Download El “señó” José Al amigo, al compañero, a mi padre Gabino Seco

Document related concepts
no text concepts found
Transcript
SALUD EXTREMADURA
5
OPINIÓN
Marzo-Abril de 2009
LA COLMENA
El “señó” José
olía venir los miércoles cuando Lo
veía paseando, unas
veces por Conde de
Barcelona, otras por
la amplia acera de
Sinforiano Madroñero, y en ocasiones
Di e go Al gab a
llegaba hasta el cenMansill a
tro de Salud de la Paz.
Iba ausente con el
recuerdo de una nosAuxiliar
talgia que le atenazaAdministrativo
ba el enjuto cuerpo y
hasta el habla, él que había hablado tanto
y tan alto en época de siembra y de siega,
él que había discutido con vehemencia
sobre precios, plagas y podas.
Un día tuvo que dejar su casa pero lo
que más aflicción le causo fue dejar la tierra, el campo al que iba a diario desde
que fue niño. Ahora las aceitunas de verdeo las coge de un olivo que hay al final
de la avenida María Auxiliadora, y ha
cambiado los serones por unas bolsas de
plástico del Super Sol,
Su hijo le trajo a vivir con él a la ciudad,
aquel hijo al que un día obligo a estudiar
para que no pasase frío en invierno ni
calor en verano. El hijo al que un día
mandó a la ciudad para que se hiciese un
hombre de bien y que ahora enseña matemáticas en un Instituto se casó con Ana,
que trabaja de enfermera en el Infanta
Cristina. Cuando el “señó” José llegó a la
ciudad estuvo bastante tiempo sin salir
de casa, porque, aunque nunca lo reconoció, le daba miedo montarse en el ascensor (el miedo es cosa de mujeres, se decía
en el pueblo), sentía pánico de meterse
en aquel espacio tan reducido pero que
era imprescindible utilizar para salir a la
calle.
- “Solo tiene usted que apretar el botón
donde pone una B grande”, le decía su
S
nuera, para poder bajar los nueve pisos
que lo separan de la calle.
No lo hizo hasta que pasó más de un
mes, no entendía que la calle estuviese
más alejada que el borde del umbral y
que el campo estuviese más lejos que el
fin de la acera, pero un día se decidió a
entrar en el cajón y pulsar el botón, y
desde entonces baja todas las mañanas.
Cuando sale, lo primero que hace es
mirar el cielo para pronosticar el tiempo,
pero dice que este cielo no es aquel cielo
y la nostalgia traslada su pensamiento al
pueblo. Dicen que poco a poco va perdiendo la memoria pero todavía se acuerda del “señó” Antonio, del Cura y de
Sebastián el manijero, a los que echa de
menos; también se acuerda de las gallinas, de la mula y de sus perros
Recuerda cómo en las mañanas de los
domingos de invierno, le gustaba coger el
pan duro que sobraba durante la semana
para picarlo con la navaja recién afilada
después de frotarla repetidamente contra
la piedra, cortaba con la asimetría de las
cosas hechas a mano, pero con la similitud de la costumbre, todas las tiras de
pan que luego pondría en el caldero, en
el aceite de freír los pimientos, el chorizo
rojo y la panceta provocando el júbilo
Al amigo, al compañero, a mi
padre Gabino Seco Cansado
Me pregunto
¿cómo comenzar esta carta?
Hay
tantas
cosas que decirte, tantos momentos buenos
Noelia Seco Ca lvo
que recordar,
tantas adversidades, que la
emoción y la
satisfacción de
tener un padre
como tú me nublan la vista.
Con estas palabras pretendo que
todos reconozcan tu larga Carrera
Profesional; apenas eras un niño, y
ya estabas al servicio del INSS, al
que después acabaste dedicando tu
vida y entregandote en cuerpo y
alma. Nada te importaba; ni tu
tiempo, ni tus horas, para ti el reloj
no existía: amabas tu trabajo.
Con el paso de los años recorriste
varias Áreas de Salud, como
Badajoz, Llerena y Mérida y sé de
muy buena tinta que en todas
dejaste huella, buenos amigos e
incluso parte de tus raíces.
En 2008 decidiste coger tu jubilación en parte por motivos de salud.
No te preocupes porque estás en la
mejor etapa de tu vida, disfrútala
con todos los tuyos, tu esposa, tus
hijos y nietos queremos estar contigo, con tu risa, tu saber estar.
No olvides nunca que te queremos.
Familia Seco Calvo
entre los suyos, ¡padre ha hecho migas!
gritaban los hijos.
Está perdiendo la memoria pero se
acuerda mucho de Carmen, su mujer, y
de cómo en los días de invierno echaba
por las mañanas el brasero, agitando un
cartón para que prendiera el picón y
hacer las brasas, para que luego por la
noche todos se sentaran juntos en la
mesa camilla arropados con la faldilla,
donde regulaban el calor escarbando con
la badila para apartar las cenizas.
Ahora en casa de su hijo nadie se sienta alrededor de la la mesa como hacían
en el pueblo, la calefacción destina a cada
uno un rincón de distintas habitaciones,
donde permanecen absortos
en la pantalla
del ordenador.
Mira al hijo
cuando éste no
le mira, y aunque no se lo
haya
dicho
nunca
con
palabras, pero
muchas con el
gesto, el padre
se siente orgulloso de él, se
siente orgulloso de que tenga un trabajo
en el que no pasa frío, ni se le agrietan las
manos, y se siente orgulloso de haber
podido mandarlo a estudiar a la ciudad.
El “señó” José callaba con resignación
su descontento por no poder volver a sentir debajo de sus pies los duros terrones
de la tierra recién arada, ni dar las zancadas largas con las botas verdes de agua
saltando los surcos los días de siembra, ni
poder partir la escarcha como un limpio
cristal. Aún conservaba la navaja con la
que cortaba el chorizo encima del pan al
que acompañaba con un tomate que
cogía de la mata para comer sentado
debajo de la higuera; “estos tomates relucientes de la ciudad no son tomates”,
decía.
Su hijo le lleva al pueblo muchos fines
de semana, también en vacaciones. Va a
la tienda de Alejandrillo para que le cuente las novedades de un pueblo sin novedades y a comprar el jabón casero con el
que se lava la cara todas las mañanas
como ha hecho en los últimos treinta
años. Le entristece los pocos conocidos
que van quedando en el pueblo, donde él
siente la seguridad de la lentitud y el
silencio de lo cotidiano tan contrario a
todas las caras anónimas y aceleradas
que ve cada mañana en la ciudad.
El “señó” José no es capaz de hacerse a
la ciudad. Tiene por amigo a un olivo de
la avenida María Auxiliadora; junto a él
pasa la mañana sentado en un banco de
madera mirando los coches y los contenedores de basura de colores que están llenos hasta arriba igual que los camiones
de tomates en el mes de julio.
Dicen que está perdiendo la memoria.
Según el médico la memoria irá cada vez
a menos, y él para vivir lo único que tiene
son los recuerdos, así que se agarra a ellos
pensando en los días que ayudó a parir a
la vaca: recuerda el frescor del rocío en la
cara, el color de la tierra recién arada, el
olor a limpio de Carmen, su mujer, los
domingos por la mañana cuando iban a
misa. Dice su nuera que a partir de mañana un hombre ira con él todos los días al
parque para acompañarlo.
Sentado en el banco de madera ve
cómo los coches pasan a toda velocidad
por la carretera mientras piensa que a él
solo le queda la lentitud de su memoria
para vivir los cada vez más difuminados
recuerdos, mientras escucha el permanente sonido de los engranajes de la tierra girar sin compasión.
Para Manuel Caballero,director del Hospital
San Antonio de D.Benito
¡Don Manuel, buenos días!,
Pausa,
-¡Buenos
días,
Don
Valentín!
- ¿Cómo va la cosa?
-Tirando que ya es algo
¡cuénteme usted!.
Después de esta formalidad
Manuel Caballero
jocosa, a modo de introducción protocolaria, iniciábamos el asunto que nos preocupaba en ese momento
Mira Manolo, necesito tal o
cual cosa…, mírame esto…., cómo sigue
doña Luisa, necesito un alta de T-1 a T-2,
en la facturación del mes pasado …
Daba igual lo que fuera, a los cinco minutos de colgar, la respuesta estaba al otro
lado del teléfono. ¡Un tipo cojonudo!
Siempre apostaste por el modelo que un
día del 2004 alguien te fue a vender. No te
importó tirar paredes y estructuras para
levantar ilusión y una nueva manera de
ver y hacer las cosas.
Viste la oportunidad de cambiar el enfoque hacia lo sociosanitario. Me imagino
que tus peleas con el Patronato fueron
duras, sobre todo cuando les decías que
las reformas a emprender, en lo que al edificio se refiere, debían tener en cuenta lo
de la calidez de las instalaciones, los colores pastel, el Office y tantas otras cosas.
Recuerdo a la Madre, la cara que ponía
cuando le decía lo de las cortinas, la mesita de camilla, y la tuya de ¡cállate y no me
la cabrees que ya la tengo casi convencida!.
A pesar de todo, lo montas, queda bien y
encima vas y te acreditas en Calidad ¡El
primer Hospital de Extremadura!
El otro día estuve en tu Hospital, hablé
con la Madre, tu no estabas….
¡Don Manuel buenos días!, Pausa, silencio.
¡Qué putada Manolo!
Donde quiera que estés gracias por tu
amistad y por tu buen hacer y sentir:
amigo.