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¿Hay que arrebatarle la economía a los economistas?
Pablo Messina *
Ha Joon Chang es uno de los más lúcidos economistas de nuestros días. Su último libro,
“Economía para el 99% de la población”, con más de un año en circulación y a varios meses de
su primera edición en español, puede ser un buen aporte a las discusiones que afronta nuestro
país, haciendo imprescindible su lectura.
Este texto, al igual que otros de su autoría, combina como pocos la densidad teórica, la
rigurosidad empírica y la explicación llana de los elementos fundamentales de la economía
política, a la vez que realiza una dura crítica a los adalides del “fin de la historia” y, en
particular, a los economistas neoclásicos.
Chang, lejos de ser anticapitalista, es un defensor “desencantado” del sistema. Asume la
existencia de “variedades de capitalismo”, en contra de las recetas únicas, y aboga por la
mirada sistémica de las determinaciones que explican la dinámica económica y social.
Entonces, cuando los defensores del libre mercado se vanaglorian con el desempeño
económico de Singapur, él nos recuerda que en ese país el 85 por ciento de las viviendas son
producidas por el Estado y que el 22 por ciento de la producción nacional es a través de
empresas públicas, más que duplicando el promedio mundial. Cuando se cantan loas al
desarrollo de Finlandia y su industria forestal o su modelo educativo, él nos recuerda que en
dicho país se consideraba a cualquier inversión con más de un 20 por ciento de componente
extranjero como “peligrosa” en el momento del despegue económico y, cómo una alta tasa de
sindicalización (70 por ciento), también contribuyó a dicho proceso. Además, muestra que la
recaudación de impuestos sobre el Pbi es cercana al 50 por ciento en ese país. De esta forma,
nos alerta sobre la toma de elementos aislados sin contextualizarlos a la hora de pensar
políticas.
Partidario de cierto eclecticismo, aboga por la diversidad intelectual y la “fertilización cruzada”
de escuelas de pensamiento, distanciándose de los manuales convencionales que sólo
entienden del paradigma neoclásico.“Al que sólo tiene un martillo, todo le parecen clavos”,
dice. No obstante, se puede apreciar su innegable simpatía por el desarrollismo y el análisis
institucional. Incluso, una lectura crítica puede advertir la ausencia del pensamiento
económico latinoamericano así como también de la economía ecológica y feminista
(desatendiendo así el problema del intercambio desigual y de los “valores de uso” bajo el
capitalismo). Asimismo, confunde demasiado “socialismo” con “planificación centralizada”, no
permitiendo ver grises en la teoría marxista. De todas formas, su análisis permite dotarnos de
potentes herramientas para la crítica.
En ese marco, destacaré algunos de sus principales aportes.
1.
No existe el “mercado libre” (salvo la página de Internet). “La política crea, moldea y
remodela al mercado antes de que tengan lugar las transacciones”, dice. Su ejemplo sobre
el trabajo infantil es por demás ilustrativo. Muestra como en la Inglaterra del siglo XIX los
defensores del libre mercado encontraban oprobioso que se “coartara la libertad de
contrato” prohibiendo el trabajo de los niños. Sin embargo, ahora a nadie se le ocurriría
fundamentar a favor de la explotación de niños y niñas para no interferir en el mercado.
Por lo tanto, la libertad de mercado radica en los límites que la política le imponga. Incluso
quienes creen que el mercado opera mejor libre de planificación y regulaciones ignoran
muchas veces que “las megacorporaciones poseen estructuras internas complejas
integradas por departamentos, centros de beneficios, unidades semiautónomas y demás, y
contratan personal bajo especificaciones laborales y tablas salariales enrevesadas dentro
de una estructura de mando burocrática”.
4.
La industrialización debería ser uno de los ejes fundamentales del
desarrollo. Retomando el viejo ejemplo de Adam Smith sobre las bonanzas de la “división
del trabajo” en la producción de alfileres, nos muestra que ésta creció de unos 4.800
alfileres diarios en 1776 a 800 mil en 2012, como ejemplo del aumento colosal de la
productividad en la industria. Sin embargo, “nadie ha desarrollado un sistema para cultivar
trigo en seis minutos en vez de seis meses, algo que habría ocurrido si la productividad del
sector agropecuario se hubiera desarrollado tan rápido como la producción de alfileres”.
Por otra parte, en el sector servicios el concepto de productividad no siempre aplica: tocar
mil veces más rápido “Lola la coquetera” no la hace más agradable para bailar. Pero la
industrialización no sólo es buena porque garantiza mayor dinámica en una perspectiva de
largo plazo, nos dice Chang, sino también porque es “el centro de aprendizaje” de la
economía. Varios mecanismos que se desarrollaron en el sector industrial han permitido
aumentos de productividad en su réplica en el sector agropecuario o el sector servicios
(ejemplo: producción en serie en locales de comida rápida). No obstante, sus reflexiones
sobre los valores de uso son escasas, ¿qué sucede con la degradación ambiental que
acarrea el “agronegocio”?, ¿no pagamos la mayor productividad de la “comida rápida” con
obesidad y otros problemas de salud?
1.
La política macroeconómica debe ser uno de los componentes de la política de
desarrollo, y no su rectora. En este sentido, Chang dice que no es deseable sacrificar las
políticas de desarrollo de largo plazo por la estabilidad de precios y disciplina fiscal. Las
preocupaciones por los equilibrios macroeconómicos son importantes, pero lo cierto es
que desde los ochenta, centrándonos sólo en estas dos variables, el crecimiento
económico se morigeró y la inestabilidad económica, aumentó. Gasto en educación e
investigación y desarrollo, implementación de políticas sociales fuertes y política industrial
no debieran sujetarse a equilibrios de corto plazo, según sus recomendaciones.
1.
La baja productividad no obedece a la vagancia de los pobres, sino a la vagancia de
los ricos. En nuestro país nos hemos acostumbrado a escuchar, con ayudita de algún ex
presidente, que la vagancia es una de las causas de nuestro menor nivel de desarrollo
relativo. Sin embargo, Chang ridiculiza esta concepción. En primer lugar, afirma que las
jornadas extensas (o intensificadas en el esfuerzo) pueden ser extenuantes y riesgosas en
términos físicos y psicológicos para los trabajadores, privándoles del goce de otros
aspectos de la vida. Esto es bien importante porque muchas veces las propuestas
empresariales para el aumento de la productividad son pensadas como “intensificación”
de la jornada laboral, en una perspectiva por demás reduccionista y que no cambia en
esencia la dinámica de acumulación.
En segundo lugar, afirma que las jornadas más extensas tienen lugar en África, América Latina
y Asia, mientras que en los países ricos suele trabajarse bastante menos. Los mexicanos
“vagos”, si se corrige por cantidad de horas semanales y días de licencia al año, trabajan más
que “las laboriosas hormigas surcoreanas”. Además, varios países de América Latina están en
el tope del ranking mundial en horas trabajadas y la injusticia también “recorre Europa”, dado
que en Grecia, a pesar de que Merkel y sus adláteres los acusan de “sanguijuelas”, las jornadas
laborales son de las más extensas de Europa (y trabajan mucho más que los europeos del
norte). Por lo tanto, el discurso de que los países son más pobres porque trabajan menos
carece de sustento empírico y sólo opera como una justificación ideológica a las injusticias
globales, según el autor.
En ese contexto, sugiere que la productividad no depende del esfuerzo de los pobres sino del
desarrollo tecnológico, la apuesta firme a la infraestructura e instituciones colectivas
(universidades, centros de investigación, etcétera). La posibilidad del desarrollo de éstas, en
general, está en manos de los ricos. O sea, la falta de productividad obedece a la pereza de los
que tienen el sartén por el mango.
1.
Los niveles actuales de desigualdad son insoportables. Muestra cómo la desigualdad
en la interna de los países ha aumentado desde los ochenta y que“exceptuando un puñado
de países europeos, la desigualdad de ingresos oscila entre lo grave y lo chocante”. Crítico
con quienes pretenden ver una contradicción entre crecimiento económico y
redistribución, argumenta que si bien la igualdad extrema atenta contra el crecimiento –
recordemos que no es anticapitalista–, muestra cómo muchos países lograron tener cierto
despegue económico redistribuyendo, y que con los niveles de desigualdad actuales, en
particular en los países periféricos del mundo, es más difícil crecer por los problemas de
inestabilidad política que genera tanta injusticia. Lejos de afirmar que “una marea alta
levanta todos los barcos”, considera que la evidencia histórica es bastante elocuente en
mostrar que las políticas pro ricos sólo empeoran la distribución y no necesariamente
generan crecimiento.
1.
Hay que combatir la “despolitización de la economía”. Si bien es consciente de que
no siempre los gobiernos y los burócratas constituyen los agentes mejor intencionados (ni
mejor informados) de la economía, no es cierto que son peores que los empresarios. En
particular, la evidencia empírica muestra cómo muchos procesos de desarrollo económico
han tenido lugar con una amplia participación del Estado. No sólo fiscalizando, recaudando
impuestos y gastando, sino también regulando la actividad económica y negociando con
los principales agentes. Quienes quieren dotar al mercado de poder absoluto,“despolitizan
la economía” y atentan contra la democracia. Ya que, según Chang, se pasa de una
lógica “un ciudadano, un voto” a la lógica “un dólar, un voto”, perdiendo calidad
democrática y dando lugar a la “plutocracia”.
La idea que transversaliza su libro radica en fundamentar que la economía es un argumento
político y como tal requiere de ciudadanos activos y conscientes para lograr mejores
desempeños. En ese marco, la sugerencia de Chang es a la vez polémica e interesante: “la
economía es demasiado importante para dejarla en manos de los economistas”.
* Pablo Messina. Integrante de cooperativa Comuna.