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el ocaso del diálogo pastoral
CARTA 3
Queridos amigos:
Tal vez seamos más de los que parece quienes hemos llegado a descubrir que cuando hablamos, no
hablamos de nada. Citamos automóviles, ropas, nombres de películas, proyectos pastorales, tantas
cosas... Pero solemos repetir lo mismo sin decir algo diferente. A veces temo que en nuestros centros
pastorales también pasen esas cosas. Lo temo porque ya hace tiempo que inauguramos el siglo del
ocaso de la conversación.
Compruebo que muchos responsables de la pastoral jamás se paran a conversar sin prisas. Y,
cuando lo hacen, citan frases comunes o amontonan sílabas, sin estar ellos allí, porque no se vuelcan
en sus palabras. Cacarean como podrían hacer gárgaras. Al final corriendo, se van a otro charloteo o
a otro sitio donde enhebran cáscaras de sí mismos. Muy pocos se juegan su destino en lo que están
diciendo. Así jamás se llega a prender fuego en el corazón de nadie.
¿Estaremos convirtiendo también nuestros centros en un cementerio de palabras? A veces me
pregunto a mí mismo: ¿Cuánto tiempo hace que no tengo una verdadera conversación pastoral, una
que merezca con razón ese maravilloso nombre? ¿Soy uno más? ¿Tengo diez mil charloteos por cada
conversación que mantengo?. Tal vez nos crucemos con chavales en las escaleras de la parroquia, en
reuniones del centro juvenil, en tantos encuentros y celebraciones y mascullamos esas cuatrocientas
palabras que siempre son las mismas. Al separarnos descubrimos que no hemos entrado en absoluto
en un intercambio personal de jugo evangélico.
Sólo a veces, muy pocas veces, se produce el milagro. Tendríamos que señalarlo en la agenda una
cruz roja como un día importante. En aquellas ocasiones detengamos el reloj y comencemos a hablar
de nuestra vida, sacamos afuera el corazón, pongámosla a la vista y descubramos metas que nos
imanten. Cada vez que esto ocurre, sintamos que salimos de ese encuentro infinitamente más felices
del manjar de la conversación que de la mejor película de cine.
Hablamos mucho, conversamos poco. «Conversar», dice el Diccionario, es «vivir en compañía».
¡Qué doble milagro: vivir y hacerlo en compañía! Santa Teresa decía a sus monjas que fueran
«cuanto más santas, más conversables». Esa palabra no es un invento de la santa de Ávila. Está en
el diccionario. Conversable significa tratable, sociable, comunicable. Sí, un animador de la PV debe
ser precisamente eso: uno con quien da gusto hablar. Por eso hay tan pocos verdaderos
animadores de la Pastoral Vocacional, porque nos hemos vuelto huidizos y desapacibles en las
distancias cortas de la comunicación.
Añadiría el adjetivo «verdadero» a la palabra diálogo, porque ahora se llama diálogo a cualquier
cosa: a las tertulias intrascendentes, a la polémica de vinagre y aguijón, al cruce de frivolidades y
superficialidades, a los monólogos a dúo, al afán de convencer al otro. Diálogo es el encuentro
sereno de dos se encuentran en su verdad. Sólo entonces tiene cabida el evangelio. Diálogo es eso
que ya casi no existe. Se lo tragó la prisa. Lo devoró el exceso de trabajo. Lo enterró la televisión.
Porque el mayor asombro es que, salvo excepciones milagrosas, ya se no conversa ni en familia;
matrimonios, padres e hijos, hermanos discuten o se lanzan evasivas, pero no conversan. Y esto es
casi un suicidio humano. Y, en el fondo, todos gritan lo mismo: la terrible soledad interior de los
adolescentes y jóvenes que tenemos tan cerca, que creemos que están vacíos y que sólo son hombres
pequeñitos con un alma que querrían embarcar en la maravillosa aventura de la vida con la ayuda de
un timonero bueno, veraz, sabio y comprensivo.
Vuestro buen amigo.
Juan Carlos cmf