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Un corazón que ama de modo humano
Jaungoikoari eskerrak emoteko sasoia da
Concluimos el curso pastoral dando gracias a Dios por todos los dones
recibidos. El agradecimiento debería ser un elemento fundamental de
nuestra vida. ¡Qué tienes que no hayas recibido! El año de la misericordia
es un tiempo para reconocer la infinita bondad de Dios y dejar brotar el
agradecimiento. Esta misericordia hace referencia a la fidelidad plena de
Dios. Su amor se transforma en misericordia ante las limitaciones y finitud
del ser humano, especialmente ante el hombre pecador. “La misericordia
de Dios se expresa en una Alianza a la que Él será siempre fiel, a pesar de
las infidelidades del pueblo. De ahí viene la palabra misericordia: Un
corazón que se vuelve hacia la miseria humana, el corazón de Dios que
abraza y rescata de la fragilidad, de la quiebra interior y del pecado al ser
humano para restablecerlo nuevamente en la Alianza. El término
misericordia adquiere su profundo significado precisamente ante la
infidelidad y el sufrimiento. La fidelidad de Dios sale en rescate de quien
ha sido herido y derribado en su caminar.” (cfr. Misericordia entrañable,
5).
Aita errukitsua da bere seme-alaba guztiakaz
En el Antiguo Testamento, el nombre de Dios es no sólo el tetragrama
YHWH, revelado a Moisés, sino también es misericordia. Así, ante Moisés,
Dios revela su propia intimidad afirmando de Sí mismo: “Señor, Señor,
Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y
lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que
perdona la culpa, el delito y el pecado” (Ex 34, 6-7). Y en el Nuevo
Testamento aparecen multitud de textos que nos hablan de esta
misericordia de Dios, de modo particular en las parábolas que nos
presenta el capítulo 15 de San Lucas: la oveja perdida, la dracma perdida
y, por antonomasia, el Padre que es bueno y misericordioso tanto con el
hijo pródigo como con el hijo mayor.
Gugan baino ez dogunean pentsetan poztasun barik bizi gara
A este respecto, quisiera señalar la falta de agradecimiento del hijo mayor
de la parábola. El Padre le dice: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo
mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto
y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado” (Lc 15, 32). Pero el
hijo mayor había perdido el amor primero. Estaba físicamente con el
Padre pero su corazón no estaba con él. Había perdido la conciencia de
hijo y esto provoca la terrible dureza de corazón y la falta de alegría. En el
fondo, es la pérdida de conciencia de que todo es don, todo es gracia. Que
nuestra vida ha sido fundamentalmente recibir y que por ello nuestra
respuesta debe ser de agradecimiento, de alegría y de corazón
misericordioso y compasivo como el del Padre. Cuando sólo pensamos en
nosotros mismos, cuando nos encerramos en nuestro egoísmo,
desaparece la alegría y el agradecimiento. En cambio, cuando salimos de
nosotros para encontrarnos con Dios y con los demás, se hace verdadera
la afirmación de la Escritura de que “hay más alegría en dar que en recibir”
(Hch 20, 35).
Maitasunak maitasuna dakar
El hijo mayor necesitaba urgentemente un profundo cambio de corazón.
El amor mueve a amor y Jesús nos ha enseñado a amar de un modo
nuevo. Él no sólo nos ama con el amor divino, sino que también nos ama
con corazón humano. Es la realidad que celebramos en la solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús. Dios nos ama en Cristo y Él nos enseña a amar
con un corazón como el nuestro. Él conoce qué significa tener sensibilidad,
tener afectos, sentir la alegría, el agradecimiento, y también el
sufrimiento, la angustia, la traición, la ingratitud… Y así nos puede enseñar
a amar en nuestras circunstancias, en momentos de plenitud y en
situaciones de dificultad. De este modo nos hace capaces de que cada
momento de nuestra vida pueda ser vivido en el amor, incluso aunque nos
parezca a primera vista imposible.
Udaldian be Jaungoikoaren laguntasuna izan daizuela
Por eso, debemos pedir a Dios que nos conceda salir continuamente de
nosotros mismos para recibir el amor que viene de Él, ya que Él nos amó
primero (1 Jn 4, 7). De este modo podremos encontrar a Dios en todas las
situaciones de la vida, en todas las personas y en todas las cosas. San
Francisco de Asís, transformado por este amor, percibía esta presencia de
Dios en todas las circunstancias de su existencia, incluso amansando el
momento de su muerte hasta percibirla como “hermana muerte”. Esta
misericordia de Dios que inunda y transforma nuestra vida la
celebraremos este verano en Cracovia, junto al Papa Francisco, en la
Jornada Mundial de la Juventud. Su lema es “Bienaventurados los
misericordiosos”. Quiera Dios que podamos educar a los jóvenes en esta
misericordia, a imagen del Padre, para que sean capaces de construir un
futuro de fraternidad y esperanza. Que el Señor os siga acompañando
durante el tiempo de verano y podáis encontrar largos tiempos de trato
personal con Él, de encuentro con familiares y amigos, de servicio a los
necesitados y de un merecido descanso. Con gran afecto.
+ Mario Iceta Gabicagogeascoa
Obispo de Bilbao