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MUJERES, TRABAJO Y SALUD: PERSPECTIVAS DESDE LA ECONOMÍA
SUMERGIDA EN LOS PAÍSES EN VÍAS DE DESARROLLO
La mayor parte del debate de este congreso se ha centrado en las mujeres que trabajan en países
desarrollados. Pero también hemos de tener en cuenta las necesidades de la mayoría de mujeres
del mundo que viven en los países en vías de desarrollo. Desde una perspectiva global, las
mujeres componen el 70% aproximadamente de los pobres del mundo y su número no deja de
crecer. Todas ellas trabajan muy duro tanto dentro como fuera del hogar.
Nunca antes en la historia de la humanidad había habido un número tan elevado de mujeres en la
población activa. Mil cien millones aproximadamente (o el 40%) de los dos mil ochocientos millones
de trabajadores de todo el mundo son mujeres, aunque la compensación que reciben muchas de
ellas es muy baja. Las mujeres componen aproximadamente el 60% de los pobres trabajadores del
mundo y 330 millones de ellas ganan menos de un dólar al día. En un contexto de pobreza
extrema, la mayoría sigue haciéndose cargo de las labores domésticas que en los países en vías
de desarrollo son especialmente duras.
La inmensa mayoría de estas mujeres trabaja en lo que normalmente se denomina “economía
sumergida”. Para algunas, este sector les ofrece importantes oportunidades para aumentar su
autonomía y mejorar sus ingresos: son aquellas, por ejemplo, que crean sus propias microempresas o aquellas que realizan un trabajo profesional utilizando las nuevas tecnologías de la
información. Pero la mayoría vive en condiciones muy precarias con salarios bajos, sin
prestaciones sociales ni normativas sobre salud y seguridad. Algunas son trabajadoras autónomas
(vendedoras callejeras, peluqueras o prostitutas, por ejemplo) mientras que otras son asalariadas
(empleadas del hogar, jornaleras en agricultura u obreras industriales por ejemplo). La mayoría
lucha por la supervivencia de sus familias y tiene poco tiempo para reflexionar sobre la conciliación
de ‘vida y trabajo’ o el ‘techo de cristal’, cosas importantes para muchas de las que estamos aquí.
Las labores de estas mujeres resultan invisibles con demasiada frecuencia pero desempeñan un
papel importante en nuestras vidas. Hay un 90% de posibilidades de que el “Palm pilot” que
utilizáis haya sido fabricado por una joven de un país en desarrollo. Hay un 50% de posibilidades
también de que una mujer haya recogido los granos del café que habéis tomado esta mañana. Y
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hay un 70% de posibilidades de que una mujer de un país en desarrollo sea quién ha cosido lo que
lleváis puesto.
El trabajo en el la economía sumergida constituye una importante contribución a las economías
locales y nacionales pero pasa ampliamente desapercibido. A menudo tiene que ver con funciones
tradicionalmente consideradas como femeninas como la preparación de comidas o la costura pero
también puede tratarse de trabajos pesados realizados generalmente por hombres. Por lo general,
las mujeres suelen estar muy mal pagadas y tienen un status social bajo. También puede existir
trabajo infantil en el que chicas muy jóvenes ayudan con sus trabajos remunerados en otras tareas
domésticas.
Es difícil generalizar acerca del impacto del trabajo en la economía sumergida sobre el bienestar
de mujeres y niñas. Dependerá del trabajo en sí, de las circunstancias de las mujeres y de cuánto
dinero ganan. Más dinero en forma de salarios puede ayudar a las mujeres a mejorar su salud (si
sus parejas les permiten gastarlo). Si consiguen trabajar fuera de casa, puede proporcionarles
mayor independencia. Pero muchas situaciones laborales expondrán a las mujeres a nuevos
riesgos físicos y psicológicos que pueden dañar su salud. Ello es especialmente cierto cuando el
trabajo remunerado se combina con las tareas domésticas, la maternidad y el cuidado de los niños.
Transportar pesos pesados como agua, leña y ladrillos puede ser causa importante de daños
músculo-esqueléticos para estas mujeres, especialmente durante el embarazo. El trabajo continuo
en posiciones forzadas como el procesado de alimentos y el trabajo en las fábricas puede provocar
tensiones repetitivas en nervios y músculos. Las mujeres también pueden resultar perjudicadas
como resultado de una exposición crónica o aguda a una variedad de sustancias tóxicas como
pesticidas agrícolas y la contaminación por humo de las estufas domésticas.
De manera más general, muchas mujeres sufren daños físicos debido a la intensidad del trabajo
físico. También pueden sufrir problemas de salud mental como resultado de la presión emocional
originada por sacar adelante sus familias en circunstancias difíciles. El resultado final para estas
mujeres puede ser el agotamiento físico y altos niveles de depresión y ansiedad para cuyo
tratamiento recibirán poca o ninguna ayuda. Tres estudios de casos pueden ilustrar estos
problemas: el trabajo industrial, el trabajo sexual y el trabajo agrícola.
Muchas mujeres de los países en desarrollo están trabajando ahora en fábricas de industrias como
la textil que han sido exportadas de los países ricos como el Reino Unido y España porque están
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consideradas muy peligrosas. Los riesgos a los que se enfrentan estas mujeres incluyen
enfermedades pulmonares y una serie de lesiones relacionadas con el trabajo. Aproximadamente
cuatro millones de personas en su mayoría mujeres jóvenes trabajan en las Export Processing
Zones (EPZ’s o Zonas de Producción para la Exportación) en el sur y sudeste de Asia y en
América Latina. Muchas se han trasladado a las fábricas desde sus hogares en zonas rurales.
Aunque trabajan fundamentalmente en industrias ‘nuevas’ como fábricas de artículos electrónicos,
siguen teniendo que hacer frente a graves riesgos. Los estudios han demostrado que tienen
problemas psicológicos como resultado de la emigración y pérdida de sus vínculos familiares,
largos horarios laborales y la intensidad de la supervisión. También hay pruebas de daños en la
visión y problemas neurológicos relacionados con productos químicos tóxicos.
En muchas partes del mundo, el trabajo sexual o prostitución está aumentando a un ritmo muy
rápido. Actualmente mueve miles de millones de dólares y es crucial para las economías de
países como Tailandia donde el valor total del mercado sexual equivale actualmente al 60%
aproximadamente del gasto público. Muchas mujeres y chicas se ven abocadas a este trabajo o
son objeto de ‘tráfico’ ya sea en sus propios países o en el extranjero. A otras les quedan pocas
opciones aparte de la prostitución como estrategia de supervivencia. Cálculos recientes estiman
que cerca de 2 millones de mujeres en Tailandia trabajan en el mercado sexual y medio millón en
Filipinas. Según la UNICEF aproximadamente un millón de chicas se convierte en prostituta cada
año. Los riesgos físicos y psicológicos para la salud de estas mujeres son muy elevados,
encabezando la lista la violencia de género y el SIDA.
A escala mundial, las mujeres componen la mayoría de trabajadores tanto remunerados como no
remunerados del sector agrícola. En la mayoría de países en desarrollo, producen entre el 60% y
el 80% de los alimentos y en Asia el 90% del trabajo en los arrozales es realizado por mujeres y
chicas jóvenes. Este trabajo es generalmente estacional y muy inseguro. Las condiciones laborales
suelen ser muy duras con temperaturas extremas y sin instalaciones sanitarias. Los riesgos más
importantes a los que se enfrentan las mujeres y las jóvenes en estas circunstancias incluyen el
envenenamiento químico, la infección del tracto urinario, lesiones en la espalda y otras de tipo
músculo-esquelético y agotamiento.
Muchas mujeres que trabajan en la economía sumergida siguen necesitando servicios básicos que
muchas de nosotras damos por sentado. Necesitan acceder al sistema educativo para aprender a
leer y escribir y recibir formación que les permita mejorar sus capacidades de cara al mercado
laboral. Necesitan tener acceso a un sistema sanitario adecuado para ellas y sus familias y
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necesitan servicios flexibles que les ayuden en el cuidado de los hijos. Se necesitan cambios
legislativos y una política social que evite la discriminación en el empleo, en el salario y el acceso a
los créditos. Si su trabajo no resulta perjudicial para su bienestar, también se requiere una
legislación protectora unida a una política de salud y seguridad en el trabajo. Por ultimo, las
mujeres trabajadoras pobres necesitan formar parte de un programa más amplio de protección
social que incluya subsidios de maternidad y por desempleo, bajas y pensiones de jubilación.
En todo el mundo, las mujeres están haciendo campaña para que estas necesidades sean
cubiertas. Se están creando en todo el mundo nuevas organizaciones de mujeres de base y uno de
los mejores y más conocidos ejemplos lo constituye la Asociación de Mujeres Autónomas de la
India. Algunos sindicatos también han comenzado a cambiar su organización para dar cabida a las
necesidades de las mujeres pobres. Las nuevas tecnologías de la comunicación están siendo
utilizadas para desarrollar grupos de presión transnacionales de mujeres con intereses comunes
como trabajadoras del hogar y mujeres del ramo textil. También ha habido importantes ejemplos de
colaboración entre grupos de mujeres y organizaciones internacionales como la ILO.
Es importante que aprovechemos esta oportunidad para reflexionar sobre cómo podemos apoyar
estas iniciativas desde nuestra situación en el mundo rico. No siempre resulta evidente cómo
puede hacerse pero existe una serie de posibilidades. Como ciudadanas podemos presionar a
nuestros gobiernos para que apoyen políticas comerciales que ayuden a las mujeres pobres en los
países en desarrollo. Si nuestra propia situación laboral nos permite tener contacto con estas
mujeres podemos tratar de asegurarnos que la política corporativa sea justa con respecto a ellas.
Como consumidoras podemos decidir no comprar a empresas que no se tomen la igualdad de
género y los derechos de los trabajadores en serio. Y por último, como activistas globales podemos
apoyar campañas internacionales para la aplicación de códigos éticos de prácticas por parte de las
empresas que empleen mujeres de todo el mundo.
Espero que este congreso sirva como una oportunidad para añadir las necesidades de las mujeres
trabajadoras de los países en vías de desarrollo a nuestra lista de preocupaciones.
Selección de lecturas para profundizar en el tema
Lesley Doyal (1995) What Makes Women Sick: gender and the political economy of health London:
Macmillan
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Barbara Ehrenreich & Arlie Russell Hochschild (eds) (2003) Global Woman: Nannies, Maids and
Sex workers in the New Economy London: Granta Books
Bridget Anderson (2000) Doing the Dirty Work: the Global Politics of Domestic Labour London: Zed
Books
Miriam Jacobs and Barbara Dinham (2003) Silent Invaders: pesticides, livelihoods and women’s
health London: Zed Books
Gita Sen, Asha George & Piroska Ostlin (2002) Engendering International Health: the challenge of
equity Cambridge Mass: MIT Press
Janet Henshall Momsen (2004) Gender and development London: Routledge
UNIFEM Progress of the World’s Women 2003: gender equality and the Millennium Development
Goals New York: UNIFEM
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