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Confianza y abandono filial en el Padre. María Ana se deja guiar por la mano amorosa de Dios y confía todo a su Providencia. Esta confianza la acompañó en todas las empresas e iniciativas y en todas las dificultades que tuvo que afrontar. Decía: “ Ten fe, que Dios cuida de los pajarillos y no permitirá que obrando por Él al hacer la caridad, mueran sus esposas por falta de sustento. Hay que dar a quien lo precise, hasta que no tengamos” En camino como Francisco y María Ana Canto: Siempre tendré mis ojos puestos en el Señor Humildad y sencillez. Dotada de cualidades que la capacitaban para ser una persona brillante, María Ana prefirió escoger la vida pobre y humilde en el espíritu de Francisco de Asís. Vivió y actúo movida siempre por este espíritu. Su humildad llegó a tal punto que respondía con humilde y dulce sonrisa a los insultos y desprecios, sin perder la serenidad, y decía: “ Más dijeron de nuestro Señor Jesucristo, y además, todo lo merezco” Canto: Siempre tendré mis ojos puestos en el Señor En este marco, la oración adquiere carácter de mediación prioritaria en nuestra espiritualidad. Pero no sólo: las personas, los acontecimientos, las criaturas, la vida ordinaria, constituyen ocasión de encuentro con el Padre: “Nos situamos ante la realidad con mirada limpia y contemplativa como María Ana , que oraba: “Dame Dios mío, un corazón limpio acompañado de recta intención” (C 86) Canto: Siempre tendré mis ojos Padre nuestro…. Canto final: Dios pensó en ti, (1ª y 2ª estrofas) Día 3º Orantes y contemplativas en la vida experiencia de vida. Al adentrarnos en su vida descubrimos que en ella la oración ocupa un lugar preeminente. Es el secreto de su persona, la fuente donde bebe. Sobre ella construye su vida evangélica y en ella hunde sus raíces el amor que caracteriza toda su existencia. La plegaria de Francisco: “Dios mío y todas las cosas”, la hizo suya, convirtiendo su vida en una oración continuada al desplegar todo lo que era, tenía y hacía ante la mirada de Dios: “Siempre tendré mis ojos puestos en el Señor” Este empeño por caminar en su presencia, es lo que hizo de ella una continua buscadora de Dios, peregrina del Absoluto, que rastreaba la vida y los acontecimientos para encontrar en ellos la voluntad de Dios y saciar su sed de totalidad Canto: Siempre tendré mis ojos puestos en el Señor La experiencia orante de María Ana se sustentó sobre : Una fe inquebrantable. La fe fue para ella “el faro que alumbró su camino…” y “el móvil de todos sus actos”. Repetía : ”Tú eres mi Dios y en todo cuanto hiciere atenderé siempre a tu gloria” “Cúmplase, Señor tu voluntad…” Canto: Siempre tendré mis ojos puestos en el Señor Amor entrañable a Dios y al hermano. Cautivada por el amor de Dios , María Ana va percibiendo, poco a poco, que sólo Él es el único digno de ser amado sobre todas las cosas. Pedía constantemente: “Dame la sabiduría para poderos conocer y amar” La contemplación del rostro amoroso de Dios la llevó a descubrir y contemplar el rostro contrahecho del hermano, con quien Él se identifica y a quien María Ana se entrega sin reserva. Oraba con frecuencia: “Señor, me has enseñado a creer bien, enséñame también a obrar bien. ¿De qué aprovecha la fe sin obras?” Canto: Siempre tendré mis ojos puestos en el Señor Con limpio corazón y mente pura Lect.1. “Donde quiera y en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, los Hermanos y las Hermanas crean sincera y humildemente, y tengan en el corazón, y amen , honren, adoren y sirvan, alaben, bendigan y glorifiquen al Altísimo y Sumo Dios Eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y adórenle con corazón puro, porque es necesario orar de continuo y sin desfallecer, ya que tales adoradores busca el Padre” (TOR 9). Lect. 2. Si preguntásemos a Francisco qué podemos hacer para cambiar El primado de Dios en Francisco y María Ana nuestro corazón, cómo sentir la seducción por Dios, qué hemos de hacer para vivir espiritualmente..., su respuesta sería ésta: acoger, retener en el corazón la palabra de Dios y dejarla que eche raíces y dé fruto. La purificación del corazón por medio de la Palabra, conduce a que sea posible el “servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con limpio corazón y mente pura”, que es lo que el Señor “busca por encima de todo” (Pausa) - “Francisco preguntó a León: - ¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón? - Es no tener ninguna falta, contestó León sin dudarlo. - Entonces comprendo tu tristeza ... Ah, hermano León; créeme, contestó Francisco, no te preocupes por la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es. El todo santidad. Dale gracias por Él mismo. Es eso mismo, hermano, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador, es un sentimiento todavía humano, demasiado humano ... El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad” ( Sabiduría de un pobre, 129) Canto: Alabado seas mi Señor Música y silencio… La oración y la vida en María Ana están tan íntimamente relacionadas entre sí, que no podemos hablar de su oración sin tomar en consideración su Ambientación (Se coloca la luz junto a la Palabra mientras cantamos o escuchamos el canto de entrada) Canto: Señor, enséñanos a orar Reflexión ‛‛¿Quién eres tú, Dios, y quién soy yo?”. Las vidas de Francisco y María Ana están marcadas por las constantes búsquedas y preguntas que les llevaron al encuentro y la relación personal con Dios: “Señor, ¿qué quieres que yo haga? En este proceso de preguntas y búsquedas van intuyendo que su camino es ser seguidores de Jesús y de su Palabra evangélica. La espiritualidad Franciscana implica una voluntad de relación incesante y personalizada con Dios y de seguimiento de la vida de Jesús, mediante la escucha y lectura de su Palabra Como franciscanas, nos sentimos llamadas a ser signos de la presencia amorosa y salvadora de Dios en nuestro mundo. A tener una mirada contemplativa, viviendo la confianza en “Dios Providente, Todo Bien, Sumo Bien”. A ser mujeres profundamente creyentes, para ofrecer a nuestra sociedad lo más característico de nuestro ser, el testimonio de trascendencia, la experiencia del Absoluto y la dimensión mística de la vida. (Cf. PGF nº 9) De Francisco y María Ana hemos heredado, el anhelo de Dios, la pasión por buscarlo, conocerlo, amarlo y servirlo. “Tener la mente y el corazón vueltos a Dios”(1R 22,19), “...queremos ante todo , buscar, amar y alabar, a Quien nos amó y eligió…” (C 69) Esta es la tarea primera y principal de todo seguidor de Francisco, ésta es la opción que fundamenta y clarifica las demás opciones que ha de hacer en su vida. “Alabanzas al Dios Altísimo” Lect. 1.- Las alabanzas al Dios altísimo son la profesión de fe de Francisco. Veinticuatro veces se escuchan estas dos palabras: Tú eres. Francisco ha roto su propio cerco, no está centrado en sí mismo, sólo ve al Otro, el Tú, de quien intenta sugerir, en un balbuceo repetitivo, la inagotable plenitud de ser y de vida. Realmente Dios es el todo para Francisco; su única y verdadera riqueza. Así lo proclaman estas alabanzas que de su puño y letra escribió para el hermano León, su fiel discípulo. No hay en esta oración ninguna petición, ninguna acción de gracias; en resumen, ninguna mirada sobre sí, sólo unos ojos maravillados por el esplendor de Aquel a quien contempla. Todo se termina y se recoge en la infinita misericordia de Aquel que no vino para condenar, sino para salvar: misericordioso Salvador. Lect. 2.- En su propia vida y en la orientación espiritual de las Hermanas, María Ana concede importancia radical al cultivo de la vinculación personal en fe y amor con el Altísimo Señor, Todo Bien, Sumo Bien, Uno y Trino, al que llama “Providente, Eterno Padre, Bondad inmensa”, fuente de gozo, referencia y principio vital, Señor del cielo y de la tierra, al que pedimos insistentemente se cumpla su voluntad, esa voluntad que merece todo su amor, pues querer al Señor implica querer su querer: “No amar otra cosa sino a Ti y a tu santa voluntad”. Dejemos que en nuestro interior resuenen estos nombres, que en nosotras afloren experiencias de salvación, al tiempo que dirigimos nuestra mirada, con un corazón puro, a quien es: Dios omnipotente, misericordioso Salvador. (Recitamos a dos coros. Al final dejamos un tiempo de silencio y hacemos oración de resonancia) Antíf.: Tú eres el bien, todo bien, sumo bien. Señor Dios, vivo y verdadero. Tú eres el santo, Señor Dios único, el que haces maravillas. Tú eres el fuerte, tú eres el grande, tú eres el altísimo, Tú eres el rey omnipotente; tú, Padre Santo, rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses. Antíf.: Tú eres el bien, todo bien, sumo bien. Señor Dios, vivo y verdadero. Tú eres el amor, la caridad, tú eres la sabiduría, tú eres la humildad. Tú eres la paciencia, tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre. Tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, Tú eres la justicia, tú eres la templanza, Tú eres toda nuestra riqueza a saciedad. Antíf.: Tú eres el bien, todo bien, sumo bien. Señor Dios, vivo y verdadero. Tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre, tú eres el protector. Tú eres nuestro custodio y defensor, tú eres la fortaleza, Tú eres el refrigerio. Tú eres nuestra esperanza, tú eres nuestra fe, tú eres nuestra caridad. Tú eres toda nuestra dulzura, tú eres nuestra vida eterna. Todas: ¡Grande y admirable Señor, omnipotente Dios misericordioso Salvador! Antíf.: Tú eres el bien, todo bien, sumo bien. Señor Dios, vivo y verdadero. (oración de resonancia)