Download Es la historia de un lector Humberto González G.
Document related concepts
no text concepts found
Transcript
1 Es la historia de un lector Humberto González G. “Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado.” Gabriel García Márquez Es inútil, tratamos de recordar nuestras lecturas literarias en la escuela primaria y no nos llega nada. Nos acordamos del libro de Historia de América con sus dibujos de indios y un cerro con nieve y algunas construcciones como de piedra ¿Machu-Picchu? El de Geografía de Venezuela, La Aritmética de Baldor, pero de literatura no nos llega recuerdo alguno; no digo que no hubo lecturas de este tipo, seguramente sí, pero ninguna nos marcó como el libro de Historia de América, el de Geografía de Venezuela o el de Baldor. Parece que en la escuela nos hicimos estudiantes, y obviamente los estudiantes leen, pero fue en el hogar donde nos hicimos lector en el sentido literario de la palabra. Los suplementos dominicales de El Nacional y de Últimas Noticias se constituyen en nuestras primeras lecturas. En particular el suplemento de “Las Noticias” que tenía la particularidad de venir acompañado por un paseo con el abuelo a Las Torres de El Silencio y un dulce con media ciruela pasa en la cafetería de los chinos mientras compartíamos nuestras lecturas. Por otra parte, nuestra casa fue un hogar con libros: nuestro padre y nuestras hermanas mayores, estudiantes universitarias, eran lectores, y disfrutaban lo que leían, nos servían de modelo pero no nos obligaban ni nos prohibían ninguna lectura. Nuestras primeras experiencias de tipo círculos de lectura las tuvimos con la revista “Tricolor”. Estudiábamos 1º y 2º grado. En mi casa éramos cuatro niños en esos niveles: nosotros, nuestra hermana y dos primos. Nuestro padre, que dirigía la Imprenta del Ministerio de Educación, de cuyos talleres salía “Tricolor” nos las llevaba a la casa. Cuando llegaba la revista era toda una noche de fiesta, leíamos y discutíamos entre nosotros acerca de los “Cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo”, “Las Aventuras del sute José de la Cruz y otros contenidos fijos y variables que formaban el cuerpo de la “Tricolor” y que no lográbamos leerlo en un solo día. 2 Recordamos cómo, con especial deleite, construíamos esas especies de laminarios didácticos de papel, de capas superpuestas donde se presentaba, por ejemplo la estructura de la mano: piel, músculos, huesos, etc. Era una fiesta de la lectura, el intercambio y la construcción. Éramos niños, éramos felices, éramos libres: lo leíamos porque nos gustaba, lo hacíamos porque lo disfrutábamos, a nada estábamos obligados. Una tía nos acompañaba pero no como autoridad en ningún sentido, sino como auxiliar o como asistente con experiencia: nos quería, nos ayudaba y respetaba nuestra libertad. Cuando estudiábamos tercer grado, 1958, Tuvimos la oportunidad de conocer a Aquiles Nazoa, que acababa de llegar de su exilio Boliviano. Íbamos con nuestro padre por el pasaje Zing de la avenida Universidad cuando ocurrió el encuentro. El entusiasmo del saludo y la manera tan fogosa de hablar de Aquiles nos impresionó fuertemente. Cuando se despidieron y le preguntamos a nuestro padre que si ese señor estaba loco, nos respondió que “ese señor”, amigo suyo, era un escritor y que al llegar a la casa me iba a mostrar un libro de él. “El Burro Flautista”. Lo leí completo y lo entendí fragmentariamente. De allí en adelante, así como “el cieguito Juan Azuaje, que es un cieguito creyente” terminó “rugiendo por los mogotes”, nosotros terminamos recitando poemas de Aquiles Nazoa en las piñatas. De allí nuestra eterna “aquilesmanía” En 1961, cuando estábamos en 6º grado, teníamos una serie de obligaciones estudiantiles: asistir a clases, hacer las tareas, respetar todo lo que se debía respetar y algunas otras cosas también, hacer educación física, escribir composiciones acerca de varios asuntos incluyendo la vaca, hacerle ilustraciones o sea dibujos, a esas composiciones y a los cuadros sinópticos también, y estudiar, estudiar mucho: las ciudades, ríos, pueblos y límites del estado Monagas, la clasificación de los animales invertebrados, los músculos de la espalda, los adjetivos posesivos y el pretérito pluscuamperfecto del verbo inmiscuir. Pero no nos acordamos de ninguna lectura obligatoria, a menos que fuera una actividad rutinaria de aula. Nos acordamos que ahorrábamos el dinero que nos daban y, cuando la cantidad ya era suficiente visitábamos “La Casa del truco” y la Librería Las Novedades” de las Torres de El Silencio. Bombas fétidas y Libros, en eso invertíamos nuestro dinero, pero escogíamos sin ninguna presión los libros que leíamos. Éramos una especie de toro cimarrón de la lectura. 3 Nuestra historia en bachillerato fue muy parecida. Me acuerdo que leímos algunos cuentos, por ejemplo “Las dos Chelitas”, pero nada que para nosotros fuera más allá de una simple actividad escolar. El cambio radical vendría a los 15 años, cuando estudiábamos 3º año: descubrimos “la biblioteca de mi tío Paco” Nuestro tío Francisco González Arena, hombre de educación y de literatura, era a nuestros ojos una enormidad de libros, toda una pared forrada de libros a todo lo ancho y a todo lo largo. Había absolutamente de todo, hasta uno de los libros más raro que hemos visto: “Index Librorum Prohibitorum” toda una inmensa nómina de libros prohibidos por la iglesia católica en su época inquisidora. En esa biblioteca no sólo tuvimos la oportunidad de seleccionar nuestras lecturas en un universo extenso y polifónico, sino que contamos con la sabia asesoría y la inmensa experiencia lectora de Paco, quien nos insinuó muchas lecturas y puso muchos libros en nuestras sedientas manos, pero nunca nos dijo “tienes que leer esto”. Nuestro bachillerato continuó con la mención de humanidades que incluyó, en nuestro caso, unas tediosas clases de informaciones teóricas de literatura en la cual no leíamos, pero nos desquitábamos con la biblioteca de Paco. Le agradecemos a la vida la libertad que nos dio y los ayudantes que nos puso en el camino. La primera vez que tuvimos la obligación de leer algún libro fue en el Pedagógico de Caracas en las cátedras de Análisis Literario, con el Prof. Oscar Sambrano Urdaneta: “Rojo y Negro” y Madame Bovary; y de Literatura Española, con la Prof. Aura Barradas: “El Cantar del Mio Cid”, “El Lazarillo de Tormes” “Don Quijote” y un largo etc., pero ya estábamos formados como lectores, con suficiente músculo y resistencia, lo cual nos permitió asumir esas y muchas otras lecturas que vendrían luego, nos gustasen o no. En este texto nos hemos atrevido a hablar de nuestra infancia y adolescencia sin pretensiones autobiográficas sino como un intento de la memoria por reconstruir una realidad que quizá fue muy distinta, pero que así la recordamos. De todo lo aquí expuesto podemos concluir que somos lectores porque Dios nos dio ciertas aptitudes, porque nuestro camino siempre ha estado alfombrado de libros, revistas, suplementos y demás elementos parecidos y porque nos acompañaron lectores comprensivos, respetuosos y entusiastas que nos modelaron, que nos moldearon y que nos entusiasmaron.