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Dios nos pude liberar de todo tipo de muerte como liberó a su pueblo de Babilonia con la
fuerza de su Espíritu: “Yo abriré vuestros sepulcros” (Ez 37,12). El cristiano ha recibido el
Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (Rm 8,11) y que es quien garantiza la
resurrección de Lázaro. Esta es un anuncio de la victoria de Cristo sobre la muerte (Jn 11,43).
MIRA, SEÑOR,
AQUELLOS A QUIENES TÚ AMAS ESTÁN ENFERMOS.
Estamos enfermos, Señor, no nos encontramos bien en la vida:
a veces nos duele el cuerpo,
a veces, casi siempre, nos duele el alma
y, con frecuencia, nos fallan las fuerzas.
Tropezamos y perdemos las esperanzas
porque nos falta el empuje del amor
que nos ayude a llevar una vida entregada y justa.
Mira nuestra parroquia, nuestra comunidad de creyentes,
contempla nuestra ciudad, observa el mundo entero:
filas de gente que va y viene,
algunos, con el bolso lleno y el corazón vacío;
otros, con el corazón lleno y los bolsillos vacíos;
muchos, con la cartera y el corazón vacíos.
MIRA, SEÑOR,
AQUELLOS A QUIENES TÚ AMAS ESTÁN ENFERMOS.
No hay paz en el mundo, no hay paz en nuestras vidas,
porque nos hemos olvidado de la justicia.
No hay libertad en el mundo,
no vivimos la libertad de los ‘hijos de Dios’,
porque no hemos descubierto que tu ley es una ley de libertad
que hace libres a las personas;
porque no hemos descubierto que la verdad nos hace libres
y andamos entre engaños y ocultamientos.
MIRA, SEÑOR,
AQUELLOS A QUIENES TÚ AMAS ESTÁN ENFERMOS.
Necesitamos que nuestro dolor y nuestra muerte se transformen en vida.
Creemos en ti, y, por eso, estamos llamados a ver la gloria de Dios.
Aumenta nuestra fe, Señor,
para que sean posibles en nosotros
todas las maravillas de las que nos has hablado el Evangelio.
GRACIAS, PADRE, PORQUE SIEMPRE NOS ESCUCHAS.