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SALVE LUISA ESPLENDOR DE LA
IGLESIA
Dilataste tu gran corazón,
por lograr que tus hijas
vivieran tu carisma con
gozo y unión.
Mira al pueblo que gime y
suplica, ser librado de
dura opresión, y haz que
impere la digna justicia en
favor de los pobres de hoy.
Generosa cristiana, el
bautismo te llevó hasta
inmolarte en la cruz, y
encendida en fervor del
Espíritu, en escala
ascendiste a Jesús.
Responsable,
hacendosa, exquisita
por diversos estados de
luz, a entonar el cantar
de María, con humilde y
filial gratitud
Fue tu vida belleza selecta, que de
niña y de joven brilló, en un mundo de
horror y tinieblas, para ser mensajera
de amor.
De la gracia precioso portento, eres
Luisa sonrisa de Dios, que marcada de
cruel sufrimiento divinizas la cruz del
dolor.
Dulce esposa, leal, comprensiva,
madre tierna solícita y fiel a tu
ejemplo florecen familias con los
frutos de paz y de fe.
La víspera de la concepción de la Santísima Virgen,
habiendo escuchado la lectura de la epístola del día, tuve
en sueños la visón de una gran oscuridad en pleno
medio día, la que al principio me parecía poca y después
fue seguida de una noche muy oscura que asombraba y
espantaba a todo el mundo. Yo solo sentía sumisión a la
Divina justicia. Pasada esta oscuridad, vi venir la
claridad de pleno medio día y en algún lugar del aire,
muy elevada vi como una figura al estilo de cómo se nos
suele representar la transfiguración, que me pareció una
figura de mujer.
Con todo mi espíritu fue presa de una
gran admiración, que me conducía a
gratitud hacia Dios, pero tal que mi
cuerpo se resentía, y despertándome
con eso seguí sintiendo el dolor durante
algún tiempo; y esta visión se me ha
quedado siempre grabada en mi
espíritu, contrariamente a lo que de
ordinario me sucede con mis sueños,
representándome que esta primera
gracia en la Virgen era el comienzo de
la luz que el Hijo de Dios debía traer al
mundo. E: 38
Tengo que decirle de
todas formas que no creo
que el mal sea tan
grande como usted me
lo pinta; consuélese pues
querida hermana, y no se
llene de amargura por
esa falta, admire mas
bien la bondad de Dios
que ha permitido que
caiga usted en ella para
enseñarle a humillarse
mejor que hasta ahora lo
había hecho. C. 129
Continúe así
querida hermana se
lo ruego, sirviendo
a nuestros queridos
amos con gran
dulzura, respeto, y
cordialidad, viendo
siempre a Dios en
ellos. C. 435
ué pueden desear
unas personas que
se han entregado a
Dios, sino buscar
todo lo que pueda
ayudarles a serle
fieles E. 106
Tener la caridad en el
corazón, es indudablemente,
amar a nuestras hermanas,
como al mismo Jesucristo.
E. 90
!QUÉ HERMOSO
CUADRO Dios mío¡
! Qué humildad, qué fe, que
prudencia, que buen juicio y
siempre con la preocupación de
conformar sus acciones con las
de N. Señor¡
Hermanas mías os toca ahora a
vosotras conformar vuestras
acciones con las suyas e
imitarle en todas las cosas.
S. Vicente y las primeras hermanas