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Si consideramos esto atentamente, encontramos antes que
nada que como el vidrio es producto de un fuego temporal y fruto
maravilloso de una hoguera ardiente en la que tomó origen y
recibió su perfeccionamiento, así el Corazón de la Madre de amor
es, entre todas la criaturas, la más excelente obra de este fuego
divino del que se dice: Tu Dios es un fuego devorador (Dt 4, 24).
Ese fuego se formó en la hoguera ardiente del Corazón adorable
de la santa Trinidad, que es el Espíritu Santo; durante el curso de
esta vida fue acrisolado como el oro y perfeccionado e la hoguera
de las tribulaciones; y finalmente fue consumido, como hostia
santa, en el fuego del amor celeste de la caridad divina, que lo
transformó en ella. Es así todo fuego y todo llama de amor a Dios
y de caridad a los hijos de Dios.
El vidrio y el cristal tienen tres propiedades notables que
representan tres cualidades de este Corazón virginal.
Primero, un cristal hermoso es sin tacha. Es de pureza
inmaculada como es el Corazón de María que jamás fue manchado
por el menor de los pecados. Es mar sin suciedad ni corrupción
que rechaza y aleja toda clase de inmundicia.
Segundo, el vidrio y el cristal son transparentes, totalmente
expuestos a todas las miradas. Esto denota sencillez y sinceridad,
propias de quien no sabe de sutilezas ni fingimientos, que no se
disfraza ni usa de artificios, que desconoce duplicidad e
hipocresías; es una de las más loables cualidades de un corazón
fuerte y generoso. Solo el corazón flojo y débil disimula y engaña;
un corazón lleno de fortaleza y generosidad es siempre sencillo,
franco y sincero. Así es el Corazón de la gloriosa Virgen que puede
repetir mejor que san Pablo: Nuestra seguridad se basa en el
testimonio de nuestra conciencia que nos atestigua que actuamos
en este mundo con sencillez de corazón y en sinceridad ante Dios
(1 Cor 1, 12).
Tercero, el vidrio y el cristal no solo no se oponen a los rayos
del sol y no los repelen como lo hacen los objetos materiales sino
que los reciben en sí mismos y se dejan penetrar totalmente de
modo que llegan a ser del todo luminosos y transformados en luz.
El sol se dibuja y se imprime perfectamente en ellos y llegan a ser
como otro sol; incluso transmiten y comunican la luz que reciben
en plenitud del sol a los lugares y objetos que están cercanos. Así
es el Corazón de la Madre de Dios: Estuvo siempre abierto a las
luces celestiales; estuvo colmada y penetrada por ella en forma
maravillosa e inexplicable.
Ha sido y será por siempre como un hermoso espejo de
cristal en el cual el Sol de justicia ha reflejado la imagen perfecta
de sí mismo. Por eso san Juan lo contempló como un mar de vidrio