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¿Hacia la empresa social? LAVILLE Jean-Louis & NYSSENS Marthe (2001). « ¿Hacia la empresa social? », in LAVILLE Jean-Louis, NYSSENS Marthe & SAJARDO MORENO Antonia (eds.), Economía social y servicios sociales, Ciriec-España, Valencia, pp. 273-282. http://www.jeanlouislaville.net Copyright © Jean-Louis Laville 2009. All rights reserved. Tercera Parte. Conclusiones transversales &HACIA LA EMPRESA SOCIAL? por Jean-Louis Laville y Marthe Nyssens La perspectiva económica ha destacado un doble papel del sector asociativo, el de la innovación social para descifrar las demandas portadoras de retos colectivos y el de la respuesta estructural a las demandas de servicios dotados de una importante componente relacional. Determinadas iniciativas.recientes en el campo de la ayuda a domicilio aparecen de la mano de una diversidad de actores - usuarios, voluntarios, profesionales, etc. - y articulan diversos tipos de recursos económicos, tanto mercantiles como no mercantiles y monetarios. Es particularmente el caso de las empresas de Economía Social en Québec, las cooperativas sociales en Italia o incluso las iniciativas asociativas recientes en Francia o en Bélgica. Estas dinámicas remiten al modelo de la "empresa social" tal y como se ha puesto de manifiesto en las investigaciones europeas. Según éstas, la empresa social [Borzaga, Defourny, 20011parte de una iniciativa procedente de un grupo de ciudadanos que integra una dimensión de servicio ampliada y que alcanza hasta la comunidad local, pese a poner el acento en el elevado grado de autonomía y los riesgos propios de una actividad continuada de producción. El término genérico de empresa social no supone una ruptura en relación a las asociaciones aunque sí una inflexión y una ampliación de las formas posibles. Se destacan determinadas características de las dinámicas asociativas contemporáneas. La empresa social aparece como portadora de una lógica de diversificación de corrientes [Laville, Nyssens, 20011. Pese a desarrollar intercambios mercantiles, se diferencia de una empresa privada tradicional en que el poder no se basa en la propiedad del capital. También se distinguen de una empresa pública pese a que se benefician, con frecuencia, de subvenciones. Por lo tanto se trata de especificar los procesos de creación y de consolidación que le son propios precisando en qué se diferencia de las asociaciones o de las cooperativas más antiguas. Economía Social y Servicios Sociales Creación, servicios a la colectividad y múltiples partes participantes En la empresa social, el emprendimiento no está supeditado a la expectativa de obtención de beneficio sobre la inversión, como es el caso en la sociedad de capitales. La determinación de los objetivos tampoco es el resultado de una decisión tomada por los representantes dentro del marco de la democracia representativa, como es el caso de los servicios públicos. Además ya no es la satisfacción de los intereses de una categoría homogénea lo que está en juego, como ocurre en numerosas asociaciones o cooperativas. La empresa social es considerada de interés general por su finalidad de servicio a la colectividad, entendida como la búsqueda explícita de externalidades colectivas positivas y de referencia a la justicia social. Como se ha podido demostrar en el presente texto, las externalidades se hallan en la base de la cohesión social, de la sanidad pública o incluso del desarrollo local. Cualquier empresa puede generar dichas externalidades pero la originalidad de la empresa social reside en la opción a favor de estas externalidades positivas y de la equidad, constitutiva de la acción económica de los promotores. Si en la empresa privada es posible afirmar, siguiendo a Callon [1999], que "las externalidades positivas desincentivan las inversiones privadas socializando los beneficios", en la empresa social, por el contrario, éstas constituyen un incentivo determinante para los creadores de la actividad. La empresa social se sitúa en la tradición del asociacionismo cívico remontándose al siglo XIX, pese a testimoniar una inflexión del mismo. En efecto, esta dimensión cívica se expresa menos por un movimiento social que por una crítica en actos en los que toma la forma de una actividad económica que se rige a partir de valores y de reglas diferentes a las existentes en otros servicios, privados y públicos. La acción colectiva no constituye una referencia en el modelo del movimiento social. El cambio institucional que se observa no pasa tanto por una estructuración, más o menos jerarquizada, inherente a las expresiones reivindicativas que pretenden mostrar su capacidad de movilización, como por una acción local que pretende probar sus buenos principios mediante la producción de servicios originales desde el punto de vista de su concepción y de su funcionamiento. Esta es, pues, una de las lecturas que se pueden hacer de la modificación de las formas de compromiso público que privilegian el cambio concreto y limitado en detrimento de las grandes formaciones ideológicas. La actividad en la empresa social no se concibe tanto a partir de una identidad común como a partir de la reflexión y de la gestión colectiva de la Tercera Parte. Conclusiones transversales incertidumbre que suscitan al definirla. La existencia de estructuras con múltiples partes participantes, de las que son miembros a la vez los usuarios, los voluntarios y los trabajadores asalariados [Borzaga, Mittone, 1997; Pestoff, 1995: 152-1 671 es coherente con la provisión de servicios generadores de beneficios colectivos porque les ayuda a delimitar y a mutualizar sus enfoques en entornos complejos. De ahí se desprende la pertinencia de una estructura jurídica que integre a una pluralidad de agentes participantes (usuarios, asalariados, voluntarios, financiadores, etc.). No es casualidad el hecho de que, después de la experiencia pionera de las cooperativas sociales italianas, se hayan gestado numerosas reformas en ese sentido en Bélgica, España, Québec y Francia. Como las legislaciones anteriores de la asociación y de la cooperativa dificultaban la integración de diferentes agentes participantes en torno a un objeto común, en Italia, la Ley de 1991 confirió un estatuto nacional a las cooperativas sociales cuyo objetivo era "el interés general de la comunidad para la promoción humana y la integración social de los ciudadanos". Esta ley, que fue debatida durante casi una década antes de ser votada, legitima la finalidad de solidaridad propia de estas empresas. En Bélgica, una ley de 1995 reconoce las "sociedades de finalidad social" que "no están orientadas al enriquecimiento de sus asociados". Con estructuras como la sociedad anónima de responsabilidad limitada de utilidad pública en Austria, la cooperativa de iniciativa social y la cooperativa de solidaridad social, respectivamente reguladas por las leyes de 1999 y 1998 en España y en Portugal, la cooperativa social en Québec, han aparecido formas de legalización del empresariado social en otros países europeos. En Francia, la cuestión de la necesidad de la creación de un modelo de empresa con fines sociales fue planteada en 1999 por la Ministra de Trabajo y recogida en un informe de actividad [Lipietz, 20001 y en una Ley sobre las sociedades cooperativas de interés colectivo, que fue sometida al voto parlamentario en 2001. Según Sabel [1996], numerosos grupos locales promotores de actividades económicas generan tensiones porque existe una contradicción entre la movilización de los recursos requeridos para el éxito de cada proyecto y el reparto de los frutos del esfuerzo común entre un número reducido de personas que controlan las actividades o que tienen la oportunidad de ser empleadas. Si se admite este análisis, una estructura en la que participan varios sectores estará en condiciones de reducir estas tensiones mediante una propiedad que se va ampliando a diferentes categorías de miembros implicados pese a mantener las características históricas de las organizaciones de Economía Economía Social y Servicios Sociales Social: la constitución de un patrimonio colectivo y la limitación en la distribución de beneficios. La dimensión de servicios a la colectividad hace posible la constitución de una red social promotora cuya composición variable se traduce en la sensibilidad común a un problema considerado como urgente y que llama a la acción. La concepción de la actividad económica parte de la percepción compartida entre las partes implicadas de ausencia de respuesta apropiada al problema que identifican. El empresario a través del que se realiza el proyecto no es en esas condiciones un actor aislado sino, sobre todo, una catalizador que se apoya en un colectivo. Esta combinación entre servicio a la colectividad y red social portadora de un proyecto conduce a cuestionarse sobre las relaciones entre la empresa social y el capital social. Actividad económica y capital social El capital social fue definido por Putnam [1993] como "las características de las organizaciones sociales como las redes, las normas y la confianza que facilitan la coordinación y la cooperación para conseguir el beneficio mutuo". Si la definición resulta demasiado amplia y polisémica, esta expresión ha permitido, sin embargo, poner de manifiesto el papel de los recursos en la actividad económica, que no pueden reducirse ni al capital financiero o físico ni al capital humano. Este capital social, sinónimo de confianza mutua, constituye un recurso económico cuando se integra en el funcionamiento de una empresa añadiendo sus efectos a los recursos financieros y humanos para mejorar la combinación productiva. Todas las formas de empresas son objeto de las políticas destinadas a desarrollar esta cooperación interna. Sin embargo, en la empresa social, el capital social no es sólo importante en el proceso productivo y participa en la determinación de la finalidad productiva. Mientras que en una empresa en manos de los accionistas, la movilización del capital social mejora la rentabilidad del capital, en las empresas sociales esta movilización se cristaliza alrededor del proyecto porque éste comporta una dimensión de servicio a la colectividad. El desarrollo del capital social tanto interna como externamente constituye uno de los objetivos explícitos de la empresa social. Las empresas sociales llevan a cabo prácticas específicas de movilización del capital social que son particularmente apropiadas para la regulación de determinados costes de transacción como los relacionados con la confianza. En efecto, para contrarrestar la aparición de componentes oportunistas Tercera Parte. Conclusiones transversales vinculados a la información fundamentalmente imperfecta en el campo de los servicios a domicilio, el capital social puede participar en la consolidación de la confianza, especialmente entre los usuarios, su entorno y los profesionales. Numerosas estructuras que proporcionan las ayudas a domicilio tienen como primera misión salvaguardar el equilibrio familiar; la intervención profesional aligera las tensiones asociando a las personas mayores y a sus familias en la definición de un proyecto de ayuda. La relación triangular entre la asociación, los usuarios y los asalariados confiere un papel activo a las familias facilitando un momento para la reflexión colectiva incluyendo a los usuarios, voluntarios y profesionales, lo que, por lo demás, no está exento de dificultad. La integración de los usuarios y de los voluntarios, el recurso a las donaciones, el desarrollo de grupos locales son, además, prácticas que han sido posibles gracias a una movilización del capital social que reducen no sólo los costes de transacción sino también los costes de producción. Del capital social al capital civil Uno de los problemas que plantea Putnam [2000: 18-19] es que se superpone a la concepción del capital social como recurso económico, una idea diferente según la cual el capital social está estrechamente vinculado a la corriente civil [Evers, 20011. Ahora bien, "los contactos sociales que afectan a la productividad de los individuos y de los grupos" no se pueden identificar con el compromiso civil porque también pueden desarrollarse en el marco de las relaciones sociales dentro de los espacios privados. Esta confusión puede ser soslayada si se distingue entre el capital social, término más genérico que designa toda red de cooperación, y el capital civil, expresión más precisa reservada a las formas de cooperación basadas en el compromiso voluntario en las "relaciones de asociación" alrededor de las cuales "se pueden cristalizar espacios públicos autónomos" [Habermas, 19921. La caracterización de la empresa social no se agota con su capacidad de movilización del capital social. Mediante la afirmación de un proyecto colectivo en el espacio público la empresa social transforma un capital social en capital civil, del cual es partícipe tanto de su creación y crecimiento como de su reproducción. La gran diferencia con la economía doméstica, informal, sumergida es que la empresa social abre "espacios públicos de proximidad" en el sentido de que permite que las cuestiones emanadas de la esfera privada Economía Social y Servicios Sociales puedan comenzar a ser abordadas desde una esfera pública con unas formas respetuosas con la intimidad de las personas. Ésta favorece una auto-reflexión mediante el debate sobre el tipo de servicio apropiado a las familias que se introducen así como "en el campo discursivo de los aspectos de la conducta social que antes eran intangibles o estaban regulados por las prácticas tradicionales" [Giddens, 1994: 1201. Sobre ello reviste, como otras formas de asociacionismo, "una dimensión del espacio público de las sociedades civiles" [Evers, 2001: 120-1211. Las empresas sociales que producen servicios con la voluntad de promover la igualdad de acceso y una calidad de respuesta a las demandas de los usuarios revelan su creatividad estableciendo espacios susceptibles de servir de mediación entre los profesionales prestatarios y los usuarios. Cuando estas empresas se apoyan en las familias, es para reconfortarlas y no para reforzar el encierro, por ejemplo, de las mujeres que tengan que ocuparse de sus parientes de edad avanzada. Como señalaban Ben-Ner y Van Hoomissen [1991: 519-5491, es el lugar que ocupan los usuarios el determinante para constituir la oferta, tanto si es por iniciativa propia como si es mediante la intervención de profesionales que se han hecho conscientes de las demandas insatisfechas debido a su inmersión en la producción de servicios. Pero lo que es esencial es el paso hacia lógicas funcionales que permitan abordar los servicios a partir del "mundo vivido" de los usuarios, siguiendo la expresión de Habermas. Las empresas sociales se inspiran en los valores de sus promotores que deben afrontar la diversidad de los usuarios. Es considerando las realidades multiformes como la oferta y la demanda pueden ajustarse. La pertenencia de los servicios a los ojos de los usuarios se explica por la relación con las demandas que se establece en Ius estudios de mercado o los estudios de necesidad. Los proyectos se enfrentan, de este modo, a un obstáculo mayor para el surgimiento de los servicios que implican la inmersión en la intimidad del usuario, a saber, la incertidumbre informativa que va más allá de la asimetría informativa y designa la inseguridad fundamental percibida por el usuario. El tercer espacio de mediación, por su condición de espacio público, contribuye a hacer posible una relación de confianza. Por la atención prestada a su expresión, estos proyectos pueden superar los temores de los usuarios de ver a los interventores inmiscuirse en su intimidad y contribuyen, por este motivo a la formalización de demandas muy heterogéneas pese a elaborar la oferta. Practican, de este modo, lo que podría definirse como una construcción colectiva de la oferta y de la demanda. La movilización del capital civil alrededor de este tipo de proyectos permite muy a menudo, en los servicios a las personas mayores, identificar mejor las Tercera Parte. Conclusiones transversales demandas colectivas latentes. Lo determinante es el compromiso personal más allá de las pertenencias individuales porque es la relación de los órdenes y de las lógicas habitualmente separados la que desplaza los problemas, permite abordarlos de forma diferenciada y pone al día otras potencialidades. Antes de reunir a un partenariado interinstitucional, lo más decisivo es el carácter autónomo del espacio público de proximidad. Por lo demás, la existencia de empresas sociales no se reserva a los territorios en los que ya existe un capital social constituido. La probabilidad de aparición es evidentemente superior en las regiones que se distinguen por la riqueza del capital social ya constituido, pero las empresas sociales pueden también ser el resultado de reacciones de rechazo ante las relaciones locales bloqueadas por la influencia del clientelismo y afectadas por la pobreza. Así, en los barrios marginales o en las ciudadss en vía de despoblación, las empresas sociales pueden representar una vía de desarrollo difícil de cubrir porque se encuentran con múltiples resistencias pero son portadoras de cambios socioeconómicos fundamentales si no se ven reducidas al silencio por la coalición de los grandes intereses que se les presentan. Dicho de otro modo, las empresas sociales que se apoyan en el capital civil en su fase de emergencia producen efectos que no son solamente internos, sino también externos, porque afectan a la sociedad. Estos efectos tienden a la construcción de espacios públicos de proximidad que son "espacios de socialización y de individualización que permiten la integración social de los individuos" [Eme, 19981. Por el tipo de actividad, las empresas sociales estimulan los vínculos sociales de tipo democrático, incluidos los medios que podrían verse desprovistos, intensificando las redes sociales basadas en los principios de compromiso voluntario, de libertad y de igualdad jurídica entre los miembros. La cuestión de la consolidación La importancia para la sociedad de la empresa social no se agota en el volumen de empleos creados. Reside también en la creación de capital civil que la diferencia de las empresas con ánimo de lucro en las que el capital social es instrumentalizado en una red de maximización de la rentabilidad. La originalidad de la empresa social procede de la articulación de las diferentes relaciones económicas, tanto mercantiles (por medio de la contribución de los usuarios) y no mercantiles (por medio de subvenciones públicas), como también recíprocas (por medio del compromiso voluntario de los miembros en su Economía Social y Servicios Sociales creación). En efecto, la movilización del capital social revela una lógica propia que es la de la reciprocidad, es decir, la del intercambio en el que la circulación de servicios no tiene sentido si no es con la voluntad de manifestar un vínculo social y una comprensión mutua. Pero, al contrario de lo que algunos podrían pensar, la empresa social no se limita a identificar las demandas y generar innovación en los servicios sino que está legitimada para institucionalizarse como prestataria incluso cuando la producción de externalidades colectivas puede ser generada por nuevas formas de políticas redistributivas de las que se puedan beneficiar todas las empresas. ¿Cuál es entonces la aptitud en la que debe de inscribirse la movilización del capital civil a lo largo del tiempo? La dinámica recíproca en el espacio público, ¿puede prolongarse más allá de la movilización inicial? Es la cuestión de la institucionalización de la empresa social la que se plantea porque no sólo está orientada a la elaboración de nuevas combinaciones entre la financiación pública y privada sino que busca articularlas con recursos no monetarios que proceden de la implicación de las partes participantes y son una muestra de la confianza entre éstas. A este respecto, la experiencia histórica de las iniciativas de Economía Social confirma que si las características de esta tercera dinámica recíproca se abandonan a lo largo del tiempo, presentan una tendencia a desarrollar manifestaciones de isomorfismo institucional [Enjolras, 1996; Di Maggio, Powell, 19931. Así, a lo largo del tiempo, las cooperativas han ido aproximándose a otras empresas de la economía mercantil y las mutuas se han convertido en cuasi-administraciones públicas debido a su integración en el sistema de protección social. Esta trayectoria se traduce en gran parte en una inflexión o una desaparición de su misión inicial. Como las formas anteriores de Economía Social, las empresas sociales pueden estar sujetas a comportamientos oportunistas que conducen al desmoronamiento del capital civil; su competencia es tan probable que la gestión de una empresa social la somete a las contingencias resultantes de su inmersión en la economía mercantil y el contenido de sus interacciones con las políticas públicas puede hacerla dependiente de la financiación resultante de la redistribución. La tensión entre el mantenimiento del capital cívico engendrada por la estructura de los multistakeholders (pluralidad de agentes y participantes) y el isomorfismo institucional es una característica de la consolidación de la empresa social. El futuro depende tanto de las formas de regulación interna adoptadas como de las normas institucionales en las que desempeña su actividad. Tercera Parte. Conclusiones transversales La cuestión fundamental concierne a la coexistencia entre prestatarios privados, públicos y asociativos en este campo y sus interacciones con las políticas públicas. Las formas de regulación, ¿buscan favorecer la uniformización de las iniciativas, tanto si son públicas, privadas, lucrativas o asociativas alrededor de las reglas y de las prácticas impuestas por los actores dominantes, reduciendo al mínimo la libertad de los servicios para explorar las nuevas soluciones? ¿Pretenden instrumentalizar las iniciativas siguiendo los objetivos privilegiados por las políticas públicas aunque sea en términos de recorte de los gastos públicos o de inserción de los trabajadores precarios, por ejemplo, en el marco de las políticas activas? 0, por el contrario, ¿desean las regulaciones reconocer el lugar específico de las empresas sociales? Todas estas cuestiones son objeto del último capítulo.