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DOMINGO XXXII COMENTARIO A LAS LECTURAS P. JORGE PETERSON, OCSO. PRIMERA LECTURA: 2 Mac. 6:1, 7:1-2, 9-14 SEGUNDA LECTURA: 2 Tes. 2:16-3:5 EVANGELIO: Lc. 20 :27-38 "No es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él." Hace pocos días celebramos el día de todos los Santos y el día de oración por nuestros seres queridos difuntos. Hoy la primera lectura y el Evangelio hablan de la esperanza en la vida eterna. La fortaleza de los jóvenes Macabeos es admirable. Ellos no habían conocido a Jesús resucitado. Sin embargo, su fe y esperanza viva en la resurrección eran fuente de su fuerza. En todos los mártires es la fe viva apoyada por una gracia especial que explica su fortaleza delante de los sufrimientos de los perseguidores. En el Evangelio, los saduceos presentaron a Jesús un caso bien irreal, absurdo. Ellos negaban la resurrección. Su pregunta ofreció a Jesús la oportunidad para decir algo sobre la vida del cielo. De hecho Jesús habló poco sobre la vida del cielo. En primer lugar, rechazó la idea simplista de los saduceos: ellos imaginaban la vida de los resucitados como una prolongación de esta vida que conocemos. Pero la vida en el cielo será absolutamente nueva. Por eso la podemos esperar, pero nunca describir o explicar. Es interesante observar las diferentes maneras en que hablamos de la muerte y lo que pasa después. Frecuentemente cuando alguien muere, dicen que "está descansando", o si su vida fue muy sufrida dicen "finalmente está descansando". Parece una existencia demasiado pasiva o aun aburrida. No parece vida, menos la vida en plenitud que Jesús quiere darnos. Otros imaginan un "país de maravillas". Me parece que esto está más cerca de la realidad. Pero todavía es demasiado basado en la vida terrena. No hay referencia a Dios, origen y fuente de toda maravilla. Algunos teólogos hablan de la visión beatifica de Dios. Esto es muy cierto. Es muy cercano a lo que S. Juan escribió: "Seremos semejantes a Él y lo veremos como Él es." Esta visión de Dios se llama "beatifica" precisamente porque es una felicidad inimaginable. A todos nos encanta la belleza; Dios es infinita BELLEZA; la bondad nos atrae; Dios es BONDAD infinita; todos buscamos conocer toda verdad; Dios es la VERDAD en sí misma. No podemos vivir sin amor; buscamos un amor incondicional sin límites. "DIOS ES AMOR” por esencia. Poder contemplarlo cara a cara nos va a llenar con una plenitud que sobrepasa todos nuestros sueños. Podemos soñar como va a ser el cielo, sin embargo, nuestra plenitud final está más allá de cualquier experiencia terrena. Podemos imaginar, esperar y anhelar como el fascinante cumplimiento en Dios de nuestras vidas. S. Agustín captó la profundidad del corazón humano cuando escribió: "Señor, tú nos has creado para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti." Es decir que nuestro corazón anhela lo infinito; nada menos puede llenarlo. S. Ambrosio dijo: "Donde goza el amor, nace la fiesta." Una fiesta de la misericordia y ternura de nuestro Dios para con todos. La fiesta de una creación reconciliada: El Apocalipsis habla de un cielo nuevo y una tierra nueva; allí "Dios secará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor". El anhelo de la amistad entre todas las personas, todos los pueblos, razas, religiones y culturas será realizado. Me parece que les he contado antes de los dos ancianos monjes: Un día estaban conversando sobre cómo iba a ser el cielo. Cada uno hablaba de la plenitud más imaginable posible. Al fin hicieron un acuerdo. El primero que muriera, tendría que volver y decir una de dos palabras: taliter o aliter. (tal cual o diferente). Cuando el primer murió, volvió y dijo: totaliter aliter. Es decir, totalmente diferente. Así S. Pablo tenía razón: "Ningún ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana concibió, lo que Dios preparó para quienes lo aman." Vale la pena esperar algo tan grande. S. Benito nos aconseja: "Anhelar la vida eterna con toda la codicia del espíritu."