y oscura razón humana. El Dios infinito se hace un ser
pequeñísimo; el Dios eterno se hace hombre temporal y mortal; el Dios
omnipotente se hace un niño frágil, impotente e indefenso; el Dios creador de todo
cuanto existe y a quien no puede contener el universo entero, se hace una
creatura capaz de ser contenida en el vientre de María y luego envuelta en
pañales... ¡Sí, este Niño es Dios! Y nace en la más absoluta pobreza, en la más
profunda humildad, silencio, desprendimiento, obediencia al Padre... ¿Por qué?
Por amor a cada uno de nosotros. ¿Para qué? Para darnos la vida eterna. Como
bellamente nos dice san Ireneo, “el Hijo de Dios se hizo hijo del Hombre para que
el hombre llegara a ser hijo de Dios”.
Ojala que en esta Navidad meditemos hondamente en el significado y en el
sentido profundo de lo que estamos celebrando.
Con frecuencia oigo a algunos feligreses y amigos que me dicen que a ellos no les
gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la cosa con ojos
humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la ternura y la familia y,
desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta edad, vemos cómo en estos
días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que se fueron. Uno
recuerda las navidades que pasó con sus padres, con sus hermanos, con los que
se fueron, y parece que dolieran más esos huecos que hay en la mesa familiar.
Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son infinitamente
más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza que se nos meten por
las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad descubrimos más que en otras
épocas del año que Dios nos ama.
La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en cualquier
fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón abierto. Pero también
es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan apabullante que haría
falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que en Navidad Dios deja la
inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar cerca de nosotros.
Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco niños y,
consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el resto del año todos
miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del egoísmo. Nuestros prójimos
se vuelven nuestros competidores. Y vemos en ellos, no al hermano, sino al
enemigo potencial o real.
Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy corrompido el
corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita nuestras falsas
importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué mayor alegría que
redescubrir juntos la fraternidad?
Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no se refugien
ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. Contemplen el presente. Descubran
que a su lado hay gente que les ama y que necesita su amor. Si lo hacen, el amor
de Dios no será inútil. Y también en sus corazones será Navidad. Que en nuestra
vida parroquial, siempre sea Navidad. FELIZ NAVIDAD A TODOS
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