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MARIA – RECURSOS
CANTOS MEDITADOS
MARÍA, MÚSICA DE DIOS
CANTO
Me quedé sin voz con qué cantar,
y mi alma vacía dormía en soledad.
Y pensé para mí: me pondré en sus manos,
manos de Madre, me dejaré en su amor.
Y TÚ, MARÍA, HAZME MÚSICA DE DIOS.
Y TÚ, MARÍA,
ANIMA LAS CUERDAS DE MI ALMA.
ALELUYA. AMÉN.
María, acompaña tú mi caminar,
yo solo no puedo, ayúdame a andar.
Y pensé para mí: me pondré en sus manos,
manos de Madre, me dejaré en su amor.
Y TÚ, MARÍA, HAZME MÚSICA DE DIOS.
Y TÚ, MARÍA,
ANIMA LAS CUERDAS DE MI ALMA.
ALELUYA. AMÉN.
(Grupo KAIROI - Disco: “MARÍA, MÚSICA DE DIOS”, Ediciones PAX)
REFLEXIONES
“Me quedé sin voz con qué cantar…”
- Es la manifestación del corazón creyente que se siente a gusto
ante la alabanza que dirige a su Madre, María. Cantar y alabarle
es, pues, su deseo más profundo en estos momentos de su caminar.
Y es que él se siente acompañado, en esta peregrinación por la
vida, por aquella que se ha puesto a disposición de los proyectos
del mismo Dios.
- El corazón filial ha descubierto cómo es el ESTILO de la Madre
ante los deseos de Dios y cómo no sólo no pone “pegas”, sino -al
contrario- es su DIPONIBILIDAD, plena y confiada, la que le
embauca. He aquí la razón de la alabanza, gozosa e incansable.
“Y pensé para mí: me pondrá en sus manos”
- He aquí la conclusión a la que llega el corazón filial: “ponerse en
sus manos” es la actitud más bella y hermosa que le ha surgido
espontáneamente. Y es que presiente que ahí está seguro y
defendido de los peligros. Y… ¡cómo desea él poder vivir esta
experiencia!
- Y es que en su caminar por la vida ya ha experimentado lo que
es “sentir” las caricias de la Madre, la confianza que ello produce
y la seguridad, aún en los momentos más complicados y que, por
supuesto, le ha tocado afrontar. Las “manos” maternas producen
ese “toque” que transforma las situaciones, y es que el AMOR está
entremedias.
“Manos de Madre, me dejará en su amor”
- ¡Aquí está el secreto! En cuántas ocasiones, ha tenido que recurrir
el hijo al calor de esas manos, buscando el cobijo que necesitaba,
la seguridad que su corazón anhelaba. Es la experiencia de una
búsqueda y que ha encontrado en María la respuesta adecuada.
- De ahí que… “me dejaré en sus manos”. Aquí es donde quiere
DESCANSAR el corazón filial. El regazo de la Madre es símbolo
de tantas cosas y de tantas experiencias. Y… “en su amor” tiene
tantas connotaciones vivas: “Ahí tienes a tu Madre… Ahí tienes a
tu hijo” es el punto de partida en aquella ofrenda del Calvario, pero
que luego, en tantos momentos y circunstancias, se ha hecho
palpable y tangible. Es la experiencia del amor, hecho vida.
“Y tú, María, hazme música de Dios… Anima las cuerdas de mi alma…”
- ¡Qué súplica tan sugerente! Ser… “música de Dios”. Esto es, que
el “podido” o la música de Dios resuene en mí y entone todo mi
ser, como lo hizo el corazón y la vida entera de María:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor…”. Así, me uno al
cántico de María que, a través de los tiempos, sigue resonando en
todos los rincones de la humanidad.
- “Anima las cuerdas de mi alma”: esto es, como ese deseo de
“afinar” las cuerdas para que todo esté acorde con el momento
que se está viviendo y que, sin duda alguna, es impresionante.
Dios mismo, María y el hijo que busca… unidos por la misma
melodía, por la misma música. ¡Cuán diferente es nuestra vida
cuando se encuentra “desentonada”, a falta de esa conexión tan
especial y que tanta VIDA produce!
“María acompaña tú mi caminar… Yo solo no puedo, ayúdame a andar”
- Nuevamente y con enorme confianza, el hijo vuelve a suplicar a la
Madre eso que siente tan necesario y vital. Y es que vuelve a sentir
el “escalofrío” que supone sentirse solo en las luchas de la vida, que
son muchas. De ahí que el… “acompaña tú mi caminar” es
plegaria profunda, que nace en el corazón mismo del hijo,
necesitado de ayuda.
- “Yo solo no puedo, ayúdame a andar”: está claro el deseo y la
necesidad. Ella que enseñó a andar al mismo Jesús, ahora recibe
una nueva tarea: “ayúdame a andar”. Así de simple y sencillo,
pero, al mimo tiempo, de hermoso. Ahora, la Madre se siente
“obligada” a la nueva tarea, pero que no le importa, porque Ella
está acostumbrada a esos quehaceres. ¡Lo ha realizado tantas
veces…!
“ALELUYA. AMÉN”
- Es la convicción del hijo. De ahí su doble afirmación.
“ALELUYA” es el grito creyente que proclama el valor de la
VIDA, tanto en Jesús resucitado, como en la Madre y en el hijo. Es
una confesión de fe. ¡Qué hermoso!
- “AMÉN”: es la síntesis final. Con ello, el hijo proclama cuanto ha
descubierto y ahora se siente hermano del mismo Jesús, e hijo de la
Madre, que se ha comprometido a cuidar de él. Ahora sí que el
hijo puede descansar en su búsqueda y disfrutar del momento.
¡Amén!
MOMENTO PARA EL COMPROMISO
- Escucharé y cantaré (o tararearé) este canto, de modo que me penetre
en el interior y me ayude a sentir a María, como la Madre que
“enseña a andar” a los seguidores de su Hijo amado, que es Jesús.
- Utilizaré esta plegaria: “María, acompaña tú mi caminar”, y la
convertiré en mi plegaria, sencilla y reiterada, durante esta
temporada.
- Y esta plegaria, la haré extensiva por CADA UNA de las personas
con las que me encuentro cada día en mi caminar creyente y con las
que comparto tantos momentos intensos y fraternales.