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La ética moderna: Formalismo vs. Utilitarismo (Kant vs. Mill)
Para entender las diferencias que separan en veredas antagónicas a las dos grandes
escuelas éticas de la modernidad (el formalismo kantiano y el utilitarismo de Mill),
primero hay que entender el escenario sobre el cual se libra la batalla: la gnoseología o
teoría del conocimiento.
De modo muy sintético, hay que recordar que una vez desmoronados los cimientos
sobre los que construyó su grandeza intelectual la edad media, esto es, los aristotélicotomistas; los nuevos tiempos vieron nacer, de la necesidad de reconstruir el
conocimiento desde sus bases, dos escuelas gnoseológicas de perfiles opuestos.
Por un lado, el racionalismo, con Descartes a la cabeza, que postulaba el poder de la
razón pura, de los conocimientos matemáticos y lógicos y de los razonamientos a priori,
como garantía de conocimientos verdaderos e indubitables. Recordemos que según
Descartes, puedo dudar de todo excepto del axioma “pienso, luego existo”, que se
presenta a la razón sin el menor auxilio del conocimiento sensitivo, al cual todo el
racionalismo considerará fuente de error y confusión.
Desde la otra vereda, los empiristas ingleses van a sostener que todo conocimiento es
producido por las “impresiones sensibles”, y que la razón sería una facultad inútil sin el
presupuesto sensitivo (una “tabla rasa o papel blanco”, según la expresión de David
Hume).
Resumiendo lo anterior: según el racionalismo, todo conocimiento nace y tiene su
garantía en la razón, que produce juicios a priori verdaderos, es decir independientes de
la experiencia (ejemplo: la parte de un todo es menor que el todo, por un punto pasan
infinitas rectas, la recta es el camino más corto entre dos puntos, etc). Según el
empirismo, todo conocimiento es impresión de los sentidos, y lo que no procede de los
sentidos es, o una fantasía, o un sistema formal de signos.
Racionalismo: deducción racional; empirismo: inducción sensible.
Ahora bien, puestos a fundamentar las normas morales, ¿desde qué gnoseología se
puede fundamentar un juicio como “robar está mal”? Según el racionalismo, para que
un juicio sea verdadero debe ser a priori; según el empirismo, debe ser producto de la
inducción sensible. ¿Y entonces? No es difícil inferir las posiciones: los racionalistas
dirán que las leyes morales, si son leyes, deben tener la fuerza de una ley matemática;
los empiristas, dirán que las leyes morales son simples acuerdos en base al gusto (al
placer, más específicamente, que es una afección siempre sensitiva). Veamos: ¿por qué
estás mal robar? Porque “es un acto malo”, diría un racionalista; porque “no nos gusta”,
diría un empirista.
Así entramos en el debate formalismo-utilitarismo. La ética inglesa, presa de la lógica
empirista, jamás sale de la lógica del “placer-dolor”. Los actos no son ni buenos ni
malos, simplemente nos producen placer o displacer, y de la libre negociación de
placeres termina resultando aquello que llamamos bien. El bien es lo útil, es decir,
aquello que produce el mayor bien y disminuye al máximo el dolor.
Aquí entra en escena Kant.
Kant es considerado, junto a Platón y Aristóteles, uno de los filósofos más influyentes
de todas las épocas. Su teoría del conocimiento se propuso integrar la antinomia
racionalismo-empirismo en una síntesis superadora. Seamos irrespetuosos con él y
simplifiquemos su postura gnoseológica. Kant afirma que los racionalistas tienen razón
en afirmar que los verdaderos conocimientos son a priori, pero a la vez los empiristas
están en lo cierto al decir que sin los datos de los sentidos la mente (la razón pura) es
una facultad vacía. Dirá Kant: para poder conocer, deben existir en la mente estructuras
fijas, universales e inmutables (como las que producen los juicios matemáticos o
físicos), a las que se les llamará “categorías a priori”. Pero estas categorías o formas
deben recibir el alimento de la realidad sensible para poder funcionar.
Todo muy lindo, pero… ¿y los juicios morales? Bueno, acá Kant se pone más alemán
que nunca y dirá que en el único caso en que la razón puede funcionar de manera pura
(tal como pretendían los racionalistas) será en el plano moral.
Así nace el “formalismo”, escuela ética de cuño absolutamente contrario al
utilitarismo. Dice Kant: en primer lugar, lo que define la bondad de una acción no es su
utilidad ni su efecto, sino la intención con que está hecha. Para garantizar esa intención
buena, el ser humano debe obrar racionalmente, pues de lo contrario siempre obraría
(como suponen los empiristas) de modo sensible, y en la sensibilidad no existen el bien
y el mal. Entonces debemos obrar “por deber”, no por placer. Hay tres tipos de modos
de obrar: contrarios al deber, conformes al deber y por deber; sólo en el último caso
estamos ante un acto éticamente bueno. Veamos algún ejemplo: hay un herido en la
calle y yo, en lugar de ayudarlo, le pego una patada; estoy obrando contrario al deber.
Pero qué ocurre si lo ayudo por algún tipo de inclinación sensible (porque me alegra
ayudar, porque me da lástima, porque es el tío de un amigo, porque pienso en que a mí
me gustaría que me ayudaran); estoy obrando conforme al deber. Sólo si lo ayudo “por
deber” (supongamos que lo detesto, y lo ayudo porque creo que es mi deber ayudar al
prójimo), estoy haciendo un acto realmente bueno. La ética kantiana se resume en una
máxima, que es según Kant el imperativo que reina sobre todos los demás (el
imperativo categórico) y dice: “Obra de tal modo que quieras que tu acción se convierta
en una norma de carácter universal”.
Últimos ejemplos: supongamos que nos planteamos si está bien o mal mentir. Un
utilitarista diría: no está ni bien ni mal, depende la circunstancia y si esa mentira
produce más placer que dolor. Kant diría: si yo miento, estoy autorizando a que eso se
convierta en algo universal; todo el mundo mentiría y la verdad dejaría de existir.
Párrafo final: Max Scheller intentó también reconciliar la antinomia formalismoutilitarismo, postulando la teoría de los valores. Postuló que los valores, tal como
afirmaban los empiristas, producen placer sensible (por ejemplo, para hacer el bien
tengo que hacer algo que produzca “un placer moral”), pero que la naturaleza de los
valores era objetiva y a priori, tal como pretendía Kant, y no se percibe ni a través de la
razón ni por medio de la sensibilidad, sino con la “intuición moral”, una facultad capaz
de intuir, en lo sensible, la esencia de la verdad ética.
Marx
Como criterio último de verdad, Marx impone la praxis. Su famosa frase: “hasta hoy,
los filósofos se han ocupado de interpretar el mundo, ahora llegó el momento de
transformarlo”, es una síntesis perfecta del programa ético marxista. Ahora bien, ¿de
qué hablamos cuando hablamos de “praxis”? Podemos decir que la acción, la
producción, el trabajo, la acción sobre la historia, son indicadores de verdad y, en virtud
de esto, de bondad moral, porque se despegan del ideal pasivo, contemplativo d ela
filosofía clásica, para anclar en el nuevo paradigma de la acción. Se ha dicho,
especialmente desde veredas críticas, que el marxismo es un reduccionismo
economicista o un “paneconomicismo”. La idea de que las estructuras económicas
condicionan todas la demás expresiones de la vida, a saber: la cultura, el derecho, la
religión, la moral y el arte; es una concepción muy discutida, pero forma parte de canon
dogmático sobre el que se asienta el marxismo. Son ellas las que producen un hecho
central dentro de la ética de Marx: la “alienación”, estado moral y psicológico en que el
obrero se desconoce a sí mismo y actúa en función de los intereses de la clase burguesa,
a la que en verdad debe consagrar todas sus energías para intentar abolir. El hombre está
moralmente alienado cuando orienta sus aspiraciones según falsos ideales creados por la
clase burguesa para mantener la explotación de los trabajadores. Los ideales religiosos,
en general son alienantes por cuanto predican al trabajador explotado resignación en
este mundo como medio para alcanzar la felicidad eterna en la otra vida (otra frase
inolvidable: “la religión es el opio del pueblo”). Frente al Estado actual e alienación
social, manifiesto en el antagonismo de clases, Marx propone el ideal del hombre
nuevo, el verdadero hombre libre, que será fruto de la sociedad comunista, sin clases.
Para realizar esa sociedad es necesario realizar la revolución socialista. La moral
socialista es ante todo una moral revolucionaria. Sus virtudes son la lucha, la
solidaridad, el sacrificio por la causa, el trabajo colectivo. El individuo es un
“momento” del devenir dialéctico de la historia (esto es una clara herencia de Hegel). El
“bien ético” marxista se resume pues, en la disposición para luchar por una sociedad sin
clases.
PROF. FERNANDO DANIEL TRANFO