Download Problemas epistemológicos de la comunicación pública de la ciencia
Document related concepts
Transcript
Problemas epistemológicos de la comunicación pública de la ciencia Director: Dr. D. Miguel Ángel Quintanilla Fisac Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia. Director del Instituto Universitario de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca. Departamento de Filosofía y Lógica y Filosofía de la Ciencia. Facultad de Filosofía de la Universidad de Salamanca Óscar Montañés Perales ISBN: 978- 84- 694- 4106- 0 · Depósito Legal: A- 607- 2011 UNIVERSIDAD DE SALAMANCA FACULTAD DE FILOSOFÍA Departamento de Filosofía y Lógica y Filosofía de la Ciencia Problemas epistemológicos de la comunicación pública de la ciencia ISBN: 978- 84- 694- 4106- 0 · Depósito Legal: A- 607- 2011 Óscar Montañés Perales PREFACIO PARTE I: HISTORIA DE LA POPULARIZACIÓN DE LA CIENCIA EN GRAN BRETAÑA Y EN ESTADOS UNIDOS 1. HISTORIA DE LA POPULARIZACIÓN DE LA CIENCIA DURANTE EL SIGLO XIX 1.1. La popularización de la ciencia en la Gran Bretaña del siglo XIX 1.1.1. El binomio ciencia amateur/ciencia profesional y sus implicaciones en la popularización 1.1.2. El binomio ciencia/teología natural y sus implicaciones en la popularización 1.1.3. El estudio de las publicaciones del siglo XIX 1.1.4. El despegue de las publicaciones de ciencia de carácter comercial 1.1.5. La popularización de la ciencia en las publicaciones periódicas generales 1.1.6. La popularización de la ciencia en las revistas de ciencia popular y en los libros 1.1.7. Dos concepciones de la popularización 1.1.7.1. Robert Chambers 1.1.7.2. Thomas Henry Huxley y John Tyndall 1.1.8. La popularización de la ciencia entre la clase trabajadora 1.1.9. La popularización de la ciencia al servicio de la ‘ciencia pública’ 1.2. La popularización de la ciencia en Estados Unidos durante el siglo XIX y su transición al siglo XX 2. HISTORIA DE LA POPULARIZACIÓN DE LA CIENCIA DURANTE EL SIGLO XX 2.1. La popularización de la ciencia a principios del siglo XX 2.2. La profesionalización del periodismo científico 2.3. La popularización de la ciencia en las publicaciones periódicas de carácter general durante la primera mitad del siglo XX 2.4. La evolución de los museos científicos en las primeras décadas del siglo XX 2.5. Las primeras décadas de la popularización de la ciencia en la radio y la televisión 2.6. La popularización de la ciencia durante las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial 2.7. El inicio de una nueva etapa de los museos de ciencia 2.8. Difusión de voces críticas ante los riesgos de la ciencia y su repercusión en la popularización de la ciencia 2.9. El florecimiento de una nueva etapa en la popularización de finales de los años 70 2.10. Los primeros vínculos entre la popularización de la ciencia y los estudios de percepción pública de la ciencia PARTE II: CUESTIONES TEÓRICAS SOBRE LA POPULARIZACIÓN CIENTÍFICA, LA COMPRENSIÓN Y LA COMUNICACIÓN PÚBLICA DE LA CIENCIA 3. PROBLEMAS CONCEPTUALES DE LA POPULARIZACIÓN CIENTÍFICA 3.1. La popularización científica: divulgación científica y periodismo científico 3.1.1. La divulgación científica 3.1.2. El periodismo científico 3.1.2.1. Los géneros periodísticos y el periodismo científico 3.1.2.2. Las fuentes del periodismo científico 3.1.2.3. La relación entre científicos y periodistas 3.1.2.4. Limitaciones propias del periodismo científico 3.1.2.5. La imagen de la ciencia transmitida por el periodismo científico 3.1.2.6. Conclusiones 3.2. El lenguaje y el discurso de la popularización científica 3.3. ¿Por qué popularizar la ciencia? 3.4. La alfabetización científica 4. ESTUDIOS DE PERCEPCIÓN PÚBLICA DE LA CIENCIA 4.1. Origen y evolución del diseño de los estudios de percepción pública de la ciencia 4.2. Encuestas de percepción pública de la ciencia en Estados Unidos 4.2.1. Estudios previos a los Science Indicators 4.2.2. Primera fase de los Science Indicators 4.2.3. Encuesta sobre percepción pública de la tecnología, 1970 4.2.4. Segunda fase de los Science Indicators 4.2.5. Encuesta tipo de percepción pública de la ciencia de los Science Indicators, 1992 4.2.6. Principales resultados acumulados de los Science Indicators 4.3. Encuestas de percepción pública de la ciencia en Europa 4.3.1. Origen y resultados de los primeros Eurobarómetros de carácter específico sobre ciencia 4.3.2. Principales resultados acumulados de los Eurobarómetros de carácter específico sobre ciencia 4.4. La alfabetización científica y las encuestas de percepción pública de la ciencia 5. MODELOS DE COMPRENSIÓN Y DE COMUNICACIÓN PÚBLICA DE LA CIENCIA 5.1. Introducción 5.2. Paradigmas prácticos de la comprensión pública de la ciencia 5.2.1. Críticas al modelo del déficit implícito en los dos primeros paradigmas 5.2.2. Críticas a la correlación positiva entre conocimiento y actitudes favorables a la ciencia 5.3. El modelo contextual de la comprensión pública de la ciencia 5.4. Implicaciones del modelo del déficit y del modelo contextual en la comunicación pública de la ciencia 5.4.1. El modelo del déficit y la comunicación pública de la ciencia 5.4.2. El modelo contextual y la comunicación pública de la ciencia 5.5. Críticas a la popularización científica 5.6. Un enfoque global: la cultura científica y la comunicación pública de la ciencia CONCLUSIONES ANEXO I: PERCEPCIÓN PÚBLICA DE LA CIENCIA EN LOS EUROBARÓMETROS ESTÁNDAR O GENERALES ANEXO II: ÍNDICE DE TABLAS Y GRÁFICAS BIBLIOGRAFÍA A mis padres, Conmigo vais, mi corazón os lleva Óscar Montañés Perales -1- Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales. –No he entendido una sola palabra– me dice, estupefacto. Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver. –Ya entiendo casi todo– me dice mi amigo, con bastante alegría. –Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas… Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas. –Ahora sí, ahora entiendo la relatividad – exclama mi amigo con alegría. –Sí– le respondo amargamente, –pero ahora no es más la relatividad. (Ernesto Sabato, 42) El Santuario del Templo estará siempre reservado a los Sacerdotes y favoritos de la Deidad; pero la Entrada y sus otras estancias permanecerán abiertas a los profanos. (Francesco Algarotti, VIII) Óscar Montañés Perales -2- La mayoría de las ideas fundamentales de la ciencia son esencialmente simples y pueden, por regla general, exponerse en lenguaje accesible a todo el mundo. (Albert Einstein y Leopold Infeld, 22) Para transformar la realidad es imprescindible conocerla. Y para ello es necesario, a su vez, que los pueblos participen y que no se resignen. (Federico Mayor Zaragoza, 2005) Muchos puntos de la física moderna que habían permanecido ocultos, han sido revelados mediante la popularización. Doy las gracias por ello, pues me gusta la física pero no puedo tomarla cruda. (Willard V. O. Quine, 230) Esa otra cosa que ha de haber tras de los periódicos y las conversaciones públicas, es la ciencia, la cual representa –no se olvide– ‘la única garantía de supervivencia moral y material en Europa’. (José Ortega y Gasset 1908, 189) Óscar Montañés Perales -3- PREFACIO Desde el nacimiento de la ciencia moderna –entendida ésta como un ámbito particular de producción de conocimiento– se han ido desdibujando algunas de las fronteras que la separaban del resto de la sociedad. El restringido círculo de los productores de ese conocimiento se fue ampliando progresivamente, admitiendo en su seno a todo aquel que demostrase la cualificación cognitiva necesaria, independientemente de cualquier requerimiento social, religioso, o ideológico. La repercusión social de los nuevos conocimientos proporcionados por la ciencia ha ido ganando terreno a lo largo de los cuatro últimos siglos. Sin embargo, es evidente que no se ha producido un desarrollo paralelo entre el avance de las consecuencias de la ciencia sobre la vida del conjunto de los ciudadanos, y la comprensión de la ciencia por parte de estos últimos. Este trabajo se sitúa precisamente en el campo de la comprensión pública de la ciencia, un terreno fronterizo entre la ciencia y el público en el que la separación continúa siendo muy nítida. Nos referimos a un tipo de compresión derivada de las actividades relacionadas con la comunicación pública de la ciencia, una esfera bien diferenciada de aquella otra configurada por los circuitos propios de la educación formal. Si bien es cierto que consideramos el nexo entre la comprensión pública de la ciencia y la educación formal como un vínculo necesario y complementario, nuestro análisis se circunscribe a los distintos esfuerzos realizados con el fin de mejorar y ampliar dicha comprensión más allá de los márgenes de la práctica educativa. El propósito último de nuestra investigación es analizar los problemas epistemológicos de la comunicación pública de la ciencia, y la cuestión principal que tratamos de dilucidar tiene que ver con las dificultades de definir el tipo de conocimiento que ha estado, está, o debería estar en juego cuando hablamos de comprensión y de comunicación pública de la ciencia. En la primera parte del trabajo llevamos a cabo una revisión histórica de la popularización de la ciencia, no tanto con el objetivo de realizar un recorrido exhaustivo por su historia, sino con el de mostrar la evolución de las actitudes, motivaciones, e intenciones que han predominado en sus principales artífices en su empeño de acercar la ciencia al público en general –a la par que ésta se consolidaba como Óscar Montañés Perales -4- institución.1 Lamentablemente no existen estudios históricos de las actitudes y representaciones del público que pudieran poner de manifiesto la imagen de la ciencia derivada de la actividad divulgadora. Ese tipo de estudios no comenzaron a elaborarse hasta la segunda mitad del siglo XX, de ahí la necesidad de recurrir a los testimonios de los propios popularizadores y al análisis del material que producían. En la segunda parte abordamos una serie de cuestiones relacionadas con las directrices teóricas que han guiado las distintas prácticas asociadas a la popularización, la comprensión y la comunicación pública de la ciencia. En primer lugar, señalamos la conveniencia de definir las diferencias que existen entre las dos actividades que constituyen la popularización: la divulgación de la ciencia y el periodismo científico. Presentamos también aquellos aspectos de las mismas que consideramos más relevantes para entender el tipo de conocimiento científico que transmiten al público, una cuestión que remite directamente al análisis de la noción de alfabetización científica. El capítulo dedicado a los estudios de percepción pública de la ciencia constituye el segundo de los tres ejes sobre los que se articula la segunda parte de nuestro trabajo. El análisis de los presupuestos teóricos implícitos en los mismos, y de los resultados obtenidos desde que se pusieron en marcha de forma regular en la década de 1970, pone de manifiesto las razones que han servido de justificación a la hora de promover entre el público un determinado tipo de alfabetización científica, así como la verdadera dimensión de los logros obtenidos. Por último, presentamos los fundamentos sobre los que se sustentan los dos principales modelos teóricos de la comprensión pública de la ciencia, así como las implicaciones que se derivan de su aplicación al ámbito de la comunicación pública de la ciencia. Mediante la revisión histórica y el análisis de la popularización, de los estudios de percepción, y de los modelos de comprensión y comunicación pública de la ciencia que llevamos a cabo en nuestra investigación, pretendemos destacar aquellos rasgos que han ejercido una mayor influencia en la transmisión de la ciencia al público a lo largo de los dos últimos siglos. Más allá del mero afán expositivo, tenemos el propósito de evidenciar la naturaleza de la información científica que se ha puesto a disposición del público –así como el tratamiento que se ha hecho de la misma–, con el fin de detectar las Hasta la fecha todavía no se ha elaborado una historia exhaustiva de la popularización que abarque desde sus orígenes hasta la actualidad, si bien es cierto que se han realizado análisis de ciertos periodos referidos a lugares y medios concretos que nos ofrecen una idea de lo que ha significado en diferentes momentos de su historia. 1 Óscar Montañés Perales -5- posibles deficiencias de dicho tratamiento, y proponer un modelo de comunicación basado en una noción particular de cultura científica que permita una nueva aproximación teórica y práctica a la comprensión y la comunicación pública de la ciencia. *** Muy probablemente este trabajo comenzó a gestarse en la primera clase de Miguel Ángel Quintanilla a la que asistí en la licenciatura de Filosofía. Sea como fuera, los contenidos de la asignatura, la forma de abordarlos y transmitirlos, calaron en mí más hondo de lo que por aquel entonces podía sospechar. Algún tiempo después aquella “llamada” se materializo en el proyecto que ha dado como resultado este trabajo, dirigido por Miguel Ángel. Mi gratitud hacia él es tan profunda que difícilmente unas pocas palabras pueden hacerle justicia, siempre he contado con su apoyo y estímulo. A sus ideas, consejos, comentarios, y orientaciones, se debe lo que haya de valor en este trabajo. Ojalá lo que aquí se presenta estuviera a la altura del entusiasmo que siente Miguel Ángel por el tema que nos ocupa y, también, de su actitud vital y académica. Durante estos años he tenido la suerte de compartir muchos momentos de reflexión y alegrías con mis queridos amigos y colegas Ignacio Vicario y Reynner Franco. Sus palabras y consejos son una referencia para mí, una guía de acción humana y profesional que me ha permitido saber más y ser mejor. Mis compañeros de área, Sebastián Álvarez, Ana Cuevas, Mara Manzano, y Obdulia Torres, y mi director de Departamento, José Luis Fuertes, me ayudaron y comprendieron cuando las encrucijadas del camino hicieron necesaria una mano amiga. Pilar López Morales y Juan Antonio Montero han hecho la andadura de todos estos años más grata y llevadera, me han ayudado de diferentes formas en muchas ocasiones, y siempre con una alegría contagiosa. Mis amigos David Teira y Caroline Perroud, comparten, sin saberlo, algo en común; el cariño que siento por ellos, un reflejo del suyo por mí, y de su ánimo constante para que la tesis llegase a buen puerto. Agradezco también al Gobierno de Navarra la ayuda que me concedió para la realización de la tesis doctoral y la obtención del título de doctor. Óscar Montañés Perales -6- Por último, y dando rienda suelta al corazón, nada de esto hubiese sido posible si mi familia, Fermina, José, José Javier, Asun, Claudia, Andrea, y Laura, no hubiesen mantenido vivo el fuego del faro que alumbra las costas entrañables habitadas por los que más se quiere. Óscar Montañés Perales -7- PARTE I HISTORIA DE LA POPULARIZACIÓN DE LA CIENCIA EN GRAN BRETAÑA Y EN ESTADOS UNIDOS Óscar Montañés Perales -8- Dado que el principal objetivo de nuestro estudio es detectar los problemas epistemológicos de la comunicación pública de la ciencia en la actualidad, consideramos esencial fundamentarlo en un análisis histórico que nos permita identificar aquellos problemas heredados del pasado que forman parte del panorama actual, así como las pautas que han caracterizado a la práctica popularizadora. Recurrimos a la historia con el propósito de arrojar algo de luz sobre la situación actual de la popularización, derivada, en buena medida, de los sucesivos modelos históricos de transmisión de ciencia al público. El marco histórico que hemos delimitado para realizar dicho análisis comprende el periodo transcurrido entre las primeras décadas del siglo XIX y la actualidad, en Gran Bretaña –principalmente en Inglaterra– y en Estados Unidos, por ser ambos países los máximos exponentes de la popularización científica durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX, respectivamente.2 Los descubrimientos y desarrollos llevados a cabo por la ciencia en el siglo XIX llamaron profundamente la atención y despertaron el interés de los miembros de las diferentes clases sociales, algunas de las cuales tenían más facilidades a la hora de obtener información sobre los nuevos avances. Esta actitud hacia la ciencia, no exenta de voces críticas, fue promovida desde ciertas instancias que empleaban distintos mecanismos orientados a la consecución última de los objetivos que perseguían. A lo largo de los dos primeros capítulos del trabajo trataremos de ofrecer un esbozo de estos tres elementos – instancias, mecanismos y objetivos–, prestando especial atención al periodo comprendido entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX, por tratarse, a nuestro juicio, de un periodo constitutivo, de gestación y consolidación de una impronta que ha permanecido en las prácticas popularizadoras hasta la actualidad. Como veremos más adelante, la diferenciación conceptual de los dos componentes que configuran la popularización, a saber, el periodismo científico y la divulgación de la ciencia, no se puede establecer con rigor hasta bien entrado el siglo XX, por lo tanto cuando nos refiramos a la transmisión de ciencia al público durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX emplearemos el término genérico de “popularización de la ciencia”, englobando todo tipo de actividades de difusión llevadas a cabo por 2 Dicha restricción espacio-temporal se ajusta a nuestro propósito, puesto que consideramos que constituye una buena representación del panorama histórico general. Óscar Montañés Perales -9- periodistas, escritores, y científicos en diferentes medios (prensa diaria, publicaciones periódicas, libros, conferencias, museos, radio, televisión, etc.). Como apuntan Cooter y Pumfrey, refiriéndose al pasado: “Todavía está por medirse el impacto de la popularización de la ciencia en hombres y en mujeres, ya sea comercialmente o ideológicamente, o como educación o entretenimiento. ...todavía hay que contestar preguntas sobre cómo los científicos, los comunicadores de ciencia y las audiencias definen su relación con algo llamado ciencia, y cómo la relación está arraigada en las particularidades de sus diferentes culturas e ideologías” (Cooter y Pumfrey, 237). La puesta en marcha de estudios cuantitativos y cualitativos, diseñados para medir de forma regular estos parámetros no va más allá de unas pocas décadas. Por lo tanto, si queremos estudiarlos desde un punto de vista histórico tenemos que recurrir a aquellos datos o estudios que de forma indirecta pueden ofrecernos alguna información. De este modo, tenemos que dirigir la mirada a cuestiones como el tratamiento dado a la ciencia en diversas publicaciones, los precios de venta al público, la distribución, el perfil de los lectores a los que iban dirigidas, las conferencias y charlas sobre ciencia e, incluso, las autobiografías de los miembros de la audiencia –estas últimas de especial relevancia en el análisis de los vínculos entre la clase trabajadora y la ciencia. No obstante, teniendo en cuenta que el estudio de estos temas se encuentra en una fase incipiente, las conclusiones que ofrezcan nos darán una idea aproximada y, quizá, provisional, del tema en cuestión. A esta dificultad de partida hay que añadir el proceso de evolución de la propia actividad científica en el periodo estudiado, con la consolidación definitiva de algunas disciplinas científicas y el aumento de la especialización. Todo ello hace que las fronteras entre ciencia, científicos, público, divulgadores, publicaciones populares de ciencia, etc., en los inicios del periodo, no sean tan nítidas como lo son en la actualidad. Sin embargo, al mismo tiempo confiamos en que un análisis global nos permita ubicar los orígenes de la situación actual, con la esperanza de poder fundamentar una perspectiva histórica válida del desarrollo de la relación entre ciencia y público. Óscar Montañés Perales - 10 - 1. HISTORIA DE LA POPULARIZACIÓN DE LA CIENCIA DURANTE EL SIGLO XIX 1.1. LA POPULARIZACIÓN DE LA CIENCIA EN LA GRAN BRETAÑA DEL SIGLO XIX 1.1.1. El binomio ciencia amateur/ciencia profesional y sus implicaciones en la popularización Durante las últimas décadas de la época Victoriana, la ciencia fue adquiriendo el estatus de profesión, y avanzó hacia su consolidación como actividad retribuida. Los científicos comenzaron a dedicarse a la investigación especializada de forma más exclusiva y fueron ocupando puestos en la enseñanza y en la industria. Esta situación desencadenó el aumento del número de popularizadores que no eran científicos profesionales. Por otro lado, se incrementó la separación entre profesionales y amateurs, o aficionados, al establecerse definitivamente la asociación de los primeros con un mayor nivel de competencia, lo que provocó la exclusión de estos últimos de la comunidad científica. Anteriormente, una buena parte de la ciencia británica del siglo XIX había sido ciencia de aficionados. El grupo formado por estos amateurs –que incluía a su vez diferentes niveles, dependiendo de su grado de dedicación– era uno más entre los otros grupos que constituían la comunidad científica Victoriana – incluidos los profesionales de distintos tipos–, y a pesar de que en ocasiones fue identificado con una competencia o conocimiento menores, lo cierto es que no se producía una asociación uniforme o sistemática de este grupo con una posición científica inferior (Barton 2003, 96).3 Algunos de los principales líderes de la comunidad científica fueron mostrando de forma gradual la determinación de mantener una jerarquía dentro de la misma, y trataron de delimitar las funciones de cada uno de sus integrantes. Esto les llevó a atacar a aquellos que, sin ocupar una posición privilegiada dentro de la comunidad, ofrecían visiones globales o interpretaciones generales de los resultados científicos. Así, además de juzgar que no estaban lo suficientemente preparados para hacerlo, Ruth Barton, mediante el estudio de los discursos presidenciales de la British Association for the Advancement of Science y de la Royal Society, y con el telón de fondo del proceso de profesionalización de la ciencia, analiza la percepción que la comunidad científica tenía de sí misma durante el periodo comprendido entre 1850 y mediados de la década de 1880. Su estudio trata el lenguaje de inclusión y los contextos en los que la comunidad científica se representaba a sí misma como un todo, el uso que se hacía de los términos ‘profesional’ y ‘amateur’, el lenguaje empleado para dividir la comunidad científica en diferentes especialidades o áreas, y el lenguaje jerárquico con el que se diferenciaba a los líderes y a los expertos de los humildes seguidores y ayudantes (Barton 2003). 3 Óscar Montañés Perales - 11 - consideraban que de dichas interpretaciones se derivaban conclusiones que no coincidían con las que ellos defendían. A pesar de todo, esto no tenía por qué constituir una forma de exclusión de la comunidad científica, sino que era un medio de hacer patente quién estaba autorizado para hablar en nombre de la ciencia o para interpretar la naturaleza. Entre los que padecían estos ataques se incluían cierto tipo de amateurs u otros miembros que ocupaban posiciones inferiores en la jerarquía –como recolectores de datos, etc.–, que publicaban obras de popularización concebidas con la intención de ‘filosofar’ sobre la trascendencia y el significado de los hallazgos científicos.4 “La ciencia en la primera mitad del siglo XIX, como en siglos anteriores, era una parte de la cultura intelectual de la humanidad, en la que todos podían entrar y de la que todos podían sacar provecho, pero desde 1860 en adelante se convierte en un empresa en la que no todos pueden participar, con su propia ética puritana, de la que los amateurs son excluidos cada vez más” (Lucas, 330). Lo cierto es que ya desde principios del siglo XIX, existía un gran número de autores de libros de ciencia que no eran profesionales científicos y que eran contratados para abastecer de ciencia al creciente mercado derivado del aumento del tiempo libre de la clase media. Desde escritores de poca monta, empleados para redactar obras básicas y de consulta, o escritores y compiladores de misceláneas instructivas –muy populares desde la década de 1820–, hasta los encargados de hacer las reseñas de nuevas obras científicas en las publicaciones de carácter general y religioso, sin olvidar a los periodistas profesionales que informaban de ciencia en diarios y semanarios –especialmente después de que las actividades de la British Association for the Advancement of Science lograran el estatus de noticias en la década de 1830 (Topham, 587). Muchos de estos autores publicaban sus textos de forma anónima, y su influencia en la percepción pública de la ciencia de los lectores debió de ser determinante, como también lo debió de ser la de sus editores, dado que en muchos casos eran ellos los que establecían las directrices a seguir en función de sus intereses comerciales e ideológicos. A juicio de Barton, la sola distinción entre los términos ‘amateur’ y ‘profesional’ no implicaba en este periodo, por sí misma, una posición dentro de la jerarquía de la comunidad científica, sino que sólo indicaba el tipo de dedicación a la empresa científica en cada caso, de carácter privado en el primero, y de carácter público en el segundo. 4 Óscar Montañés Perales - 12 - No todos los autores que escribían sobre ciencia a principios del siglo XIX presentaban una visión favorable de la misma, y si bien “muchos estaban de acuerdo con su valor –aunque divergieran del fundamento o significado de sus doctrinas y prácticas– había claramente otros que despreciaban y cuestionaban sus objetivos y conclusiones, en parte o en su totalidad” (Topham, 591). En las primeras décadas del siglo, los hombres de ciencia que se dedicaban a este tipo de actividades (libros, publicaciones periódicas de carácter general, publicaciones periódicas comerciales de ciencia y de medicina, enciclopedias, obras educativas, etc.) obtenían una remuneración económica que servía para complementar los ingresos provenientes de su actividad profesional, con una cuantía que aumentaba conforme lo hacía el éxito de sus publicaciones. Ya en las últimas décadas, existía un floreciente mercado de libros de popularización cuyos autores, por lo general de clase media, no eran científicos profesionales. El éxito de algunas de estas obras era considerable, y seguía determinando la comprensión y la percepción de la ciencia del gran público al que iban dirigidas. A juicio de Robert Young la publicación de El Origen de la Especies –así como la de otros hallazgos científicos–, provocó la fragmentación de lo que él mismo denominó el ‘contexto intelectual común’ de ciencia, política, teología, y literatura de la Gran Bretaña de las primeras décadas del siglo XIX, donde imperaba la teología natural, como ponen de manifiesto las publicaciones de la época. No obstante, mientras los científicos profesionales comenzaron a avanzar por los derroteros del naturalismo científico, numerosos popularizadores continuaron escribiendo obras dirigidas a las clases medias y altas en las que exponían los principios de la teología natural. La constatación de esta tendencia incipiente entre algunos científicos profesionales no significa que durante los años posteriores a la publicación de la obra de Darwin, no hubiese un gran número de científicos que defendían la compatibilidad entre ciencia y religión –como hacían el físico Balfour Stewart y el físico y matemático Peter Guthrie Tait, en su obra The Unseen Universe: or Physical Speculations on a Future State (1875). Lo cierto es que el grupo formado por estos últimos era una mayoría en comparación con el reducido número de autoridades científicas que se adscribieron al darwinismo desde el principio. Fue durante los veinte años siguientes a la publicación del libro de Darwin, cuando los darvinistas dejaron de ser una minoría para convertirse en la mayoría dominante (Lucas, 329). Óscar Montañés Perales - 13 - 1.1.2. El binomio ciencia/teología natural y sus implicaciones en la popularización Por lo general, los historiadores han circunscrito los conflictos epistemológicos entre la ciencia y la teología natural a las últimas décadas del siglo, en las que ese ‘contexto intelectual común’ se habría diluido. Una situación que se vería reflejada en el desarrollo de publicaciones y sociedades especializadas, en el aumento de la profesionalización, y en el incremento de publicaciones periódicas generales de bajo nivel intelectual (Young, 127).5 Hasta entonces, la vinculación de la ciencia con la teología natural habría impedido las posibles fricciones entre la ciencia y la religión, propiciando una situación de equilibrio entre las ‘verdades’ teológicas, poéticas, y científicas, como consecuencia de lo que S. F. Cannon ha denominado ‘Complejo de la Verdad’; un conjunto de supuestos relacionados con la teología natural, heredado del siglo anterior, que armonizaba esas ‘verdades’ y consideraba que todas ellas constituían en esencia una sola.6 La conexión de la ciencia con la teología natural permitía a la primera gozar de una posición cultural que quedó modificada con la publicación de la obra de Darwin, produciéndose una alteración en la integración que había existido hasta ese momento de la ciencia en la cultura cristiana (Yeo, 30).7 No obstante, Richard Yeo considera un error pensar que esta posición cómoda que disfrutaba la ciencia –como consecuencia de su relación con la teología natural durante en la primera mitad del siglo–, configuraba un ‘contexto intelectual común’ exento de problemas, y en el que se disipaban por completo ciertas inseguridades de la ciencia como actividad cultural. Yeo afirma que en ese momento la ciencia todavía no gozaba de la autonomía y de la seguridad cultural e institucional que iría adquiriendo durante la segunda mitad del siglo, de modo que era una actividad marginal aún por definir, con un prestigio intelectual y cultural menor que la teología o el estudio de los clásicos. La ciencia tenía que reivindicar su 5 Aunque Young identifica, en parte, la ruptura de dicho contexto con el surgimiento en ese momento de publicaciones de bajo nivel intelectual, lo cierto es que análisis recientes de las publicaciones periódicas –más exhaustivos que los realizados por Young-, muestran que durante todo el siglo XIX se produjo un desarrollo constante de distintos tipos de publicaciones dirigidas a públicos muy variados (Dawson y Topham, 5). 6 La explicación materialista de la evolución mediante selección natural propuesta por Darwin, atacaba directamente la línea de flotación del argumento del designio, que constituía la piedra angular de la teología natural –que trataba de establecer la existencia y los atributos de Dios, y su relación con el mundo, a partir de la evidencia presente en la naturaleza y mediante el uso de medios cognitivos naturales (Shapin 2000, 180). 7 No todos los autores están de acuerdo en situar la ruptura entre la ciencia y la teología natural en la segunda mitad del siglo. Algunos de ellos han identificado tensiones y riesgo de fragmentación en la teología natural como consecuencia del intento de acomodar el pensamiento científico dentro del marco de la teología cristiana, en un periodo previo a la publicación del trabajo de Darwin, en el que confesiones religiosas rivales respaldaban interpretaciones contradictorias de las teorías científicas (Yeo, 31). Óscar Montañés Perales - 14 - propia legitimidad en busca del reconocimiento público. Por ello la reflexión metacientífica formaba parte de la empresa científica, y tanto el conocimiento científico como sus reivindicaciones intelectuales estaban incluidos en el debate público, dado que los científicos entendían que la opinión pública y las diferentes condiciones sociales y políticas podían afectar al avance de la ciencia. La comunicación de la ciencia dirigida a una audiencia no científica no sólo implicaba la transmisión de resultados científicos, sino que estaba ligada a la defensa de la ciencia misma en virtud de su propia naturaleza. Este hecho propiciaba la reflexión en torno al problema de hallar la forma más adecuada de comunicar la ciencia y capacitar al público para diferenciar entre el sentido común y la opinión informada, con la dificultad que ello acarreaba (Yeo, 36). Young sostiene que la posterior desintegración del contexto intelectual basado en la teología natural, condujo al desarrollo de la especialización y al aumento de la profesionalización, dejando el ámbito de la popularización, salvo en contadas excepciones, a disposición de “escritorzuelos” con pretensiones de intelectuales y de amateurs más o menos competentes. Las cifras de creación de nuevas publicaciones en estas décadas pueden resultar significativas: entre 1860 y 1870 se crearon 170 nuevas publicaciones en Londres; entre 1870 y 1880, 140; entre 1880 y 1890, 70; y entre 1890 y 1900, 30. La publicación de libros baratos experimentó un crecimiento notable en este periodo, en buena medida debido a que los editores decidieron seguir los pasos de sus homólogos estadounidenses, pasando de publicar ediciones reducidas y caras a otras de mayor tirada y más asequibles económicamente, dirigidas a un mercado más amplio formado por la clase media y la clase trabajadora (Young, 153). Durante las últimas décadas del siglo XIX un grupo de defensores del naturalismo científico – denominado el X-Club-, destacó no sólo por su compromiso con el fomento del conocimiento científico mediante la investigación y la organización eficiente de la comunidad científica, sino también por su promoción de los hábitos de pensamiento científico mediante la educación y la popularización.8 Sus miembros se oponían a cualquier control externo de la ciencia por parte de las autoridades políticas o El X-Club estaba constituido por un grupo de eminentes científicos –Thomas Huxley, John Tyndall, Joseph Hooker, Edward Frankland, Thomas Archer Hirst, Herbert Spencer, George Busk, John Lubbock, y William Spottiswoode- que se reunieron mensualmente entre 1865 y principios de la década de 1890 con el propósito de debatir y aunar esfuerzos para lograr su objetivo común de fomentar la ciencia, unidos por su devoción a una ciencia libre y desvinculada de cualquier dogma religioso. Durante ese periodo su influencia fue notable en el desarrollo de la política científica en Inglaterra (MacLeod 1970, 311). 8 Óscar Montañés Perales - 15 - teológicas.9 Trataban de fomentar aquellas concepciones naturalistas del hombre, de la naturaleza y de la sociedad que concordaran con los descubrimientos de la ciencia del momento. Confiaban en que la aplicación de la ciencia produciría tecnología, y en que el pensamiento crítico y científico se extendería por todas las áreas, de forma que el progreso de la ciencia conduciría al progreso económico e intelectual (Barton 1987, 114). Uno de sus integrantes, Thomas Henry Huxley, percibió las obvias implicaciones religiosas del darwinismo, y creía que no había ningún punto en el que la ciencia y la teología pudieran encontrarse. Consideraba que frente al sometimiento a la autoridad y no a la verdad, propio de la teología, la ciencia enseña un ‘fanatismo de la veracidad’, una actitud saludable para ser aplicada al comportamiento cotidiano, y afirmaba que creer sin evidencia era un acto inmoral contra la propia naturaleza de uno mismo (Blinderman, 181). Por lo tanto, el grupo de defensores del darwinismo –reducido en un principio– que a partir de la década de 1860 se opuso a que la Iglesia dictara las conclusiones a las que podían llegar, luchó por la autonomía de la ciencia, reivindicando su compromiso con la verdad (Lucas, 313). Bernard Lightman expone tres razones que ponen de manifiesto la importancia del estudio de la popularización de la ciencia Victoriana para comprender los contextos sociales y culturales de la ciencia de la época (Lightman 1997, 190): - Permite examinar las ricas interacciones entre la ciencia y la cultura Victorianas. - Nos permite comparar dos modalidades de popularización, la de los científicos profesionales y la de los escritores no científicos, y las imágenes de la ciencia que se derivan de cada una. - Nos muestra un modo narrativo y alternativo de transmitir la ciencia y de hablar de la naturaleza, con la intención de mostrar cómo la primera revela lo cósmico en las cosas corrientes. Un estudio de este tipo requiere el análisis de los principales medios de expresión utilizados por los popularizadores, como las publicaciones periódicas de carácter general, las revistas populares de ciencia, 9 En este sentido, Frank Turner señaló que el conflicto Victoriano entre ciencia y religión fue en parte un conflicto entre los portavoces teológicos y científicos sobre la autoridad intelectual (Barton 1987, 132). Óscar Montañés Perales - 16 - las charlas públicas, los libros y, en menor medida, los museos. Este análisis pondrá de manifiesto las diferencias entre la popularización de la ciencia realizada por amateurs y por profesionales, y desvelará las tensiones reflejadas en los textos de popularización relacionadas con el distanciamiento entre la ciencia y la teología natural. 1.1.3. El estudio de las publicaciones del siglo XIX Las publicaciones periódicas fueron el principal medio de transmisión de cultura entre audiencias heterogéneas durante el siglo XIX. La ciencia ocupó un espacio significativo en estas publicaciones, lo que les hizo jugar un papel decisivo a la hora de configurar la comprensión pública de los diferentes aspectos teóricos y prácticos de la ciencia. En ellas el tratamiento de los contenidos científicos adoptaba formas muy diversas. En enero de 1999 se puso en marcha un proyecto interdisciplinar titulado La Ciencia en las Publicaciones Periódicas del siglo XIX (SciPer) –en el que colaboraban el Departamento de Literatura Inglesa de la Universidad de Sheffield y la Sección de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Leeds. El proyecto estaba orientado a compilar un índice analítico del contenido científico de una variedad de publicaciones periódicas generales del siglo XIX. Con ello se pretendía facilitar el análisis tanto del lugar que ocupaban las ideas científicas en las publicaciones y en la cultura británica, como de los distintos discursos relacionados con la ciencia –provenientes de un ámbito no especializado–, y de sus interconexiones con el resto de contenidos publicados (Dawson y Topham, 2).10 Fue concebido para proporcionar a los investigadores acceso a un tipo de fuente poco estudiada hasta ese momento, ya que los estudios realizados hasta entonces se habían centrado en un grupo bastante reducido del conjunto de este tipo de publicaciones. Esto les permitiría sacar a luz las representaciones y explicaciones que se ofrecían al público del siglo XIX sobre ciencia, tecnología, y medicina, en una amplia variedad de formatos y géneros; revisiones de trabajos científicos, ensayos de científicos popularizadores, informes de nuevos descubrimientos científicos, y artículos que, sin ser explícitamente científicos, hacían referencia a las ciencias (Cantor, Shuttleworth, y Topham, 165). 10 Visítese la siguiente página Web para obtener más información sobre el proyecto: http://www.sciper.leeds.ac.uk/ Óscar Montañés Perales - 17 - Hasta el momento, el proyecto SciPer ha indexado 16 publicaciones periódicas, con un total de 7500 artículos relacionados de alguna manera con la ciencia, y ha facilitado abundante información sobre su contenido. Por lo tanto, SciPer supone una importantísima herramienta a disposición de los investigadores, y facilita la incipiente investigación en este ámbito. Un análisis pormenorizado de todo este material puede ofrecer la posibilidad de definir con más precisión y claridad la percepción que el público tenía de la ciencia al estar expuesto no sólo a artículos dedicados específicamente a ella, sino también a textos de ficción, poesía, noticias e incluso caricaturas. A pesar del importante papel que jugaron las publicaciones específicas sobre ciencia y las publicaciones generalistas en la popularización, no podemos olvidar que existían otros medios para transmitir la ciencia al público, como enciclopedias, manuales, libros, conferencias –impartidas en diferentes sociedades e institutos de mecánica–, jardines zoológicos y botánicos, y museos. Los libros sobre ciencia, solían tener precios elevados y una circulación generalmente menor que la de algunas publicaciones periódicas. Durante buena parte del siglo XIX, el alto coste de los libros, junto con el crecimiento de la audiencia lectora, otorgó un papel relevante a las bibliotecas y a los clubes del libro. Como consecuencia de las diferencias en el ritmo de producción, la estructura, y el contexto de lectura de ambos medios, el análisis de los libros puede proporcionar un tipo de información distinta a la obtenida de las publicaciones periódicas. Aunque lo cierto es que no existen estudios exhaustivos sobre los libros de ciencia del siglo XIX que se dirigían a una audiencia amplia. Los trabajos que se ha realizado en este sentido han dirigido el foco de estudio a un canon de obras escritas por figuras eminentes, sin tener en cuenta que en muchos casos no eran estas obras las que más difusión tenían entre un público general. Por lo tanto, estos trabajos más que reflejar la visión que tenía el público de la ciencia, muestran los objetivos de ese grupo restringido de popularizadores incluidos en dicho canon. Jonathan R. Topham sostiene que la escasez de información sobre quién leía y qué se leía realmente, podría subsanarse mediante el estudio de los distintos canales de distribución, producción, y consumo, de las estrategias textuales y formales de los libros, y de las prácticas de lectura. Pero se trata de un tipo de investigación que apenas ha comenzado a realizarse, como pone de manifiesto la iniciativa emprendida en 1996 en la Óscar Montañés Perales - 18 - UK Open University, denominada The Reading Experience Database (RED) (Topham, 574; Dawson y Topham, 7).11 La mayoría de la gente tenía acceso a la ciencia gracias a las reseñas aparecidas en publicaciones periódicas generales. En el caso de las ideas expuestas por Darwin en El Origen de las Especies (1859), los artículos relacionados con el tema alcanzaban cifras de publicación y difusión muy superiores a las 1250 copias de la primera edición del libro y a las 3000 de la segunda (Dawson y Topham, 2). Además de reseñas de libros, estas publicaciones también incluían críticas y comentarios de las teorías expuestas, biografías de científicos, e incluso en ocasiones eran elegidas por estos para publicar sus trabajos originales. Algunas de las principales controversias científicas del siglo se disputaron en las páginas de este tipo de prensa. Durante el siglo XIX, en Gran Bretaña hubo una variedad inmensa de estas publicaciones, aunque muchas de ellas tuvieron una duración efímera. En 1976, la Universidad de Waterloo puso en marcha un proyecto –cuyo título actual es The Waterloo Directory of English Newspapers and Periodicals 1800-1900-, con el propósito de elaborar un catálogo analítico. Hasta la fecha el catálogo recoge 50.000 títulos, aunque se estima que a su conclusión la cifra ascenderá a 125.000 publicaciones, ya que en el presente el proyecto se encuentra en la segunda fase de las cinco previstas (Cantor, Shuttleworth, y Topham 162).12 Como es de suponer, una variedad tan amplia de títulos abarca una gran diversidad de temas, géneros, autores, posiciones ideológicas, políticas y religiosas, y potenciales audiencias. 1.1.4. El despegue de las publicaciones de ciencia de carácter comercial En 1980, W. H. Brock afirmaba que el carácter comercial de muchas de las publicaciones de ciencia del siglo XIX era un rasgo que había merecido escasa atención por parte de los investigadores, dado que Se trata de una base de datos cuya finalidad es reunir toda la información posible sobre qué leía, dónde, cuándo, y qué pensaba sobre ello la gente en Gran Bretaña –entre los años 1450 y 1945. Se puede obtener más información sobre esta iniciativa en la página Web: http://www.open.ac.uk/Arts/RED/ 12 Para obtener información detallada sobre el proyecto de este catálogo se puede consultar la página Web: http://www.victorianperiodicals.com/seriesH/default.asp 11 Óscar Montañés Perales - 19 - lo habían relegado a un segundo plano en favor de las publicaciones de las sociedades científicas y académicas. Sin embargo, los datos ofrecidos en 1976 por el entonces llamado The Waterloo Directory of Victorian Periodicals, 1824-1900 –que incluía 28995 títulos–, mostraban que del total de las 535 publicaciones de ciencia incluidas en él, un 64 % eran de carácter comercial, mientras que el resto estaban financiadas por sociedades científicas y académicas.13 Estas cifras indican que los promotores de las publicaciones científicas durante el siglo XIX procedían principalmente del ámbito comercial. Entre ellas se pueden distinguir diferentes tipos en función del público al que iban dirigidas; expertos, principiantes y amateurs de clase media, o artesanos y mecánicos de clase trabajadora. Brock considera que estas publicaciones comerciales cumplían una serie de funciones relevantes: “Aceleraban la publicación en tiempos en los que las actas de las sociedades científicas aparecían sin regularidad, o sólo una o dos veces al año; proporcionaban información científica de publicaciones extranjeras a aquellos que no tenían acceso a grandes bibliotecas; aireaban controversias y permitían que los asuntos involucrados se resolvieran rápidamente; aceptaban para la publicación investigación menor, y a veces trivial, de la que las sociedades científicas no podían ocuparse, de ese modo se continuó ofreciendo imágenes populares y culturales de la ciencia cuando estaban sufriendo el rigor de la especialización; por otro lado, a menudo aceptaban para la publicación resultados originales o especulaciones teóricas que eran consideradas poco ortodoxas por las sociedades.14 En este sentido hacían que las sociedades científicas se mantuviesen alerta, rompían sus monopolios, y hacían que fueran menos autoritarias y exclusivistas de lo que podrían haber sido” (Brock 1980, 96). Ver la nota anterior. Por lo general, aunque no en todos los casos, a lo largo del siglo XIX la comunidad científica rechazó prácticas como la frenología, el espiritismo, la telepatía, el mesmerismo, la homeopatía, el estudio de fenómenos parasicológicos, y el estudio del aura. Todas ellas gozaban de una gran popularidad, movilizaban una gran cantidad de seguidores y aspiraban a ser consideradas como científicas, incluso por algunos científicos. Por otra parte, durante el siglo XIX la cuestión sobre la existencia de otros mundos habitados tuvo una gran repercusión, siendo muy discutida en círculos científicos y populares. En la década de 1880 esta creencia se vio reforzada por los testimonios de algunos astrónomos que afirmaban haber observado formaciones geométricas en la superficie de Marte, a pesar de las discrepancias que existían entre los propios científicos respecto a la precisión de estas observaciones. Las técnicas cartográficas de la superficie de Marte propias de la época, contribuyeron a reforzar los argumentos de aquellos que defendían la existencia de una civilización marciana. Con el paso de los años, estos argumentos fueron encontrando la oposición de las observaciones de la comunidad astronómica, hasta que, alrededor de 1910, y gracias a la evidencia derivada del desarrollo de nuevas técnicas fotográficas, se produjo una disminución notable de la creencia popular en la existencia de una civilización marciana (Lane, 198). 13 14 Óscar Montañés Perales - 20 - La primera revista científica de carácter comercial fue Philosophical Magazine, creada en 1798 se encontraba a medio camino entre las publicaciones de las sociedades científicas y las publicaciones populares de ciencia que surgirían más adelante, puesto que tenía un tono más informal que las primeras y se dirigía a un mercado más amplio que el formado exclusivamente por aquellos que se dedicaban a la ciencia o estaban interesados en practicarla. En ella escribieron figuras científicas de primer nivel como Humphry Davy, Michael Faraday, James Prescott Joule, James Clerk Maxwell, Albert A. Michelson, y Edward Morley. A partir de 1814 se fusionó con otras revistas como Nicholson’s Journal, Annals of Philosophy, y The Edinburgh Journal of Science, por lo que cambió de nombre (The London, Edinburgh and Dublin Philosophical Magazine and Journal of Science) hasta que de nuevo recuperó el original en 1949. Por lo que respecta a las publicaciones populares de ciencia, comenzaron a aparecer en la década de 1820, aunque fue en las décadas de 1830 y 1860 cuando se produjo su mayor expansión coincidiendo con el desarrollo de una serie de nuevos medios tecnológicos aplicados a la impresión, como la invención de la prensa de vapor en 1814, las nuevas técnicas de estereotipia, la introducción del papel de pasta de madera blanqueado químicamente, y las tapas de tela. Todo ello, acompañado de la disminución y eliminación de ciertos impuestos, contribuyó al abaratamiento de costes y al aumento de la producción del mercado editorial, y favoreció el incipiente mercado de masas. Las publicaciones estaban gravadas con tres impuestos heredados del pasado, denominados ‘impuestos sobre el conocimiento’; el del timbrado fiscal, el de los anuncios, y el del papel. Se trataba de impuestos que dificultaban la creación de nuevas publicaciones ya que reducían su rentabilidad. El primero de ellos –que se había introducido en 1712 por la Ley de Prensa, con el fin de frenar el desarrollo de periódicos– tuvo como consecuencia que el precio de los periódicos diarios y el de las publicaciones semanales, mensuales y trimestrales, estuviese fuera del alcance de la clase media-baja y de la clase trabajadora, de tal forma que sólo los grupos con ingresos más altos podían acceder a ellas. Fue un impuesto que dificultó la fundación de publicaciones en las provincias, puesto que el papel tenía que ser transportado para ser sellado en una de las Oficinas de Timbrado del país creadas para ello, y luego tenía que ser transportado nuevamente, lo que encarecía los costes y provocaba que la mayor parte de las publicaciones estableciese su sede en Londres, Edimburgo o Dublín. Otra de las consecuencias de este impuesto fue la creación de bibliotecas públicas, a las que acudían los lectores que no se podían permitir Óscar Montañés Perales - 21 - pagar el precio de las publicaciones pero sí la suscripción anual de la biblioteca que las recibía. Con el correr de los años los criterios de aplicación del impuesto fueron suavizándose hasta que en 1853 se abolió para las publicaciones mensuales, y en 1855 para las diarias y semanales. El segundo de los impuestos que gravaban a estas publicaciones era el impuesto sobre los anuncios –vigente durante el mismo periodo que el anterior–, que exigía el pago de una determinada cantidad en función de los anuncios que aparecían en la publicación. Por último, el impuesto sobre el papel oscilaba en función de la calidad del papel empleado, lo que hacía que las revistas baratas imprimiesen en un papel de calidad inferior y limitasen su tamaño. Entre otras razones, los nuevos métodos de fabricación de papel con costes más bajos hicieron que en 1861 este impuesto fuera erradicado. La disminución de los gastos de franqueo, en 1840 y 1870 para el interior del país, y en 1875 para el extranjero, también incidió favorablemente en el crecimiento de estas publicaciones, provocando el aumento del número de suscripciones y la reducción de los gastos de distribución (Brock 98; Altick, 331, 354). Cuando una revista comercial quería ofrecer información sobre el contenido de las actas de algunas de las sociedades académicas, existía la posibilidad de que el autor de una ponencia leída en una reunión se opusiera a su difusión si tenía pensado publicarla en otra revista o utilizarla como parte de un libro. Además, algunas sociedades impedían a los reporteros de las revistas tomar notas durante el transcurso de las reuniones, de manera que tenían que informar de memoria, si bien es cierto que hasta la década de 1820 las sociedades no prestaban demasiada atención a este asunto. En 1825 se sentó un precedente judicial que afectaba a los derechos de reproducción, al proteger las charlas privadas con un copyright estableciendo que el autor de cualquier composición literaria tenía derecho a impedir su publicación hasta que él decidiera hacerla pública. Esto condujo a la discusión en el Parlamento de una ley concebida para impedir la publicación de charlas sin consentimiento, conocida como Lectures Copyright Act, de 1835. Se trataba de una ley que establecía las condiciones en las que se podían publicar las charlas impartidas en lugares públicos y privados, retribuidas o no, y las acciones legales que tenían que seguir aquellos autores que querían proteger sus discursos. A juicio de Brock, era una ley bastante engorrosa y realmente poco conocida y aplicada por los autores, además, lejos de impedir la aparición de ciencia en las publicaciones comerciales, es posible que animara a los directores a buscar el permiso de los autores a cambio de incentivos económicos (Brock, 104). Óscar Montañés Perales - 22 - La conjunción de los avances en la tecnología de la impresión, con la desaparición o reducción de los impuestos y de los gastos de franqueo, y la legislación de los derechos de reproducción, unida a una demanda creciente de un público más alfabetizado y con más tiempo libre, allanó el camino para la creación de publicaciones comerciales de ciencia, que alcanzó los máximos niveles en los años 1836, 1855 y 1861. Además, en la década 1860 se anularon los impuestos de importación de literatura extranjera, lo que produjo el incremento de la llegada de información científica desde otros países y permitió la posibilidad de divulgar más fácilmente resúmenes y traducciones de dicha información. Por último, el desarrollo de nuevas infraestructuras como la implementación del telégrafo eléctrico, la mejora de los medios de transporte, y la creación de instituciones populares educativas –como las bibliotecas públicas–, facilitó el acceso de un mayor número de personas a este tipo de lectura, al mismo tiempo que se produjo también el aumento de la publicación de revistas especializadas, y de revistas de ciencia generales semipopulares en las décadas de 1880 y 1890 (Brock, 105). Este conjunto de circunstancias contribuyó a que en 1890 hubiese en el mercado un total de 80 publicaciones de ciencia comercial frente a las 5 que existían en 1815. No obstante, salvo contadas excepciones muchas de estas publicaciones fueron desapareciendo con el tiempo, frente a la perdurabilidad de las publicaciones de las sociedades académicas. 1.1.5. La popularización de la ciencia en las publicaciones periódicas generales El principal medio empleado por los hombres de ciencia para transmitir su discurso público –que incluía conocimientos científicos y el intento de legitimación de la ciencia como parte del debate cultural– fue el de las publicaciones periódicas de carácter general. A pesar de que los lectores estaban acostumbrados a un nivel de debate culto cuando recibían información sobre diferentes temas, el lenguaje de la ciencia que aparecía en ellas suponía en ocasiones un problema, debido al uso de términos técnicos que podían dificultar el debate común (Yeo, 38). Estas publicaciones eran una de las instituciones socioculturales que constituían la ‘esfera pública’ burguesa del siglo XVIII, un ámbito en cuyo surgimiento la ciencia había jugado un papel muy importante: Óscar Montañés Perales - 23 - “…un espacio donde los seres humanos podían conquistar su autonomía y ejercerla mediante la expresión de sus ideas y opiniones, y donde los individuos establecían sus relaciones sin la mediación del Estado o, en todo caso, mediante la crítica y el discurso racional. Este espacio donde las ideas podían explorarse y discutirse libremente estaba constituido por diversas instituciones, organizaciones y lugares como las logias masónicas, las conferencias públicas, los cafés, las bibliotecas de préstamo, las reboticas de las farmacias, las exposiciones de arte, las representaciones teatrales, además de las tertulias, academias y sociedades públicas y privadas y los salones” (Ordóñez, Navarro, y Sánchez Ron, 376). Ya en el siglo XIX, las publicaciones periódicas de carácter general llegarían a ser el foro dominante para el debate cultural entre la clase media-alta y la elite gobernante, y uno de los últimos bastiones de esa ‘esfera pública’ en dicho siglo. Las transformaciones que fue experimentado la ‘esfera pública’ a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX tuvieron su reflejo en las propias publicaciones; una progresiva diferenciación entre el público lector culto, minoritario y homogéneo que había existido hasta ese momento, y un incipiente, y más amplio, grupo de lectores con diferentes gustos literarios. Además, hacia mediados del siglo XIX, la reforma democrática contribuyó a fragmentar el que hasta entonces había sido el principio unificador del público, a saber, la crítica social fundada en unos valores políticos y sociales compartidos en favor del derecho al voto, lo que produjo, a su vez, una fragmentación del público. Estas transformaciones afectaron a las propias publicaciones Victorianas de la primera mitad del siglo, de manera que se puede observar en ellas; una inclinación a la politización e ideologización; una proliferación de publicaciones no restringidas a las clases cultas, que también formaban parte del debate político y cultural; y una tendencia hacia un estilo expositivo más general y sintético. La última de ellas – consecuencia necesaria de la diversificación del público y de la especialización del conocimiento en las diferentes áreas– suscitó entre ciertos sectores el temor de que el conocimiento profundo se estu