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Roma, 26 de mayo de 2002 Queridos chicos por un mundo unido, chicas y chicos aquí presentes: Están aquí, en la ciudad de Roma, llena de sol, henchida de historia, centro de la Iglesia católica, provenientes de 92 naciones del mundo, representando a muchas culturas y credos: musulmanes, budistas, hindúes, sijs, zoroastrianos, de religiones tradicionales africanas y cristianos de 14 Iglesias. Aquí están, a la sombra del Coliseo, donde muchos cristianos de los primeros siglos pagaron con el martirio su fe en Jesús. Aquí están, para celebrar y manifestar en favor de un ideal grandísimo: la paz. La paz. Pero ¿la paz es un tema de tanta actualidad? Sí, sin duda, y tal vez más que nunca. Y no solamente por las guerras que se viven aquí y allá, en varios puntos del planeta, sino también porque hoy la paz está amenazada de otro modo, un modo más engañoso. Fíjense: aunque ya hayan pasado varios meses, seguramente está todavía vivo en vuestros jóvenes corazones ese terrible 11 de setiembre con el derrumbe de las dos torres gemelas en Nueva York. Y está vivo particularmente en estos días, en los que parecen perfilarse nuevas, análogas amenazas de terrorismo. Y bien: frente a esta situación, espíritus profundos e iluminados piensan cada vez más convencidos que todo esto no es solamente fruto del odio entre individuos o pueblos, sino también uno de los efectos de la oscura fuerza del Mal con la M mayúscula. La situación entonces es seria. Porque, si las cosas están así, no basta oponerse a tal peligro únicamente con las fuerzas humanas. Hay que movilizar las fuerzas del Bien con la B mayúscula. Y todos ustedes saben cuál es este Bien: Dios y todo lo que tiene sus raíces en él: el mundo del espíritu, de los grandes valores, del amor verdadero, de la oración. Este es el porqué de Asís, el pasado 24 de enero, cuando Juan Pablo II invitó por segunda vez a los representantes de las más grandes religiones del mundo a la ciudad de san Francisco para invocar al Cielo la paz. Pero la paz hoy es un bien tan preciado que todos nosotros, adultos y jóvenes, gobernantes y simples ciudadanos debemos comprometernos en salvaguardarla. También ustedes, chicos y chicas. Lógicamente. para saber cómo comportarnos, debemos conocer bien las causas más profundas de esta actual, dramática situación. También ustedes se dan cuenta de que en el mundo no reina la justicia, que hay países ricos y países pobres, mientras que el plan de Dios sobre la humanidad sería el de ser todos hermanos, en una única, gran familia, con un solo Padre. Este desequilibrio es uno de los factores, tal vez el más determinante, que genera resentimiento, hostilidad, venganza, terrorismo. Entonces, ¿cómo es posible crear mayor igualdad, suscitar una cierta comunión de los bienes? Es lógico que los bienes no se mueven si no se mueven los corazones. Por lo tanto hay que difundir el amor, ese amor recíproco que genera la fraternidad. ¡Hay que invadir el mundo de amor! Empezando por nosotros mismos. Así tendrían que hacer ustedes. Pero alguno de los presentes podría preguntarme: el amor, amarse, ¿es compatible con el estilo de vida que nuestras culturas nos transmitieron? Sí, es compatible. Vayan a buscar vuestros libros sagrados y encontrarán, está en casi todos ellos, la “Regla de oro”. En el cristianismo se expresa así: “Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes” (cf Lc 6,31). Y así dice Israel: “No hagas a nadie lo que no te agrada a ti” (Tob 4,15). En el Islam: “Ninguno de ustedes es verdadero creyente si no desea para el hermano lo que desea para sí mismo” (Hadith 13, Al Bukhari). En el hinduismo: “No hagas a los demás lo que te causaría dolor si te lo hicieran a ti” (Mahabharata 5: 1517) Y todas significan: respeta y ama a tu prójimo. Y si tú, chico musulmán, amas, y tú, cristiano, amas, y tú, hindú, amas, seguramente llegarán a amarse mutuamente. Y si lo hacen entre todos, se realizará una porción de fraternidad universal. Después hay que amar a los demás prójimos, y ustedes particularmente a los chicos que irán encontrando en la vida: porque, ya que cada uno ama a su semejante, los chicos se dejan convencer y arrastrar más fácilmente por los mismos chicos hacia los grandes ideales. Amar entonces: este es uno de los grandes secretos del momento. Amar con un amor especial. No con ese que se dirige únicamente a los propios familiares o a los amigos, sino con un amor hacia todos, simpáticos o antipáticos, pobres o ricos, pequeños o grandes, de tu patria o de otra, amigos o enemigos… Hacia todos. Y ser los primeros en amar, tomando la iniciativa, sin esperar ser amados. Y amar no solamente con las palabras, sino concretamente, con hechos. Y amarse mutuamente. Queridos chicos y chicas, si harán así, si haremos así, la fraternidad universal se extenderá, florecerá la solidaridad, los bienes serán mejor distribuidos, y el arco iris de la paz podrá resplandecer sobre el mundo: ese mundo que dentro de pocos años estará en vuestras manos. Chiara Lubich