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FILOSOFÍA Y COMUNICACIÓN: DE LA PÓLIS A LA TELÉPOLIS
Eugenio Moya Cantero
Decía Carlos París en “La filosofía ante el reto de la civilización tecnológica”1 que eran el
ocultamiento de la dimensión trascendental de la técnica, la identificación de lo técnico con lo útil y cierta
lógica perniciosa inherente al uso de determinados instrumentos, los que habían justificado la tecnofobia
de muchos filósofos. No se equivoca el profesor París, sin embargo, la atención a la lógica, no siempre
perniciosa, de determinadas técnicas comunicativas, puede servir para mostrar, profundizando en algunas
intuiciones de McLuhan, que tanto la aparición de la filosofía como la seria amenaza de supervivencia
que sufre hoy están íntimamente ligadas al uso generalizado de dos técnicas de comunicación concretas:
la escritura y la telemática. Intentemos justificar nuestra hipótesis.
En 1962 Herbert Marshall McLuhan publica The Gutenber Galaxy: the Making of Typografhic
Man, una obra en la que planteaba la inexorable desaparición de los libros como soporte de la cultura.
Sus análisis, que pronto encontraron eco entre los teóricos de la comunicación, con el tiempo se han
revelado también imprescindibles para cualquier estudioso del impacto que los medios de comunicación
han tenido y tienen hoy en nuestras formas de ver e instalarnos en el mundo.
En principio, McLuhan parte de una idea que no es original: el hombre cuando extiende sus
posibilidades técnicas e inventa la rueda, la imprenta o la televisión, no hace sino prolongar su actividad a
campos donde previamente el protagonista principal era su cuerpo. La evolución de las armas comienza
en los dientes y la del puño termina en la bomba atómica; del mismo modo, el vestido y nuestras casas
son extensiones del mecanismo biológico que regula la temperatura corporal. Lo realmente interesante es
que todas esas extensiones no se han hecho sin “pérdidas”, pues, cada vez que se ha ampliado, por
ejemplo, el efecto de algún órgano sensorial, se ha hecho de tal modo que los restantes sentidos o
facultades han sufrido una perturbación, una merma. Precisamente, La galaxia de Gutenberg contiene
toda una serie de observaciones históricas sobre los “logros” culturales asociados a las perturbaciones que
introdujeron el alfabeto, la imprenta y la televisión. La hipótesis en la que McLuhan trabajó hasta su
muerte en 1980 es que cada uno de esos inventos dio paso a un hombre distinto: el hombre alfabetizado
fue sustituido por el homo typographicus y éste por el hombre que él llama eléctrico.
Existen razones de peso que avalan los análisis del profesor canadiense, pero antes de repasarlas
en lo esencial y extraer consecuencias daremos en forma de anticipo las conclusiones que perseguiremos.
Primera. Fue la invención de la escritura alfabética y el uso generalizado que los griegos
hicieron de ella como técnica comunicativa a partir del los siglos VII-VI a.C. los que indujeron a pensar
en una posible reflexión, la filosófica, que entendida como metainterpretación, fuese capaz de ofrecer el
auténtico sentido de los textos y, por ende, de las mismas cosas.
Segunda. La acentuación de los derechos del intérprete frente a los del texto, que propició el
texto impreso, no sólo favoreció la emergencia de ideas como individuo o conciencia, sino que también
preparó el camino para que la filosofía moderna se concibiera como una actividad de ilustración.
1
Ponencia presentada en el Congreso de Filosofía celebrado en Granada del 11 al 15 de septiembre de
1995.
Tercera. Es la pérdida del libro impreso como soporte de la cultura y su sustitución por medios
electrónicos lo que amenaza hoy tanto con la deriva tecnológica de la conciencia moderna como con
convertir a la filosofía en una actividad anacrónica y disfuncional.

Apuntábamos que fueron los procesos asociados a la tecnología del alfabeto fonético los que, en
primer lugar, interesaron a McLuhan. Así es, la interiorización de un medio de comunicación como las
letras rompió el equilibrio de los sentidos y alteró con él hasta los propios procesos mentales del hombre
antiguo2. Si la comunicación oral propiciaba
experiencias sinestésicas del mundo, basadas en la
colaboración e interdependencia de todos los sentidos, la escrita escindió vista y oído. Los efectos fueron
inmediatos: las experiencias globales, basadas en comunicaciones cargadas de emoción y de elementos
dramáticos cedieron paso, allá por los siglos VII-VI a. C., a las experiencias neutras y distantes del
hombre alfabetizado3.
Platón en el Fedro nos presenta un diálogo de Sócrates con su interlocutor, Fedro, en el que,
investigando los posibles efectos de la escritura, aquél refiere una tradición de los antiguos egipcios.
Cuenta Sócrates que hubo en Egipto un dios, llamado Theut, que inventó una técnica para hacer más fácil
el aprendizaje y la memoria. Había inventado la escritura. Animado por su nueva técnica decidió
presentársela al rey Thamus, mas éste le atribuyó todos los efectos contrarios a los que había previsto su
inventor, pues la escritura no haría a los egipcios más sabios; al contrario, fiados en este auxilio tan
extraño abandonarían el cuidado de sus recuerdos e intentarían aprender cosas sin maestros. Los textos
circularían de mano en mano, atendidos o despreciados, sin que existiese el recurso al mismo autor para
explicar su sentido. De esta manera, vaticinaba Thamus, la escritura contribuirá a creerse sabios a quienes
no son más que ignorantes4.
Dejando al margen los inconvenientes que Platón encontraba en el hecho de que el texto hiciera
dispensable la presencia del autor, lo cierto es que la escritura, al eliminar los vínculos físicos entre
emisor y receptor, propició la sistemática distinción entre una entidad, el texto, que se tomaba como dada,
fija, autónoma y objetiva, y algo, como la interpretación, que podía considerarse inferencial, falible y
subjetiva5. No cabe duda de que una idea básica en la filosofía occidental como la de la
2
McLUHAN, H.M., La galaxia de Gutenberg, Barcelona: Planeta-De Agostini, 1985, pp. 35-38. La
primera edición fue realizada por University of Toronto Press en 1962.
3
Estudios recientes no dudan en señalar que la escritura sólo tiene el efecto de intensificar la tendencia
hacia el pensamiento complejo, preciso, objetivo y, ante todo, descontextualizado, y decimos que “sólo”,
porque, pese a las hipótesis que McLuhan ha venido defendiendo desde los años sesenta, esa tendencia
surge, según esos estudios, en cualquier círculo o sociedad lo bastante populosos como para que exista
comunicación -sea oral o escrita- entre personas desconocidas. Cfr. CHAFE, W., y DANIELEWITZ, J.
“Properties of spoken and writing language”, en: HOROWITZ, R. Y SAMUELS, F.J. (comps.),
Comprehending oral and written language, Nueva York: Academic Press, 1987, p. 105.
4
Platón, Fedro, 275 c y ss. Platón subestimó la enseñanza escrita frente a la educación oral, quizás por
eso en la Carta séptimaafirmara que jamás y en ninguna parte ha escrito sobre lo que constituye
propiamente lo principal de su teoría. La apelación que hace Aristóteles en la Física, 209 b 15 a los
   junto a ese testimonio del mismo autor explicarían el interés que algunos de
sus intérpretes han mostrado por las supuestas doctrinas esotéricas de Platón.
5
Vid. especialmente el artículo de David R. Olson, “ Cultura escrita y objetividad: el surgimiento de la
ciencia moderna”, que figura como capítulo 9 de OLSON, D.R. y TORRANCE, N. (comps.), Literacy
conmensurabilidad de los discursos, esto es, la idea de que en todo conflicto teórico siempre es posible
encontrar un tertium que permite dirimirlo racionalmente, pudo venir de la mano de aquella distinción.
McLuhan, desde luego, así lo creyó, pues sostuvo que la emergencia de la tradición crítica, de la que nos
habla Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, no hubiese sido factible sin un nuevo medio de
comunicación que permitía disociar discurso y acción, texto y circunstancia y, con ello, pensar una
posible tradición o metanarrativa -la filosofíca, claro está- que, al poder aislarse de toda contingencia, de
todo contexto, era capaz de encontrar el auténtico sentido de los discursos y contar una, y sólo una,
historia: la de la Verdad6.
En resumen, a pesar de las cauciones de Thamus y de las reservas del mismo Platón a la hora de
emparentar ciencia y escritura, podemos sostener que el paso del pensamiento mágico al lógico no fue,
como se presenta habitualmente en los manuales, fruto de un proyecto reflexivo de un puñado de
intelectuales, sino resultado de un proceso inducido por el uso generalizado de la escritura.
II
El compromiso de
la actividad filosófica con la escritura, tuvo su rúbrica en el Liceo
aristotélico, pues fue con Aristóteles cuando el mundo griego pasó de la instrucción oral al hábito de la
lectura. Ahora bien, durante siglos “lectura” significó leer en voz alta 7. Esta práctica, que actualmente nos
parece signo de semianalfabetismo, era considerada, por ejemplo por San Agustín, como algo tan natural
que la lectura silenciosa del obispo Ambrosio mereció en sus Confesiones (libro VI, cap. 3) el siguiente
comentario: “Pero cuando estaba leyendo, sus ojos se deslizaban sobre las páginas y su corazón buscaba
el sentido, mas su voz y su lengua permanecían quedas (...) Quizás temía -añade el de Hipona- que si el
autor al que estaba leyendo hubiera expresado algo oscuramente, algún oyente atento o perplejo podría
desear que él lo explicara, o quisiera discutir algunas de las cuestiones más difíciles; y que gastado así
su tiempo, no podría leer tantos volúmenes como deseaba (...)”.
Puede decirse que hasta el desarrollo del arte de imprimir, la literatura se concibió siempre como
una conversación con el auditorio. No es éste un dato irrelevante desde el punto de vista filosófico porque
el invento de Gutenberg hizo que se interiorizara la lectura. Si la cultura del manuscrito fue
conversacional, la tipográfica devino monológica. Era natural: al consolidar el triunfo de lo visual sobre
lo tactil y auditivo, el lector empezó a enfrentarse al texto, o al libro de la naturaleza, de la misma manera
and orality, Cambridge University Press, 1991, así como el de ECO, U., “Los límites de la
interpretación”, en: Revista de Occidente, nº 118 (1991), pp. 5 y ss.
6
La doctora Donaldson (Children´s minds, Glasgow: Fontana/Collins, 1978, p. 70. ) estudió hace ya
algunos años los efectos de la escolaridad en el razonamiento abstracto de los ñiños y llegó a la
conclusión de que los pequeños que aún no manejan bien la escritura eran, a diferencia de sus mayores,
incapaces de ejecutar tareas de razonamiento abstracto que exigían prestar atención al lenguaje en sí
mismo. No hay duda de que este y otros estudios nos autorizan a pensar que pudo ser la hegemonía de la
cultura escrita lo que codujo a partir del siglo VI a.C. a un proceso crucial para la génesis del
racionalismo y la filosofía occidental que se ha encargado de resaltar entre otros Feyerabend (Vid.., Adiós
a la razón, Madrid: Tecnos, 1984, esp. el prólogo a la edición castellana.); a saber, el de que los discursos
generan historias especiales, después llamadas “pruebas” o “argumentos”, cuya trama no es impuesta por
lo que se dice o cómo se dice, sino por la “forma” de decirlo.
que una cámara enfoca la realidad: destacando un punto de vista, una perspectiva. El lector -el sujeto- se
convirtió, así, en el auténtico centro de sentido.
Eisentein se interesó hace ya algunos años por el rol de la imprenta tanto en la Reforma como en
el surgimiento de la ciencia moderna8. La autora sostiene que la vida intelectual y espiritual sufrieron una
profunda transformación como consecuencia de la multiplicaación de nuevas herramientas para copiar
libros en la Europa del siglo XV. Concretamente, en lo que respecta a la parte espiritual comenta que para
la teología de la Reforma la imprenta permitía poner una copia de la Biblia en manos de cada lector,
soslayándose, así, el papel de mediación-interpretación de la Iglesia. Cualquier cristiano, sin la
intervención del sacerdote, podía encontrar a Dios a través de la simple práctica de leer por sí sólo.
El homo typograficus vio sugir de esta manera la realidad de la conciencia y la noción misma de
individuo. Surge con él lo que Apel ha llamado el paradigma del pensador -lector, podríamos decir
nosotros- solitario. El sujeto se hacía, así, tópos genuino de razón y verdad.
El deslizamiento progresivo desde lo que Umberto Eco llama derechos del texto hacia los
derechos del intérprete puede apreciarse estudiando el tema aludido de la exégesis bíblica en la Edad
Media. En efecto, la exégesis de las Sagradas Escrituras tuvo sus propio conflictos de método, y casi
todos producidos en relación con la letra y el espíritiu, lo visto y lo que no se ve. Se trataba de una
dicotomía derivada de las mismas Escrituras; de hecho, en Israel los profetas estuvieron generalmente en
pugna con los escribas y el mismo Señor con frecuencia comentaba “Escrito está, pero en verdad os
digo”. El tema ocupó gran parte de la reflexión medieval; lo que se pretendía con las interpretaciones
siempre era lo mismo: más que arrojar luz sobre el escrito, se intentaba dar salida a la luz interior del
propio texto. Se invitaba a mirar, no el texto, sino a través de él. A medida que la tecnología de la
imprenta colocó la facultad visual en situación de privilegio respecto a las otras, fue creciendo la demanda
de luz sobre el texto y no a través de él9. Si Tomás de Aquino en su Summa Theologica defendía, en este
último sentido, que en -a través de- las Escrituras se daban tres niveles de significado, el literal, el
espiritual y el moral, Lutero afirmaba, en cambio, desde la perspectiva tipológica, que no había más
significados que el literal e histórico, que el propio creyente podía leer en el texto; todo lo demás era
tradición o dogma.
El modelo del pensador-lector solitario impregnó no sólo las formas modernas de interpretar la
exégesis bíblica, sino también las reflexiones metodológicas de los filósofos. Ni unas ni otras fueron
ajenas a la realidad de un sujeto individual o a la idea, que en la Ilustración tomará cuerpo de doctrina, de
“arrojar luz sobre”.
7
Así es: desde el punto de vista epistemológico, la filosofía desde Descartes,
Kenyon en Books and Readers in Ancient Greece and Rome (Oxford: Clarendon Press, 1937, pp. 83-84)
ofrece datos relevantes en este punto; para griegos y romanos, por ejemplo, publicar libros era sinónimo
de recitar públicamente los textos.
8
EISENTEIN, E., The printing press as an agent of ghange, Cambridge University Press, 1979, esp. pp.
701 y ss.
9
Para observar este deslizamiento en todas las manifestaciones culturales de la Modernidad resultan
interesantes las consideraciones de Omar Calabrese sobre la forma moderna de representar la muerte en la
cruz. En efecto, si a lo largo de toda la Edad Media la escenificación pictórica de la crucifixión había
pivotado en torno al Cristo muriente, a partir del Renacimiento se le da un papel cada vez más destacado
a los que lo miran en el momento de la crucifixión, destacando el aspecto gestual. Se pasa, según
Calabrese, “de una somática del morir a una somática del ver morir” (CALABRESE, O.,
“Representación de la muerte y muerte de la representación”, en: Revista de Occidente, nº 118 (1991), p.
60.
consciente de la realidad y primacía del sujeto, siempre se interesó por las formas de hacer posible la
claridad cognoscitiva, el conocimiento objetivo, y, desde la perspectiva práctico-política, lo que hizo fue
buscar formas de ilustrar las conciencias individuales con el fin de sofocar el estado de guerra civil
encubierta que imponen las diferencias e intereses individuales.
III
Sabemos que la galaxia de Gutenberg ha pivotado sobre un medio mecánico, la imprenta, que
empezó su crisis, todavía no conclusa, como pronosticaba McLuhan, con el rápido avance de los medios
de comunicación electrónicos: telégrafo, teléfono, radio, televisión, fax, ordenador. Lo interesante de este
progesivo desplazamiento es que la electrónica no ha supuesto la prolongación de una facultad sensible
determinada, sino del sistema nervioso entero. La razón es clara: al promover, de modo análogo a lo que
hace nuestro sistema nervioso central, nexos entre distintas partes componentes, ha hecho posible un
proceso de conocimiento instantáneo y a distancia. De hecho, han sido sincronía y ubicuidad las que,
haciendo posible un continuo flujo comunicativo, han dado y están dando caracter propio a la sociedad y
cultura contemporáneas. Apuntemos algunos datos.
McLuhan creyó hasta su muerte en 1980 que el telégrafo, el teléfono, la radio y, sobre todo,
televisión, trabajaban para acercar a los ciudadanos de todos los pueblos. Él murió sin conocer el
lanzamiento en 1980 de la Cadena de Noticias por Cable -la famosa CNN-; tampoco conoció el uso
normalizado del fax (1980), el teléfono móvil (ATT, 1983), etc., pero sobre todo no pudo ni imaginar el
efecto que iba a tener el encargo que hizo IBM en 1981 de un sistema operativo, el famoso MS-DOS, que
iba a convertirse en la clave de los actuales PCs, es decir, de los ordenadores personales, pero intuía que,
contrariamente
al distanciamiento y potenciación de la conciencia individual que produjo el libro
impreso, los nuevos medios eran capaces de integrar a toda la familia humana en una sóla tribu global 10.
Los datos que conocemos quince años después -por ejemplo, que más de 10 millones de
argelinos hacen uso de la antena parabólica para ver televisión trasnacional, fundamentalmente
norteamericana; que ya son cerca de 40 millones los abonados a teléfonos móviles (las previsiones del
sector para el año 2000 son de 150 millones); o que el 15% de los 200 millones de ordenadores que hoy
existen están conectados a Internet, demuestran que McLuhan acertó en muchas de sus intuiciones11.
Profundicemos en algunas de ellas.
En primer lugar, hemos de comprender que la sinergia entre las tecnologías de la
telecomunicación y la de los ordenadores personales está configurando unas sociedades en las que la
palabra clave es “interactividad”, es decir unas sociedades donde las formas de vida empiezan a
trascender incluso lo que McLuhan entendía por “global village” . En efecto, la idea de aldea global
resultaba interesante cuando la televisión era el medio dominante. El invento de Marconi abrió en cada
casa una ventana al mundo. La uniformización de las formas de vida, la globalización de las respuestas
colectivas fueron, amén de otras, sus principales consecuencias. No hemos cedido ni un ápice en esta
10
McLUHAN, M., Op. cit., p. 16.
La misma Comisión europea de telecomunicaciones, presidida por Bangemann ha dado curso, con
regusto mcluhiano, a la expersión “Sociedad Global de la Información” para referirse la emergente
sociedad interactiva en que vivimos.
11
homogeneización de respuestas, sin embargo, con la generalización del control remoto, cuando el zapping
se vuelve un comportamiento colectivo, cuando los entornos comunicativos no interactivos o
unidireccionales, como la televisión tradicional, ceden terreno a entornos en los que la información fluye
bidireccionalmente, es decir, cuando disponemos de ordenadores que hablan, de televisiones que oyen y
teléfonos que emiten imágenes, el sujeto deja de ser el punto final del mensaje para convertirse él y su
casa en un medio más. Hechos como que cualquier usuario de redes informáticas pueda asistir a un
concierto desde su casa, pueda requerir desde su computador personal un diagnóstico médico de un
hospital estadounidense, tenga posibilidad de contratar desde su domicilio acciones de un banco
australiano, sacar una entrada de cine sin moverse de su sillón, asistir a una telereunión con gente de
distintos países, almacenar en el disco duro de su ordenador cualquier libro de una biblioteca parisina o
trabajar en la administración de cualquier empresa sin tener que dar un paso, indican hasta qué punto la
simbiosis de las redes de telecomunicación y la informática han empezado a trascender la idea de una
aldea como lugar de encuentro colectivo y empiezan a configurar, por doquier, los no-lugares de los que
ha habaldo recientemente Marc Augé, es decir, espacios en los que las referencias de identidad, de
relación social y de historia no están simbolizadas y, por tanto no resultan observables 12. De una manera
más simple podríamos decir que en los no-lugares nadie está en su propio terreno, pero tampoco en el
terreno de otros. Si hasta ahora nuestras casas y, por extensión, nuestras ciudades y Estados han sido
determinantes para nuestras vidas, las nuevas formas de intercambio comunicativo limitarán hasta tal
punto sus papeles que el mundo se configurará como una gran ciudad electrónica, a la que Neil Postman
llamaría Tecnópolis13 y Javier Echevarría, de una forma más acertada, Telépolis14, un cibermundo donde
los ciudadanos verán reducidas sus señas de identidad y transformadas sus formas de vida privada y
pública. Asistiremos, asistimos ya, no sólo a una pérdida de intimidad y de individualidad, sino a la
pérdida de una noción clave de la modernidad, del homo typographicus: la noción de sujeto.
Derrick de Kerckhove, director del McLuhan Program de la Universidad de Toronto, en su
reciente visita al Instituto de Estética y Teoría de las Artes (Madrid, 1995) apuntó una reflexión que
puede ilustrar bien la deriva tecnológica de la conciencia moderna. Decía el profesor de Toronto que el
problema de las redes informáticas, como Internet, es que su espacio no está cerrado, como el del libro,
sino que permanece constantemente abierto y el efecto más inmediato es que el sujeto individual aparece
permanetemente desbordado, sin identidad alguna. Podemos hablar a lo sumo sujetos virtuales, pues en
el espacio electrónico, concluía Derrick de Kerckhove, “todos somos nadie”.
Evidentemente, las infopistas o autopistas de la información son hoy, para muchos, un sueño
tecnológico que debe tener sus traducciones sociales y políticas. Desde la primera perspectiva, las nuevas
posibilidades que ofrecen la teletienda, la telemedicina, la telenseñanza y el teletrabajo, permitirán
elecciones múltiples -de médicos, de profesores, ...-, más tiempo libre y una mayor
igualdad de
oportunidades; desde la segunda, puede ofrecer un instrumento que nos permita superar la crisis de
legitimación del poder político. En efecto, la crisis actual es de representatividad, pero se insiste en que es
ante todo una crisis de comunicación, porque mientras que el flujo de informaciones puede ser cada vez
AUGÉ, M., “Espacio y alteridad”, en: Revista de Occidente, nº140 (1993), pp. 27-28.
POSTMAN, N., Technopoly. The surrender of culture to technology, Nueva York: A. Knopf, 1992.
14
ECHEVARRÍA, J. “Telépolis”, en: Claves de Razón Práctica, dic. 1992; Telépolis, Barcelona:
Destino, 1994; y Cosmopolitas domésticos, Barcelona: Anagrama, 1995.
12
13
mayor y más rápido, el sistema electoral y los mecanismos esenciales de comunicación entre el gobierno,
el parlamento y los ciudadanos permanecen anclados en fórmulas del siglo XIX. En gran parte la
creciente importancia política de los medios de comunicación obedece a que ellos son capaces de transitar
de forma rápida el vacío existente entre los problemas políticos y la opinión de los ciudadanos. Tenemos
que mientras instituciones financieras toman decisiones en décimas de segundo y constantemente, en
tiempo real, las decisiones políticas siguen teniendo un tempo lento. Precisamente, las nuevas tecnologías
de la información deberían contribuir a acortar el tiempo que transcurre entre los acontecimientos
políticos y los estados de opinión pública. Teniendo en cuenta la posibilidad que las nuevas técnicas
ofrecen de eliminar ese déficit comunicativo del sistema político, Masuda ya habló en los años ochenta de
la computopía15.
Evidentemente, lo que para unos puede ser un sueño para otros amenaza con convertirse en una
auténtica pesadilla, ya que al transformarse nuestras casas en espacios públicos interactivos se podrá
averiguar más fácilmente, desde cualquier tipo de poder, cuáles son los gustos de la gente, las películas o
música que prefieren, sus tendencias políticas y hasta sus enfermedades más comunes; en último término,
las casas electrónicas serán, como la proliferación de delitos “on line” demuestra, auténticas casas de
cristal16.
Foucault situó las socidades disciplinarias en los siglos XVIII, XIX y principios del XX. Eran
sociedades que operaban mediante la organización de grandes centros de encierro. Los individuos
pasaban de un recinto cerrado a otro. De la casa familiar pasaban a la escuela, más tarde al cuartel, a
continuación a la fábrica y, esporádicamente al hospital. La cárcel servía de modelo analógico para esas
sociedades; se trataba de concentrar, delimitar espacios, distribuir el tiempo. Lo cierto es que hoy todos
los centros de encierro padecen crisis generalizadas. Hablamos de regímenes carcelarios abiertos, de
hospitales de día, de asistencia domiciliaria, de enseñanza a distancia, etc. Lo que se impone es un control
remoto y flexible, una intervención del poder a corto plazo, pero continuada; en definitiva, las sociedades
de la información están haciendo posible, para esta segunda forma de pensar, la emergencia de lo que
Deleuze ha llamado “sociedades de control”17.
15
MASUDA., Y., La sociedad informatizada como sociedad postindustrial, Madrid: Fundesco, 1984, pp.
123 y ss.
16
Desde que a finales de los ochenta un joven de quince años, apodado “El Cóndor”, Kevin Mitnick, era
capaz de entrar en los ordenadores del mismo Pentágono, a través de Internet, quedó bastante claro que,
pese a las cada vez más sofisticadas técnicas de encriptado, los delitos “on line”, los ciberdelitos, iban a
ser el mayor problema de los usuarios de redes informáticas. Los delitos más comunes son económicos:
robo de códigos de tarjetas de crédito, apropiación de claves telefonicas para llamadas internacionales o
falsificación de transaciones bancarias, sin embargo, los verdaderamente peligrosos son los realizados por
profesionales del espionaje industrial o estratégico, pues entran en el sistema que está conectado a una
red, encuentran lo que buscan y salen sin ser “vistos”. La proliferación de mafias “on line” hizo crear en
EE.UU., en 1988, una policia informática mundial, la Computer Emergency Response Team (CERT), que
en enero de 1995 fue capaz de detectar lo último en ciberdelito, el “protocol spoofing”, un programa que
no sólo penetra en las mejores defensas informáticas, sino que además “secuestra” toda la red y obliga a
las computadoras conctadas al sistema a obedecer sus órdenes.
Para apreciar hasta qué punto la protección de las redes informáticas puede ser hoy un problema
que amenaza algo más que nuestra privacidad, puede consultarse: SCHILLER, J.I., “Redes informáticas
seguras”, en: Investigación y ciencia”, 220 (1995), pp. 50-55.
17
Vid., por ejemplo, DELEUZE, G., “Sobre las sociedades de control”, en: Culturas, Suplemento de
Diario 16, 28-1-1995, pp. IV-V. Son interesantes en este tema los comentarios de Armand Mattelart en
La emergencia misma de la Sociedad Global de la Información hacen difíciles los juicios de
valor concluyentes sobre sus ventajas o inconveniencias, mas no cabe duda de que cuando optamos por
destacar unas u otras estamos optando, al mismo tiempo, por una manera de entender hoy la actividad y
reflexión filosóficas.
Javier Echevarría ha propuesto un principio de valoración de los sistemas sociales que puede
servir bien para iluminar este punto. Es el siguiente: “una forma de organizar la vida social es preferible
a otra (o mejor) cuando es capaz de integrar mayor pluralidad de diferencias”18. Para el profesor
Echevarría estas diferencias pueden ser de sexo, de raza, de lengua, de cultura, de costumbres e incluso de
valores.
Claro está que en cuanto que el mestizaje racial, cultural y lingüístico se da con más frecuenia en
sociedades complejas, podemos, en principio, sostener, como el mismo Echevarría sostiene, que las
ciudades son preferibles a los pueblos, las metrópolis a las ciudades, las Uniones de Estados a los Estados
nacionales y Telépolis, como él la llama, a todas y cada una de esas otras formas de organización social 19.
Evidentemente, como se trata de hacer compatibles -integrar, dice Javier Echevarría- sistemas diferentes
(individuos, culturas, modelos valorativos, naciones, etc.), el Poder, en su acepción más amplia, lo que
tendría que hacer es multiplicar en todos los ámbitos los mecanismos socio-técnicos de control flexible.
Debería seguir, por decirlo claramente, el modelo managerial de las empresas: ejercer un control a corto
plazo, flexible, de rotación rápida, pero continua, capaz de prever y desactivar posibles zonas de
conflicto. También resulta evidente que esta especie de positivismo impuesto por el papel de mediador
del que ejerce el poder tan sólo propicia la búsqueda de herramientas epistemológicas capaces de
circunscribir las zonas de conflicto y capaces de delimitar soluciones técnicas. De lo que se trataría, en
definitiva, es de primar los saberes que permitan tegnologizar el comportamiento colectivo y la toma de
decisiones. Está claro que el papel que, desde esta perspectiva, habría de jugar la filosofía es, por decirlo
suavemente, limitado. La filosofía, en cuanto que saber crítico-reflexivo, sería no sólo anacrónica y
dispensable, sino a todas luces disfuncional. Las ideas de Niklas Luhman son un claro ejemplo de este
punto de vista, pues tras su rechazo a la tradición filosófica occidental y sobre todo ilustrada 20, se esconde
un auténtico desprecio por la misma filosofía.
El profesor Echevarría, sin embargo, lamenta algo que Luhmann se limita a constatar 21: es la
noción misma de individuo, de sujeto, la que ha puesto definitivamente en crisis el uso generalizado de
las telecomunicaciones y la informática. Precisamente, es esa crisis la que no nos permite decir,
contrariamente a lo que señala el profesor Echevarría, que en Telépolis la opción final por una cultura u
otra, una película o la de más allá, etc., queda para cada individuo y no para los gurús, pontífices o
políticos de turno22. Al contrario. Nuestras sociedades de masas se han convertido, precisamente en la
época de la interactividad, en un ser amorfo y pasivo (Baudrillard), permanentemente expuesto a
“Nuevos horizontes de la comunicación: el retorno de la cultura”, en: VARIOS, Apuntes de la sociedad
interactiva, Madrid: Fundesco, 1994, esp. pp. 315-318.
18
ECHEVARRÍA, J., Telépolis, de. cit., p. 131.
19
Ibid., p. 134.
20
Cfr. LUHMANN, N., Soziologische Aufklärung: Aufsätzezur Theorie sozialer Systeme, Köln:
Westdeutscher Verlag, 1974, 4ª de., p. 32, y “Autoorganización e información en el sistema político”, en:
Revista de Occidente, nº 150 (1993), pp. 58-60.
21
Cfr. LUHMANN, N., “ Individuumm und Gesellschaft”, en: Universitas, 39 (1984), pp. 3 y ss.
estereotipos estadísticos. El cuerpo social, lo comentaba Fernando Vallespín en un reciente artículo en El
País23, ya no es agente activo que impone su voluntad al poder; ha quedado reducido a un modelo
elaborado por las más sofisticadas técnicas sociométricas. Sería una realidad opaca, únicamente accesible
a análisis estadísticos que, lejos de ser representación viva y fiel de la mayoría, se convierten en una mera
simulación, en una imagen de la tegnología social, que, curiosamente, y esto es lo interesante, los mismos
individuos, carentes de capacidad reflexiva, acaban internalizando como imagen real de sí mismos. O sea,
lejos de la teleacracia de la que tanto se habla, son los actuales gurús, los ingenieros sociales, los
empresarios de la comunicación y los poderes asociados a ellos, quienes en último término optan 24. Como
sostiene Mattelart, “Querámoslo o no, la era de la industria y de la sociedad de la información es
también -cuando uno no suscribe la mirada miope de sus profetas- la producción de estados mentales, la
colonización de lo mental”25.
Naturalmente, como señalan Habermas, Bekc o Giddens sólo una opinión pública vigorosa,
ilustrada y reflexiva puede servir de contrapunto a las complejas, anónimas y construidas sociedades
actuales26. Y resulta claro que, desde esta perspectiva, la filosofía no puede ser nunca una actividad
dispensable. Disfuncional sí, pero es que la filosofía es conciencia crítica de su tiempo o no es nada.
Ahora bien, ¿cuál podría ser su papel?
Hay un dato que hay que tomar para empezar muy en serio: las nuevas técnicas telemáticas se
comercializan, se venden y se espera pacientemente a ver cuáles pueden ser los posibles impactos. Los
únicos fines explícitos y conscientes que parecen guiar su uso es el de la racionalización del proceso
productivo y el abaratamiento de costes; o sea, se saben las ventajas económicas pero se desconoce la
nueva cultura que nos viene. Carecemos de políticas sociales conscientes; no tenemos ni siquiera
categorías desde las que ofrecer un nuevo marco teórico a las nuevas relaciones sociales emergentes.
Podríamos decirlo de otro modo: no faltan hoy el diseño de aplicaciones estratégicas; los Bancos, las
multinacionales, cuentan con expertos que diseñan el open Bank, el teletrabajo, etc., sin embargo, la
sociedad carece aún de reflexiones generales que traten de dar inteligibilidad a una realidad
22
ECHEVARRÍA, J., Telépolis,, p. 146.
VALLESPÍN; F., “Sexo, mentiras y encuestas”, en: El País, 23 de junio de 1995.
24
De cualquier modo no habría que despachar tan pronto uno de los aspectos de la teleacracia de
Telépolis, pues como han puesto de manifiesto algunos expertos en programación los riesgos de la
tecnología del software no son siempre controlables. J. Weizenbaum, eminente desarrollador de software,
viaja por todo el mundo alertando de esos posibles peligros. En una reciente entrevista publicada en
ComputerWorld, 7-13 (1994), afirma, por ejemplo, que la catastrofe de la Bolsa en octubre de 1987, en la
que algunas grandes transaciones económicas pusieron en marcha una fatal e imprevisible reacción en
cadena, nos han revelado un hecho, que se ha puesto de manifiesto en otros proyectos posteriores de
envergadura, como el lanzamiento del Discovery o la Iniciativa norteamericana de Defensa Estratégica -la
conocida “guerra de las galaxias”-, a saber: nadie es a fin de cuentas responsable del sistema, pues llega
ser tan complejo que ningún desarrollador de software se atreve a predecir los cambios en cadena que
traería cualquier pequeña modificación. Podríamos decir, por eso, que no hay nadie que pueda ejercer un
completo control. Weizenbaum concluye diciendo que en los próximos diez años viviremos una
catástrofe de información comparable -aunque a otro nivel- a una catástrofe nuclear. Quien sabe, pero
quizás sea entonces cuando sepamos lo que decimos cuando hablamos con cierta licencia literaria de la
rebelión de las máquinas.
25
MATTELART, A., “Nuevos horizontes de la comunicación”, en: VARIOS, Apuntes de la sociedad
interactiva, Madrid: Fundesco, 1994, p. 318.
26
Vid. BECK, U., “De la socidad industrial a la sociedad del riesgo” y GIDDENS, A., “La vida en una
sociedad post-tradicional”, ambos aparecidos en el nº 150 (1993) de la Revista de Occidente.
23
permanentemente revolucionada desde el punto de vista técnico 27. Por eso, la filosofía, lejos de
convertirse, como preconizan algunos, en una especie de arrecife en el que encuentra sosiego el continuo
flujo de informaciones28, debería centrarse, como en otros tiempos en la invención social. Se trataría de
tener en cuenta los nuevos roles, las emergentes relaciones sociales, las actuales relaciones políticas, etc.,
y esforzarse por plantear de una manera crítica y creativa nuevos conceptos, nuevos instrumentos
categoriales que permitan ilustrar, en sentido fuerte, el proceso de emergencia de la nueva sociedad
interactiva.
En último término, frente a los que ponen su saber al servicio del “funcionamiento” de la
sociedad,
frente a quienes, bajo la fórmula del pensamiento débil, nos piden un acto de humilde
reconciliación con la realidad, esto es, una cura humilde de pragmatismo acrítico, deberíamos esforzarnos
para que la actividad filosófica no deje de aportar los elementos críticos y reflexivos necesarios para que
incluso los cibernautas seamos capaces de enjuiciar ámbitos como la ciencia, la técnica, la economía, la
administración, el mercado, o la misma comunicación, y liberarnos, como diría Giddens, del secuestro
de personalidad al que empezamos a estar sometidos.
Murcia. Octubre de 1995.
27
Hay quienes como Rais Busom Zabala y Jorge Sánchez López han propuesto ya una especie de
moratoria sobre sobre la técnica, sobre todo de las telecomunicaciones, para evitar esta especie de
desbordamiento social y político que estamos empezando a sufrir. Vid. su “De la política a la inteligencia
social”, en: Anthropos, 164 (1995), p.29.
28
La idea de filosofía como arrecife fue defendida por el profesor J.L. Villacañas en el Congreso de
Filosofía antes aludido, concretamente en euna ponencia que llevaba el titulo de “La filosofía y la
formación de la opinión pública”.