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Domingo 5 de Cuaresma 29 de marzo de 2009 Jr 31, 31-34. Todos me conocerán, desde el pequeño hasta el grande -oráculo del Señor-. Sal 50. Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Devuélveme la alegría de la salvación. Hb 5, 7-9. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Jn 12. 20-33. Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí. «Quisiéramos ver a Jesús» La llamada puede venirnos de cualquier sitio. La cuestión está en saber detectarla. La escucha Felipe, pero cualquiera de nosotros la puede escuchar: «Quisiéramos ver a Jesús» (Evangelio). ¿Quién quiere ver a Jesús? ¿De dónde proviene esta llamada? Se trata de una llamada muy singular que puede expresar de todo: curiosidad, deseo, admiración, adhesión…, pero a la que hay que encontrar respuesta. Está en nuestra mano ayudar a encontrarlo y verlo. Forma parte del itinerario cuaresmal como profundización en el misterio de Cristo y como tarea habitual de la misión evangelizadora que compartimos como comunidad cristiana. Para ver a Jesús hay algo previo, necesario: los ojos de la fe, expresión de un corazón limpio. En el salmo responsorial hemos pedido: «Oh Dios, crea en mi un corazón puro» (salmo 50). La transparencia, la buena intención, los ojos limpios, como dice Jesús mismo en las bienaventuranzas, son los que hacen posible la visión: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Dejémonos impregnar de esta capacidad fundamental para un cristiano que hace posible el encuentro con Cristo, que nos lleva a conocerle, a amarle. Podemos repetir aspectos de esta misma oración que insisten en lo mismo: «renuévame por dentro con espíritu firme, no me quites tu santo espíritu, devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso». Toda nuestra persona ha de estar dispuesta a acogerle sin poner condiciones y a ofrecerse con total adhesión y disponibilidad. Todo ello implica superar ciertas inercias que con frecuencia son un obstáculo para que nos acerquemos a Él con la franqueza de la amistad. Son fáciles de constatar, aunque más difíciles de erradicar si no contamos con la fuerza interior que nos da su Espíritu. Ya en el Antiguo Testamento, se dice que «el Espíritu de Dios, infundido en el corazón del hombre anuncian los Profetas- hará arraigar en él los mismos sentimientos de justicia y de misericordia que moran en el corazón del Señor (cf. Jr 31,33 y Ez 36,26-27). De este modo, la voluntad de Dios expresada en el Decálogo del Sinaí, podrá enraizarse de manera creativa en el interior del hombre. Este proceso de interiorización conlleva una mayor profundidad y un mayor realismo en la acción social, y hace posible la progresiva universalización de la actitud de justicia y solidaridad, que el pueblo de la Alianza está llamado a realizar con todos los hombres, de todo pueblo y nación» (CDSI, 25). «Querer ver a Jesús» contiene ya de entrada muchas implicaciones y consecuencias. Nadie queda indiferente ante él. En el Evangelio esto se percibe constantemente. «Querer ver a Jesús» tiene que ponernos en disposición de escuchar bien cuál es el sentido de su misión y las consecuencias que conlleva. En encuentro con Jesús muestra su verdadera identidad y se descubre hacia donde se orienta su vida. Hay que escuchar lo que Jesús contesta: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro que si el gran de trigo no muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Evangelio). Esto es lo que Jesús quiere que sepan. Éste es el misterio de su vida que hay que conocer y a partir del cual hay que reorganizar la vida cristiana. Ver a Jesús, conocerle, es aceptar su destino, es aceptar -él y nosotros- la voluntad del Padre, aunque no sea fácil. Esta entrega hasta dar la vida constituye el misterio que quiere que nosotros conozcamos y vivamos, el indescifrable «por qué» de la muerte en cruz. Ver a Jesús será ir descubriendo poco a poco el valor de su entrega por amor. Por esta razón añadirá: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna» (Evangelio). Ésta es la alternativa que nos sitúa ante Jesús y ante los demás, y ante la que hay que tomar una decisión: o el individualismo egoísta que hace de cada uno el centro de todo, o el amor de caridad que conduce hasta la entrega de la propia vida. Jesús conoce la voluntad del Padre y la sigue al pie de la letra porque sabe que de su cumplimiento depende nuestra salvación. Éste es el camino hacia la Pascua que todos estamos invitados a recorrer poniendo nuestra vida al servicio del Evangelio, haciendo de ella una ofrenda constante para el bien de nuestros hermanos y transformando tantas situaciones y estructuras humanas que necesitan estar al servicio de la dignidad humana, reconociendo que todos somos hijos de Dios. Hay que entrar en los sentimientos de Jesús. Él, como hombre, experimenta la dificultad de seguir este camino y expresa con total espontaneidad la agitación que siente en su interior y, sin embargo, da la respuesta decisiva que para nosotros será de lección permanente: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por eso he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre» (Evangelio). ¡Ésta es la respuesta! La Iglesia, haciéndose eco de la radicalidad que supone llegar a dar la propia vida por amor, lo explica de esta forma en su doctrina social: «Téngase presente que, en las múltiples situaciones en las que están en juego exigencias morales fundamentales e irrenunciables, el testimonio cristiano debe ser considerado como un deber fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida, al martirio, en nombre de la caridad y de la dignidad humana. La historia de veinte siglos, incluida la del último, está valiosamente poblada de mártires de la verdad cristiana, testigos de fe, de esperanza y de caridad evangélicas. El martirio es el testimonio de la propia conformación personal con Cristo Crucificado, cuya expresión llega hasta la forma suprema del derramamiento de la propia sangre, según la enseñanza evangélica: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda sólo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24) (CDSI, 570). Nos vamos acercando a la gran celebración del misterio pascual. Lo hacemos ya anticipadamente ahora en la Eucaristía, en la que nos unimos al Señor para vivir su misma entrega y participar de sus mismos sentimientos en el misterio de su muerte y resurrección. También nosotros queremos verle como lo deseaban aquellos griegos que se habían acercado a celebrar la fiesta y, gracias a los discípulos, pudieron acercarse a él y escuchar sus palabras. Hoy nos habla de su «hora», la hora de su glorificación, la hora en la que nosotros podemos entender mejor del misterio de su vida y vivirlo en su plenitud. A Jesús no sólo «le vemos» sino que «nos atrae» hacia él, nos libera del pecado y de todo mal. De esta forma, como nos dice hoy la carta a los Hebreos, «se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna» (2ª lectura). Con él, nos unimos a cuantos en su angustia quieren ser escuchados, para que en todos ellos se haga realidad la verdadera liberación. Jesús pide que le sigamos con actitud de servicio: «El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí estará también mi servidor» (Jn 12,26). Ésta es la promesa que nos anima al seguimiento y nos llena de esperanza.