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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de
Guadalupewww.virgendeguadalupe.org.mx
Homilía pronunciada por Mons. Dr. Enrique Glennie Graue, Rector de la Basílica de
Santa María de Guadalupe, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Presidente
del Cabildo, en el XIX Domingo de Ordinario.
7 de agosto de 2016
La primera lectura del libro de la Sabiduría y el pasaje del Evangelio de Lucas
expresan la certeza de que Dios viene a nosotros, unido a la actitud de espera
vigilante que corresponde a cada uno de nosotros los creyentes. La carta a los
Hebreos en la segunda lectura, fundamenta esta actitud del creyente en la fe y
señala como ejemplo de ella a los patriarcas. En sintonía con ellos, nosotros también
podemos también decir: 'Nosotros esperamos en el Señor'. Si la Palabra de Dios el
domingo pasado nos ponía en guardia contra la avaricia y la acumulación de bienes,
hoy nos invita a dar un paso más y deshacernos de todo lo superfluo, para confiar
radicalmente en Dios. Por tanto, podemos decir que el Evangelio de hoy es
particularmente exigente y difícil.
Los versículos iniciales del Evangelio nos exhortan a desprendernos de todo. Esto
puede parecer una locura, pero sólo se entiende cuando el Discípulo ha colmado su
corazón con Dios y cuando se ha llenado de lo fundamental y lo fundamental
hermanos, es el Reino. Cuantas cosas acumulamos en nuestro corazón, no
solamente me refiero a las cosas materiales, me refiero también a tantos
sentimientos que van contrarios al espíritu del Reino de Dios, envidias, rencores,
resentimientos. Tantas cosas que nos amargan el corazón y que hacen daño a los
demás. El Señor nos dice: libérate de ello. Es cuando nosotros como discípulos
podemos desprendernos de todo lo secundario, de lo que no sirve, de lo que estorba
y que no esté en consonancia con el valor supremo del Reino.
Esto exige hermanos, fortaleza y vigilancia. La vigilancia está expresada en el
Evangelio, en primer lugar, con la expresión: 'Estén listos, con la túnica puesta y las
lámparas encendidas' y, después con dos comparaciones: la actitud del criado siempre preparado para la llegada del señor de la casa- y la del amo, que no baja la
guardia ante la posibilidad de que un ladrón entre a robar. El Señor Jesús exhorta a
sus Discípulos a que mantengan o mantengamos esa misma actitud vigilante.
Ante la pregunta de Pedro, Jesús propone otra comparación. Con la figura del
administrador -un hombre que goza de la confianza del Señor y a cuyo cargo deja a
los criados y las finanzas de su casa- Jesús contrapone dos comportamientos: el
responsable y el irresponsable. El buen administrador –todos somos de alguna forma
administradores de los bienes que Dios ha puesto en nuestras manos-, ese
administrador bueno por ser persona de confianza, debe ser responsable, fiel y
vigilante en el ejercicio de su cargo, porque el Señor le pedirá cuentas. En esto
encontramos el sentido de las últimas palabras del Evangelio: ¡A quien mucho se le
da, se le exigirá mucho y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más! Cada
uno de nosotros tenemos que examinarnos a la luz de esta Palabra del Señor: ¿Qué
se
nos ha confiado? ¿Cuál es
nuestra responsabilidad?
¿Y cómo estamos
respondiendo? Cada quién tiene sus propias responsabilidades.
Santa María de Guadalupe, la Madre del Dios por quien se vive, al elegirnos como
pueblo suyo y objeto de su amor y su confianza, ha puesto en nuestras manos una
grande responsabilidad que exige de nosotros ser fieles a su Hijo Jesucristo. Lo que
ha hecho con nosotros, no lo ha hecho con ningún otro pueblo. ¿Somos conscientes
de esta responsabilidad de nuestra fe? ¿Cómo hemos respondido como nación, como
país, individualmente? Éste es un buen momento de reflexión y de examen, que no
lo desaprovechemos y busquemos siempre responder mejor a lo que el Señor espera
de nosotros.
Que así sea.