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La memoria del otro
Sin memoria no hay educación. Es una de las máximas del Grup de Valors,
como quedó patente en el espacio de conversación “La memòria de l’altre:
record i oblit”, coordinado por Agnès Boixader y Juli Palou. “Cuando se
habla de la responsabilidad entendida como respuesta a otro”, en sus
palabras, “debemos tener en cuenta que este otro puede estar presente
porque convive temporalmente con nosotros, pero también puede ser
ausente. El otro ausente es el otro que no está porque ya ha muerto o porque
aún ha de nacer”. “El papel de la memoria es fundamental porque no se
puede olvidar la historia. Al lado de la memoria, encontramos la imaginación
que relaciona el pasado y el futuro, porque si no somos capaces de imaginar
no somos capaces de recordar. La imaginación es necesaria también, para
imaginar futuros posibles, para dibujar una utopía”, destacaron.
Pero, ¿cómo articular esta memoria en el mundo educativo? El pensamiento
del teólogo y monje de Montserrat, Lluís Duch, sirvió para poner luz a la
cuestión: “Para mirar hacia el pasado necesitamos memoria, recuerdo,
testimonio. No podemos imaginar futuros desde la no-memoria y es así
porque, como dice Duch, somos herederos y ser heredero significa no
prescindir de la memoria. Habla de la herencia, una herencia humana nunca
consolidada del todo, que tiene que ver con el pasado pero también con el
futuro.
En su libro La palabra trencada. Assaigs d’antropologia, dice: 'Los
procesos educativos no son sino dinamismo que, biográficamente, permiten
la actualización de la herencia humana en cada aquí y ahora concretos' y
también: 'Las transmisiones permiten que el ser humano y los grupos
humanos puedan construir y habitar significativamente en su espacio y en su
tiempo'”.
A partir de esta premisa, señaló Juli Palou, los educadores deben hacerse las
siguientes preguntas: “¿Cómo hacemos la transmisión de esta herencia?
¿Somos conscientes de la relevancia que tienen los procesos de transmisión?
¿Qué papel juega la memoria en la educación? ¿Podemos evitar la
responsabilidad de lo ocurrido? ¿Tenemos alguna responsabilidad hacia
aquellos que aún no han nacido? ¿Somos cómplices del olvido o de la
amnesia que a menudo acompaña la educación?
Las respuestas no son fáciles pero se vislumbran en una figura clave en el
proceso educativo: el testimonio que se convierte en narrador. “A través de la
literatura, te das cuenta que existen tres grandes momentos: el nacimiento, el
enamoramiento y la muerte, en los que estás ausente de dos”, remarcó con
ironía
Palou.
“Así,
comprendes
que
los
problemas
son
únicos,
contextualizados en una época y en un lugar. Es por este motivo, que explicar
historias tiene un papel fundamental en la escuela y tiene mucho que ver con
la educación ética, porque somos herederos de nuestro antepasados y, sobre
todo, de los que han sufrido”, añadió. Por ello, no debemos ser indulgentes
con los verdugos. “Muchas películas nominadas para los pasados Óscar son
benevolentes con el mal”, criticó.
Los asistentes al taller reivindicaron la importancia del cine para explicar
historias en el aula y destacaron un filme que pone el dedo en la llaga sin
traicionar la memoria. Se trata de La Ola, de Dennis Gansel, una película
alemana protagonizada por un profesor y sus alumnos que habla sobre los
peligros del totalitarismo.
Al respecto, Palou insistió en entender el pasado como proyecto de futuro.
“Tenemos que aprender de la memoria, pero debemos tener la capacidad
interpretativa para comprenderla”, razonó. “En las escuelas”, dijo a modo de
ejemplo, “se puede aplicar a través de un álbum en el que se cuenta la
trayectoria del grupo, para ayudar a su cohesión interna y a la dignificación
de sus miembros. Hay que crear rituales para la dignificación”.
Las heridas de la guerra
Durante el debate, se destacó el papel clave que juega la Historia para
recuperar la memoria. Un episodio clave de nuestro pasado más reciente es la
guerra civil española, pese a que aún esconde muchas heridas por cerrar. Al
respecto, Agnès Boixader relató una experiencia educativa que se llevó a cabo
en Granollers (Barcelona). Los alumnos, con motivo del 70 aniversario del
bombardeo de los nacionales sobre la ciudad, ocurrido el 31 de mayo de 1938,
que dejó más de 200 muertos y cientos de heridos, tenían que preguntar a sus
abuelos, cuáles eran sus recuerdos de la masacre.
Y no siempre hallaron una respuesta, porque las cicatrices todavía no se han
cerrado: “Había abuelos que no querían hablar sobre el tema. Pero fue una
experiencia positiva, porque lo que los alumnos comprobaron es que cada
testimonio era diferente. Porque de un hecho único, surgen interpretaciones
diferentes”, destacó Boixader.
¿Pero, qué se aprende del pasado? Según el Grup de Valors, mirar atrás
permite conocer mejor el presente, pero no para pedir venganza sino para
extraer lecciones: “Los alumnos aprenden que un minuto tiene un impacto
brutal, un minuto en el que 300 kilos de bombas dejan cientos de víctimas. Es
la memoria del mal”, aseguró Boixader. “Pero es también la memoria
ejemplar, que nos ayuda a ser responsables del otro pero sin humillarlo”,
subrayó.
Otro testimonio para recordar es el de la enfermera suiza Elisabeth
Eidenbenz. Esta mujer fundó en 1939 la Maternidad de Elna, que ayudó a
nacer a 400 niños cuyas madres, refugiadas de la guerra civil, se encontraban
internadas en campos de concentración del sureste de Francia, así como a 200
hijos de mujeres judías perseguidas por el nazismo. Boixader, que elogió las
visitas escolares a la maternidad, destacó la “necesidad de poner a los
alumnos en contacto con un hecho histórico”. “Es la experiencia de la
esperanza”, concluyó.
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