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DIEZ BUENOS MOTIVOS PARA SEGUIR ELIGIENDO LA VIDA CONSAGRADA Por Amedeo Cencini Quiero señalar, al menos una decena de buenos motivos para seguir escogiendo la vida consagrada. ¿Por qué precisamente diez? Podría decir que por la fascinación del número redondo, que además suena a decálogo y que, por lo tanto, daría aún más tono y consistencia a mi reflexión. Pero diez también como número indeterminado, es un modo de decir que podrían ser más. Los enuncio imaginando que hablo con una joven, un joven… que se lo está pensando, atraído pero aun sin tenerlo claro. Al cual, por lo tanto, le diría: todavía tiene sentido escoger la vida consagrada… 1. Porque consagrado quiere decir alguien que sigue a Jesús como <<el Señor>>, <<el Señor de la vida>>, para tener en sí sus mismos sentimientos, afectos, deseos, gustos, proyectos; no solo, por lo tanto, para hacer, tampoco para hacer el bien y ya está, sino para tener su propio corazón, y encontrarse a sí siempre con un corazón humano que quiere realmente a la manera de Dios. 2. Porque la vida consagrada, por consiguiente, es relacional: no existe en función de ti, o de tus intereses, ni tampoco de los espirituales (como tu perfección o salvación), sino que nace de una relación que te llena la vida y crea, a su vez, relaciones: para hablar a este mundo del primado de Dios y a cada criatura de la centralidad de su amor. Por eso la vida consagrada es también comunitaria: se vive en fraternidad, para mostrar a un mundo dividido como el actual, que Dios puede llamar a vivir juntos a personas muy distintas entre ellas, y mostrar que la búsqueda de su rostro es una fuerza decisiva y que une, más dinámica que la pretendida disgregación de todas las distinciones, divisiones humanas, de raza, cultura, temperamento, tradición… 3. Porque la vida consagrada es fantasiosa, viene del Espíritu Santo, que es la fantasía desordenadísima y placidísima de Dios: nace bajo su inspiración pero siempre a partir de la necesidad, la urgencia, la pobreza presentes en el mundo, que, a menudo, seguirían sin atenderse a lo largo de la historia, y que, aún hoy, corren el riesgo de quedarse sin respuesta; pero es fantasiosa también en el plano espiritual, en el descubrimiento de nuevas y siempre originales vías para encontrar a Dios. 4. Porque es un espacio ecológico en el que se respira el aire puro de la dignidad de la vida y del respeto hacia el ser humano; un espacio en el que todos pueden habitar, porque es un enorme depósito de energía y amor, de generosidad y altruismo, de vitalidad y belleza, al que cada uno puede acudir libremente, y sin el que el mundo habría sido y seguiría siendo más pobre y egoísta, más terrible e inhabitable. 5. Porque la vida consagrada es universal (y es prueba también de la composición cada vez más internacional de nuestras fraternidades), abraza a todo el mundo, no es provincial o localista, te abre la mente y te ensancha el corazón, te hace salir de tus espacios e intereses angostos y te hace sentir cerca de aquel a quien jamás te habrías podido acercar, amigo del que es distinto, del otro. Es antigua y moderna; te hace misionero e incluso profeta: libre de amar a este mundo sin sentirse superior a nadie, y libre de denunciar, al mismo tiempo, las injusticias, salvando las distancias; <<consagración es ser arrojado fuera del mundo para ser enviado con más profundidad>>. 6. Porque es libre y gratuita, liberadora y sofocante, ya que no te ofrece hacer carrera, pero tampoco te hace sentir la necesidad (y eso es bello), y no te da ningún poder (fuera como está de todo lo establecido), liberándote también de toda sed de poder y de toda subyugación al poder humano (y esto es aún más bello). La consagración es una elección <<a fondo perdido>>, pero te hace saborear la plenitud realmente gratificante de una vida empleada por lo que es verdadero, bello y bueno; para los otros, no para ti; para Dios, no para tu paraíso; para anunciar las cosas últimas, incluso viviendo inmerso en las penúltimas. 7. Porque te cambia la vida, pero en dirección a la vida, descubierta cada vez más en su sacralidad; o sea, te hace experimentar deseos y gustos nuevos, te cambia el paladar del corazón y te hace sentir atracciones inéditas, casi un nuevo gusto por vivir, tuyo y del otro, especialmente de quien es más débil y se ve tentado a no sentirse amado. Es la atracción del amor gratuito, de quien ama porque ama y no está motivado a amar por otra cosa que no sea la urgencia del amor y la necesidad del otro; como Francisco de Asís que se siente misteriosamente atraído por el rostro de un leproso, y lo besa y lo abraza; o como Teresa de Calcuta, que recoge al moribundo, abandonado por todos a lo largo de las calles, lo lleva a casa y lo cura, lo acaricia y lo asiste hasta el último respiro; o como más cercanos a nosotros- todos los consagrados y consagradas que eligen estar, sin quejarse y con ternura infinita, junto a quien en todo caso, se siente menos digno de vivir, alejado de los hombres y quizá también de Dios, y es débil, sin esperanza…, para cantarle una canción de amor. 8. Porque te da una inmensa libertad: la libertad, en resumen, de apostar por Dios, de dirigirlo todo hacia él, de jugarse por él tu cuerpo y tu sensibilidad, tu afectividad y sexualidad, tu dignidad y libertad, tu autonomía y la sed de poseer, lo que está más dentro de tu corazón…, porque Dios es tu tesoro y te pagará con el céntuplo: tu cuerpo estéril, entonces será fecundo de una forma inesperada y con una multitud de hijos; la mujer (o el hombre) a la que has renunciado, se convertirá en amor multiplicado en ti; las cosas que has elegido no poseer harán que tu corazón esté libre de cualquier preocupación y soledad, con quien no tiene nada, no porque lo haya elegido así; los proyectos personales que no hayas realizado te harán libre para entrar en proyectos mucho más grandes que tú, para experimentar que, para Dios, todo es posible; mientras tú descubrirás que la verdadera dignidad, tuya y de los demás, es lavar los pies al otro, y la verdadera libertad es escoger depender de los que tú amas y que querrías también que los otros amasen. 9. Porque es una de las cosas más bellas y más serias de la vida de la Iglesia hoy: bella con la belleza misteriosa entrevista por Pedro el día de la Transfiguración, pero también con la belleza más misteriosa aún que resplandece en el Crucificado; seria porque te pide un compromiso total, radical y definitivo, del que procede inesperadamente la felicidad, la de las Bienaventuranzas, felicidad verdadera y estable, que canta en el corazón al pobre, al puro de corazón, al pacificador, al manso, y que nadie te podrá robar. 10. Porque… hoy la vida consagrada se elige cada vez menos como vocación; por lo tanto no hay peligro –para quien la elige- de borreguismo, agrupamiento, de condicionamiento de masas, de elección humanamente conveniente; por el contrario, escoger entregarse a Dios es una elección original, que te saca de la masa de los conformistas y aburridos, de quien ni siquiera sabe cómo divertirse o no sabe pensar ya con la propia cabeza. Además, es una elección arriesgada, incluso aventurera, para nada calculada ni en absoluto cómoda, jugada toda en base a la confianza que depositas en el Otro. Pero a quien ya ha tomado esta decisión me gustaría precisarle: estos <<porqué>> al inicio de cada punto del decálogo, que marcan los motivos presentados, podrían (o deberían) ser sustituidos por otros tantos <<con la condición de que…>>, o <<en la medida en que…>>. Por desgracia, no se da por sentado que la vida consagrada sea siempre según la descripción ideal que acabamos de dar: depende de quien la elige y vive, de los individuos consagrados y de las comunidades que están llamadas a hacerla atractiva y meritoria de ser elegida como la propia vida y vocación. Lo que debemos decir al término de esta reflexión y vueltos aun a la nueva generación de jóvenes a la espera de escoger la vida que quieren vivir es: SÍ, la vida consagrada aún puede elegirse, porque aún hay <<memoria evangélica>> para toda la Iglesia; porque puede y debe seguir anunciando al mundo el misterio glorioso de la muerte y resurrección de su Señor.