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Homilía Santo Ecce Homo 2015
Monseñor Oscar José Vélez I., c.m.f.
Obispo de Valledupar.
Hebreos 12, 1-3
Salmo 42(41), 1-12
Juan 19, 1-16
Amados hermanos:
Nos encontramos, como todos los años, cumpliendo esta cita con el Santo Ecce Homo,
patrono de nuestra ciudad de Valledupar. Venimos para darle gracias por todos los
beneficios recibidos personal o socialmente de sus manos bondadosas. Venimos
también para presentarle una vez más nuestras pobrezas y necesidades. Pero
venimos, sobre todo, para renovar nuestra fe en El.
El evangelista San Juan (12, 20-33), en uno de los relatos previos a la pasión, nos
presenta un grupo de no judíos, concretamente griegos, que, llegados a Jerusalén para
las fiestas de la pascua, le hacen una solicitud al apóstol Felipe: “Queremos ver a
Jesús”. No conocemos el motivo que los llevó a esto. Pudo ser la curiosidad al escuchar
los prodigios que hacía, entre ellos la resurrección de Lázaro, recientemente acaecida,
o pudo ser también el anhelo de escuchar sus sabias enseñanzas, pues los griegos son
muy amigos de la filosofía y la sabiduría, pudo ser también alguna necesidad personal
que esperan fuera remediada. En todo caso querían verlo. Esta solicitud, como tantas
otras palabras del evangelio, llevan más allá del episodio particular y expresan algo
más universal; revelan un deseo que atraviesa las épocas y las culturas, un deseo
presente en el corazón de tantas personas que han oído hablar de Cristo, pero aún no
lo han encontrado. “Deseo ver a Jesús”, es el anhelo del corazón humano. Y
precisamente en el evangelio que acabamos de escuchar, Pilatos, el Gobernador
romano, presenta a Jesús a la gente diciéndoles: “Ecce Homo”, es decir, “Este es el
hombre”. También esta expresión supera el episodio particular. Pilatos presenta a un
hombre masacrado: Coronado de espinas, azotado, escupido, semidesnudo, que ha
sufrido toda una noche de improperios y vejaciones por parte de los soldados
romanos. Cuando los griegos querían verlo, Jesús anunció de inmediato lo que le
esperaba: la pasión dolorosa, tenía que ser levantado en lo alto para atraer a todos
hacia él; pero al mismo tiempo predijo el sentido de todo: “Si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, no puede dar fruto, pero si muere dará mucho fruto”.
Al presentar Pilatos a Jesús, diciendo “Ecce Homo”, ya empieza a ser levantado en lo
alto. Todos lo miran. Unos se compadecen de su dolor, otros, en cambio, piden su
condena a muerte. Como dice el Profeta Isaías: “muchos se horrorizaron de él, pues
tan desfigurado estaba que ya ni parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así
también muchos se admirarán de Él…” (Is 52, 13-15). Es un varón de dolores que
carga sobre sí el sufrimiento de la humanidad entera. Pero, por esas paradojas divinas,
frecuentes en la Biblia, su muerte será la que nos dará vida a todos. La hora de la cruz,
la más oscura de la historia se torna en el más radiante resplandor, es el manantial de
salvación para todos los que miran a Jesús y creen en El. Es en la cruz donde
entendemos de verdad hasta donde ha llegado el amor de Dios por nosotros y no
simplemente en las palabras sabias de Jesús ni en sus hechos prodigiosos. Por eso, al
ser levantado en lo alto, en el árbol de la cruz, vemos que sus brazos se abren para
acogernos sin condiciones. En estos días leía: “No fueron los clavos los que
mantuvieron a Jesús en la cruz, fue su amor”. La Semana Santa y particularmente este
día es tiempo propicio para mirarlo, para entender lo que lo llevó a aceptar un
sufrimiento tan terrible y para ubicarnos bajo la cruz y poder recibir su sangre que
lava nuestros pecados y sana nuestras heridas más dolorosas y profundas. La carta a
los hebreos, que hemos escuchado nos invita tener “fijos los ojos en Jesús, autor y
consumador de nuestra fe”.
Los griegos que querían ver a Jesús, representan a la humanidad de todas las épocas
que busca a Dios, muchas veces sin saberlo ni denominarlo de esta manera. El salmo
(42) que hemos proclamado, lo expresa hermosamente: “Como busca la cierva
corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios vivo,
¿cuándo llegaré a ver el rostro de Dios?”. En todas las religiones y filosofías el hombre
está buscando a Dios. La novedad en el cristianismo es que Dios ha venido a buscar al
hombre. También nosotros queremos ver el rostro del Dios hecho hombre aunque no
lo pensemos de manera expresa o aunque lo neguemos de manera tajante. Todo
hombre anhela la felicidad sin sombras ni amenazas, el amor, la verdad… Y aunque en
nuestra vida encontramos momentos y migajas de todo esto, sin embargo, nada de
ello termina por llenar nuestro corazón. Es que, aún sin saberlo, no buscamos algo
sino a Alguien. El Papa emérito Benedicto XVI, decía: “La felicidad que deseamos y de
la cual tenemos derecho a gozar tiene un nombre y un rostro: el de Jesús de Nazaret”.
“San Agustín de Hipona, buscador insaciable de la felicidad (y de la verdad), luego de
haber andado muchos caminos morales, filosóficos, (afectivos), económicos y
religiosos confiesa: “tarde te encontré, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te
amé… Te buscaba lejos y estabas muy dentro de mí”. Y, en otro lugar: “nos hiciste,
Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”
Todos los seres humanos desean ver a Jesús, porque en él encontramos nuestro
verdadero rostro. El Padre Dios nos creó mirando a su Hijo. Por eso, aunque la
humanidad conozca épocas en que le da la espalda, tarde o temprano vuelve a Él,
como en la parábola del hijo pródigo. Es que sólo podemos reconstruir nuestro rostro
desfigurado por el pecado, reconstruyéndonos en Jesús. El bautismo, no es otra cosa
que sumergirnos en Cristo para reencontrarnos con nuestro verdadero ser y hacer de
la vida todo un proyecto de ir creciendo en Cristo. En el 2015 precisamente
celebramos en nuestra Diócesis el año del bautismo y la confirmación. Tenemos como
lema: “Nacidos y renacidos del agua y del espíritu compartimos la alegría del
evangelio”.
Algún filósofo (Sartre) del siglo pasado, decía, refiriéndose a esa condición insaciable
del ser humano: “El hombre es una pasión inútil”; es decir, un buscador de algo o de
alguien a quien nunca va a encontrar porque simplemente no existe. Nosotros, en
cambio, por la fe sabemos que no lo buscaríamos si Él no hubiera salido ya a nuestro
encuentro, si Él, al crearnos, no hubiera dejado una huella, un vacío en nosotros para
que vayamos tras El. La fe es algo que nace del “asombro que surge al encontrar a
alguien que te está esperando”. Existe algo en el corazón del hombre, una apertura,
que el Papa Francisco identifica como una herida. Y esta herida implica el deseo
fundamental de Dios… es una llamada profunda que está inscrita en el corazón del
hombre… Dejémonos encontrar por Jesús. Encontrémonos con él en la Palabra de
Dios, en la vivencia de los sacramentos y en la comunión en su Iglesia.
Hermanos, todos necesitamos ver a Jesús, al Santo Ecce Homo, que es “el Camino, la
verdad y la vida”, el “rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre”. El nos guía
para hallarle sentido a la vida, para aprender a amar de verdad, para encontrar el
camino de la felicidad. Los Obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida (Brasil),
decían: “ Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona;
haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a
conocer con nuestra palabra y obra es nuestro gozo” (DA, 29).
Hermanos queridos, “conocer a Jesús es nuestro gozo” (DA). Verlo a Él y encontrar en
él respuesta a todas nuestras preguntas y sentido a todos nuestros sufrimientos colma
nuestra vida de sentido. Su conocimiento nos lleva a seguirlo, a ir tras sus huellas, a
experimentar su amor que es la mayor gracia que podamos experimentar y así poder
amar como él amó y recibir el encargo de transmitir ese tesoro a tantos que están a la
búsqueda del rostro de Dios. Al mirar hoy al Santo Ecce Homo, supliquémosle que
pose su mirada de amor sobre cada uno de nosotros para que nos sane en
profundidad y nos devuelva la alegría de creer en el amor de Dios y, reconciliándonos
con nosotros mismos podamos también abrir los brazos para reconciliarnos con los
demás y construir un sociedad en paz. Amén.