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“¡Oh gran espíritu que estas en el viento, escúchame!
Déjame contemplar la belleza del alba y de los ocasos
rojos; haz que mis manos maten solamente lo necesario
para vivir.
Haz que yo no sea superior a mis hermanos, y que sepa, si
la ocasión se presenta, combatir con valor, incluso contra
mí mismo... Para que cuando el sol se ponga pueda
cabalgar hacia ti, por las grandes praderas, sin vergüenza”.
Indios iroqueses de Norteamérica.
“Oh Dios de la tierra, mi Señor, tú que estás sobre mí, y yo estoy por
debajo de ti. Si la desgracia me sobreviene, si los árboles me ocultan el sol,
aparta de mí la desgracia. Señor, sé mi amparo. Paso el día suplicándote,
suplicándote paso la noche. Cuando la luna se levante no me abandones;
cuando yo me levanto, no te dejo. Aparta de mí el peligro.
O Dios, mi Señor, Sol de treinta rayos, si el enemigo viene, no dejes matar
a tu gusano sobre la tierra; apártalo. Igual que cuando nosotros vemos un
gusano y si nos complace lo aplastamos o bien lo dejamos vivir; igual que
aplastamos un gusano encontrado sobre el suelo, asimismo, si eso te
complace, al vernos sobre la tierra, aplástanos...
Cuando yo veo a uno o dos hombres, al verlos con los ojos, los conozco; tú,
aunque no veas con los ojos, ves en ti mismo. Un hombre malvado ha
expulsado a todos los hombres de su casa, ha dispersado a los niños y a la
madre como a gallinas. El enemigo malvado ha arrancado a los niños de la
mano de su madre y los ha matado.
Todo esto lo has permitido tú. ¿Por qué lo has hecho? Sólo tú lo sabes. Tú
has hecho crecer los cereales, nos los has hecho ver; el hambriento se
consolaba viéndolos. Cuando el trigo estaba en flor, entonces has enviado
la langosta y los insectos, la langosta y los pájaros. Todo esto ha venido de
tu mano, eres tú quien lo ha hecho. ¿Por qué lo has hecho? Sólo tú lo sabes.
Señor mío, protege a los hombres que te suplican. ... Si no grito hacia ti
desde mi corazón, no me escuchas. Si grito desde el corazón, entonces tú lo
sabes y me escuchas...”
Tribu Gallas, pueblo pastor de Etiopía.
“¡Oh Baiame ! Deja entrar el espíritu de ese hombre en el
cielo. Sálvalo, te lo suplicamos, del lugar de los malvados.
Déjalo entrar en el cielo para andar allí como quiera.
Porque este hombre fue grande en la tierra y siempre fiel a
tus leyes.
Escucha nuestro grito, ¡oh Baiame!, y deja a este hombre
entrar en el país de la belleza, de la riqueza, del reposo.
Porque este hombre fue fiel en la tierra, fiel a las leyes que
tú has proclamado”.
Tribu Waradjuri-kamilaroi-evalayi, de Australia del sur.
“¡Oh Imana! Tú nos has formado y nos has dado todo. El
toro y su hermana vaca, el carnero y su hermana la oveja,
el gallo y su hermana la gallina. Y a todos los animales los
has hecho hermanos y hermanas, para que puedan
multiplicarse y sernos útiles.
Te ofrezco ahora este don de las cosas que tú nos has
dado: tú lo has hecho todo, lo puedes todo, todo es tuyo.
Tú eres bueno, generoso, y nos amas. Escucha pues la
oración de tu hija; ella no tiene hijos, mientras que todo lo
que tú has hecho es capaz de engendrar: concédeme
también a mí ese favor ”.
Oración de una mujer tutsi estéril, África.
“Padre mío que estás en lo alto, nosotros estamos
sentados en tierra con un espíritu y un corazón pobre, y
pedimos tu dulce misericordia sobre nosotros, sobre cada
uno y sobre todos.
Por los méritos de tus hijos, que nos han enseñado la ley
de la casa santa de las ofrendas, que vamos a edificarte
ahora, que podamos hacer esto de tal modo que
obtengamos tu benevolencia y la abundancia de tu espíritu
hasta el final de la fiesta.
Concédenos a todos tu espíritu y tu abundante
misericordia, y haznos ser uno y un mismo espíritu hacia
ti, que nos has formado y has ordenado estas cosas”.
Indios algonquinos arapaho de Norteamérica.
“Sí, yo creo en una potencia a la que llamamos Sila, y que no se puede
expresar con palabras ordinarias. Un espíritu poderoso, conservador del
universo, del tiempo, de toda la vida terrestre, tan poderoso que su palabra
no puede ser oída a través de las palabras ordinarias, sino a través de las
tempestades, las nevadas, las mareas, a través de todas las fuerzas a las que
el hombre teme.
El tiene aún otro modo de revelarse. Cuando en un día soleado, el mar está
en calma o los niños que no entienden nada juegan inocentemente. Los
niños oyen una voz dulce y suave, como una voz de mujer. Les habla en
tono de misterio, pero tan amablemente que no se asustan; entienden
solamente que un peligro está cercano.
Los niños cuentan el hecho muy sencillamente cuando llegan a casa y a
partir de entonces es asunto del exorcista el tomar las medidas que pueden
detener una desgracia que amenaza. Cuando todo va bien, Sila no tiene
nada que señalar a los hombres, desaparece en su infinita nada y permanece
oculto en tanto los hombres no abusen de la vida y respeten el alimento de
cada día.
Nadie ha visto a Sila. Su morada es tan misteriosa que él está, al mismo
tiempo, cerca de nosotros e infinitamente lejos”.
Eskimos, antiquísimo pueblo ártico.
Dame siempre mi cielo azul,
hombre antiguo de rostro iluminado.
Dame una y otra vez mi nube blanca,
alma vieja de cabeza encendida.
Dame siempre tu dorado abrigo,
gran cuchillo de oro por quien
sobre la tierra estamos parados.
Invocación al sol. Indios Pampas. Argentina.
¡Oh, verdadero Padre, Ñamandú, el Primero!
En tu tierra el Ñamandú de gran corazón,
el sol,
se alza reflejando tu gran sabiduría.
Y como tú dispusiste que nosotros,
a quienes diste arcos, nos irguiésemos,
por ello volvimos a estar erguidos.
Y por ello, palabra indestructible,
que nunca, en ningún tiempo se debilitará,
nosotros, puñado de huérfanos del paraíso,
la repetimos al levantarnos.
Por eso, séanos permitido
levantarnos repetidas veces,
¡oh, verdadero Padre, Ñamandú, el Primero!
Oración al Creador. Guaraníes. Paraguay.