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HOMILÍA DE LA SOLEMNIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA – CICLO C
Primer aspecto: “HIJO, NO ABANDONES A TUS PADRES MIENTRAS VIVAN”
(Eclo 3, 3-7.14-17)
En esta primera lectura del libro del eclesiástico se nos presenta una serie de
recomendaciones de vida para los hijos, dichas recomendaciones tienen como centro el ideal
de familia la cual se centra en la autoridad de los padres y en el temor de Dios que no es
más que cumplir con la voluntad de Dios.
Apliquemos el texto a nuestra vida: Para iniciar esta reflexión preguntémonos: ¿Cuál es el
ideal de familia que deseamos construir? ¿Existen familias ideales? ¿Qué hace falta para
que existan? La respuesta es sencilla: para que existan familias ideales es necesario tener
familias temerosas de Dios, es decir, familias que tengan a Dios como el centro de sus vidas,
familias deseosas de Dios. Para los antiguos la autoridad de los padres garantizaba la unidad
en la familia, pero hoy en día esto se complica porque los padres han perdido la autoridad en
el hogar o simplemente los esposos viven “desautorizándose” delante de los hijos y es allí
donde los hijos sacan ventaja y hacen lo que quieren y en consecuencia, se pierden. La
lectura de este domingo nos debe ayudar a tomar conciencia de que solamente en la
autoridad de los padres se puede manifestar la voluntad de Dios, ¿Por qué? Porque ellos son
los únicos que aman de verdad a los hijos, son ellos los que pueden acompañar los fracasos
de los hijos; por tanto a manera de conclusión podemos afirmar que los padres de familia que
viven la voluntad de Dios son aquellos que aman y corrigen a sus hijos, porque el que ama
evita los errores que llevan al fracaso, es por eso que un padre corrige por amor y desde el
amor.
Segundo aspecto: EN SUS CORAZONES REINE LA PAZ DE CRISTO… QUE LA PAZ DE
CRISTO HABITE EN USTEDES CON TODA SU RIQUEZA” (Col 3, 12-21)
En esta segunda lectura de San Pablo a los Colosenses proponen una serie de consejos
prácticos que garantizan la convivencia en la comunidad y en la familia, éstos son: humildad,
fraternidad y paciencia, estas tres actitudes van ligadas profundamente mediante el amor
sincero, solamente así podremos ser capaces de perdonar y soportarnos unos a otros.
Apliquemos el texto a nuestra vida: Estamos frente a un examen de vida ¿Qué actitudes
debemos cambiar en nuestra vida? Recordemos que para hacer cambios en nuestra vida
hay que estar mirando a Cristo porque solos no podemos, necesitamos estar con Aquel que
lo hace posible todo. El amor exige de actitudes de vida, no se trata de un “amor comercial”
es decir, de un amor que se expresa solamente cuando se dan cosas materiales o cuando
hay intereses de por medio, el amor cristiano es aquel que se expresa con actitudes de vida:
los esposos que se amen y se perdonen sus limitaciones, los hijos que obedezcan y honren
a sus padres, este es el verdadero amor que exige la vida cristiana. Para que esto sea
posible en el seno de una familia es importante que éstos tengan a Cristo Jesús como el
centro de sus vidas y así serán capaces de soportarse unos a otros, serán capaces de
perdonarse con sincero corazón. Dejar que la palabra de Cristo habite en nuestros corazones
exige sacar toda clase de maldad, es decir, odio, resentimientos, cóleras, envidias y empezar
a llenar nuestro corazón de Dios, es decir, de humildad, mansedumbre, comprensión,
respeto, amor, solidaridad, fraternidad, etc., porque de lo que está lleno nuestro corazón
hablará nuestra boca.
Tercer aspecto: “SU MADRE CONSERVABA EN SU CORAZÓN TODAS AQUELLAS
COSAS” (Lc 2, 41-52)
El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús con un proyecto de vida claro: “…debo
estar en las cosas de mi Padre” Jesús tiene como misión realizar la voluntad de Dios en su
vida, además Jesús toma conciencia de que Dios es su “Padre” y vivir cerca de él es hacer la
voluntad de su Padre pero ello implicó la incomprensión de su propia familia: “…ellos no
entendieron la respuesta que les dio.”
Apliquemos el texto a nuestra vida: El evangelio de este domingo lo meditamos en el santo
rosario bajo el título de: “Jesús perdido y hallado en el templo” y cada vez que meditamos
esta frase sería bueno preguntarnos: ¿Y nosotros en qué nos perdemos? Nuestros hijos
¿Dónde se pierden? ¿Es común perdernos en las cosas de Dios? ¡Qué bueno sería vivir
“perdidos” y “hallados” en Dios! Para Jesús fue claro que las cosas de Dios eran lo
fundamental y por eso buscaba a Dios incansablemente, lo arriesgó a caer en los conflictos
familiares, démonos cuenta que estar en las cosas de Dios trae “conflictos, incomprensiones”
incluso de la misma familia, no todos entienden ni comprenden nuestra relación con Dios, por
tanto esto acarrea dificultades.
Cuántos conflictos surgen por estar comprometidos con las cosas de Dios, a veces nos
cuesta ser perseverantes porque no comprendemos el plan de Dios en nuestra vida, o
cuántas veces las incomprensiones con los hermanos de comunidad o de familia nos
desaniman del plan salvífico de Dios, ciertamente los caminos de Dios no siempre son
nuestros caminos, la clave está en saber quién es Dios para mi vida y esto lo sabremos en la
medida en que nos abramos al amor infinito de Dios y nos sumerjamos en él, es decir, se
trata de tener un corazón dispuesto para que Dios nos habite y así podamos abrirle un lugar
importante para que él sea la razón de nuestra existencia y para que él ocupe el primer lugar
en nuestra vida.
Jesús fue capaz de arriesgarse con tal de cumplir con la voluntad de su Padre, incluso se
sometió a la incomprensión de su propia familia y esto llevó a que María, su madre, guardara
todo en su corazón, por tanto, hoy es importante ir a nuestro corazón y buscar a Dios allí, ir al
corazón de la familia y saber si Dios está como el centro de la familia o qué puesto ocupa
Dios en el hogar, hoy podemos pedirle a Dios que venga y nos habite para que podamos
sumergirnos en él, para que nos perdamos en el misterio infinito de su amor, dejémonos
invadir por el Señor para que nuestra vida vaya configurándose con el proyecto de Dios.