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Para hablar de María, quisiera el corazón llevar siempre a los labios palabras
estelares, o poseer la clave del idioma de los ángeles; pero esto sucede especialmente,
al intentar hablar del misterio de su Concepción Inmaculada. Porque este misterio,
además de su aspecto negativo (preservación del pecado de origen), tiene otro
aspecto positivo, que lo hace un misterio de totalidad y de plenitud: por él es María la
toda pura, la toda hermosa, la llena de gracia. La plenitud de la vida divina se remansó
originariamente en el océano inmenso de la naturaleza humana del Verbo encarnado;
pero María, sagrario vivo de esa naturaleza, fue anegada en aquel océano, totalmente,
ilimitadamente. Recibió la gracia de una manera distinta de los demás hombres,
porque su fuente brotó para ella de la más honda intimidad de su ser. Ella no fue solo,
como los demás, iluminada por la luz que Cristo encendió en medio de nuestras
tinieblas; es la Mujer vestida del sol, porque lo llevó encendido en su propio corazón.
Para nadie, sino para ella, reserva la Iglesia el requiebro regalado de la Escritura: «toda
la gloria de la Princesa le viene del interior.
Esta predestinación excelsa de María la coloca en un rango, en un orden
completamente distinto al de las demás criaturas, todas pecadoras. Nos habla un
escritor de la soledad de la llena de gracia. ¡Misteriosa soledad la del alma de la
Virgen! ... María, que no tuvo la experiencia amarga de la culpa, ni la más leve
inclinación a ella; María, para quien el pecado era algo inconcebible, una sorpresa
dolorosa, tuvo que vivir en medio de un mundo en que el pecado era algo como
natural. Para ella los hombres pecadores eran un misterio torturante que la llenaba de
angustia y compasión.
La mirada de la Virgen es la única verdaderamente pura. Es la única que puede
mirar a Dios cara a cara, sin que el rubor encienda sus mejillas, y por eso es la única
que ha podido medir el abismo inmenso de desgracia que es el pecado. ¡Qué mirada
debe ser la suya hacia nosotros, sus pobres hijos pecadores! No es mirada de
indulgencia, como la de los santos, es mirada de compasión inmensa, o más bien, de
un sentimiento para nosotros inconcebible, inefable, que sólo puede florecer en el
corazón de la Inmaculada.
Ella es la inocencia, pero no la inocencia de los niños, que es en el fondo pura
ignorancia. Es la inocencia consciente, es la infancia inmarchitable, el milagro de un
alma perpetuamente primaveral, perpetuamente niña.
Y esta gracia y esta inocencia inicial han crecido en su alma en progresión inefable
a través de su vida, porque María correspondió siempre a las más ligeras sugestiones
de Dios con docilidad perfecta. En el corazón de la Purísima la gracia primera se fue
cuajando silenciosamente, en tesoros de maravilla, como la cuarcita disuelta forma
palacios de cristal en el seno de las montañas. ¡Misterioso laboratorio divino el alma
de María!
Los Evangelios hacen notar el silencio de la Virgen. Sí, nadie ha ocultado tan
celosamente el misterio recatado de su alma, el secreto escondido del Rey. Y por eso
es vano fatigar la fantasía y contorsionar nuestro lenguaje, nunca bastantemente
limpio, bastantemente puro, para hablar de este misterio de pureza.
El arte cristiano se ha esforzado para darnos esa imagen inconfundible, que todos
llevamos en el alma, de la divina Doncella con su hermosura clara, límpida, rubia,
delicada, cristalina, como la de las hijas de su raza. De una gracia rítmica, como el
vuelo de las palomas; amplia y transparente como los cielos, como las aguas
corrientes. Pero el misterio de su alma sigue siempre inaccesible para las nuestras. El
pecado hizo tales estragos en nosotros, ha corrompido de tal manera nuestra estética
sobrenatural, que la sin pecado y la sin mancha es para nosotros algo inconcebible.
Ella es el prodigio de los prodigios, florecido un día en las manos, y antes,
eternamente, en el corazón del Altísimo. Ella es el instrumento inefable de la revancha
de la vitoria divina. Cuando el demonio puso en el rostro de la humanidad el gesto
repugnante del pecado, Dios hizo florecer en los labios de María la sonrisa de la
inocencia eterna; y donde abundó la fealdad, sobreabundó la hermosura. El pecado
trajo el desorden al cosmos, pero ella fue la ab aetemo ordinata, toda ritmo y armonía,
con el ritmo y armonía de la gracia. Cuando la culpa primera obligó a castigar a la
mujer, Dios la señaló a ella, en la lejanía del tiempo, como la bendita entre todas las
mujeres. Dios pareció entonces como derrotado, pero he aquí que los demonios
triunfadores, los terribles tiranos del hombre, miran de lejos a esta criatura
maravillosa, al parecer desarmada, pero fuera de su alcance, inaccesible, invulnerable;
y el antiguo dragón, saurio deforme, escamado, reptante, se revuelve furioso,
aplastado por la sandalia lunar de la tierna Doncellita.
Sí; ella es la gloria de Dios, pero es también nuestro orgullo y nuestro consuelo. Es
nuestra, más que de los ángeles. Gloria de nuestra familia, hija bendita de nuestro
linaje, hija pequeñita y dulce, a la que arrulló el corazón angustiado de las
generaciones viejas con la canción de cuna de su esperanza ardiente. y sigue
acunándola el corazón de las generaciones nuevas, que por ella han sido bendecidas.
Dios la ha elevado, pero ella no se ha alejado de nuestro corazón. Benditas
Purísimas de Murillo, Purísimas ultraterrenas, celestiales, de mirada extática, con todo
el cielo en las pupilas, y sobre el rostro la mirada fascinada de los ángeles; pero
benditas, sobre todo, vosotras, Purísimas misericordiosas, que miráis a la tierra,
inclinadas a la voz de nuestra angustia, y con las manos niñas sobre el pecho, para que
el corazón no se rompa ante el espectáculo de la desgracia de nuestros pecados.
Nos atrevemos a levantar nuestros ojos hacia vuestra incomparable hermosura y
deciros con la voz de los siglos y de la Iglesia: Dios te salve, bendita Tú eres.
Fray Serafín Prado Sáenz de la Virgen de Valvanera (año 1940).