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«… y los Estados Unidos, que parecen
destinados por la Providencia para plagar la América de
miserias a nombre de la libertad…»
Simón Bolívar, 1829
1
TOMO IV
1946-1990
Selser, Gregorio
Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina / Gregorio Selser
5 vols.
Incluye dvd
ISBN 978-607-7798-30-9
1. América Latina-Historia- Relaciones Exteriores
2. América Latina-Historia-Cronología, 1776-1990.
F1415 S45
Cronología de las intervenciones extranjeras
en América Latina, tomo IV, de Gregorio Selser
D.R. © Universidad Nacional Autónoma de México,
Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y
Humanidades, Torre II de Humanidades 4º piso, Circuito
Interior, Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán,
C.P. 04510, México, Distrito Federal.
D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México,
Av. División del Norte número 906, Colonia Narvarte
Poniente, Delegación Benito Juárez, C.P. 03020,
México, Distrito Federal.
Cuidado de la edición: Centro Académico
de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA),
Ana María Sacristán Fanjul.
Revisión histórica y corrección de estilo:
Guillermo Fernández Ampié y Ana María Sacristán Fanjul.
Concepto diagramático y diseño: Tríada diseño,
Luis García Flores e Irma Bastida Herrera.
Biblioteca CAMeNA, Colección Archivo Selser / 5
http://selser.uacm.edu.mx
ISBN
Obra completa: 978-607-7798-30-9 Tomo IV: 978-607-7798-35-4
Hecho e impreso en México/Made and printed in Mexico.
TOMO IV
1946-1990
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prólogo
Prólogo
Pilar Calveiro*
Este último tomo de la Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina es uno
de los más extensos, pero no por ello más exhaustivo. No; es un texto minucioso y detallado en
el abordaje de algunos acontecimientos pero, al mismo tiempo, deja de lado o descuida otros
que hoy se podrían considerar de gran relevancia en la política intervencionista norteamericana
dentro de América Latina, como lo fue el Plan Cóndor. Es, por ello, una reconstrucción con
densidades diferentes, que se espesa en torno a ciertos núcleos —sin duda centrales— para diluirse
relativamente en otros, hasta incluso desaparecer formando una especie de agujeros del relato, por
donde se escapan sucesos, personajes, fechas que tal vez para algunos serían imprescindibles.
Aunque en algún sentido siempre añoramos la quimera de un relato completo, lo sabemos
imposible. Esta imposibilidad general es particularmente cierta en este Tomo IV, fragmentario por
momentos, apasionado y apasionante siempre. Y no podría ser de otra manera —no solamente
por lo particular, acotado, de cualquier reconstrucción—, sino porque en este caso se recapitulan
hechos y se van reconstruyendo procesos contemporáneos de quien los recopila, los estructura
y los piensa, posicionándose, comprometiéndose y, sobre todo, indignándose. La indignación
—imprescindible sentimiento del intelectual que se deja interpelar como sujeto histórico y social por
lo que su mente comprende— es una de las memorias clave que este texto recupera y nos transmite
*
Doctora en Ciencias Políticas, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, miembro del Comité Asesor del Archivo
Gregorio y Marta Selser.
9
prólogo
desde los años violentos de la segunda mitad del siglo XX; se desliza por toda la Cronología…,
en medio y a través de fechas y nombres, recordándonos la ignominia, en algunos casos —pero
también la dignidad en otros—, para convocar y levantar en nosotros esa misma indignación que
nos rescata de la indiferencia circundante.
Años terribles para América Latina los de esta parte de la Cronología…: 1946-1990; de la
segunda posguerra, con el inicio de la Guerra Fría y la bipolaridad, al derrumbe de ese mundo por
un proceso irrefrenable, y no menos violento, de reorganización global. El primer corte, la primera
incisión cronológica, es una decisión de Gregorio y Marta Selser que denota la importancia que
tuvo en la política intervencionista norteamericana su determinación por ganar esa Guerra Fría, tan
caliente en nuestra América. El segundo, aunque coincida con un hito histórico relevante, no obedece
a una elección sino a otro tipo de corte: la enfermedad y muerte de Gregorio Selser, en 1991. Es
importante señalar este hecho porque allí se interrumpe también el trabajo sobre la Cronología…,
tanto la incorporación de información, que se puede presumir sería incluida posteriormente —tal
vez tejiendo sobre algunos de los agujeros del relato—, como la interpretación de procesos aún en
curso a principios de los noventa, y de difícil comprensión entonces por la falta de una perspectiva
más completa de los mismos.
Entre estas dos fechas, la Cronología… es una suerte de archivo que fija acontecimientos, los
organiza temporalmente, los clasifica de acuerdo con una compleja codificación, los sistematiza
y los interpreta de manera preliminar. Aunque tanto el formato como el nombre del trabajo
parecerían eludir lo interpretativo, esta dimensión va brotando por todas partes: el tipo de noticias
seleccionadas, los múltiples análisis de terceros que se incorporan a lo largo del texto, las breves
pero contundentes marcas del comentario personal, que lo recorre por completo, cancelan la
posibilidad de un relato neutro. Sin embargo, esta particular reconstrucción tampoco persigue
una interpretación en sentido estricto. Lo interpretativo sólo se sugiere, se preanuncia y, a la vez,
se posterga. El conjunto se ofrece como una suerte de materia prima fundamental para un trabajo
posterior, que Selser hizo en muchas de sus obras y que, en una especie de invitación abierta,
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prólogo
se presta para los trabajos de la memoria y de la historia latinoamericana que otros han hecho
y harán.
La Cronología… se puede entender como un intento por documentar la fuerza de los hechos
mismos, en tanto dato suficiente e irrefutable para dar cuenta de las intervenciones, de la dominación
y del despotismo de la política norteamericana, con la evidente intención de construir a posteriori
una contrahistoria capaz de darles cabida. Por eso recoge hasta en sus últimos detalles, de una
manera incluso desproporcionada, lo que en realidad ya se sabe, pero precisándolo de tal manera
que no quede lugar para la excusa, la coartada o el atenuante. En este sentido, se podría pensar que
la minuciosidad de ciertas reconstrucciones tal vez persigue la quimera del hecho que sería capaz
de hablar por sí mismo.
Pero por otra parte, en una vereda distinta, aunque no opuesta, el detalle y la precisión secas,
sin más interpretación que un énfasis, un sarcasmo, un adjetivo que se cuela, construyen una
narración memoriosa que, sin fijar un relato único ni último, obedece a un mandato principalmente
ético: registrar para no olvidar. Pone ante nuestros ojos los abusos del pasado y los lanza a su
futuro, nuestro presente y el de las generaciones que vendrán, en un acto de pasaje que es también
un reclamo de toma de responsabilidad. La Cronología… es pues un tipo de archivo capaz de
articularse tanto con la construcción del relato histórico disidente como con las prácticas de
memoria social y política de América Latina.
El trabajo completo, así como cada una de sus partes, conforma un sistema con unidad que
cubre las distintas formas de intervención —diplomática, económica, política, militar— en América
Latina. Como ya se dijo, este Tomo IV inicia certeramente con la referencia a la Guerra Fría, gran
tema que abre el periodo y lo recorre en su totalidad. Este gran núcleo reflexivo es una suerte de
telón de fondo de toda la reconstrucción, frente al que se despliegan las ambiciones norteamericanas
en el continente, escudadas invariablemente en el discurso anticomunista para impedir cualquier
proyecto independiente. Al respecto, Gregorio Selser registra una fecha en apariencia irrelevante,
pero significativa desde la perspectiva enunciada: el 5 de marzo de 1946, día en el que, a partir
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prólogo
de un discurso de Winston Churchill, se inaugura la expresión cortina de hierro, «punto inicial de
la Guerra Fría que eclosionará en 1947», y que tendría tanta importancia para los acontecimientos
que se refieren en esta parte de la Cronología...
A partir de ese momento, casi fundacional de los nuevos tiempos, el trabajo se va estructurando
alrededor de una serie de casos testigo de lo que pretende mostrar: la política intervencionista
de Estados Unidos en el continente como herramienta principal para asegurar sus ambiciones
hegemónicas, articuladas artificiosamente con un discurso democrático de nuevo cuño y dudosa
credibilidad.
Las intervenciones contra Guatemala en los cuarenta y cincuenta; contra Cuba, República
Dominicana y Brasil en los sesenta; contra el gobierno de Salvador Allende en Chile en los setenta,
y en los ochenta el conflicto centroamericano ocupan el centro del material recopilado por Selser.
Por su parte, el caso de Panamá amerita una abundante referencia a todo lo largo de este Tomo
IV, desde las luchas por la recuperación del Canal hasta la invasión de 1989, con cuya descripción
detallada cierra la Cronología…
Si bien estos ejemplos organizan el grueso del material entre 1946 y 1990, no pasan
desapercibidos otros acontecimientos importantes, como la invasión a Guyana, o incluso aquellos
que parecerían a simple vista menores, como la independencia de Anguila y su posterior invasión
por parte de Gran Bretaña.
Toda intervención directa, particularmente la militar, merece una mención detallada, así
como la referencia a los intereses económicos que invariablemente la animan, los procedimientos
diplomáticos que la preceden para asegurar alianzas con las oligarquías nativas, y el despliegue
paulatino y sistemático de formas de violencia directa y creciente sobre las poblaciones civiles
de los países afectados. También todas se exhiben utilizando la misma justificación, aunque sea
contra proyectos políticamente muy diferentes: el pretendido derecho norteamericano a intervenir,
donde lo considere necesario, para evitar el «peligro comunista», remitiendo toda lucha nacional a
la confrontación de las potencias en el contexto de la Guerra Fría. Así se indica con toda claridad
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prólogo
en cada caso, como se puede ver en los argumentos esgrimidos en su momento por el presidente
norteamericano Lyndon B. Johnson, para justificar la invasión a República Dominicana: «No nos
proponemos quedarnos sentados aquí en nuestro sillón, con los brazos cruzados, y permitir que los
comunistas establezcan otro gobierno en el Hemisferio Occidental» (entrada del 4 de mayo, 1965),
como si fuera su deber y su derecho impedirlo en cualquier rincón del continente, o incluso del
hemisferio. Y con más desparpajo aún, las palabras del vicepresidente H. Humphrey, al reivindicar
que Estados Unidos «tendrá que ser Policía del mundo» hasta que las organizaciones mundiales
puedan cumplir con esa tarea (entrada del 17 de mayo, 1965), reconociendo explícitamente las
ambiciones planetarias del imperialismo norteamericano.
Junto a la reconstrucción cronológica de estas grandes intervenciones, que aunque bajo
modalidades diferentes (hostigamiento, invasión, asonadas militares) fueron todas desembozadas,
ostensibles, también se registran los numerosos golpes de Estado que, por medio de aparatos militares
nacionales fuertemente vinculados con los intereses norteamericanos, implicaron otras formas de
intervención, sólo a veces más disimuladas. Ya para 1957, la Cronología… identificaba que «de 20
repúblicas latinoamericanas, 12 (60%) están gobernadas por militares» (entrada sin fecha específica
de mayo, 1957), casi todas ellas con regímenes apoyados por Estados Unidos. Durante la totalidad
del periodo que se reconstruye en el Tomo IV, se registran y documentan asonadas militares, de
distinto tipo y ferocidad, en por lo menos 17 países de la región. Venezuela, Salvador, Paraguay,
Panamá, Colombia, Cuba, Honduras, República Dominicana, Argentina, Guatemala, Perú, Ecuador,
Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador y Uruguay vivieron uno o más golpes de Estado militares durante
estos 44 años.
El rastreo de los abusos, tanto del poder imperial en relación con las naciones latinoamericanas
como de sus aliados, las oligarquías nacionales, en contra de la ciudadanía y la nación pone en
evidencia el enorme abanico de violencias que se despliegan detrás de los discursos democráticos
y pretendidamente liberales. Represión a manifestaciones, asesinatos políticos y ejecuciones de
disidentes, masacres y desaparición forzada de personas se documentan en todo el texto, que
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prólogo
también presta atención a algunas formas extraordinarias del uso de la fuerza, aquellas que
preanuncian cambios de forma o intensidad en las modalidades represivas del Estado. Al respecto,
resalta por ejemplo la referencia al envío de más de mil militantes del Partido Comunista Chileno a
un «campo de relegación [¿concentración?] en la desértica localidad norteña de Pisagua», apenas
en 1947, mucho antes del pinochetismo, pero poco después de la Segunda Guerra (entrada de
octubre [sfe], 1947). Ello permite inferir ciertas filiaciones de lo represivo en América Latina que,
aunque se han reinventado constantemente con una creatividad incuestionable por parte de los
poderes locales, también reconocen posibles vínculos con formas extracontinentales como el
fascismo europeo, por decir lo menos.
Hasta aquí, la estructura de la obra, centrada en las intervenciones extranjeras y su correlato
obligado, las violencias militar y policial, parecerían centrarse en la pura dominación. Incluso el
índice clasificatorio nos conduce en esa dirección. Un primer apartado integra la información
de las intervenciones extranjeras en su dimensión directa y ascendente (diplomacia, acusaciones,
amenazas, represalias, ruptura de relaciones, movimientos de tropas, hostigamiento, bloqueo,
invasión, espionaje y tratados); el segundo comprende los actos de grupos y ciudadanos nacionales
o extranjeros tendientes a facilitar dicha intervención (apropiación o anexión de territorios por
particulares, desconocimiento de la soberanía, disposiciones y actuaciones de grupos o instituciones
nacionales en contra de sus ciudadanos, interferencias tendientes a facilitar el expansionismo
imperialista); por fin, el tercero, se refiere ambiguamente a «hitos y opiniones relevantes», incluyendo
distintos acontecimientos, declaraciones y análisis.
De todo ello se desprendería que la Cronología… reconoce principalmente el espacio de las
prácticas del poder y la dominación, como si las resistencias no existieran o bien no fueran objeto
de este estudio. Y sin embargo, a pesar incluso de la clasificación, la rebelión y la resistencia
aparecen a cada momento, y a lo largo de toda la reconstrucción. Desde la protesta diplomática de
los gobiernos hostigados o la expulsión de funcionarios norteamericanos vinculados a la agresión,
hasta la manifestación callejera, la huelga o las demandas campesina y estudiantil; toda clase de
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prólogo
movimientos de lucha y resistencia contra las intervenciones se refieren aquí y allá, en los diversos
países latinoamericanos, con la simpatía explícita del cronista. Cabe señalar muy especialmente
la cuidadosa referencia a todas las formas de resistencia, desacuerdo y protesta de la propia
población norteamericana con respecto a la política exterior de su país, como una forma de señalar
que aún en el centro del sistema la realidad no es homogénea ni el poder es total.
Pero el recuerdo —y el reconocimiento— de las resistencias no se agota allí. Muy acorde con
la perspectiva de las izquierdas de la época, Gregorio Selser reivindica la violencia revolucionaria
como válida, incluso en sus expresiones más radicales. Se regocija con el atentado contra Anastasio
Somoza, dictador de Nicaragua, retomando la declaración de uno de los asilados nicaragüenses
en México, quien afirmó: «no conocí al héroe que trató de acabar con el bandolero de Nicaragua,
pero no puedo sino sentir por él más que la admiración que sienten los hombres libres y toda
Nicaragua» (entrada del 22 de septiembre, 1956). No es un exabrupto que nuestro autor retoma
arbitrariamente; refleja un clima de época diferente, en donde la relación entre violencia y política
se vive y se piensa de otra manera. Baste decir que, en relación con el mismo acontecimiento, la
Cámara de Diputados de la República de Uruguay rindió homenaje públicamente al perpetrador
del atentado, poniéndose de pie. En dicho acto, el representante nacional dijo: «Ante la muerte
de Somoza, recuerdo a Sandino, hombre que luchó por las libertades nicaragüenses» (entrada del
2 de octubre, 1956), reivindicando así a un combatiente armado. En el mismo tono celebratorio,
Selser califica de «insecticidio» el asesinato de otro tirano, el «títere yanqui Carlos Castillo Armas,
traidor a su patria, a su pueblo y a la causa de Latinoamérica» (entrada del 26 de julio, 1957).
Todo ello nos recuerda otra forma de conceptualizar la relación entre política y violencia, que
ciertamente amerita su reformulación, pero también la reconsideración del discurso actualmente
imperante, pacificado e hipócrita, que lejos de ser verdaderamente pacífico, termina validando sólo
una violencia: la estatal, en el marco de las supuestas democracias.
Gregorio Selser se identifica desde un principio con la Revolución Cubana, incluso con los
«fusilamientos de los criminales batistianos» (entrada del 29 de enero, 1959), así como con los
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prólogo
movimientos armados centroamericanos de los años ochenta. Recorre con esperanza y decepción
los fracasados intentos revolucionarios armados que la siguieron y se interesa por el recorrido de
ciertas guerrillas, en especial la colombiana y las centroamericanas. Pero lo hace de una manera
tan potente como el interés que finca en el proceso pacífico del socialismo chileno. Es que su
preocupación se centra en la intervención norteamericana —económica, política y militar— y su
invariable asociación con los grupos nacionales de poder. De ello se deriva que una política autónoma,
capaz de frenar las distintas formas de intervención, sólo resulta viable con la transformación de
las relaciones poder internas, que operan dentro de la nación. Así, al observar las resistencias,
se centra en las que se orientan a un cambio sustancial, armado o pacífico, pero que promuevan
una transformación revolucionaria, estructural, de las relaciones de poder económicas, sociales y
políticas, como lo señalan los casos a los que presta una atención especial.
Bajo este foco, y aunque la Cronología… se refiere a América Latina, apunta aquí y allá
acontecimientos de relevancia a nivel mundial. Casi como si fuera un error de clasificación, saltan
en la lectura entradas sobre el Líbano, Palestina o Afganistán que, lejos de ser errores, ubican
claramente la perspectiva con la que se observó y recogió la información referente a nuestro
continente: las intervenciones en América Latina como rasgo distintivo de un fenómeno mayor,
como es el desarrollo general del imperialismo norteamericano en la segunda mitad del siglo XX.
Por eso las referencias a otras regiones se concentran en las intervenciones, principalmente
militares, en el Sudeste asiático (Filipinas y en especial Vietnam), así como en Medio Oriente
(Líbano, Egipto, Israel), en tanto posiciones estratégicas para la hegemonía norteamericana durante
el periodo. Tampoco es casual que la referencia a otras potencias se limite casi exclusivamente a
Gran Bretaña e Israel, aliados incondicionales de la política expansionista de Estados Unidos y a
la invasión soviética a Afganistán, acontecimiento decisivo para la relación de fuerzas en Medio
Oriente.
Pero junto a la ampliación del poderío militar de Estados Unidos, a Selser también le pareció
relevante dar cuenta de aquellos acontecimientos que denotaban sus crisis y contradicciones
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prólogo
internas, como los escándalos de Watergate e Irangate, e incluso sus debilidades, entre las que
resalta la atención que presta, desde muy temprano, a la violación de derechos humanos dentro de
los países centrales y, en especial al problema racial. Los brotes de xenofobia en Londres (entrada
del 5 de septiembre, 1958), las leyes de segregación racial en Estados Unidos, el accionar del Ku
Klux Klan —que alcanzó a 55 mil miembros en 1968—, las manifestaciones de protesta contra la
discriminación (entradas del 28 de marzo, 1960 y del 2 de enero, 1968), las maniobras de gobierno
de Kennedy para simular la escandalosa intención de ¡integrar a un negro en el gabinete! (faltaba
más) (entrada del 19 de enero, 1961), merecen su atención. Todos estos eventos desnudan las
características opresivas de la democracia occidental con respecto a su propia población, poniendo
de manifiesto las formas de injusticia que prevalecen en ella.
Dice Jacques Derrida que «la cuestión del archivo no es una cuestión del pasado... Es una
cuestión de porvenir, la cuestión del porvenir mismo, la cuestión de una respuesta, de una promesa
y de una responsabilidad para mañana. Si queremos saber lo que el archivo habrá querido decir, no
lo sabremos más que en el tiempo por venir. Quizá. No mañana sino en el tiempo por venir, pronto
o quizá nunca».1 En nuestro caso, el archivo que reúne esta Cronología representa, en sí mismo, un
entrecruce de tiempos. Las entradas, aunque ordenadas cronológicamente, se fueron haciendo en
distintos momentos, a veces de manera simultánea a los acontecimientos y otras en forma posterior.
Las más antiguas se recrearon y ampliaron con comentarios y análisis ulteriores, incorporados
también en distintos tiempos. Así, el resumen que se presenta de los hechos es una reconstrucción
realizada desde distintos futuros; conforma, en sí misma, una mirada desde el porvenir de los
acontecimientos que se relatan. Ese porvenir desde el que escribió el autor, aquilatando unos
acontecimientos sobre otros, se cruza a su vez con el porvenir desde el que nosotros lo leemos:
nuestro presente.
Es a partir de este presente que tratamos de entender lo que el archivo quiso decir; pero,
sobre todo, lo que quiere y puede decir para nosotros, quedando abierto, siempre, un tiempo por
1
Jacques,Derrida, Mal de archivo, Madrid, Editorial Trotta, 1997, p. 44.
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prólogo
venir, otro, que encontrará sus propias significaciones. Al leer el texto desde nuestro presente, el
recuento de las formas de intervención de Estados Unidos sobre los países latinoamericanos y
algunos otros sucesos mundiales nos recuerda muchas de las prácticas que, aunque con discursos
un tanto renovados, se mantienen en la actualidad. Por mencionar sólo algunas: 1.- la «paranoia
belicista» (entrada sin fecha específica de 1946), en los años cuarenta contra el «enemigo comunista»,
encuentra continuidades hoy en la lucha contra el «enemigo terrorista»; 2.- la defensa —entonces
y ahora— de la unilateralidad y el derecho de intervención en estas guerras autodeclaradas, tan
evidente en declaraciones como la de Spruille Braden, cuando afirmaba: «si el comunismo [¿hoy
terrorismo?] llegase a alcanzar mayor ascendencia, por no decir a apoderarse del gobierno de
algunas repúblicas americanas, entonces la intervención colectiva y hasta unilateral sería un
imperativo tanto práctico como moral» (entrada de octubre [sfe], 1952); 3.- el encubrimiento de esta
política intervencionista con la supuesta defensa de la democracia y las libertades, atribuyéndose
el «derecho “pragmático y moral” de los Estados Unidos para intervenir en los países cuando la
libertad de los pueblos se ve amenazada por fuerzas extranjeras» (entrada del 11 de febrero, 1968).
Al respecto, Selser identificó perfectamente el giro democrático que se produjo en el discurso
político norteamericano y de sus aliados continentales —que persiste hasta el presente—, para
amparar todas las formas de intervención, en especial después de la Revolución Cubana, en medio
de la agitación política reinante en América Latina y la «efervescencia revolucionaria en todo el
mundo», según palabras del propio Dwight Eisenhower (entrada sin fecha específica de 1960); 4.la asociación a ultranza de libertades, democracia y libre mercado, en una asimilación falsa entre
las libertades políticas y «un mundo que comercie libremente», sin barreras, donde no quepan
aquellas «naciones que se proponen crear economías reservadas, nacionalistas» (entrada del 4 de
enero, 1946); 5.- la hipocresía política que difunde un discurso democrático a la vez que sostiene
dictadores y regímenes de facto; que «expresa su preocupación por el derrocamiento de “gobiernos
elegidos por el pueblo» (entrada del 21 de diciembre, 1948), al tiempo que avala y propicia aquellas
asonadas militares que le convienen en términos de su expansión político económica. Así, mientras
18
prólogo
el presidente Eisenhower se declaraba preocupado, en 1954, porque en Guatemala «los derechos de
los ciudadanos han sido suspendidos, se han practicado detenciones y muchas personas han huido
del país... [medidas que] el mundo libre ha visto usar en otros países que cayeron bajo la órbita
del comunismo», ni siquiera mencionaba «la Nicaragua de la dinastía Somoza, ni la Venezuela de
Pérez Jiménez, ni el Paraguay de Stroessner, ni la Colombia de Laureano Gómez o Rojas Pinilla,
ni la Dominicana de los Trujillo, ni la Cuba de Batista, ni el Perú de Odría, que conste» (entrada
del 16 de junio, 1954). O peor aún, Douglas Mac Arthur reconocía «haber salvado al emperador
Hiroito de ser juzgado y ejecutado como criminal de guerra», ¡después de Hiroshima! (entrada del
2 de septiembre, 1955), lo que recuerda en nuestros días a George Bush juzgando por crímenes de
guerra a Sadam Hussein; 6.- la perversión del discurso democrático y de defensa de los derechos
humanos, utilizados permanentemente para los fines inversos (imposición de gobiernos autoritarios
y violación de toda clase de derechos), como sigue ocurriendo en la actualidad.
Pero junto a estas continuidades discursivas y prácticas, de vieja data, resulta particularmente
interesante la cantidad de referencias que la Cronología… incorpora a problemas que en el
momento de su escritura parecían casi irrelevantes y que con el paso del tiempo —y la llegada de
su futuro— se revelan de primera importancia. Y aquí reside tal vez una de las mayores riquezas
de este trabajo: el rastreo temprano de fenómenos de gran peso en el presente.
Ya se hizo mención del importante papel que se le asigna al tema de los derechos humanos
—no demasiado atendido en los años ochenta—, en particular con respecto a su violación en los
países centrales. Además de la referencia a problemas como el racismo contra la población negra
norteamericana, Selser se preocupa por registrar «la discriminación a descendientes de mexicanos»
que ocurría en Estados Unidos (entrada del 31 de diciembre, 1966) y no dudó en hablar, incluso, de
la «esclavización de braceros», por referencia a las condiciones de abuso laboral contra trabajadores
migrantes, ventiladas en un juicio de poca difusión celebrado en 1963, en Connecticut (entrada de
enero [sfe], 1963).
19
prólogo
En el ámbito de lo económico, también es interesante, a la luz del presente, la insistencia en
señalar el carácter corporativo de los intereses empresariales norteamericanos en la región, desde
la United Fruit hasta la Standard Oil. Ello desmiente el discurso de la libre empresa pero, sobre
todo, señala el carácter que revisten las nuevas formas de acumulación capitalista, con sus efectos
consecuentes en el ámbito social y político.
Por último, hay dos cuestiones cuya importancia apenas se esbozaba en los ochenta pero que
fueron seguidas con bastante minuciosidad en la elaboración de esta Cronología… Se trata de las
dos guerras de nuestro tiempo, una contra el terrorismo y la otra contra el narcotráfico.
Con respecto a la primera, Selser se centra, en primer lugar, en el terrorismo de Estado, que
caracteriza como un régimen «sin límites, aunque semiclandestino» (entrada del 24 de marzo,
1980). Señala así el doble funcionamiento legal-ilegal, que es la médula de tales regímenes, y que
los conecta de manera directa con los Estados de Excepción y toda la problemática que se deriva
de ellos.
Por otra parte, con respecto a las acciones no estatales de este tipo, registra lo que llama la «toma»
de la Embajada de Estados Unidos en Irán, con el consecuente mantenimiento de rehenes de 1979
a 1981, así como el ataque de un «comando suicida contra las bases de marines estadounidenses y
paracaidistas franceses en Beirut», el 23 de octubre de 1983, pero en ambos casos se abstiene de
utilizar la designación terrorista. Si bien evita esta categoría para su propia conceptualización de
los hechos, registra muy claramente la aparición e impulso de la misma desde los centros de poder
internacional. «El secretario Shultz ratifica y amplía su teoría de que Estados Unidos y otros países
del mundo occidental deben responder al “terrorismo internacional” auspiciado por otros Estados,
con representación y ataques preventivos. Alude una vez más al “terrorismo del Cercano Oriente”,
pero omite referirse al “terrorismo internacional”» que se practica con el minado de los puertos de
Nicaragua por parte de la CIA, por dar un ejemplo (entrada del 3 de abril, 1984).
Selser enfatiza entonces al terrorismo de Estado como el verdadero diseminador de terror
arbitrario sobre la población civil —como ocurrió en Guatemala, Cuba, Chile o Nicaragua—,
20
prólogo
mostrando una fuerte desconfianza hacia el uso de esta caracterización para las acciones de grupos
armados nacionales.
Por último, con respecto al narcotráfico, ya en 1969 identificó el inicio de lo que se caracterizaría
como una «guerra a muerte contra el tráfico de drogas, bajo la dirección del propio presidente
Richard Nixon» (entrada del 9 de septiembre, 1969). A partir de este registro tan temprano, el
asunto del narcotráfico se aborda en la Cronología… desde muchos ángulos: como problema en sí,
como excusa para un mayor control de la frontera con México, como mecanismo de financiamiento
de operaciones encubiertas (la contra en Nicaragua) y como argumento de justificación de la
política intervencionista en cualquier lugar del continente.
En este último sentido, cobra relevancia el seguimiento del problema en el caso de Panamá.
Desde 1971, el general Omar Torrijos denunciaba que los norteamericanos «están propiciando [los
problemas] en este país. Tal es el caso del tráfico de drogas por el Canal de Panamá que está bajo
su jurisdicción y que funcionarios venales norteamericanos alientan y controlan» (entrada del 12 de
diciembre, 1971), indicando desde entonces la estrecha relación entre el tráfico de estupefacientes
y la propia administración norteamericana, así como su utilización para el control político de las
naciones. El problema, promovido por Estados Unidos, se usó luego para tratar de debilitar el
gobierno de Torrijos y, una década después, contra el gobierno de Manuel Antonio Noriega.
La Cronología… registra, en 1987, la denuncia de un plan para asesinar a Noriega por parte de
sectores norteamericanos del Senado y el Departamento de Estado y exilados cubanos «vinculados
al narcotráfico y a la contra nicaragüense» (entrada del 13 de diciembre, 1987). A su vez, la presión
norteamericana para que Noriega abandonara el gobierno recurrió a todo tipo de medidas, incluido
un bloqueo económico-financiero y la apertura de un proceso legal por «supuestas pruebas sobre
la vinculación del militar con el narcotráfico» (entrada del 27 de enero, 1988). Dicha ofensiva habría
iniciado, según Noriega, cuando el ex viceconsejero de seguridad nacional norteamericano le
propuso una acción conjunta para derrocar al gobierno de Nicaragua, plan que rechazó (entrada del
7 de febrero, 1988). El hostigamiento culminó entonces con la cruenta invasión a Panamá. Estados
21
prólogo
Unidos arrojó bombas sobre la población civil en el populoso barrio del Chorrillo, causando miles de
muertos civiles. «Balas rastreadoras volaban por las calles y helicópteros Cobra volaban disparando
morteros al Cuartel Central [...] Cuadras enteras se quemaron hasta los cimientos [...] Hubo miles de
heridos y muertos» (entrada del 19-20 de diciembre, 1989). «Utilizaron contra los panameños sus
mejores armas, incluyendo el llamado “avión invisible”» (entrada del 20 de diciembre, 1989), como
los que se usan actualmente en las operaciones de intervención y sabotaje. Una vez consumada la
invasión, Selser concluye: «Con la reciente invasión de Panamá, la instalación de un nuevo régimen
sumiso al gobierno de Bush y la captura del general Antonio Noriega para juzgarlo en Estados
Unidos, acusado de traficar ilegalmente estupefacientes, el mundo acaba de presenciar la primera
gran aplicación de la Doctrina Thornburgh» (entrada del 2 de enero, 1990). La intervención armada
bajo el argumento del combate al narcotráfico se presenta entonces como un proceso que inicia, y
del que puede esperarse cierta continuidad, como efectivamente ha ocurrido.
También se propone una idea que, en principio, parecería contraria, sin serlo en absoluto.
Frente a la acusación de propiciar el narcotráfico para intervenir contra gobiernos adversos a la
política norteamericana, aparece su contraparte: la colusión efectiva de ciertas dictaduras con las
redes mafiosas. Tal es el caso de Luis García Meza en Bolivia, aliado de los intereses de Estados
Unidos, cuyo gobierno representó, para Gregorio Selser y otros analistas «la primera dictadura al
servicio del narcotráfico» (entrada de marzo [sfe], 1976).
En esta misma sintonía, se señala la participación de funcionarios norteamericanos y
latinoamericanos en el tráfico ilegal de estupefacientes, con interesantes referencias a Colombia,
Honduras, Chile, Bolivia Perú, Venezuela, México y otros países. De todo ello resulta bastante clara
la percepción de que el narcotráfico será un factor de gran importancia en la política intervencionista
venidera, ya sea como argumento de persecución de la disidencia, ya sea como forma de penetración
y control de los países latinoamericanos a través de la constitución de verdaderos Estados-narco
perfectamente controlables.
22
prólogo
Así pues, este Tomo IV, que inicia con la Guerra Fría para terminar con la sangrienta invasión a
Panamá, va desplegando, a lo largo de los años que comprende, las distintas formas asumidas por
Estados Unidos para mantener su dominio continental. Todas las modalidades de la violencia —desde
la intervención bélica hasta la discursiva, pasando por los diferentes mecanismos de presión—, se
van mostrando y de-mostrando en este trabajo gigante, insustituible para la reconstrucción de una
historia pensada desde nosotros mismos, desde nuestras vergüenzas y nuestra dignidad, desde
nuestras esperanzas, las de ayer y las de hoy, siempre otras pero también siempre las mismas.
Sus distintas densidades, sus lagunas, sus faltas, los agujeros del relato, son la marca de una de sus
mayores virtudes: la prueba de una voluntad tenaz, que no cesa, por denunciar la injusticia que ha
marcado la terrible historia de nuestra América, por dejar prueba de ella más allá de la propia vida
y hasta el final, como se pueda y hasta donde se pueda. Y es desde ese lugar que la Cronología de
las Intervenciones extranjeras en América Latina salta en el tiempo para convocar un futuro que
puede y debe hacerse cargo de la memoria del pasado y de nuestras responsabilidades para con él,
como un elemental acto de justicia.
Ciudad de México, 22 de diciembre de 2009.
23
prólogo
24
Nota del editor
Este cuarto tomo de la Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina, hasta ahora
inédito, si bien sigue la intención y lógica general de la obra en su conjunto, posee características
particulares que lo distinguen de los otros tres. Su rasgo evidentemente inconcluso, al que se aunaron
diversos esfuerzos colectivos y ahora anónimos por terminar o completar la obra, hacen de este tomo
uno muy heterogéneo, donde los vacíos o agujeros informativos conviven con episodios registrados
de manera tal vez excesiva, y a la vez se encuentra información complementaria que incluso data de
fechas posteriores a la muerte del propio Selser.
La contemporaneidad entre los hechos que se relatan y el esfuerzo o labor por relatarlos se va
haciendo cada vez más evidente. La simultaneidad de estas acciones multiplica la cantidad de entradas
y fuentes sobre sucesos específicos, a la vez que diluye, en cierta medida, el carácter analítico que se
observa en los otros tomos. Las principales fuentes de este volumen son cables noticiosos (que según
cuenta Marta Ventura, la viuda de Selser, eran recogidos dos veces al día en las agencias noticiosas);
ése también es en gran medida el origen del acervo o archivo de Selser.
Ahora bien, en la accidentada y larga historia de la publicación de este cuarto tomo (la desaparición
de las fichas, la pérdida parcial de los originales) en muchas ocasiones hizo imposible cotejar y
verificar si la fecha de la entrada correspondía al evento en sí, al reporte o cable noticioso, o a ambos.
Así pues, se previene al lector de que puede existir un pequeño margen de error en la exactitud de
las fechas aquí señaladas.
Por otra parte, algunas de las entradas incluidas en este cuarto tomo dan cuenta muy detallada
de procesos nacionales específicos. Eventos caracterizados como hitos históricos (3.1), que involucran
sólo a un país, y que por ello parecen alejarse de la noción de «intervención extranjera». Sin embargo,
todo apunta a un contexto general, y si se mira con detenimiento, y desde el complejo análisis
25
selseriano, se puede observar que la potencia extranjera (en el caso de este tomo muy marcadamente
estadounidense), siempre está detrás, aun cuando no se capte de manera inmediata y explícita.
Finalmente, y dadas las características del periodo histórico abordado —la segunda parte del siglo
XX, después de la Segunda Guerra Mundial—, este tomo introduce otra novedad o particularidad:
el surgimiento de los organismos internacionales como sujetos sociales y actores históricos. De esta
manera, en las entradas, junto con los países, se inscriben también, en algunos casos, nombres tales
como ONU, OEA, e incluso FMI.
Una vez señaladas estas particularidades, sólo nos queda por decir que, a fin de cuentas, esta
lectura micro-histórica, por inconclusa o ligeramente inexacta que pueda ser, sigue siendo un
excelente y complejo recuento panorámico de las intervenciones extranjeras en América Latina
durante la segunda mitad del siglo XX. Y si bien no expone o devela la totalidad de ellas (si así casi
superamos las 700 páginas, resulta difícil pensar cómo sería si el trabajo se hubiera completado), va
dejando huellas, testigos; señala indicios para que después el lector siga la tarea e investigue más y
con mayor profundidad al respecto.
26
27
1946
1946
4 de enero
2.3, 2.8 y 3.1 Estados Unidos/LATINOAMÉRICA
A continuación se transcribe la transmisión radial de una entrevista a
Spruille Braden, secretario Auxiliar de
Estado y Ellis O. Briggs, director de la
Oficina de Asuntos de las Repúblicas
Americanas, sobre «Nuestra Política
Interamericana»:
A nunciador —Presentamos los «Titulares desde Washington»: «El secretario
auxiliar de Estado Braden dice que las
fuerzas del Eje en la Argentina aún
constituyen un peligro para las Américas; reafirma el apoyo de los Estados Unidos a la propuesta uruguaya
de una seguridad colectiva en el hemisferio occidental.» «Ellis Briggs, del
Departamento de Estado, dice que la
política de los Estados Unidos habrá
de evitar la acción unilateral, pero que
nos reservamos el derecho de hablar
claro y trabajar en lo relativo a la acción colectiva por la paz en las Américas.»
Éste es el cuarto de un grupo de
programas del Departamento de Estado transmitido por la Universidad
del Aire de la NBC, como integrante
de una amplia serie de titulada «Nuestra Política Exterior». En esta oportunidad será discutida la pregunta «¿Qué
es nuestra política interamericana?»
por el Sr. Spruille Braden, secretario
auxiliar de Estado para los Asuntos
de las Repúblicas Americanas y el Sr.
Ellis O. Briggs, director de la Oficina
de Asuntos de las Repúblicas Americanas. Sterling Fisher, director de la
Universidad del Aire de la NBC hará
las veces de conductor de la discusión.
Sr. Fisher…
F isher —Sr. Braden, quisiera decir, sin
más, que muchos de nosotros hemos
seguido su recta carrera en calidad
de embajador en la Argentina y de
secretario auxiliar de Estado con interés y no poca admiración. Siendo que
hemos admirado su forma de actuar
en Buenos Aires, estamos especialmente complacidos de tenerlo como
invitado en este programa.
B r aden —Gracias Sr. Fisher. Pero debe
comprender Ud. que en Buenos Aires
actué en carácter representante oficial
de mi gobierno.
F isher —De acuerdo. Pero sigo pensando que interpretó Ud. la política
de los Estados Unidos con un vigor
único. Sr. Briggs, Ud. que ha trabajado
tanto junto al Sr. Braden, ¿no coincide
conmigo?
B riggs —Sí, creo que agregó su toque
personal.
F isher —Bien, si Ud. no se opone, Sr.
Braden, me gustaría formularle una
pregunta personal.
B r aden —Hágalo Ud. nomás.
Fisher —Muchos de nosotros tendríamos interés en saber cómo un antiguo ingeniero de minas como Ud. se
convirtió en diplomático. ¿Cuándo comenzó a trabajar por primera vez en
el Departamento de Estado?
B r aden —Pues bien, en 1933 —hace
12 años— el Presidente me nombró
delegado a la Séptima Conferencia
Internacional de Estados Americanos,
en Montevideo. Poco después de un
año más tarde fui nombrado delegado
a la Conferencia Comercial Panamericana. Pero durante años anteriores
estuve realizando negocios en varias
partes del hemisferio.
B riggs —Y también se le asignó a usted
una larga actuación en carácter de representante nuestro en la Conferencia
de Paz de Chaco, llevada a cabo en la
década del 30.
31
1946
B r aden —En Colombia, cuando las líneas aéreas del Eje fueron clausuradas
allí, en 1940.
Fisher —Y en 1942 se trasladó usted a
Cuba en carácter de embajador nuestro.
B r aden —Sí, esas funciones me retuvieron allí desde 1935 hasta fines de 1938.
En la primera parte de ese periodo
parecía que las negociaciones entre
Bolivia y Paraguay iban a quebrarse: si
ello hubiese ocurrido, la estructura de
paz en las Américas también se habría
derrumbado enteramente.
Fisher —Y una vez solucionado esto, fue
Ud. a la República de Colombia.
B r aden —En efecto. Fue ese periodo
muy interesante. Yo era embajador
nuestro.
Fisher —Esa asignación se prolongó
hasta principios de 1945 ¿no es así?
B r aden —Sí, hasta el mes de abril pasado, en que fui transferido a la Argentina. El Sr. Briggs, aquí presente,
estuvo conmigo en La Habana durante más de dos años, como consejero
de la Embajada. Totalizó ocho años
de permanencia en Cuba, sumando
diferentes oportunidades. Y ha ejercido funciones en Perú, Chile y como
embajador de la República Domini32
cana —y durante tres años como jefe
auxiliar de la Oficina de Asuntos de las
Repúblicas Americanas.
Fisher —Son esos importantes antecedentes para su labor presente, Sr. Briggs. Entiendo que fue Ud. uno de los
embajadores más jóvenes de nuestra
historia, cuando se le acreditó ante la
República Dominicana.
B riggs —Posiblemente haya sido así,
Sr. Fisher.
Fisher —Y bien, a fin de dedicarnos a la
cuestión que nos ocupa principalmente: Sr. Braden, como Ud. sabe, se ha
producido bastante discusión acerca
de nuestra política interamericana.
Antes de convertirse Ud. en secretario
auxiliar para los Asuntos de las Repúblicas Americanas, a veces se formularon acusaciones de que estábamos
aplacando a la dictadura argentina.
Desde que vino Ud. a Washington
se ha interrumpido esa clase de críticas, pero algunos comentaristas han
clamado que estábamos interviniendo
demasiado activamente en nuestros
tratos con las demás repúblicas americanas. ¿Qué puede decirme a este
respecto, Sr. Secretario?
B r aden —Nuestra política de no-intervención en los asuntos de otras
naciones americanas es fundamental
y continuará. No tenemos intención
de adoptar esa clase de acción unilateral. Ni tampoco intentamos quedarnos ociosos mientras la ideología
nazi-fascista contra la que hemos guerreado trata de atrincherarse en este
hemisferio. Pero nuestra política es la
de una acción conjunta con las demás
repúblicas —una acción de grupo en
procura de nuestra seguridad mutua.
Fisher —Sr. Braden, si podemos ser más
específicos ¿Cuál es hoy la situación
respecto de la Argentina?
B r aden —Hay un hecho básico acerca
de la Argentina, Sr. Fisher. La mayoría
del pueblo argentino ha sido siempre
pro-democrático y se ha opuesto a la
dictadura totalitaria. Ello es hoy mucho
más cierto que nunca.
Fisher —Pienso que eso sería difícil de
probar.
B r aden —Un buen ejemplo de la oposición al régimen fascista fue la magnífica Marcha de la Constitución y de
la Liber tad, realizada en septiembre
último. Se estima que medio millón
de argentinos desfilaron por las calles de Buenos Aires ese día. Mujeres de la sociedad y hombres en
traje de mecánico marcharon lado a
1946
lado. Fue una impresionante demostración en favor de la democracia,
llevada a cabo a pesar de todos los
obstáculos posibles antepuestos en
su camino. Más de 500 mil personas, y no se encontraban divididas
en grupos de hombres de negocios,
miembros de sindicatos o estudiantes: todos marchaban juntos. Cantaban alternamente su propio himno
nacional y Dios Salve a América. No
puede decirse que gente así no sea
amiga nuestra.
B riggs —Poco después de eso el gobierno aplicó nuevamente el estado
de sitio.
Fisher —¿Exactamente qué es un estado
de sitio, Sr. Briggs?
B riggs —Bien, quiere decir el establecimiento de la ley marcial. Aquí
implicaría dejar de lado la Carta de
Derechos.
B r aden —Quiere decir que pillos con
nudillos de bronce pueden golpear
a las muchachas en la cara por gritar
«Viva la democracia». Quiere decir
que la policía montada, empuñando
sables, puede atropellar a hombres,
mujeres y niños y golpear, aporrear o
arrestar a su capricho a cualquiera, sin
temor de una represalia.
Fisher —Entiendo que el dictador Juan
Perón se entrenó en la Escuela Fascista de Milán, Italia.
B raden —No me incumben tanto las personalidades, Sr. Fisher, como las ideologías. Durante toda la guerra, las fuerzas
del Eje emplearon en este hemisferio a
la A