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Transcript
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La disposición e interés clínico por la
motilidad ocular se inició con los estudios del
que fue profesor de Fisiología y Patología en la
Universidad polaca de Breslau en 1823 y,
posteriormente, en la de Praga en 1850,
Johannes Evangelista Purkinje (1787-1869),
quien valoraba los movimientos oculares
mediante el tacto, manteniendo al paciente
con los ojos cerrados.
Muchos animales, como la rana, la víbora
o la lechuza e, incluso, algunos mamíferos
pequeños, tienen los ojos fijos e inmóviles en
las órbitas, quienes para “ver”, están
obligados a hacer giros corporales o cefálicos.
En el humano, por el contrario, el conjunto biocular para “percibir” primero ha de "mirar".
El poeta peruano Juan José Soto (2006)
describió como nadie la inmovilidad ocular en
el hombre cuando dijo:
Ojos inmóviles,
la ansiosa mirada de la muerte…
Juan José Soto
(1965-….)
Los globos oculares, en beneficio y al
servicio de la función visual, presentan de
modo perfectamente coordinado gran
movilidad para optimizar las sensaciones
recibidas, que han de transformarse en
percepciones conscientes, posibilitando que la
imagen de cualquier objeto, motivo de la
atención del individuo, incida enfocada en
áreas correspondientes de ambos receptores
retinianos, principalmente sobre las más
privilegiadas histológicamente como son las
fóveas. De este modo, la variación del campo
de fijación, merced a los movimientos
oculares, y manteniendo constante el campo
visual, permite al individuo aumentar y
engrandecer su área de información. Aquí y
así, se inicia un proceso complejo que
terminará ofreciendo impresión mental de su
entorno, y que solo es posible si concebimos
el sistema motor ocular como circuito
autorregulado (servomecanismo) dentro de
una organización cibernética retroalimentada.
Así, la actividad se controlaría por sí misma de
acuerdo a los efectos logrados, influyendo de
forma retroactiva (feedback) sobre órdenes
superiores y sobre la acción del resto de
unidades, también autorreguladas (Norbert
Wiener, 1948). En el sistema óculo-motor
humano, el más perfecto en el concierto
evolutivo de las especies, no solo se ejecutan
los mandatos que vienen de centros
superiores, sino que se organizan y modulan
las respuestas obtenidas en la “enmarañada
jungla de la corteza cerebral”, como diría Sir
Charles Scott Sherrington (1946), a fin de
mantener el equilibrio deseado entre los
diferentes grupos musculares para sustentar
la visión binocular, que parece un milagro si
recordamos que son nada menos que doce
músculos los elementos participantes, además
de los dos elevadores palpebrales, cuya
relación es muy estrecha con este complejo
muscular efector.
Esta organización cibernética es el
único modo de concebir las respuestas
optomotoras, con el fin de fusionar los objetos
de nuestro entorno a través de los diferentes
movimientos de versión y los aún más
complicados de vergencia, ambos en
colaboración y complicidad simultánea.
La perversión de la organización de
este circuito óculo-motor inteligente da lugar
al “desequilibrio”. Forman parte del mismo las
estructuras superiores del córtex cerebral y las
subcorticales del tronco del encéfalo, ambas
en
conexión
con
los
efectores