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DANA
La Generosidad (“dana” en Pali) es una práctica
budista fundamental, la cual es extensamente
practicada y altamente desarrollada en la mayoría de
países budistas. Sin embargo, en los países del
occidente normalmente se ha puesto más importancia
en la meditación, a causa del interés de la gente en
encontrar maneras para reducir su caos mental y su
estrés emocional. Desafortunadamente, éste énfasis
en la meditación ha resultado frecuentemente en la
relegación de la generosidad a un lugar de menos
importancia en la práctica espiritual.
Pero la generosidad es verdaderamente el corazón de
toda práctica espiritual. Es decir, el propósito básico de
la práctica espiritual es dar de uno mismo, renunciar a
uno mismo, abandonar los vínculos a uno mismo,
renunciar el egoísmo, abandonar las identificaciones a
uno mismo. Pero irónicamente, parece que mucha
gente llega a practicar la meditación para poder
obtener algo para ellos mismos, en vez de entregar algo
de ellos mismos.
En un sentido práctico, esto se puede entender
fácilmente. Como el individuo es una realidad
incompleta, constantemente busca objetos/cosas para
afirmar su existencia. Alimentado por la sociedad de
hoy hambrienta por consumir, adonde se piensa que la
próxima gran cosa te va hacer hasta más feliz, nuestro
mundo se ha esclavizado al obtener, obtener, obtener.
Y la mayoría de nosotros no conocemos los beneficios
de la generosidad, nunca sabiendo que renunciar
nuestras costumbres egoístas y librarnos del consumo
sin fin podría ser el camino a más paz, felicidad y
libertad, si no a la liberación espiritual.
Si llegamos a la práctica espiritual con el propósito de
abandonar el sufrimiento, en vez de obtener
iluminación, entonces por lo menos tenemos una
actitud inicial correcta. Y en la práctica budista,
abandonar el sufrimiento empieza con abandonar las
cosas con las cuales el individuo se identifica,
materialmente y mentalmente. Esto también incluye
abandonar perspectivas de uno mismo y opiniones de
uno mismo y, en la final, rendir el aferramiento a la
identidad de uno mismo y todas sus varias
permutaciones, formulaciones e identificaciones.
Tradicionalmente, la generosidad se asocia con dar
comida, requisitos y apoyo financiero a los monásticos.
Sin embargo, el verdadero propósito de la generosidad
es la cultivación de una “generosidad de espíritu”, que
sintoniza el corazón con la benevolencia intrínseca que
existe detrás de las exigencias sin fin del individuo.
Esta fuente bondadosa de generosidad nutre muchas
otras cualidades benéficas que apoyan la liberación del
egoísmo. Se convierte en la base de apreciar el
renunciamiento a través de aprender el arte de ceder.
Así tenemos más paciencia y nos relajamos más
adentro del flujo de la vida, como abandonamos la
expectativa de ser gratificados o premiados. Por medio
de cultivar el principio de dar, también aprendemos a
perdonar, a abandonar los errores y el dolor del pasado,
lo cual abre el corazón a la bondad cariñosa que sigue
profundizándose. Y mientras dar evoluciona en
abandonar/rendir/renunciar, surge una claridad de visión
que se aumenta con la disolución de nuestras
preconcepciones egoístas. Hasta diría yo que para
algunas personas la práctica de la generosidad puede
ser un medio más directo e inmediato para llegar al
altruismo y al abandono del egoísmo, que tal vez años
de meditación.