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Las cifras de la economía son más que prometedoras, pero los sectores bajos no lo
sienten porque deben soportar el peso de una inflación latente.
El país crece con ganadores y perdedores
Les va bien a quienes se dedican a actividades atadas al tipo de cambio, la
construcción y la industria. Hay menos pobres, el empleo en negro sigue
constituyendo su principal ingreso y los precios no dejan de aumentar.
POR DANILA CUROTTO
El Producto Bruto Interno (PBI) creció un 9,2 por ciento en 2005. La actividad industrial se
encuentra en el mayor nivel de su historia. La inversión llegó al 22,7% del PBI. El sueldo
promedio subió 20,89% en un año. Estas y otras cifras dan cuenta de la recuperación de la
economía argentina luego de tres años de bonanza tras el estallido de la devaluación. Pero
como otras pinceladas de la realidad socio-económica, el costo de la Canasta Básica de
Alimentos (CBA) trepó a los 399,97 pesos, la inflación acumulada desde 2002 es del
79,18% y los precios subieron un 2,9% sólo en lo que va de este año.
¿Cómo conviven estas estadísticas en un mismo país? Lo cierto es que la actividad
económica está recuperando el nivel que tenía en 1998, pero los dígitos prometedores no
acercan a ricos y pobres. El propio presidente Néstor Kirchner admitió que se acentuó la
desigualdad en la distribución del ingreso, en un discurso pronunciado en febrero último
desde la Casa Rosada. La Argentina del crecimiento tiene entonces sus ganadores y
perdedores, aquellos que disfrutan la época de ‘vacas gordas’ y aquellos que aún no ven su
efecto en sus bolsillos.
En conversación con La Prensa, el economista Orlando Ferreres se refirió a estas dos caras
de la moneda: ‘‘El crecimiento, que entendemos como el flujo de bienes y servicios
disponibles, aumentó un 29 por ciento en los últimos tres años, sobre un pozo muy
profundo al que había caído la actividad económica en 2002. Ahora estamos en los niveles
de 1998, es decir, de hace ocho años. Es difícil para muchas personas percibir una mejora
cuando se acuerdan de lo que tenían hace diez años. Otros que consiguieron trabajo, o
saldaron deudas, sienten que están mejor’’.
Sin embargo, lo más rescatable para Ferreres, es la reducción de la pobreza y la indigencia.
Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), una familia
tipo necesitó reunir 859,95 pesos durante marzo último para no caer en la pobreza: fueron
cerca de 13 millones de argentinos quienes no llegaron a este parámetro (el valor de la
Canasta Básica Total), lo que equivale a un 33,8 por ciento de la población. A mediados de
2003, la pobreza afectaba al 57,7% de los habitantes.
‘‘Las acciones sociales significaron un gran esfuerzo para dar trabajo a través de sistemas
cooperativos. Esto colaboró en la disminución de la pobreza y la indigencia (que hoy
corresponde al 12,2%)’’, comentó Ferreres.
CUESTION DE CLASE
Los pobres pueden ser menos, pero no necesariamente están mejor. Según una
investigación de la Universidad Católica Argentina sobre la desigualdad social titulada
‘Barómetro de la Deuda Social’ (ver recuadro), ‘‘se perfila una estructura socio-económica
cada vez más segmentada, polarizada, a la vez que fragmentada’’. ¿Sus personajes?: el
sector corporativo, integrado a los mercados de altos ingresos; las ‘‘viejas y nuevas clases
medias profesionales’’, en un mercado de consumo reducido y altamente competitivo, por
un lado; y en el otro extremo, ‘‘una economía informal inestable apoyada en reglas de
competencia salvaje y todavía más abajo, una verdadera infraclase, socialmente aislada, con
crecimiento acelerado y que subsiste a través de actividades extralegales, prácticas
laborales de mendicidad, programas sociales o trabajos ocasionales’’.
Para Osvaldo Giordano, titular del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa), los
sectores más bajos resultan los menos beneficiados en el reparto del crecimiento. ‘‘En
primer lugar, el tipo de ajuste que impone la devaluación en un país exportador de
alimentos implica un precio relativo en contra de los pobres. La comercialización con el
exterior y la devaluación ha incentivado los aumentos en los alimentos. A su vez, ellos son
el principal componente del presupuesto de los hogares pobres. Por eso, la suba acumulada
del 110 por ciento perjudicó más que nada a los que menos tienen’’.
Además, los integrantes del sector son fundamentalmente oferentes de mano de obra no
calificada y, en general, contratada en negro. Según datos del Idesa, sólo un 35 por ciento
del ingreso en hogares pobres proviene de empleos formales: el asistencialismo provee el
10%, y el trabajo informal (como asalariado no registrado o cuentapropista no profesional),
el 52% ‘‘Los salarios en negro crecieron muy poco en comparación con el empleo formal,
por lo que siguen quedando atrás en la carrera detrás de la inflación’’, dijo Giordano.
No sucede lo mismo con las clases media y alta. ‘‘El ‘menú de consumos’ de estos sectores
integra menos alimentos y más servicios públicos, que no han sufrido tales aumentos. En
este caso, los asalariados formales de distintos rubros se han visto beneficiados por subas
inicialmente dispuestas por el Gobierno, que le han permitido recuperar por lo menos parte
de la pérdida’’.
Estos factores contribuyen a elastizar la brecha entre ricos y pobres, que a partir de cálculos
del Indec arrojó una diferencia de 31 veces en los ingresos de unos y otros, superando la de
los últimos cuatro años.
GANADORES Y PERDEDORES
El Centro de Estudios de la Nueva Economía (CENE) de la Universidad de Belgrano se
formó después del colapso de 2001 para analizar las nuevas condiciones y formular
estadísticas. Su director, Víctor Beker, brindó un diagnóstico del panorama en materia de
‘‘ganadores y perdedores’’ del crecimiento.
‘‘Es difícil determinar quiénes se ven favorecidos y quiénes no, porque la situación se torna
muy cambiante. Hace dos meses, los ganadores claros de este proceso eran los ganaderos,
pero ahora, con la prohibición de las exportaciones de carne, no puede decirse lo mismo.
Por lo tanto, los que eran ganadores hasta hace dos meses, ahora probablemente estén
engrosando la lista de los perdedores’’, explicó.
Para Beker, los más beneficiados son el sector industrial exportador, los industriales que
sustituyen importaciones y la construcción. ‘‘A su vez, el sindicalismo ha usado su fuerza
de negociación para obtener beneficios y aumentos salariales que le permitieron superar la
inflación; y el Estado recuperó recursos de manera inédita, con tres años consecutivos de
superávit fiscal’’, agregó.
Por otra parte, los que esperan que suba la marea del crecimiento son los jubilados que no
ganan el mínimo, que tienen los haberes congelados desde la década pasada, y pierden
poder adquisitivo mes tras mes a la par del proceso inflacionario. ‘‘Junto a ellos, hay un
perdedor potencial: las generaciones futuras. La falta de inversiones en sectores clave los
obligará a sufrir lo que ya vivimos, desde cortes de electricidad a teléfonos que no
funcionan’’, precisó Beker.
En síntesis, para el titular del CENE el contexto actual consiste en un ‘‘crecimiento
sustancialmente de exportaciones y del consumo, cuya continuidad depende por completo
de las inversiones’’.
LOS NUEVOS POBRES
Para Ferreres, los líderes de la economía actual son quienes se dedican a actividades ligadas
al tipo de cambio. ‘‘Los grandes terratenientes, con extensiones de campo de 500 hectáreas,
que es la unidad óptima en estos días, son los ganadores por excelencia. Y entre ellos, se
destacan los sojeros, cuyo producto es el que más aumento de precio, aún considerando los
derechos
de
exportación’’,
señaló.
En tanto, el economista se refirió a datos de la consultora Ipsos-Mora y Araujo, para sumar
un integrante a la lista de perdedores. ‘‘Los denominados ‘nuevos pobres’ constituyen el 10
por ciento de la población. Se trata de ex miembros de la clase media, que cayeron un
escalón porque no pudieron sostenerse en la crisis. Se mantenían en los sectores medios
bajo la premisa ‘si hay miseria, que no se note’, pero debieron restringirse aún más en ese
consumo algo ficticio y perdieron la simbología de estatus a la que estaban
acostumbrados’’, explicó.
La construcción, de la caída al pico histórico.
Uno de los sectores que lleva la delantera en la actividad económica es sin dudas la
construcción, que creció en 2005 un 14,6 por ciento, superando el pico histórico, y ya
acumuló una suba del 19,5% interanual en el primer bimestre de este año. Fernando Lago,
especialista de la Cámara Argentina de la Construcción, se refirió a este crecimiento, que
viene desarrollándose con ímpetu en los últimos tres años: ‘‘Dentro del sector, las
actividades mejor posicionadas son los emprendimientos inmobiliarios en Buenos Aires y
Rosario, las construcciones en el marco del Plan Federal de Viviendas en el interior del
país, y las obras viales. En tanto, las de infraestructura pesada, como gasoductos,
generación eléctrica y obras portuarias recién están empezando a anunciarse’’. Las
sorprendentes cifras que exhibe el mercado de la construcción, que para algunos son
engañosas porque sólo son un rebote de la estrepitosa caída entre 2000 y 2002, responden a
un fenómeno particular, según Lago: ‘‘Esta industria tiene la particularidad de ampliar sus
ciclos, por lo que sufre más profundamente las crisis y se recupera más rápido que otros
sectores’’.
A su vez, el crecimiento no es el mismo en los distintos niveles sociales. En enero de este
año, del total de 1.765 solicitudes de construcción en la ciudad de Buenos Aires, un 46 por
ciento estuvo destinada a viviendas suntuosas y otro 10 por ciento, a lujosas. A nivel
geográfico, los barrios de Puerto Madero, Caballito, Palermo y Villa Urquiza concentran el
55 por ciento de los permisos de obra.
Quien confirma esta tendencia es el mercado inmobiliario, pieza sustancial para el
sostenimiento de la construcción. Carlos Sotelo, vicepresidente de la Cámara Inmobiliaria
Argentina, explicó a La Prensa que ‘‘la reactivación del sector se inició en 2004 en Puerto
Madero, Caballito, Recoleta y Palermo, y luego se dio un efecto espiralado que alcanzó
otras zonas: en Villa Urquiza se están desarrollando entre 50 y 60 emprendimientos con
muy buena respuesta’’.
En tanto, el sur de la ciudad sigue quedando alejado del crecimiento, y su recuperación se
dificulta por la poca flexibilidad de los créditos inmobiliarios. Quien no participa del
crecimiento industrial es la industria del tabaco, que fue la única que registró caídas en
2005. Según datos provistos por el Indec, este mercado experimentó una baja del 6,4 por
ciento.
La deuda social es un problema estructural
Uno de los documentos que dio cuenta en los últimos días de la desigualdad detrás del
crecimiento es la investigación ‘Barómetro de la Deuda Social Argentina’, elaborada por la
Universidad Católica Argentina (UCA). A partir de lo recavado en junio de 2005 sobre la
base de 1.600 casos, el informe da precisiones de la ‘‘deuda social argentina’’, definida
como ‘‘una acumulación de privaciones y carencias en distintas dimensiones que hacen a
las necesidades del ser persona y del ser social’’.
El resultado clave de este informe es que, aun reconociendo la mejora de la situación socioeconómica, los sectores medios se vieron más beneficiados que los bajos, por lo que la
inequidad sigue siendo una preocupación. Así, la ‘deuda social’ aparece descripta por tres
factores: ‘‘El enorme excedente de trabajadores desocupados, el deterioro estructural que
afecta a todos los niveles del Estado, y las profundas desigualdades regionales y sociales
que fragmentan al país y al sistema social’’.
Entre los datos que provee la investigación se destaca que la mejora en los sectores bajos
fue de 3,7 puntos (se pasó de 70,3 por ciento a 66,6%), en tanto que los medios se
superaron en 15,9 puntos (de 34,1 por ciento a 18,2%). El diagnóstico de la UCA se declara
ratificado por un reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), según
el cual ‘‘la Argentina es el país de América latina y el Caribe en donde más se profundizó
la desigualdad entre ricos y pobres durante la última década’’.
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