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CATEDRAL METROPOLITANA DE ASUNCIÓN
Jueves, 7 de julio de 2016
20.00 h.
(Os 11,1-4.8-9; Sal 79; Mt 10,7-15)
Homilía
Queridos hermanos:
Comparto con ustedes la profunda alegría de poder celebrar la Eucaristía en esta
Catedral de Asunción, memorial de la historia de fe de este bendito pueblo
paraguayo. Una fe probada en el sufrimiento, que manifiesta una esperanzadora
certeza: Dios no abandona a su pueblo.
La Palabra que hemos escuchado es un llamado a renovar nuestra condición de
discípulos y, a la vez, de apóstoles del Señor. A todos, el Señor nos llama a estar con
Él y a todos nos envía a anunciar el Evangelio, a cada cual desde su propia vocación
y desde los diversos carismas recibidos.
El profeta Oseas nos recuerda que la historia del Pueblo elegido, como nuestra
historia personal, está marcada por el amor incondicional del Señor que, a pesar de
nuestros pecados y de nuestra debilidad, no cesa de mostrarnos su ternura, su amor y
su misericordia.
En el Evangelio, Jesús envía a los doce a proclamar el Evangelio, pero primero les
enseña cómo ha de realizarse esta misión. Hay un cierto paralelismo entre las
recomendaciones de Jesús a los apóstoles antes de ponerse en camino “sin bolsa, sin
dinero, con una sólo túnica…” y las condiciones que Moisés exigía al pueblo para
celebrar la Pascua que precedía a la salida de Egipto: “la cintura ceñida, los pies
calzados, el bastón en la mano…porque es la Pascua del Señor” (cfr. Ex 12,11).
El verdadero éxodo del cristiano comprende no sólo un punto de partida: la liberación
de la esclavitud del pecado, de la idolatría; sino también una finalidad concreta:
anunciar y proclamar al mundo la misericordia del Señor: evangelizar. El Papa nos
recuerda continuamente que hemos de ser una “Iglesia en salida”, desinstalada, en
permanente “dinamismo de salida” (EG 20).
Para poder realizar esta misión, en primer lugar somos llamados a la conversión, a
acoger al Señor. El gran pecado que Jesús recriminará en el Evangelio, hasta el punto
de sacudirse el polvo de los pies, es el de la no acogida de la Buena Noticia, la
cerrazón de muchos a su amor.
Es el mismo pecado del que nos habla el profeta Oseas: no reconocer el paso de Dios
por nuestra vida, su amor, un amor que cura, resucita, purifica, expulsa los demonios.
Me detengo brevemente en tres características que encontramos en el evangelio de
hoy, sobre como ha de ser esta misión a la que el Señor, por medio de la Iglesia, nos
llama:
1) Somos enviados: no vivimos la fe por nuestra cuenta, sino que lo hacemos
injertados en una comunidad creyente, formando parte de un pueblo santo, la Iglesia,
que es quien nos envía a dar testimonio del Evangelio, con obras y palabras, pero
sobre todo, con nuestra propia vida.
2) Agradecidos: el amor de Dios es completamente gratuito. Él nos regala su misma
vida, por medio de la gracia, sin mérito alguno por nuestra parte. De la “gracia”
acogida en lo profundo del corazón brotará como respuesta nuestro “agradecimiento”,
el cual ha de acompañar a todo evangelizador. Por agradecimiento al Señor, nos
ponemos en camino, proclamamos su amor, llevamos a todos, el gozo y la alegría del
Evangelio. Como nos dice san Pablo: “el amor de Cristo nos apremia…” (2ª Cor
5,14) y “Ay de mí, si no anuncio el Evangelio” (1ªCor 9,16).
3) Confiados: la fe se acrecienta dándola. En la salida de nosotros mismos al
encuentro del otro, en nuestra misión concreta de cada día, no estamos solos. Cristo
nos envía, pero también nos precede y nos espera. Cuanto más conscientes seamos de
nuestra propia debilidad, más brillará la acción de Dios. La fuerza no viene de
nuestras capacidades, viene “de lo alto” a nuestra realidad de pecadores, a nuestra
debilidad, “para que aparezca claro que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no
de nosotros” (2ªCor 4,7).
Esta tarde venimos a la Eucaristía con un corazón agradecido, a dar gracias con
Cristo al Padre, por la maravilla de su amor, de su llamada. En cada celebración, se
renueva para nosotros la alianza de amor irrevocable que el Padre ha sellado en
Cristo con toda la humanidad. El pan y el vino de la vida, el Cuerpo y la Sangre del
Señor, entregado, derramada por amor, han de ser siempre la fuente inextinguible de
la que se nutra nuestra vida cristiana y también la meta hacia la que caminamos. Y la
misión no es otra que hacer partícipes a nuestros hermanos, que no conocen este
amor, de la posibilidad e participar de la mesa del amor de Dios, del “pan” que
verdaderamente sacia, del “vino” que llena nuestro corazón de gozo, de alegría, de
vida eterna.
Cada vez que celebramos la Eucaristía nos transformamos en aquello que recibimos,
para poder así ser enviados a curar, resucitar, purificar, expulsar demonios, es decir, a
realizar las obras de Cristo, a practicar la misericordia en favor de nuestros hermanos.
Es Cristo el que a través de nosotros se hace presente en los gozos y esperanzas, en
las tristezas y angustias de nuestros hermanos. Y es a Cristo también a quien
descubrimos en cada persona, especialmente en los más pobres, a la que llevamos la
Buena noticia. Es la “intimidad itinerante” y la “comunión misionera” de la que nos
habla el Santo Padre (EG 23).
Pidamos a la Virgen de Caacupé, tan amada por el pueblo paraguayo, que nos
conceda un corazón confiado y agradecido, donde habite su Palabra; una Palabra que,
por la acción del Espíritu Santo, se va transformando poco a poco en obras de
misericordia, “para la vida del mundo”. Amén.