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Viernes Santo, ciclo B MUERTE DE JESÚS por GASPAR MORA Todo ha terminado, Tú, Señor Jesús, has hecho tu camino hasta el final, hasta el punto más difícil. Belén, Nazaret, el Jordán, Galilea, Judea, Jerusalén. Nunca la vida te fue fácil. El último tramo ha sido el más doloroso: Getsemaní, la subida al Calvario, el sufrimiento, la soledad, la muerte. No ha habido milagros ni sorpresas. Todo ha terminado. Todavía nos resuena al oído la última blasfemia, la más terrible: sálvate a ti mismo, si eres el Mesías de Dios. Ante tu cuerpo colgado y sin fuerzas aquella injuria es como un puñal que nos penetra el alma, dolorosamente, como un aguijón de hielo que nos hiela el espíritu. Sálvate a ti mismo. ¿Por qué Dios abandona a su Mesías? De tu boca medio abierta parece salir todavía el último grito, ya al límite de las fuerzas, inexplicablemente el más fuerte: ¡Padre, confío mi aliento en tus manos! Es tu última palabra. El momento de la sinceridad total, la transparencia definitiva de tu espíritu. Colgado en la cruz, herido por dolores insoportables, víctima de los poderosos y abandonado de todos, no hablas de injusticia, de sufrimiento o de soledad. Tú, Señor Jesús, inocente perseguido por los intereses de los poderosos, símbolo de los millones de santos inocentes aplastados por las ambiciones y las injusticias, no hablas de tu inocencia o de la condena de la injusticia. Tú, Señor Jesús, atravesado por todo tipo de sufrimientos, símbolo de todos los hombres y mujeres que han sufrido al largo de nuestra triste historia humana, no hablas de tu dolor. Tú, Señor Jesús, incomprendido y abandonado de todos tus amigos, solo y sin defensa ante los que te matan, símbolo de todos los destrozados por las garras invisibles del abandono, no hablas de la queja de tu soledad. En el momento de la transparencia total del corazón, ¿cuál es, pues, Señor Jesús, tu verdad? Este es el grito, inexplicablemente más fuerte: ¡Padre, a ti me entrego! Tu verdad es más que la condena de la injusticia, más que la sobrecarga de sufrimiento o de soledad. Tu verdad es tu entrega. Tú, Señor Jesús, has pasado por nuestra vida y por nuestra muerte. Y en el momento supremo has hecho, de ello, donación, entrega y amor. Te has cargado en las espaldas todas las injusticias, todos los sufrimientos y todas las soledades, y lo has convertido en el momento de comunión más plena, más dolorosa, más definitiva. Tu última palabra es el grito más fuerte, explicablemente más fuerte porque define toda tu vida, toda tu muerte: Padre, confío mi aliento en tus manos. Tu cuerpo colgado en la cruz nos obliga a mirar hacia arriba, allí donde se encuentran el cielo y la tierra, Dios y la humanidad; es tu corazón herido y tus labios medio abiertos. Es así como Dios se revela Padre y Salvador; es así como tú mismo te has salvado. No ha habido espectáculo pero sí sorpresa, la mayor sorpresa de nuestra historia humana. Tú, Señor Jesús, te has salvado dándote del todo, no has huido sino que en el infierno de nuestra inhumanidad has amado totalmente, te has entregado al Padre y a nosotros. Ya nada volverá a ser como antes, palabras, sentimientos, vidas; ante tu cruz todo ha cambiado de sentido, todo comienza a abrirse a un sentido nuevo, profundo, luminoso: salvación, amor, vida nueva, Hijo de Dios, Hombre nuevo y lleno, Dios amoroso y salvador. El sol se apaga, se rasga la cortina del templo, Dios y el hombre se han encontrado en tus labios medio abiertos, en tu corazón herido y entregado. Todo se ha cumplido. Passió d’Esplugues, Barcelona, Claret, 2006 (El bri ; 49), 50-53 MONESTIR DE SANT PERE DE LES PUEL·LES