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LA SOCIEDAD INCLUSIVA: ENTRE EL REALISMO Y LA AUDACIA JOAQUÍN AZAGRA ROS Sí, son dos libros en uno. Tiene su explicación. Perdón no sé si tiene. Vdes. leerán y juzgarán, pero explicación sí. Fue hace dos veranos. Ximo escribía sobre cómo Francisco centraba en los pobres y excluídos, el foco de su mensaje; yo descubría cómo Piketty documentaba con cifras el aumento de la desigualdad. Y la realidad nos mostraba cómo la crisis descargaba su furia selectiva sobre los estratos más pobres de nuestra sociedad. La intersección era obvia: el aumento de la vulnerabilidad anuncia un drama creciente que será duradero. Sin embargo, nuestros lenguajes no casaban. Ahí nació la idea de cruzarlos. Ni el discurso de los cristianos podía reducirse a la labor de Cáritas, ni el interés de quienes sin serlo apostamos por una sociedad inclusiva, debiera prescindir de un mensaje tan potente como el que hoy plantea el Papa Francisco. Poner en común lenguajes distintos, repensar prioridades, articular acciones, en suma dar respuestas compartidas a la complejidad actual desde una clave común… la de sostener una cohesión social hoy amenazada y exigida de repensar las prioridades y las formas de gestión del Estado del Bienestar. Porque ahí radica la cuestión, en los riesgos que se ciernen sobre el que quizás haya sido nuestro más importante logro compartido: un Estado del Bienestar que pese a todo ha mantenido la cohesión social de esta sociedad y sobre cuyo futuro se ciernen riesgos de calado. Que no son sólo efecto de las políticas de consolidación fiscal y los recortes de ellas derivados. No, la cuestión va más allá. Esta ya no es la sociedad en que se fraguó ese gran pacto social que es el Estado del Bienestar. Ni lo son sus modos de vivir o pensar, ni lo son sus gentes, ni lo son las condiciones en que se desarrolla. Ocurre en toda Europa. Desde mucho antes de que la austeridad se impusiera como política determinante en la U.E., ya se planteaba la cuestión de su viabilidad. Blair o Schroeder son buen ejemplo. El escenario era, insisto, otro. Para empezar el geopolítico, pues la estruendosa caída del comunismo restaba recorrido a la idea de una economía mixta y dejaba el mundo sin alternativas a la expansión de la economía de mercado. La globalización obligaba a incrementar la competitividad bajando precios bien vía aumento de la productividad, bien vía reducción salarial o peor aún, estrechando los límites del gasto social. Todo el gasto público empezaba a pesar como 1 una losa sobre las economías europeas pues vivir a crédito permanentemente siempre supone unos niveles de endeudamiento crecientes, muy duros de afrontar cuando la productividad no crece a mayor ritmo. Además, el Estado ya no es el instrumento autónomo y autosuficiente que era, pues subsumido en áreas de decisión supranacionales, no es fácil ejecutar políticas expansivas con la alegría de antaño. Más aún, pierde soberanía nacional, pues este concepto implicaba un espacio político delimitado. Por si ello fuera poco, la mejora en el nivel y esperanza de vida alumbraba un proceso de envejecimiento que presiona el gasto en sanidad, farmacia, pensiones de jubilación, residencias para ancianos, etc. Dicho en síntesis, ni el escenario demográfico, ni el geopolítico, ni el instrumento transformador por excelencia que es el Estado, ni las políticas keynesianas de expansión del gasto público se sostienen sobre las mismas bases. Ni siquiera sobre las mismas bases sociales. Quizás sea este, el punto central de mi argumentación. Porque el Estado del Bienestar fue conquista de las clases trabajadoras nucleadas en torno al proletariado industrial en aquella sociedad fordista, que forjaba en las fábricas la conciencia de clase. Las clases medias y aún más, las altas aceptaron sufragar vía impuestos, el pacto que daba estabilidad a un sistema del que ellos se beneficiaban más que nadie. Se tejió así una suerte de solidaridad fiscal entre clases y entre generaciones que propició una larga etapa de crecimiento y redistribución. Hoy la estratificación social es distinta. El proletariado industrial no es ya mayoritario. Hoy lo es el de servicios, de muy distinta cultura política. Son otras también las clases medias, con profundas diferencias entre sí. Incluso la definición de las mismas es hoy más indeterminada y confusa. Es frecuente oir, por ejemplo, al líder del PSOE, hablar de clases medias cuando en realidad se refiere a obreros insiders con salarios aceptables y seguridad laboral; o peor, sostener propuestas políticas en base a los intereses de un abstracto heterogéneo como es “la gente”. Esa deficiente conceptualización de las clases olvida que la actual segmentación provoca conflictos no sólo interclasistas, sino con frecuencia intraclasistas. El conflicto distributivo es mucho más complejo que antaño. Y quizás el caso más flagrante en esta época lo constituya ese colectivo diverso y heterogéneo cuya amplitud ha crecido con la crisis y que ha encontrado definición en la expresión de “precariado”. Muy heterogéneo pues engloba a parados de distintas edades y condición, autónomos a los que la quiebra de su pequeño negocio ha conducido a la ruina, a 2 inmigrantes sin redes sociales de apoyo y sobre todo a jóvenes, a muchos jóvenes con tantos estudios como frustración… Colectivo heterogéneo, posiblemente con intereses distintos pero cuya vulnerabilidad es tal que los sitúa en el riesgo de la exclusión y en casos de la pobreza, convertida así en un espacio de intersección entre capas y clases sociales como nunca se había conocido. Esto afecta en particular al caso español, porque el nuestro es un Estado del Bienestar de tipo medio, fuertemente ligado al empleo, muy descentralizado y en el que la familia suple carencias en el ámbito de lo social. Así, el sistema ha mostrado músculo en la provisión de bienes preferentes -educación y sanidad- y ha mantenido el sistema de pensiones con cierta suficiencia. Tanto que las pensiones se han convertido en sostén económico, a veces casi único, de familias con baja intensidad laboral. Pero es claramente deficitario en las transferencias antipobreza, apoyo a las familias, dependencia y en general a atención social. Un dato: las pensiones de jubilación suponen un gasto del 11% del PIB, la sanidad un 7, la educación un 6 y todo el conjunto de prestaciones que constituyen los servicios sociales, no llega al 2%. ¿Cabe atribuir a este gasto responsabilidad en el déficit público?. Obviamente no. El problema es que se trata de una cuestión urgente. La semana pasada el INE lo cuantificaba: casi una cuarta parte de las familias españolas están por debajo del umbral de la pobreza: más de diez millones de personas, la mayor parte niños. Un porcentaje que aumenta si utilizamos el indicador AROPE, en cuyo caso alcanzaba el 29.2% con ingresos de 2013. No sé si es hora de plantear la renta básica universal. Su articulación es tan complicada que tardarán años en que se pueda hacer. Pero sí lo es de aumentar sustancialmente la dotación de fondos para que los ayuntamientos puedan atender con rentas mínimas de inserción ciudadana. No hacen falta cambios legales y supondrían un alivio para tantas situaciones de exclusión y vulnerabilidad. Ay! Pero es posible hacerlo cuando tantas presiones para la consolidación fiscal existen?. Bien, creo que sí. Aunque nada es gratis. Y como no será posible aumentar sustancialmente el gasto social a corto plazo, hay que asumir con valentía que el Estado del Bienestar debe repensar sus prioridades y llevar a cabo reformas que aseguren su viabilidad pero sin dejar de dar respuesta a lo urgente. Y urgente es atender a la pobreza creciente, no sólo con ayudas económicas, que también como es obvio, sino mediante en políticas de rescate para esos parados de larga duración, sobre todo jóvenes, que corren el serio riesgo de quedar 3 anclados en su situación. No se trata sólo de implementar transferencias a través de las rentas de inserción, sino de articular políticas activas de empleo, porque el objetivo es rescatar de la pobreza y recuperar la dignidad de las personas. En el libro que hoy se presenta se alude a experiencias de interés, sobre todo en los países nórdicos: la llamada mochila que acompaña a las pensiones de jubilación, la que se conoce como “flexiguridad”, el equilibrio entre tasas y becas, etc. No repetiré experiencias conocidas aunque no siempre interiorizadas. Pero sí diré, que el Estado del Bienestar, como en general todo el andamiaje de nuestra democracia, está pendiente de reformas. Reformas que no son gratis y exigirán renuncias y adecuaciones. Y a ese respecto, me voy a permitir apuntar que una reforma del Estado del Bienestar dirigida a mantener su carácter universal, público y de calidad, requiere asumir una preagenda previa de condiciones que sintetizaré en las siguientes: 1) La protección social cuesta dinero y es deber ciudadano contribuir a su sostén. La conciencia de que no se debe defraudar a la Hacienda Pública y que cada uno debe contribuir según sus rentas y riqueza no admite tibieza frente al fraude en todos los niveles. Será inexcusable acometer la revisión del sistema para evitar tantas posibilidades de elusión fiscal y aumentar la equidad en el reparto de la carga tributaria, pero también hacer pedagogía fiscal más allá de las campañas institucionales, con ejemplaridad y dedicación máxima a la generalización del hábito de la responsabilidad 2) La gestión de los servicios debe mejorar, ser más eficiente. Hay que solucionar las ineficiencias del sector público por lo que suponen para la gestión y porque ofrecen material para la crítica en su contra. Funcionarios y empleados públicos han de implicarse en tal objetivo, alentando protocolos de actuación rigurosos, evaluaciones ante-ex y post-ex de las políticas aplicadas e incluso abriéndose a fórmulas de gestión con agentes externos (empresas privadas, voluntariado, ONGs, etc,) aunque a veces pueda afectar a intereses o hábitos corporativos. Hay que buscar las fórmulas de hacer mejor hasta lo que ya se hace bien. 3) Nuestro Estado del Bienestar es a veces impersonal, burocrático y compartimentado. Hay que desburocratizar la gestión, reducir la uniformidad, personalizar la atención, hacer seguimiento de los casos individuales, ajustar protocolos a las circunstancias de las personas, coordinar las actuaciones en que concurran 4 instancias competenciales distintas. Con la administración informatizada, no debiera ser problema inabordable. 4) Universalidad no equivale a gratuidad total. Frente al copago, hay que reivindicar el papel racionalizador de unas tasas selectivas, personalizadas, ajustadas a los niveles de renta, circunstancias y condiciones vitales de los usuarios. Crean conciencia de los costes y evitan malos usos e incluso distorsiones que merman la capacidad redistributiva del sistema al disminuir su progresividad. Con todo, la base del sistema es su gratuidad; las reformas no debieran dirigirse a compartir los costes del sistema sino a erradicar las malas prácticas. 5) Repensar las prioridades va a ser obligado en un futuro inmediato. Atender a la infancia ofrece igualdad de oportunidades a los niños y a las madres; cuidar a la vejez es imperativo demográfico; dotar de dignidad a la pobreza ampliando número y cuantía de las rentas mínimas, es una exigencia ética, social y política; incrementar los niveles educativos mejora la competitividad, pero sobre todo la igualdad de oportunidades, etc. Pero priorizar suele suponer dar algo por algo, es decir puede haber otras prestaciones afectadas a la baja y tal vez hasta suprimidas. No puede hacerse sin rigor, sensibilidad y acierto. Y desde luego, hay que economizar en gastos no productivos ni sociales, como son tantos en la administración. Creo haber cumplido arriesgando unos puntos tan controvertidos. Y como el libro obviamente salió antes de elecciones, añadiré riesgos a mi propuesta. El Estado del Bienestar goza de gran arraigo en nuestra sociedad pero no tiene tanta unanimidad en lo que a sus prioridades respecta. Lo curioso es que coincidencias y diferencias, según explico en él, no responden tanto a ideologías ni a posiciones políticas, sino sobre todo, a la situación en el mercado laboral. No puedo alargarme en este punto, pero quiero decir que las preferencias de quienes están en riesgo de exclusión no coinciden con las de quienes están instalados en el sistema. Algo que debieran contemplar en especial partidos y sindicatos. Lo cual significa que las reformas requieren matices, tacto, buen hacer y consenso. Bien, pues está escrito antes de que se celebrasen estas elecciones. A una sociedad tan segmentada puede representarla mejor una realidad política fragmentada. En ese sentido no me cabe duda de que nuestra democracia se ha enriquecido. La situación política actual añade protagonismos nuevos y con ellos, matices. Un escenario idóneo si se sabe dialogar, si se sabe pactar la complejidad. 5 6
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