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Notas espirituales de J.E. Anizan en el frente de Verdún
Noviembre – diciembre 1915
Correspondencia con Cristo
11 de noviembre
Me siento empujado a escribir, cosa que me gusta poco, pues los sentimientos del corazón piden
silencio y secreto. Aunque, releer lo que Cristo me inspira me hará mucho bien, y, además, escribir me
inflama más el corazón. Por otro lado, este pequeño cuaderno quedará entre Dios y yo.
Aún estoy demasiado apegado a las criaturas y no lo suficiente a Dios en exclusividad, como me
gustaría. ¿Cómo hacer? Rezo mucho y, a menudo, con ese fin. Debería actuar también mortificándome
más, ejerciéndome en el desprendimiento. A Dios rogando y con el mazo dando. Pero, ¡cuán débil soy
para actuar! ¡Dios mío, venid en mi ayuda! Haced todo lo que yo no puedo hacer por mí mismo, o
dadme las fuerzas necesarias para lograr lo que vos queréis.
¡Quam sordet tellus cum coelum aspicio! ¡Pobre humanidad, cuántas taras de todo género! La guerra
nos las revela enromes y numerosas. Pero, sin buscarlas en los demás, cuántas encuentro en mí mismo.
¡Qué contraste entre este inmenso dedeo de pertenecer a Dios por entero y esos apegos de los que no
me logro desprender!
17 de noviembre
¿Hay que arrancar lo que quizás Dios ha formado?
¡Cuántos corazones sufren en el pueblo, entre los pequeños, los abandonados, los solitarios! También
ellos tienen un corazón, también necesitan afecto y sostén. ¡Cuántas veces he sentido el deseo de amar
a los que nadie ama, aquellos que no despiertan atracción alguna y que tanto sufren por la indiferencia
universal hacia ellos! ¿Acaso no tienen también necesidad de este alimento del corazón? ¿No me ha
dado Dios la vocación de amarles?
Sí, les pertenezco y quiero amarles. Pero, en Dios, al tiempo que sinceramente por ellos mismos. Lo
importante es que sea de carácter sobrenatural, por Dios y por el bien de las almas, para llevarlas al
cielo. Cómo desearía ser, para todos los abandonados, el puente que sirva a Dios para entrar en su
corazón, y que les sirva a ellos para ir a Dios.
Tengo que cuidar de no atraerles a mi como si yo fuera el fin, yo solo soy el medio para que se
acerquen Dios. Eso es lo que voy a trabajar en mi y en eso consistirá mi oración.
Existe la caridad del corazón tanto como la del cuerpo. Hay que dar las dos, pero como Dios lo desea y
por El. De esa forma amaré verdaderamente a los que conozco y que están solos, amaré también a los
que no conozco, les probaré mi dedicación rogando por ellos y pidiendo para ellos la gracia y el cielo.
He meditado sobre la puerta por la que se llega al cielo. Nuestro Señor ha revelado que es la puerta
estrecha, difícil, o, más bien, montañoso, rudo penoso. El camino ancho, fácil, feliz aquí abajo, es el
camino de la perdición.
De hecho, recordando los detalles de la vida de algunos santos que conozco, veo siempre pruebas,
penas, mortificaciones voluntarias, que convertían su vida en algo penoso y rudo. El gran Maestro, el
gran modelo, nuestro Señor, llevó una vida penosa, pobre, despreciada, dolorosa. ¿Y su Pasión? He
ahí el camino del cielo. ¿Cómo no comprendo mejor que todas las pruebas, penas, sufrimientos que he
encontrado y que encuentro en el camino de la vida, son precisamente las que trazan el camino hacia
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el cielo? ¿Acaso voy a desear perder la felicidad eterna por tener alegrías aquí abajo, por una vida
tranquila y feliz? No. Debo, como los santos, hacer de manera voluntaria mi vida más ruda y más
sufriente, adelantándome a los cansancios, al mal, imponiéndome mortificaciones, privaciones, etc.
Debo valorar el precio de las pruebas. Todo eso es el precio del cielo, es la buena vía, la segura.
¡Euge!
Diciembre
Desde hace tiempo, ansío escuchar la voz de Dios. Siento que esa es la verdadera luz que tanto
necesito. ¡Es todo tan tenebroso a mi alrededor y en mí mismo!
Por la fe, sé que Dios dirige todos los acontecimientos, que hace que todo redunde en bien de los que
le aman. Pero ¿le amo yo como debería? Al menos no como desearía. Sí, desearía amar a Dios con un
amor soberano, desearía pensar, sentir, actuar como Jesucristo pensaba, sentía, actuaba. Querría
comprender el pecado, estar convencido de que todo aquí abajo es nada fuera de Dios, querría tener un
poco el sentimiento de la eternidad bienaventurada para la que estoy hecho. Desearía ver las cosas
como los santos, caminar aquí bajo como ellos. ¡Ah!, ¡si yo pudiera aportar a las almas las luces que
ellos aportaron!
Cuántas veces he envidiado cómo San Francisco de Asís amaba a Dios, el desprecio que San Benito
Labre tenía por las cosas de aquí abajo, su extraordinaria dedicación a la Eucaristía, el conocimiento y
la predilección del querido M. Bellanger por la Santísima Virgen, la mortificación del Cura de Ars,
etc., etc. Pero, para llegar hasta donde llegaron, ¡cuántas luces recibieron de lo alto! ¡Qué lejos estoy
de todos ellos! Y, sin embargo, hace tanto tiempo que suspiro, y he repetido tantas veces: “¡Da mihi
intellectum!” ¡Lo repito sin cesar, multiplico los Veni Creator!
Esta mañana, he dado con el texto de la Imitación tan apropiado a mis aspiraciones: “¡Que no sea
Moisés quien me hable sino vos, Señor Dios mío, que sois la verdad eterna!... ¡Habladme, no solo para
consolar algo mi alma y corregir mi vida entera, sino también por el honor, la alabanza y la gloria
eterna de vuestro santo nombre!”
Es la aspiración que me atormenta desde hace tiempo. Voy a repetir esta oración, acompañarla con
otras oraciones semejantes. Dios mío, vos sabéis cuánto necesito vuestra luz, cómo me atormenta el
deseo de verla. Sé que solo vos podéis dármela, los libros ya no me atraen. ¡Loquera Domine quia
audit. Servís tuus!
22 de diciembre
Dios sabe lo que hace, nosotros no lo sabemos. El quiere que nos pongamos en sus manos con
confianza. ¡Cuántas inquietudes vanas, cuántas preocupaciones sin sentido! Dios ha tenido cuidado de
avisarnos en el Evangelio que ni un solo cabello de nuestra cabeza cae sin su permiso, sabemos que
nos ama, que todo redunda en beneficio de los que le aman, y que, tanto en los acontecimientos
públicos como en las peripecias de nuestra vida personal, no hay lugar para la angustia o la inquietud.
Ha sido mi historia en muchos momentos de mi vida. ¿Quién me dará la confianza y el abandono de
las almas de Dios, de las que tienen una verdadera fe? He predicado esa confianza, mil veces he estado
convencido de ella, pero me he dejado llevar por la inquietud. Y sin embargo, en ciertos momentos he
comprendido y saboreado el salmo “Dominus regit me et nihil mihi déérit”. ¡Pobre naturaleza humana,
débil, inconstante, llena de contradicciones! He leído y releído el pequeño tratado sobre el Abandono
en la Providencia divina. Lo entiendo y comparto sus puntos de vista cada vez que lo leo. Pero, no será
con mi pobre espíritu, con mi pobre buena voluntad como llegaré a la constancia del abandono, solo lo
lograré con la gracia de Dios. Hay que orar y orar, orar continuamente. Solo ahí está la luz y la
salvación. Sí, Dominus regit me et nihil mihi deerit.
Dios mío, gravad esta convicción en mí, para que nunca se eclipse.
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