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batalla era lo último que esperaban. Envió cartas engañosas por todo el Lacio y el país volsco; aquellos
que no habían participado en la batalla fueron los más dispuestos a creer cuanto decía, y rápidamente
reclutó y juntó un cuerpo de milicias reunido de todas partes. Este ejército fue enfrentado por el cónsul en
Trifano, un lugar entre Sinuessa y Menturnas. Sin esperar siquiera a elegir los sitios para sus
campamentos, ambos ejércitos apilaron su equipaje, lucharon y dieron fin a la guerra, pues los latinos
quedaron tan completamente destruidos que, cuando el cónsul con su victorioso ejército se disponía a
devastar su territorio, se rindieron completamente y los campanos siguieron su ejemplo. Al Lacio y a
Capua se les privó de su territorio. El territorio latino, con el añadido de Priverno, junto con el de Falerno,
que había pertenecido a los campanos hasta el río Volturno, fue distribuido entre la plebe romana.
Recibieron dos yugadas por cabeza en territorio latino y en territorio privernense recibieron otros tres
cuartos de yugada; en el caso de Falerno se les entregó tres yugadas, debiéndose el cuarto de yugada
adicional a la distancia [5400 metros cuadrados más 2025 metros cuadrados a los primeros y 8100
metros cuadrados a los segundos.- N. del T.]. Los laurentes, de entre los latinos, y los caballeros
campanos, quedaron exentos de castigo por no haberse rebelado. Se dio orden de renovar el tratado con
los laurentes, y desde entonces se ha renovado anualmente al décimo día tras el Festival Latino. A los
caballeros campanos se les concedió la ciudadanía romana, y una tabla de bronce recordando el hecho fue
depositada en Roma, en el templo de Castor; al pueblo de Campania se le ordenó que pagase cada uno (su
número ascendía a mil seiscientos en total) la suma de cuatrocientos cincuenta denarios al año [ya que los
primeros denarios no serían acuñados, con 4,5 gramos de plata, hasta los años 214/211 a.C., es de
suponer que aquí Livio traduce a una moneda contemporánea suya la cantidad de 4500 ases de bronce
(pues denario procede de "deni asses", diez ases librales) que sería la multa realmente establecida.- N.
del T.].
[8.12] Habiendo llegado así a término la guerra y habiendo concedido así los premios y castigos con
arreglo a los merecimientos de cada cual, Tito Manlio regresó a Roma. Parece haber un buen motivo para
creer que sólo los ancianos salieron a recibirle a su llegada, la parte más joven de la población le mostró
su aversión y odio, no solo entonces sino durante toda su vida. Los anciates hicieron incursiones en los
territorios de Ostia, Ardea y Solonia. La salud de Manlio le impidió dirigir esta guerra, así que nombró a
Lucio Papirio Craso como dictador y éste designó a Lucio Papirio Cursor como su jefe de la caballería
-340 a.C.-. El dictador no efectuó ninguna acción importante contra los anciates, aunque mantuvo un
campamento permanente en su país durante algunos meses. Este año resultó reseñable por las victorias
sobre muchas poderosas naciones, y más aún por la noble muerte de un cónsul, así como por el
implacable e inolvidable ejercicio del mando por parte del otro. Fue seguido por el consulado de Tito
Emilio Mamercino y Quinto Publilio Filón -339 a.C.-. No se encontraron con similares materias sobre las
que construirse una reputación, ni consideraron los intereses de su patria tanto como los suyos o los de las
facciones políticas en la república. Los latinos reanudaron las hostilidades para recuperar los dominios
que habían perdido, pero fueron derrotados en las llanuras Fenectanas y expulsados de su campamento.
Allí Publilio, que había logrado esta victoria, recibió la rendición de las ciudades latinas que habían
perdido allí a sus hombres; entretanto, Emilio llevó a su ejército a Pedum. Este lugar estaba defendido por
una fuerza combinada de Tivoli, Palestrina y Velletri, y fue enviada también ayuda desde Lanuvio y
Anzio. En las diversas batallas, los romanos tuvieron la ventaja, pero restaba hacer todo el trabajo en la
propia ciudad, y en el campamento contiguo a ésta de las fuerzas aliadas. El cónsul abandonó
repentinamente la guerra antes de darle término, pues escuchó que se había decretado un triunfo para su
colega y, de hecho, él regresó a Roma para demandar un triunfo antes de haber ganado una victoria. El
Senado se disgustó por esta conducta egoísta y le hizo entender que no tendría ningún triunfo hasta que
Pedum hubiera sido capturada o se hubiese rendido. Esto produjo un distanciamiento total entre Emilio y
el Senado, y desde entonces administró su consulado con el espíritu y el temperamento de un tribuno
sediciosos. Mientras fue cónsul no dejó de criminalizar al Senado ante el pueblo, sin oposición alguna por
parte de su colega que, él mismo, pertenecía a la plebe. Material para sus acusaciones encontró en la
deshonesta asignación entre la plebe de los territorios latinos y falernos; y después que el Senado, deseoso
de restringir la autoridad del cónsul, emitiese una orden para nombrar un dictador que actuase contra los
latinos, Emilio, que entonces tenía el turno de tener las fasces, nombró a su propio colega, de nombre
Junio Bruto, como su jefe de la caballería. Hizo popular su dictadura mediante arengas incriminatorias
contra el Senado, y también por presentar tres medidas dirigidas contra la nobleza y de lo más ventajosas
para la plebe. Una de ellas era que las decisiones de la plebe debían ser vinculantes para todos los
Quirites; la segunda, que las medidas presentadas ante los comicios centuriados debían ser sancionadas