Document related concepts
no text concepts found
Transcript
13.- Carta Montevideo, 8 de Mayo de 1926 [sábado] “Si Ud. sufre y duda, mi adoradísima, también sufro yo al verla dudando” Reina de mi alma, adorable y adorada incrédula ¡Cómo me apena su duda!... ¿Será tan seco y estéril mi corazón que sólo dé un amor incapaz de hacerse evidente? ¿No podré llevar nunca la convicción a su alma? Si Ud. sufre y duda, mi adoradísima, también sufro yo al verla dudando. Si el corazón pudiera ser examinado, si fuera accesible al análisis y Ud. lo examinase vería lo suficiente para disipar sus dudas. Esta es una idea estúpida y vulgar que se me ha ocurrido, pero que expresa una verdad grandísima. Talvez yo no acierte a expresar mi amor en toda su magnitud, talvez mi palabra no tenga la fuerza que se necesita para convencer, pero que la quiero mi santita linda, eso es tan cierto como la verdad misma. Me pareció verla cambiada esta noche ¿Qué tenía? Esta pregunta me hago ahora mismo y no acierto a contestármela. ¿Serán aprensiones mías o es que empiezan a presentarse dificultades nuevas? Sólo la idea de que pueda perderla me llena de tristeza, porque me he acostumbrado a la esperanza de que Ud. llene mi vida con su amor. ¿Qué sería de mí sin su cariño, mi Felicita linda? Más me valiera no haberla conocido nunca si después tuviera que perderla. ¡Qué triste sería mi vida si Ud. me faltara! Es mejor no pensarlo. Yo me he encariñado con la idea de que Ud. llenará mi vida de alegría, de amor y de dicha; que la luz de sus ojos será para mí como esa mágica estrella de los reyes magos: una guía segura hacia el amor infinito y eterno. Yo he soñado tanta felicidad desde que la conocí que no concibo ahora mayor tristeza que saber que Ud. no me quiere. Sí, mi princesita amadísima, yo no me consolaría nunca si la perdiese y ésta sería la mayor desgracia de mi vida. ¡Pobre corazón mío! Añoraba y deseaba el amor. Hoy lo tiene y sufre. ¿Amar, pues, es sufrir? ¡Ah, reina mía! La religión nos habla de la salvación de nuestras almas. Yo quisiera tener la misma certeza sobre la salvación de mi alma que sobre la sinceridad de mi amor. Dios creía en la fe de quien decía: Soy cristiano. Ud. no cree en el amor de quien, como yo, le dice: La adoro. Dirá Ud. que no es Dios y no puede leer en los corazones. Y yo le afirmo que es para mí una Diosa a quien adoro y reverencio. La quiero, la quiero muchísimo. Me voy a soñar con Ud. Adiós. Hasta mañana. Es y será siempre suyo el corazón de José .